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10 min
La Ciencia del Miedo
Terror |
23.11.07
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Sinopsis

LA CIENCIA DEL MIEDO

Muchos pensarán que estoy loco, que las palabras que digo no tienen ningún sentido. Que mis escritos son los desvaríos de un demente, y que mis descubrimientos no son más que fantasías. Sin embargo, yo sé perfectamente que son ellos los que están equivocados. Yo sé perfectamente que la obra en la que me veo inmerso es real, y cuando esté acabada, tendrán ante sí algo como nunca antes se había visto.
El miedo puro.
Todo comenzó hace no mucho tiempo, aunque ya apenas puedo recordar mi vida antes de ese momento. Hasta ese momento, yo había dedicado mi vida al estudio de las matemáticas. A la complejidad de los números. Al equilibrio que le otorga a la naturaleza su auténtica forma, su forma de ecuación numérica. En el fondo, toda la realidad puede comprenderse mediante los números. Toda la realidad física puede comprenderse mediante los números. Pero… ¿qué ocurriría si la realidad intangible también pudiera expresarse con números? ¿Y si entes abstractos como los sentimientos pudieran también obtenerse mediante ecuaciones numéricas? ¿Y si hallásemos la ecuación que produjera ese sentimiento, esa reacción, ese pensamiento?
Durante años, intenté desarrollar esa teoría, pero siempre de forma infructuosa. Nunca lograba resultados, no resultados reales. Miles de horas de investigación, y finalmente siempre acababa en el mismo resultado: nada. Un repetitivo resultado de fracaso. Llegué a pensar que mis investigaciones no conducirían a nada, pero mi obsesión me impedía rendirme.
Multitud de matemáticos, los más reputados del mundo, criticaban mi obra y se burlaban de ella. ¿Cómo podía expresarse matemáticamente aquello que no existía? Sus mentes eran tan cerradas que no podían comprender la amplitud de mi visión. No podían comprender el objetivo que perseguía durante años. Pero, después de todo, mi afirmación era tan extrema que sólo las mentes más fuertes podían aceptarla.
Claro que, después de varios años, mis investigaciones no habían alcanzado ningún resultado. Yo no podía avalar nada de lo que había defendido, mientras que mis detractores tenían suficiente con eso para atacar mis teorías y arrastrar por los suelos el trabajo de años.
Después de casi diez años de trabajo infructuoso, y cuando ya estaba a punto de rendirme ante la evidencia de lo descabellado de mi teoría, ocurrió.
Fue por casualidad, ni siquiera estaba muy seguro de cómo había obtenido esa ecuación, de cómo había obtenido esa combinación de números que tenía ante mí. Lo que estaba claro era lo que representaban. Era la ecuación matemática del miedo. ¡Era el miedo en estado puro! El terror en su esencia, en su esencia más pura. Era la formulación de todos los temores desmenuzada ante mis propios ojos. ¡Había hallado la más intrínseca formulación de uno de los sentimientos más primarios del ser humano! Era una serie de números cuya sola visión causaba un desasosiego descorazonador. Una sensación indescriptible de abandono y ausencia de esperanza.
Estaba claro que había alcanzado mi objetivo, pero con eso no bastaba. Para mí, descubrir una simple fórmula matemática ya no significaba nada. Tenía que crear algo que hiciera que el mundo se volviera hacia mí y pudiera ver con sus propios ojos la realidad de lo que yo había hallado.
Fue entonces cuando lo pensé. Cuando pensé en aplicar esa fórmula en otras ciencias. Cuando lo vi claro. Cuando comprendí mi objetivo. Construiría un edificio, un edificio que estuviera planificado basando todas sus medidas en la fórmula del miedo. Todos y cada uno de sus ángulos y aristas partirían de ese resultado. Todas las proporciones tendrían la ecuación del miedo como base. ¡Sería una construcción de miedo puro! ¡La mismísima manifestación física del miedo!
Estaba resuelto a crear ese monumento al horror, esa de pura irracionalidad. Así que, busqué a algún arquitecto dispuesto a participar en tan monstruosa empresa.
Durante meses busqué al hombre adecuado, a alguien cuya moralidad fuera tan débil que no tuviera tapujo alguno en crear una obra tan espiritualmente nefasta, y a la vez que tuviera una mente tan fuerte que pudiera soportar el proceso de dibujar unos planos tan blasfemos sin caer presa de la locura. Y finalmente lo encontré en Ámsterdam. Su nombre era Ronald Van Holdt. Se trataba de un hombre de bastantes pocos escrúpulos, y pronto se sintió interesado por un proyecto tan poco habitual como el que yo me traía entre manos, los cuál le llevó a aceptar la propuesta que le hice. Dejé la realización de los planos en sus manos, y me dediqué a otros trabajos relacionados con mi objetivo.
Compré unos terrenos bastante céntricos en una gran ciudad, contraté mano de obra, materiales… Antes de lo que hubiera podido imaginar ya estaba listo para comenzar con la obra más hiriente para el fuero interno del ser humano que nadie había comenzado nunca. Iba a crear un hogar para el miedo.
Durante más de un mes me dediqué a ultimar los preparativos de mi obra. Una vez listos, acudí a ver al arquitecto. El estudio se había tornado en una oscura pocilga. El olor a heces se mezclaba con el del vómito, el sudor y la sangre. Tuve que hacer un esfuerzo para no vomitar, pero logré sobreponerme y llamé al arquitecto en voz alta. Al principio no obtuve respuesta, pero cuando repetí mi llamada escuché como desde la oscuridad de la zona más profunda del estudio su voz me llamaba. Me acerqué con cuidado, temeroso de lo que pudiera hacerme ese desequilibrado. Sin embargo, cuando le vi me di cuenta de una simple cosa, mi obra cumpliría su objetivo.
Ante mí tenía a arquitecto, cubierto de excrementos y sangre seca. En sus manos guardaba como si fuera su más preciado tesoro los planos que había fabricado sobre mí. Unos planos que construirían una catedral al horror. Una síntesis del miedo. Al oír mi voz, comenzó a reír aún agazapado entre las sombras de su estudio. Parecía que había perdido totalmente la cabeza. Vacilante, se alzó y salió de la penumbra en la que se refugiaba. Sentí un escalofrío cuando le vi. ¡Las cuencas de sus ojos estaban vacías! El arquitecto se había sacado sus propios ojos durante el desarrollo de los planos. Sin embargo, en su rostro esbozaba una sonrisa terrorífica. Sin dejar de sonreír comenzó a hablar con una voz que helaba la sangre:
“Ya he acabado con los planos. Como podrá ver, todo es perfecto. ¡Tan perfecto! Cada milímetro es tan atroz… Una obra que haría que el infierno pareciera el paraíso. Los ojos humanos no deben ver algo tan terrible. ¡Por eso los arranqué! Es tan hermosamente horrible… ¡El temor que atenaza nuestros corazones! Tiene en sus manos la obra cúlmen de mi carrera, una expresión del miedo. ¡Ni siquiera me importa que Dios se apiade de nuestras almas! El infierno no es nada comparado con lo que mis ojos han visto crear a mis manos”.
El hombre continuó desvariando, pero yo no le escuché. Miré los planos, y durante un segundo pude notar como todo mi cuerpo se helaba. Si con la mera visión de los planos la reacción era esa, la construcción del edificio provocaría un efecto sobrecogedor.
Al día siguiente la obra ya estaba en marcha. Con enormes vayas y cortinajes la mantuve fuera de la vista del público, no quería que se viera el esqueleto de mi obra, quería verla completa. Los albañiles trabajaban con velocidad, sin embargo, conforme más avanzada estaba la obra más reticentes eran los obreros a continuarla. El primer incidente fue el suicidio de un obrero. Se rajó la garganta allí mismo, en plena obra. Sólo cogió uno de los múltiples instrumentos que ellos empleaban y sin mediar palabra se cortó la garganta de oreja a oreja. Ese fue el primero de múltiples incidentes. La mayoría de los albañiles abandonaron la obra cuando esta ya se hallaba cercana a su finalización. Alegaban que no podían soportarlo más. Los suicidios y las autolesiones también crecieron. Pronto, el número de los albañiles se redujo tanto que yo mismo tuve que participar en la construcción. Al principio la sensación de temor era fuerte, pero con el paso de los días se convirtió en una fuerza tan irresistible que amenazaba con arrancar mi cordura por completo. El oscuro poder, la horrible esencia que emanaba de ese edificio era tan grande que nadie podía resistirse. Ni siquiera yo.
Tras varios meses, tan sólo dos hombres continuaban a mi lado en la construcción de la más aberrante construcción de la historia de la humanidad. Mi propio cuerpo y mi salud mental se hallaban resentidos de la experiencia, pero mi obsesión y mi férrea fuerza de voluntad me obligaban a continuar con la obra que había comenzado.
Estaba ya casi terminada la construcción cuando me quedé sólo. Oí gritos en el piso superior al que me encontraba, y corrí hacia allí intentando evitar una desgracia final. Sin embargo, llegué tarde. Uno de los albañiles había abierto en canal al otro. Toda la habitación estaba cubierta de vísceras, y en medio de la habitación, el asesino degustaba los ojos arrancados y la lengua cercenada de su compañero. Cuando entré me miró fijamente, aunque estoy convencido de que ya no podía reconocerme.
“No existe en el mundo un lugar como este” afirmó el asesino revolcándose entre la sangre. “Dios no permitiría que un lugar así existiera, pero aquí dentro no hay Dios. Este lugar nunca permitiría que Dios existiera aquí”.
Y me quedé sólo. Durante los últimos años me he dedicado por completo a este único objetivo. Finalizar la obra que soñé con construir. Mostrar al mundo el terror físico. Una obra sólida y real de terror puro.
Durante todo este tiempo mi mente ha cabalgado al borde de la locura, atenazada por un miedo antinatural que provenía de mi demencial obra.
Y hoy, por fin, mi obra va a ser terminada. Dentro de unas horas dejaré caer el telón y mostraré al mundo lo que he creado. La síntesis del miedo. La forma física del terror. La mayor aberración que nunca un ser humano haya podido construir.
Estas líneas las estoy escribiendo de forma mecánica. Hace meses que me saqué los ojos. Hace meses que dejé atrás cualquier atisbo que me quedaba de humanidad.
Hoy sólo vivo para mi obra.
Cuando lean esto yo ya estaré muerto. Sé que no aguantaré mucho más. Y cuando el miedo esté finalizado, la vorágine que causará será terrible, pues ningún corazón puede soportar el terror puro.
Sé que pensarán que soy un monstruo, pero no es cierto. Sólo soy un científico realizando su experimento final. Un experimento de horror y muerte.

FIN
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Estudiante de Derecho. El cine, escribir, tocar el bajo, el teatro, los comics y la subcultura en general.

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