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8 min
La chica del puente (1) vs Seren
Suspense |
08.02.21
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Sinopsis

Quedo a la espera de que mi querida Seren publique su parte en este relato.

Las últimas luces del crepúsculo adornan de cálidos colores las hojas de los frondosos chopos a la orilla del río. El angosto camino de carro que discurre paralelamente huele a tierra mojada. Es un aroma que me reconforta, me une a este mundo. Los pequeños charcos marrones parecen sembrados por las nubes gris plomo que se alejan despacio.

Terminó la tormenta y los pájaros revolotean lanzando los últimos trinos antes de regresar a sus nidos.

Las aguas han crecido y el constante sonido del caudal ahoga los ladridos de Queen, que campa correteando entre la maleza que bordea el sendero, olisqueando por todos lados. Ambos siempre damos un largo paseo antes de la cena, así me obligo a mover las piernas y que ella también queme su energía. Es necesario para nuestra salud. Andamos unos tres kilómetros, ida y vuelta, hasta el Puente del Diablo, que comunica el sendero de mi aislada casa con el pueblo.

Es un tramo poco concurrido, un paraje tranquilo y acogedor, cuyo colorido y aroma me seduce. Apenas logro oir mis pasos por el rumor de las turbias y bravas aguas, cuando a lo lejos, ya puedo distinguir la estructura del viejo puente de madera, levantado en el siglo XVIII y reconstruido tras haber sido volado durante la Guerra Civil.

A medida que nos acercamos, Queen alza la cabeza y sus puntiagudas orejas de pastor alemán hacia su emplazamiento, alerta, y sale disparada corriendo, emitiendo varios ladridos. Ha debido ver o presentir a alguien.

La llamo con un grito para que no se aleje pero no obedece. Acelero el paso al trote evitando pisar los charcos. Es una buena compañera aunque a veces me haga correr para no perderla de vista.

Una figura blanca aparece sobre el puente pero no puedo distinguir de quién se trata debido a mi lejanía. Queen también la ve y galopa veloz en su dirección por la senda de doble huella, esquivando los diminutos lagos de barro. La humedad del ambiente hace que nuestros alientos nos convierta en locomotoras animales.

Un momento, parece que se está encaramando a la barandilla de madera. No, no puede ser, menuda estupidez.

Acelero el paso sin quitarle la mirada, con la consecuencia de ir metiendo los zapatos en los charcos. Maldita sea, es una muchacha, ¡y yo ya no estoy para bailar esto!

– ¡Eh, oiga! – le chillo levantando un brazo e intentando distraerla para evitar que cometa una imprudencia – ¡Oiga!

Se detiene unos segundos al percibir los ecos de mi voz y levanta la vista para localizarme. Luego culmina despacio la cumbre de la baranda con ambos pies y se queda quieta, erguida, concentrada en su momento de fugaz enajenación, cabizbaja, perdida en las alteradas aguas del río.

Mi compañera de paseos se detiene en la orilla, justo antes del giro de acceso al puente y comienza a ladrarle con ansia. Temo que la pueda asustar.

– ¡Espere! – vuelvo a vocear sin dejar de correr – ¡No haga que me tire...!

Mis temores se cumplen.

– A buscarla... – concluyo la frase en voz baja y desacelerando mi carrera.

Se deja caer al vacío e impacta contra la fuerte corriente, que la arrastra desmadejada e inconsciente hacia mi. Es posible que haya tocado el fondo de sedimentos y los cantos redondos hayan alcanzado su cráneo, puesto que el caudal no es demasiado profundo.

Queen regresa y yo me salgo del camino para acercarme a la orilla, y tratar de rescatar el cuerpo de la joven del vestido blanco, que en breve rebasará mi posición. He de darme prisa o la perderé río abajo.

Me desprendo con prisas de mis zapatos, y mi chaqueta de lana, vacío los bolsillos del pantalón, dejándolo todo amontonado en la maleza de la orilla esmeralda. Mi fiel Queen llega hasta situarse detrás de mí, ladra esperando que le ordene ayudarme. Le hago un ademán para que no se meta y aguarde ahí. Me mira con desasosiego y se queja lloriqueando.

El cuerpo de la chica avanza lentamente por el centro del torrente. Noto el frío de las aguas ascender de mis pies a las rodillas, y sé que me va a cubrir más arriba, cosa que no me apetece nada.

Camino por el fondo de grava y pierdas pulidas con los pies enfundados en los calcetines, al menos están protegidos. Se acerca boca abajo mientras el frío abraza mi cintura. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos por mantener el equilibrio debido a la corriente. Oigo los ecos de los ladridos de Queen, avisando de la cercanía de la chica. Ahí llega, su cabeza primero, la cojo por los hombros y le doy la vuelta para liberarla del yugo del agua, me rebasa, la sujeto por las axilas, apoyando su nuca en mi vientre, ella inerte, y yo luchando por sacala del agua. No sé si respira.

Poco a poco me acerco a la inquieta Queen que no deja de moverse y escandalizar en la orilla. En el último tramo arrastro sus piernas por el lodo hasta depositarla estirada de espaldas al cielo, sobre la alfombra de largos tallos verdes, junto al tronco de un viejo chopo. Me arrodillo junto a ella, está empapada, le subo las calderas, así drenará el líquido de los pulmones.

– ¡Calla de una vez, Queen! – le ordeno mirándola con severidad.

Por fin silencio. Se arrima cauta y agachando el lomo a oler la mujer del vestido blanco, que en realidad no es un vestido como creía, si no una bata. Una bata perteneciente a la institución mental, ubicada en las afueras del pueblo y no muy alejada: "La milagrosa".

Lleva un pequeña brecha a un lado de la frente y varias marcas rojizas en el brazo derecho. Tal vez fracturado. De repente tose escupiendo agua por la boca. Se ladea y presiono su estómago para que termine por vomitarlo todo. Queen se separa hacia a atrás unos pasos.

– Tranquila, ya pasó, échelo, échelo – le insto susurrándole.

Coge oxígeno y vuelve a toser agua, con la mejilla pegada al terreno herbal. Recupera el aliento con los ojos cerrados. Tiene cabello largo, liso, y una cara de expresión aniñada, a pesar de notarse su madurez en la piel.

La tenue luz del ocaso se refracta en su femenino semblante y me hace revivir un tiempo olvidado, en el que las emociones y los sentimientos compartidos llenaban los rincones de nuestra casa. Emma, mi Emma y su pequeño mundo de fantasías, era un herida que había conseguido cerrar en estos dos últimos años. Ahora, la podía ver reflejada en la joven hermosa y vulnerable que había rescatado con vida del río.

– ¿Qué ha pasado? – habla desorientada.

Su voz es tierna y delicada, como un soplo de aire en el desierto.

– Acabo de sacarla del río, señorita. Saltó del puente.

Se encoge de costado y comienza a tiritar por el frío. Su temperatura corporal ha descendido. Necesita calor.

– Vamos, déjeme que le ayude a quitarse la ropa mojada.

Antes de incorporarla, escucho el sonido lejano del motor de un auto que se aproxima por la carretera que desciende y pasa por el puente. Puedo ver a través de los matorrales que, por los evidentes destellos azules , se trata de un vehículo policial.

– Es la policía – le comento a la resucitada desconocida.

– ¡No! ¡Por favor! ¡No quiero volver allí! – me ruega entre sollozos.

Veo el sufrimiento en su rostro, y no seré hoy su verdugo.

– Tranquilícese, no la voy a delatar – hablo para calmarla – ¿Puedo saber cuál es su nombre?

La ayudo a colocarse la seca chaqueta y responde.

– Me llamo Marina.

– De acuerdo, Marina. La llevaré a mi casa, si le parece bien. No está muy lejos.

– Cuidado – se queja – Mi brazo. Me duele.

– ¿Puede caminar? – indago.

– No lo sé – me mira con pesar.

– No se preocupe. La llevaré en brazos. Así no dejará rastros y la policía no podrá seguir su pista fuera del río – le guiño el ojo mediante una sonrisa.

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