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8 min
La chica del puente (2) vs Seren
Suspense |
18.02.21
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Sinopsis

Menos mal que salgo a correr tres días por semana. Es lo que, más o menos, me mantiene en forma. Con una vida más sedentaria no habría dado ni cuatro pasos con Marina en brazos.

Tras un tramo caminando así, más otro subida a hombros, me pide que quiere probar a caminar apoyándose en mí. Accedo. Creo que será lo mejor, sobre todo lo agradecerán mis lumbares.

Antes de ponernos en camino para regresar a casa, borré las huellas que habíamos dejado en la orilla.

Mientras que el cielo cede paulatinamente a la oscuridad, intento cavilar los lúgubres motivos que han empujado a Marina a saltar. Me cautiva con su misterio. Hablaré con ella cuando se reponga. Ahora no es el momento.

– Estoy mareada – se lamenta después de recorrer un trecho – No sé si podré...

No puede acabar la frase porque se desconecta en ese instante. Si no fuera porque la sujeto se habría derrumbado cayendo al suelo.

– Tranquila, te pondrás bien, pequeña – le digo aunque ya no pueda oírme.

Así que, inerte, giro su menudo cuerpo hacia mí, me agacho y me la cargo al hombro doblada por su cintura, como si fuera un costal de trigo, bajo la atenta y preocupada mirada de mi cuadrúpeda compañera.

Es la única manera que se me ocurre para que podamos llegar a casa. Igualmente no hay otra opción, incluso si estuviera consciente.

Al entrar en el salón, la tumbo directamente sobre el sofá y acomodo su cabeza en uno de los cojines. Marina me ha reventado de cansancio, las cervicales, la espalda, las piernas... estoy agotado, empapado de cintura para abajo. Me quito la bata blanca que llevo atada a la cintura y los pantalones. Queen la olisquea y le lame el brazo, me mira con extrañeza, supongo que ver una mujer acostada en el sofá de casa no es habitual para ella, ni tampoco para mí.

Alcanzo la mantita y la cubro. He de hacer que entre en calor, y todavía en ropa interior, me siento junto a ella para recuperarme, observando su cara dormida, sus cabellos húmedos, su semblante descolorido de labios morados, su expresión de ángel herido y torturado.

Un par de minutos después llaman a la puerta. Me levanto de su lado y me visto con la bata y las zapatillas, anudando el cinturón. Antes de abrir, Queen ya está en la entrada, moviendo la cola.

– Buenas noches Sam – saluda cordialmente el agente de la policía local, al tiempo que su compañero levanta la mano secundándole.

Vaya sorpresa. Bueno, a medias, les esperaba. Queen también les da la bienvenida con unos cuantos ladridos.

– Hola Fernández y compañía – hablo con serenidad.

– ¡Hola Reina! – devuelve a la inquieta guardiana de la casa y le rasca el lomo, moviéndose contenta de verle.

– ¿A qué debo el honor de la visita? Pasad si queréis.

– No, no hace falta. Estamos buscando una mujer que se ha extraviado. ¿Por casualidad no la habrás visto merodear por aquí? – hace un ademán.

– Pues no. Acabo de llegar de mi paseo con Queen – le indico acariciando la cabeza del animal – y no me he cruzado con nadie. ¿De quién se trata, la conozco?

– No. No lo creo. Es... una interna de La Milagrosa. Hoy había jornada de puertas abiertas y se ha fugado. Estamos peinando toda la zona – se explica.

– Vaya marrón para el Centro – cavilo – Queen y yo estaremos atentos. ¿Verdad Queen?

Un ladrido suyo corrobora la mirada que le echo.

– De acuerdo Samuel – se despide el policía girando sobre sí mismo – Vamos a continuar la búsqueda.

– Cuídate Sam – dice alejándose el otro.

– Igualmente. Fernández... – le llamo la atención.

– ¿Sí? – vuelve la cabeza.

– ¿Cómo va vestida, con la indumentaria del Centro?

– Así es.

– Entonces no tardareis en localizarla, se verá de lejos.

– Eso esperamos – alega con cierto cinismo.

Se alejan en dirección al coche, suben, arrancan y se pierden camino abajo. Resoplo tras la puerta, aliviado.

– Quizás vuelvan – hablo a mi compañera. Jadea con la lengua fuera y me mira sin comprender.

No sé si estoy obrando bien. Acabo de hablar con mis ex compañeros de la policía y tengo una prófuga del sanatorio inconsciente en mi sofá.

No la conozco de nada, y sin embargo, viéndola ahí, dormida, mi subconsciente me susurra que la ayude. Podría ser la voz de Emma, intercediendo, ella lo haría, no dudaría. Supongo que me la recuerda. Sonrío.

En fin, le haré caso.

Preparo la cama de la habitación pequeña y la traslado hasta allí. Sigue en shock. La aseo con una esponja, le coloco uno de mis pijamas y arropo su delgadez con la gruesa colcha. Luego recojo la ropa sucia y su bata. Me doy una ducha rápida y tras vestirme de noche, improviso una cena fría para mí, sin olvidarme de Queen.

Marina continúa dormida. La observo apoyado, desde el marco de la puerta. Es mejor que descanse tranquila. Tengo que averiguar la causa de su trauma, de su encierro en el Centro, es algo que me inquieta. Mañana temprano iré a La milagrosa y hablaré con Jorge, él me pondrá al corriente sobre la muchacha.

Apago las luces de la casa. Son casi las once. Queen se acomoda en su acolchada manta, en un rincón del salón. Yo en la amplia y fría cama. Apago la luz de la lamparita, dejando los ojos abiertos y los pensamientos dando vueltas en la oscuridad, hasta que el sueño me vence.

Levanto los párpados al notar un cálido peso sobre mi hombro y un brazo atado a mi cintura. Todo sigue en tinieblas en el dormitorio, excepto la tímida refracción de la luz de la Luna que se cuela a través del cristal de la ventana.

Giro la vista y reconozco a Marina pegada a mí, respira calmosa, pero despierta.

– Roncas – me tutea y susurra al intuir que Morfeo me ha dejado ir.

– ¿Te he despertado? – le tuteo igualmente.

– Un poco – se sincera con dulzura – Tenía frío y me dolía el brazo.

– Ahora ya no...

Calla y otorga. El silencio nos atrapa unos segundos. Se aprieta en mí y trato de corresponderle peinando su pelo con delicadeza, todavía húmedo. Me estremece por dentro sentir sus dedos jugar con el vello de mi pecho, e irremediablemente, vuelven los recuerdos de los buenos tiempos, tiempo para conquistar, tiempo para disfrutar, tiempo para amar.

Aprieto los párpados, reprimiendo gotas saladas, sentimientos lapidados, y se me escapa un beso en su pelo, impregnado de juvenil feminidad. No me conoce de nada y sin ningún pudor la tengo en la cama, abrazándome, pero no quiero romper la incomprensible magia de éste momento.

– Te he echado mucho de menos, Hanna – musita – dime que esto no es un sueño, mi amor.

– Marina... – me intensifico por dentro al escuchar su confusión –¿te encuentras bien?

– Si. ¿Por qué? – suena a extrañeza su respuesta.

– Por nada – contesto con calma chicha – Cierra los ojos y duérmete otra vez, te hará bien.

No es momento para juzgarla. Me sienta bien tenerla entre los brazos, y por lo visto a ella también.

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