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4 min
La cita
Drama |
26.09.13
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  • 890
Sinopsis

no, buen, día, salir

Mis pasos me persiguen, lánguidos y tristes van acompañados de la sombra anexada al muro más próximo. Me pongo la capucha y agacho la cabeza, dedicándome a contar los finos granos de arena que semicubren la vereda. Pateo una botella vacía y el estruendo de su cuerpo quebrándose hace que me diluya fuera de cualquier irrealidad propensa a abordarme. El sueño que imperaba sobre las comisuras de mis ojos, adormeciendo mis párpados, se desvanece lentamente. El sol irradia calor y ataca mi rostro, me quito la capucha y ausculto los dos bolsillos de la casaca. Uno de ellos me ofrece restos de tabaco que me ensucian los dedos. Desintegro las marrones partículas con las yemas y las dejo caer flotando levemente hacia el terreno, no las pierdo de vista hasta que se mezclan con el descolorido césped que crece a retazos. El otro bolsillo está vacío al igual que la calle; vacuidad etérea que impulsa mis rodillas a articularse con un poco más de ánimo, dirigiéndome hacia delante. Camino un poco más. 
No sé qué fue lo que al final de cuentas hizo que decidiera salir de mi cálida caverna y gravitar con dirección hacia lo que Nerea podría depararme. Como sea, aparto esos pensamientos y alzo la vista hacia el cielo; distingo algunas nubes a lo lejos, flotando encima de mi cráneo, como siguiéndome la pista. Van cambiando de forma conforme a las variaciones del infame viento que se lleva sus suspiros más tiernos hacia otros lares.  Paso en frente de la casa-colegio donde terminé de estudiar la secundaria. Pesadumbre vuelve a mi cerebro y lo empapa con un torrente de bloqueos y reservas desperdigados hacia ya algunos años. Me detengo frente a su fachada; los mismos tonos infantiles de los que tantas veces me avergoncé siendo aún, de cierto modo, un infante, adornaban incólumes el recinto. Azul y anaranjado. Fe, respeto y amor. Lemas perdidos incluso mucho antes de estrenarse, perdidos en su envoltura de plástica indiferencia, de plástico rencor. Una paloma metálica de no sé cuantos kilos de pura charlatanería coronaba el lugar más alto (visible desde fuera) del colegio. Recuerdo cómo me gustaba fantasear con algún desperfecto del sobrevalorado símbolo; desperfecto relacionado con algunas tuercas, un mal posicionamiento, o qué sé yo... y ¡paf! La cabeza de uno de los muchos imbéciles uniformados aplastada como papaya, chisporroteando sangre a los cuatro puntos cardinales, y a sus muchas variaciones. Decidí proseguir con el camino, no era necesario sustraer la ponzoña ya destilada en arduas madrugadas cargadas de desosiego. En fin, Nerea. Bien pude haberle dicho que había fallecido algún familiar, que tenía que bañar a mi perra, o que simplemente no tenía ganas de salir, que me disculpara mucho y para otra ocasión tal vez. Nada me hubiera costado. Aún ahora divago entre el fraccionado recuerdo que tengo de esos momentos intentando enlazar alguna cadena de razonamientos, intereses o emociones que me hubieran llevado a querer combinar las transparentes arenas de mi tiempo con las propias del suyo, con su falda y con su mirada de girasol, de margarita en primavera. Tal vez haya sido eso; la facilidad con la que la asocio con algunas flores podría tener algo magnético. Quizás, no estoy seguro. Por ahora lo único cierto es que en la esquina siguiente un sol voltea a verme y me levanta la mano, oscilándola alegremente por sobre su cabeza. Es ella, es Nerea reconociendo mi torpeza entre la multitud de temerarios queriendo cruzar cuando el semáforo sigue en verde. Me gusta cuando su alegría salpica el día, jaspeándolo multicolormente. Cada vez que lleva ese vestido floreado parece que el sol se encuentra en la obligación de salir y hacer juego con su sonrisa.
Los autos zumbaban increíblemente veloces a escasa distancia de mis oídos y de su vestido. La luz del semáforo parecía haberse enraizado en la cabeza metálica del artefacto. 
Embobado observaba cada latido de la feliz figura de Nerea. Pude ver como apresuraba un paso hacia delante, mostrándose impaciente; hace mucho que no salíamos.   … Quince metros más allá, sus trigales cabellos se enredaban con el caliente líquido que sin cesar manaba de su destrozada cabeza. Su cuerpo, magullado, lucía aún increíble con el vestido floreado, un poco rasgado. Sabía que no era buena idea salir hoy día.
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