cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

9 min
La chica del puente (3) vs Seren
Suspense |
23.02.21
  • 5
  • 4
  • 356
Sinopsis

La veo entrar en el comedor, con mi batín azul profundo, abrigando sus efímeras curvas, perdida en lo que le debe parecer el laberinto de mi casa. Empezaba a tomarme un café, sentado a la mesa y tal vez el aroma la ha atraído.

Queen mueve la cola al verla. Ya la ha aceptado en nuestra convivencia.

La chica se detiene, observándome, y yo me levanto para acercarme a ella con cautela.

– Buenos días Marina. Me alegro de verte recuperada – le saludo amablemente.

Pero no acepta mi bienvenida, pues se retira un paso atrás, creo que no me recuerda.

– Yo..., hola – apenas puede decir. Sus gestos me dicen que no puede confiar en mí, todavía.

– Vale, ya veo. Tranquila. Soy Samuel – me presento – ¿Te acuerdas de algo de ayer?

– Samuel, no te conozco – gesticula esfuerzo – No, no recuerdo nada de ayer. No recuerdo cómo he llegado aquí. ¿Dónde está Hanna?

– No sé quién es Hanna – así me llamó anoche – ¿Es una amiga del sanatorio?

– ¿De qué sanatorio me hablas? – palidece su rostro y comienza a balancear su tronco hacia adelante, abrazándose a modo de coraza.

La invito a sentarse a la mesa y accede sin rechistar, aunque su respiración se agita, su cuerpo empieza a temblar.

– Si te tranquilizas un poco, te contaré lo que sé. Come un poco – le ofrezco una magdalena del plato que acepta.

– Ayer tarde paseaba a Queen por la rivera del río – acaricio su cabeza, sentada nos observa con la lengua fuera – Esta es Queen.

Se presenta con un ladrido.

– Vi como saltabas desde lo alto del puente del Diablo – continúo – y te recogí del agua. Estabas desorientada y te desmayaste. Te traje a casa y has estado durmiendo hasta esta mañana. Yo tampoco te conozco pero me pediste ayuda cuando pasó un coche de la policía. No me parecías una delincuente... y aquí estás.

– No recuerdo nada, Samuel –desvía la mirada hacía la ventana y sube el tono – Es imposible que yo haya saltado desde un puente. Jamás lo haría. ¿Porqué lo iba a hacer?

– Tranquilízate. Intentaré averiguar lo ocurrido. Ayer vinieron dos agentes preguntando por tí, pero les dije que no te había visto.

– Me buscan... tengo que irme, irme a casa y avisar a Hanna. Si me devuelves mi ropa, me marcharé y ...

– ¡Marina, escúchame! – me agacho y le sujeto por los brazos.

– ¡Ay! - se queja al presionar su brazo dañado, aunque no la suelto.

– ¡No puedes irte! – le ordeno enérgicamente para intentar que reaccione – ¡No tienes casa! ¡No tienes ropa! ¡Sólo llevabas la bata de una instalación mental!

– ¡Mientes, mientes! – reniega asustada, intentando escapar de mis manos.

De sus ojos comienzan a brotar algunas lágrimas.

– No miento Marina – le intento calmar su desasosiego templando mi tono.

Queen estaba a punto de saltar sobre ella, la situación se ponía tensa. Le echo una mirada y un gesto para ordenarle que se quede quieta.

Sostengo a mi invitada con un cálido abrazo de protección que la reconforte, en silencio, durante unos instantes, contando los segundos que marca el tic tic del viejo reloj, mecidos por la melodía del encuentro entre dos seres

Puedo escuchar sus latidos, que desaceleran su trote, y entonces mis dedos levantan delicadamente su barbilla, para perderme en su misteriosa mirada. Ahí la encuentro, en el fondo, perdida y asustada, pidiendo la gracia de un auxilio en un mundo desconocido para ella. Hay una vida dentro de aquel ser que ejerce una fuerza de atracción sobre mí.

– Samuel... ¿puedes ayudarme? – me pide casi musitando.

Hay esperanza, y por ello tal vez una oportunidad de salvarla de su sufrimiento.

– Claro que sí, ya te lo dije.

– Me refiero a mi brazo, creo que tengo algo roto.

– Por supuesto – le sonrío y le beso en la frente, aunque no haya entendido primeramente su petición.

Le inmovilizo con un vendaje el brazo dolorido y la dejo adormilada, habiéndole administrado un relajante muscular y un analgésico para el dolor, así estará calmada mientras me halle fuera de casa. Cierro la puerta con llave al dejar la casa. Hay rejas en todas las ventanas y he desconectado el teléfono, o sea, que no tiene forma de salir hasta que regrese. Le he dicho a Queen que cuide de ella.

Golpeo con los nudillos la puerta entreabierta del doctor Jorge Villa, subdirector de La Milagrosa, además de buen colega con el que estuve colaborando en el Hospital Comarcal, años atrás.

– Adelante – escucho su acento sureño.

– Buenos días, ¿se puede? – asomo mi sonrisa.

– ¡Hombre, Samuel! – exclama al reconocerme.

Se levanta tras su escritorio blanco y me ofrece su mano. Se la estrecho.

– ¿Cómo tú por aquí?

– Hacía tiempo que no nos veíamos, sí. Anoche Fernández me vino a avisar a casa de la fuga de una paciente vuestra.

– Ah sí – se lamenta – Marina.

– ¿La habéis encontrado? – disimulo preocupación.

– Todavía no.

– He venido a verte y de paso, si quieres, echaros una mano.

– La verdad es que no nos iría nada mal. Esto no es bueno para la reputación del Centro. Cuanto antes se resuelva, mejor.

– ¿Me dejas ver su historial? - le pido.

Duda en silencio unos segundos.

– Sabes bien que es confidencial, Samuel – me deniega de primeras.

– Solo pretendo entender a la paciente, por si la encuentro... Necesito saber qué le pasó, su medicación... estará sin ella, así podría tratar de controlar mejor su estado.

– Está bien, te pondré al corriente – accede – pero su expediente no te lo puedo dejar ver.

Cojo una silla y la ocupo.

– Empieza.

Resopla y vuelve a sentarse en la giratoria.

– Tiene un trastorno límite de la personalidad, agravado por una clara desorientación sexual.

– O sea, que también es... ¿lesbiana? – pruebo a acertar. Asiente mi deducción.

– Ocurrió antes de tu llegada al pueblo. – continúa – Ella era menor de edad. A su novia le cayeron diez años por corrupción de menores, pero no sobrevivió a la condena. Terminó suicidándose.

Hace una breve pausa.

– Marina empeoró al enterarse. Eso la destrozó por dentro y no ha logrado aceptar su muerte.

Lo creo, y la entiendo.

– ¿Medicación?

– Hace unas semanas que empezamos a proporcionarle ISRS, un nuevo inhibidor. Parecía acusar una leve mejoría respecto a la imipramina.

– Gracias – me despido incorporándome del asiento – me voy a poner manos a la obra con la policía y los voluntarios rastreadores. A ver si encontramos viva a esa desdichada muchacha.

– Dios te oiga – me acompaña con la mano sobre mí hombro hasta la puerta – me ha gustado volver a verte por aquí. A propósito, ¿cómo estás?

– Bien, bien... sobreviviendo – le agradezco su preocupación con un gesto.

– Eres caro de ver – me regaña – Pásate otro día y tomamos un café.

– Lo haré Jorge – contesto de espaldas por el pasillo, encarando la salida.

Vuelvo a casa conduciendo mi Renault 18, pero antes haré una parada en el hospital, espero encontrar a Gina de guardia.

– ¿Papá? – la sorprendo al enfocar sus ojos sobre mí.

– Hola hija, cada día estás más guapa, y te pareces más a tu madre – saludo dicharachero mientras me acerco.

– Ya... – sonríe burlona detrás del mostrador y se acicala con una mano su larga coleta – ¿Vas a subir ahora?

Compartimos un tierno beso en la mejilla.

– Claro. Y también quisiera decírte algo, princesa. ¿Tienes un momento?

– ¿De que se trata? – pregunta con preocupación al tiempo que me lleva lejos de oídos indiscretos – Ahora vuelvo Patricia – le dice a la auxiliar.

– De acuerdo doctora – contesta la muchacha levantando la vista.

– No es nada importante – la despreocupo – Es sólo que voy a pasar unos días fuera de casa y quería avisarte.

– Uf, vale – se desahoga – Creo que te ira bien salir, un cambio de aires, papá. Por mamá no te preocupes, ya sabes que está vigilada, y si hay alguna novedad, pues te aviso. ¿A dónde vas?

– A casa de los abuelos –le digo – Hace meses que no he ido a echar un vistazo y hay que ventilarla de vez en cuando, ya que está vacía.

– Perfecto. Tú cuídate y toma el sol paseando por la playa – se despide.

Después de su beso, subo a ver a mi Emma, mi bella durmiente, a la espera de un milagro que la devuelva a la vida, que la libere de sus tinieblas. Le hablaré de lo que tengo previsto hacer con Marina, necesito decirle lo que ha ocurrido, necesito su aprobación.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 79
  • 4.54
  • 194

No penseis que mis dedos valen más que cualquiera de los vuestros. Grito a los vientos que si por vos pierdo la razón mis dedos dejarán de ser eso, dedos. Porque aunque haya nacido con dedos en la mano derecha y en la izquierda, entre todos no sumarán más.

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta