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5 min
La clínica del dr. Baermann: Insectos
Terror |
15.10.20
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Sinopsis

En las afueras de Düsseldorf hay una pequeña clínica dirigida por un hombre llamado Baermann. En esta clínica, según dicen, ocurren cosas... extrañas.

23 de octubre de 1930.

“Todos me siguen me siguen a todas partes dios dios ¿es que no lo veis? Están por todas las partes por las paredes y por el suelo y por el techo, insectos de todos los tipos y arañas y pequeños bichos con sus patas peludas y su horrible tacto paseándose sobre mí.

Corren sobre mí con sus pequeñas patitas y yo no puedo hacer nada porque estoy aquí atado e inmovilizado mientras me cubren y se meten en mi boca y por los agujeros de mi nariz y dios es horrible dios puedo sentirlos dentro de mí moviéndose.

No hay forma de escapar ni hay forma de dormir porque oigo sus zumbidos siempre es infernal un zumbido constante que no para nunca nunca nunca y suena tan fuerte justo en mi oído y sé que están justo ahí dios sé que están justo ahí en mi oreja caminando con sus patitas y poniendo sus huevos para que haya más y más y más cubriéndome por completo.

No puedo soportarlo más y dios esto tiene que acabar, tiene que acabar de alguna forma y me da igual el dolor o el sufrimiento porque necesito acabar con esta tortura cueste lo que cueste pero no puedo moverme pero la boca sí me han dejado la boca libre y puedo sacar la lengua y morderla fuerte bien fuerte notando el sabor de la sangre y golpearme la barbilla con el pecho una y otra vez fuerte fuerte para que la lengua se desprenda.

Oh dios dios dios qué he hecho el dolor es insoportable y todo se pone borroso pero tengo que continuar tengo que seguir mordiendo y despedazando la lengua porque noto la sangre sobre mi cuerpo y sé que es la única forma de escapar y la boca se me llena de sangre y escupo y puedo ver los pedazos de moscas y arañas que tenía en la boca y que masticaba ahogándose en la sangre que he escupido, unas alas de mosca flotando sobre el charco como tranquilas como riéndose de mí como todos esos bichos a mi alrededor y sobre mí y oh dios cómo duele.

He acabado y la lengua cae sobre mí y todos esos pequeños bichos vienen a mi lengua a la desprendida y a la herida de mi boca a beber mi sangre y a comer la carne muerta con sus pequeños mordisquitos y dios por qué, así es peor que nunca, es peor que nunca pero sé que se va a acabar pronto y voy vagando de un lado a otro y me desmayo y me despierto y me desmayo y me despierto y no sé cuánto tiempo estoy dormido pero el zumbido sigue siempre ahí y la sangre empieza a coagular y vuelvo a morder para abrir otra vez la herida y sangrar más mucho más sangrando a borbotones, que la herida se haga más grande y que todo se acabe de una vez.

Y cada vez duele más, el dolor se extiende por toda mi boca y el zumbido y dios todos estos insectos dios pero ya… ya se acaba sé que se acaba porque… he perdido mucha sangre y hay… paz.”

 

24 de octubre de 1930.

“Emil Friedman

Psiquiatra”

La placa de bronce pulido resaltaba en medio de la puerta de madera caoba. Aubrey llamó a la puerta con delicadeza.

—Pase.

La enfermera obedeció y entró en el despacho, completamente recargado de pinturas, esculturas, libros y todo tipo de objetos que apenas dejaban un hueco libre en ninguna de las paredes ni de las mesas.

 

—Derek Spengler ha muerto, doctor Friedman.

—¿El esquizofrénico?

—Sí.

—Vaya, vaya…—el psiquiatra hizo un amago de hojear alguno de los papeles de su escritorio, pero rápidamente desistió de encontrar algo en aquel caos—Recuérdame un poco los detalles del caso.

—Fue internado aquí hace dos meses. Era esquizofrénico con delirios paranoides, creía estar siempre rodeado de insectos que le cubrían y se paseaban sobre él. Se arañaba la piel para intentar quitárselos y se provocó importantes lesiones…

—Ah, sí, sí, cierto…

—…entonces usted intentó probar la terapia de choque como mejor método para curarle…

—…sí, claro. Encerrándole ahí…

—…eso es, señor. Estaba encerrado en una habitación con docenas de insectos reales.

—Ajá. Espero que los celadores no se olvidaran de alimentarle.

—No, señor. Se arrancó la lengua a mordiscos para suicidarse.

—Hmmm, vaya…

El psiquiatra se acarició la barba, reflexionando, y finalmente sonrió.

—Bien, pero no se había suicidado hasta ahora. Eso demuestra que los insectos que percibía en sus delirios no los sentía tan reales como los auténticos. Un experimento muy interesante, sin duda. Puedes irte, Aubrey, gracias. Tendré que investigar más a fondo este caso.

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