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7 min
La clínica del dr. Baermann: El vampiro
Terror |
12.10.20
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Sinopsis

En las afueras de Düsseldorf hay una pequeña clínica dirigida por un hombre llamado Baermann. En esta clínica, según dicen, ocurren cosas... extrañas.

Afueras de Düsseldorf, Alemania. 8 de octubre de 1931.

Un joven de aspecto pulcro, totalmente serio, llamó a la puerta de un despacho.

—Pase—dijo una voz firme.

El joven obedeció y entró en la pequeña estancia, cerrando la puerta tras de sí con cuidado. Un hombre corpulento de unos 50 años, con unas gruesas gafas y una espesa barba gris, se puso en pie, cojeando ligeramente, y le tendió la mano.

—Soy el dr. Baermann. Es un placer tenerle con nosotros. Usted era, disculpe mi mala memoria… Kleiber, ¿no es así?

—Kleiber, sí. Un placer para mí también, doctor. He leído mucho sobre sus trabajos.

—Ah, bien, aunque no creo que los más interesantes…

—No, no, por supuesto. Soy consciente de que su trabajo actual requiere de mucha discreción.

—Bien. De modo que ya ha sido correctamente informado de lo que hacemos en esta clínica, ¿me equivoco?

—Ya me han informado. Hacemos… monstruos.

La mirada de Baermann se iluminó al oír el término.

—Sí. Eso es.

—Lo que no entiendo muy bien, a pesar de que me interesa el proyecto y he comprobado que está generosamente pagado, es con qué fin, si me permite esa indiscreción.

—¿Con qué fin? Siempre hay alguien dispuesto a pagar por un monstruo, dr. Kleiber. Circos, teatros, productores de cine… pero los trabajos mejor pagados vienen de las altas esferas. Políticos a los que les interesa desviar la atención de algún escándalo… o gente que necesita que se demuestre la existencia de los monstruos…

—¿Está hablando de la Iglesia, dr. Baermann?

—Es usted un joven muy inteligente, Kleiber. Pero en esta clínica, será mejor que aprenda a no hacer demasiadas preguntas.

—Sí, señor. Disculpe mi atrevimiento—dijo el joven, agachando ligeramente la cabeza.

—Bien. Usted trabajará en colaboración con el dr. Friedman, el psiquiatra más brillante del país.

—Será un honor para mí.

—Contará también con la ayuda de Ehrlich y Wiegand, dos de los celadores. Y con la señorita Maschwitz, una de nuestras enfermeras más capaces.

—¿Cuándo empiezo?

—Hoy mismo. Friedman le informará mejor del proyecto… tiene usted que crear a un vampiro.

 

2 de febrero de 1932.

Alicia Maschwitz se acercó al dr. Kleiber. Era una muchacha pelirroja, de ojos muy claros y aspecto infantil. Parecía incómoda ante la perspectiva de molestar al cirujano, que se encontraba reclinado sobre su paciente, pero tenía que traer la servilleta.

—Ah, gracias, Alicia—dijo Kleiber, advirtiendo su presencia—. Déjala en esa mesa.

—De nada, doctor. ¿Qué tal progresa el paciente?—preguntó tímidamente.

—Bien, sus ojos ya han adquirido la pigmentación que necesitamos. Puede que retoque un poco sus orejas, es lo único que nos falta, pero todavía no sé muy bien cómo abordarlo…

La enfermera echó un vistazo al hombre que yacía en la cama, sujeto por correas de cuero. Su piel estaba muy pálida, y sus ojos, rojos; sus colmillos habían sido limados y afilados hasta adquirir un aspecto terrible.

—Lo cierto es que la mayor parte del trabajo la ha hecho Friedman—comentó mientras ambos salían de la sala—. Es un hombre brillante. ¿Te das cuenta? Los pasos que ha seguido demuestran que es un auténtico genio.

—Su enfermera era Aubrey, doctor. Yo estoy ocupándome de los pacientes normales y de asistirle a usted.

—¿Oh, de verdad?—Kleiber parecía encantado de poder explicárselo. Realmente, le apasionaba el tema—Primero le sometió a un tratamiento conductista durante dos meses. Le hizo desarrollar un pánico terrible a la luz solar… no puede ni pensar en ella. Después, le practicó una lobotomía para provocarle una amnesia total de sus recuerdos personales. Es absolutamente brillante… el paciente recuerda cómo hablar, cómo moverse, y, por supuesto, su miedo a la luz del sol… pero, sin embargo, no recuerda su vida. Así que Friedman ha podido convencerle de que está aquí encerrado porque es un auténtico vampiro. ¡Es impresionante! Por supuesto, le alimentamos con sangre, en la que disolvemos algunos nutrientes extra que puede necesitar. Me preocupa que pueda notar que yo le estoy operando para transformarle, pero como está siempre atado y, desde luego, no le dejamos ningún espejo cerca, no es consciente de su aspecto actual. Así, cuando le opere las orejas, fingiré que estoy intentando hacerlas parecer más normales, en lugar de más antinaturales.

La enfermera asintió, con la boca ligeramente abierta.

—Pero… ¿no siente algo de lástima por esa criatura, doctor?

—¿Lástima? ¡Estamos haciendo ciencia, Alicia! No, no sólo eso… ¡Estamos conjugando ciencia y fantasía! ¡Crear un vampiro no sólo es el sueño de cualquier científico, sino también de cualquier escritor!

—Entiendo…—asintió la chica.

 

3 de marzo de 1932.

Los ojos rojos del vampiro permanecían abiertos de noche, escudriñando la oscuridad. Alicia entró en la habitación sosteniendo un pequeño candil.

El aspecto que ofrecía el paciente era realmente terrible. Estaba muy delgado, fruto del escaso alimento que le daban –la mayor parte de su dieta provenía del banco de sangre de la clínica-. Su piel estaba blanca tras meses sin recibir luz solar, atravesada por las magulladuras que le producían las correas que le sujetaban.

—Eldwin, es la hora—susurró la enfermera, dejando el candil en la mesilla y soltándole las correas—. Tenemos que irnos. Rápido.

—Apenas puedo andar…—murmuró el paciente—Necesito sangre…

—Te ayudaré. Venga, vamos.

—Si supiera cómo transformarme… tal vez podría llevarte volando…

—Eldwin, no puedes transformarte. Venga, intenta caminar.

Paciente y enfermera fueron avanzando lentamente por los pasillos de la clínica. En el silencio de la noche, se podía oír con claridad el eco de sus pasos.

Fuera del edificio, la luna iluminaba trémulamente el camino. El viento agitaba las copas de los árboles, produciendo un susurro continuo que se extendía a lo largo de todo el bosque de la zona.

Eldwin y Alicia fueron avanzando cada vez más rápidamente, conforme los músculos del primero se desentumecían.

La enfermera rebuscó en su bolsillo y sacó una llave, con la que abrió la verja que rodeaba la clínica. Ésta chirrió, produciendo un ruido que sería la perdición de los jóvenes.

—¿Quién anda ahí?—gritó una voz.

Alicia la reconoció al instante. Era Wiegand, el celador. Segundos después, vio su corpulenta silueta acercándose hacia ellos, linterna en mano. La enfermera agarró del brazo a Eldwin e intentó que corriera, pero no lo consiguió; sólo se tambaleó y anduvo unos pasos más mientras Wiegand se acercaba.

—¡Maschwitz!—gritó el celador al reconocerla—¿Qué demonios haces? ¡Aléjate de él!

Wiegand sacó un revólver del bolsillo trasero y apuntó al vampiro, que le miraba confundido.

—¡No, señor Wiegand!—gritó Alicia interponiéndose—¡Por favor!

—¿Estás protegiendo a ese vampiro? ¿Quieres fugarte de la clínica con él, pequeña zorra?

—¡Por favor! ¡Escúcheme!

—¿Y luego qué harás? ¿Denunciar a las autoridades todo lo que se hace aquí? Vuelve a la clínica ya.

—Señor Wiegand…

El celador ignoró por completo el tono de súplica y apretó el gatillo. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.

La bala atravesó el pecho de Alicia, que cayó hacia atrás al instante. Wiegand no tuvo tiempo de apretar el gatillo por segunda vez; en menos de un segundo, Eldwin estaba sobre él y hundió con fuerza los colmillos en su cuello.

El celador y la enfermera golpearon el suelo casi a la vez; ambos mortalmente heridos. Eldwin desgarró la carne, haciendo que la sangre brotara a borbotones y bebiendo ávidamente. Sus músculos volvían a estar en forma; no por la sangre bebida, sino por la adrenalina del disparo y el ataque, si bien nadie hubiera podido convencerle de ello.

Wiegand murió poco después. El vampiro corrió hacia Alicia y la cogió en brazos.

—No te preocupes, Alicia… te convertiré… serás una vampiresa y estaremos juntos para siempre…

Eldwin se mordió su propia muñeca y la colocó en los labios de la enfermera. Ella permanecía inmóvil, con los ojos cerrados.

—Vamos, por favor, bebe… por favor, no te mueras…

Tardó en comprender que Alicia ya estaba muerta.

—Demasiado tarde… no… ¡Noooooo!

El vampiro se puso en pie y salió corriendo hacia los bosques que rodeaban la clínica del dr. Baermann, desapareciendo en la oscuridad.

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