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3 min
LA CLASE
Reales |
11.12.13
  • 4
  • 1
  • 749
Sinopsis

Cuando alguien, sabe Dios por qué imperativos económicos, morales, religiosos, sociales o, al fin, por la propia fuerza de las cosas, se ve impelido a comunicar cualquier materia a esta tropa presa, por lo demás, de la más ardiente dispersión física y mental, los resultados son con frecuencia el sueño de cualquier guionista afín al surrealismo.

Iba a decir difícil, pero no, es ese un adjetivo pálido cuando uno se enfrenta a un grupo de elementos confinados contra su voluntad en un habitáculo pequeño durante horas, poco inclinados aunque obligados a permanecer más o menos quietos en sus asientos y, por supuesto, nada dispuestos a escuchar.

            Cuando alguien, sabe Dios por qué imperativos económicos, morales, religiosos, sociales o, al fin, por la propia fuerza de las cosas, se ve impelido a comunicar cualquier materia a esta tropa presa, por lo demás, de la más ardiente dispersión física y mental, los resultados son con frecuencia el sueño de cualquier guionista afín al surrealismo.

            Recuerdo sin más una entrada sublime en uno de estos reductos que acabo de describir, residencia temporal de uno de aquellos grupos que el Señor confunda, famosos no precisamente por su aplicación silenciosa al estudio. Iba yo de buen humor, lo recuerdo bien porque me duró sólo un momento, aunque ya desde fuera era patente la algarabía general a base de aullidos de diversa consideración (alta/muy alta/brutal), golpes y chirridos, resultado del arrastre del mobiliario y equipo. Mi llegada a la zona cero no produjo mayor efecto que el de un escupitajo en el mar, pero no perdí la calma y, acercándome a un grupo de señoritas que se gritaban desaforadamente, traté de informarme sobre el origen del carnaval elevando un poco la voz. Aquello fue como la chispa en un polvorín, volviéndose hacia mí a voz en cuello trataban todas a un tiempo de hacerse entender atropelladamente por encima del tumulto general. Lo peor fue que nuevos integrantes se iban sumando al coro con renovada euforia en sus manifestaciones y aquella polifonía espasmódica amenazaba ya con romperme los nervios y cortarme hasta el resuello. Traté en vano de pedir calma agitando las manos pero aquello, lejos de calmarse, iba cada vez a más. Las palabras comenzaron a agolparse en mi cerebro pero no lograba concretar ninguna frase inteligible. Fue entonces cuando empecé a gritar: ¡tomates! ¡lechugas! ¡verdura! ¡verdura fresca!

            Y se obró el milagro, todos callaron, las mesas y las sillas dejaron de moverse y muchos pares de ojos muy abiertos comenzaron a escrutarme como si fuera un alienígena. El loco era yo, podíamos empezar la clase.

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  • Al principio, tal y como iba leyendo, me empezaba a enfadar por la generalización ya que soy padre de adolescente. Luego, al leer el final, he visto un sentido diferente al relato que me ha encantado: Lo inesperado, lo incongruente, lo descolocado.
  • puede esperarse que un mal día ocurra algo, lo que es más difícil de aceptar es la imposibilidad de saber lo que ha ocurrido.

    Puede, en fin, que se caiga lo peor de nosotros y que por detrás nadie se agache a recogerlo,

    Yo como galletas. Con moderación. El médico me dijo que podía comerlas, así que yo las como. Dos al día.

    Cuando alguien, sabe Dios por qué imperativos económicos, morales, religiosos, sociales o, al fin, por la propia fuerza de las cosas, se ve impelido a comunicar cualquier materia a esta tropa presa, por lo demás, de la más ardiente dispersión física y mental, los resultados son con frecuencia el sueño de cualquier guionista afín al surrealismo.

    El recuerdo, el elixir dorado que resulta de destilar el tiempo, de estrujar nuestra vida, nuestros momentos en la prensa inexorable de nuestra memoria, para al fin extraer unas gotas, unas pocas, algunas muy amargas

    Siempre queda el último segundo

    La pequeña historia de un reencuentro imposible.

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