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11 min
La cola del infierno
Suspense |
09.01.17
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Sinopsis

¿Es el infierno de veras como nos lo han contado? ...

En mi lar siempre se habló —de un modo súper descarado— de ángeles y demonios, de espíritus malignos que nos hostigan sin tregua de noche y de día. Mi madre, principalmente, siempre fue la más adepta. Nos esgrimía reaciamente un nuevo tipo de horror, “divino y celestial”. Así que, a la llegada de la luna, cuando era tiempo de ir a dormir, yo me tendía (no muy) cómodo en mi lecho, con las esperpénticas figuras del infierno en mi pequeña cabeza. Crecí pues, al final de todos, en un frenesí espiritual celebrado entre la luz y la oscuridad. Cuando fui mayor, acogí un gusto especial por lo extraordinario y lo desordenado; por todo aquello que va ‘fuera de lugar’, siempre afuera del tópico. Pero hasta este punto no quisiera que el lector me malinterpretara; no soy ningún raro excéntrico (cosa nefasta), porque de hecho, y dicho sea de paso, no he sido más que un miserable y escueto desgraciado. Terminé por entregarme ávido a los malsanos vicios del mundo, ahogándome —y desahogándome— entre alcohol, drogas y concupiscencias. Y me tambaleaba en los límites que pintan la raya entre la tierra y el infierno.

Cuando llegué allí, todo parecía como una cueva; una cueva eterna, y muy fosca. Aunque había suficiente visión, no había colores, excepto el gris y el negro. El suelo era todo escabroso y su extensión toda sinuosa, e infinita. La tierra exhalaba vapores tan abrasantes como los de un volcán despierto. Me llamó la atención la gran fila imperecedera de almas, o de personas, grandes y pequeñas, hombres y mujeres. Había incluso niños que jugaban con otros niños, conocidos que casualmente coincidían y que charlaban de asuntos triviales de la Tierra y personas de todas las razas y edades. Había mucha gente rica e importante y mucha gente humilde y reservada. Había pues, elegancia y miseria. Y todos aquellos desdichados (incluyéndome a mí) se dirigían inexorablemente hacia a su eterno martirio: el infierno. Después observé hacia lo alto y vi horribles bestias, o demonios, que sobrevolaban con sus alas de dragón toda la sombría extensión. Parecía que cantaban o que vacilaban. Algunos reían a grandes carcajadas, y sus risas estremecían la tierra. Algunos cargaban cuernos muy largos y cóncavos, y los hacían resonar como aciagas trompetas, sempiternas. Y desasiéndome de mi asombro, me formé sin más ni menos tras la última persona de aquella larga fila. Recuerdo que aquella era una mujer muy delgada, de rostro pálido como la luna. Todos ahí aún vestíamos nuestras ropas, y las de ella no eran más que unos pobres andrajos. Y nuevas almas llegaban y se formaban, unas tras otra y de a montones, en la cola del infierno.

Y la cola crecía y crecía cada vez más, con violenta celeridad. Ante esto, me sentí profundamente exasperado e irritado; muy exacerbado. Volteé mi vista hacia el frente, sin hallar siquiera la más ínfima sospecha del final, sólo varios kilómetros de gente triste, desdichada y desahuciada. De pronto, en mi momento de arrebato, recordé aquel ambicioso trato que había hecho con La Muerte. ¡Sí! esto era: hasta el último de mis días, y de mis noches, yo le serví siempre con la mayor asiduidad a la niña, la comadre, la madrina, a La Muerte pues. Un día, en vida, me propuso un trato: me dijo que, si le procuraba muchas muertes en su nombre, saciaría todos los apetitos de mi carne, con un sinfín de deleites mundanos. Me afirmó también que, después de la muerte yo jamás sufriría, y que por el contrario, descansaría. Después de meditarlo un rato, accedí. De inmediato, sacó una hoja blanca impresa con el trato, y añadió, de improviso, y de su puño y letra, un breve texto que mencionaba una ‘hermosa morada’. No hice ninguna pregunta al respecto. Terminó de escribir, y sin la menor atención a nada, lo firmó y me lo entregó. Me sentí ansioso, no lo leí, apenas lo ojeé (porque ella ya me había dicho todo), lo firmé, y me puse manos a la obra.

Y sucedió que, en su nombre, perpetué en total, seiscientas sesenta y cinco muertes, entre hombres, mujeres… y niños. Es verdad, y esto es algo que aún no puedo digerir, y que me sonroja y me atormenta: me quedé a una sola muerte de la marca cabal, ¡a una sola! Se apesadumbra mi alma. Pero, sin duda, yo llegaría allá abajo como toda una leyenda, mejor que cualquier Charles Manson. Cuando hube terminado de recordar todo esto, metí la mano derecha en mi bolsillo con un frenesí implacable, y saqué de él una hoja de papel, doblada en cuatro partes iguales. Por alguna extraña superstición, siempre la llevaba conmigo a todos lados. Éste era mi trato, ¡mi redentor! Besé la hoja lleno de júbilo, a pesar de que yo nunca la había leído. Y fue entonces cuando se me ocurrió, ahí, por primera vez en la vida —o muerte—, enterarme por fin, de todo lo que decía. Así que la desplegué hasta dejarla casi perfectamente plana y llana. Y leí lo siguiente:

“Servicio Particular de Mortandad Mundial SEPAMOM S.A. DE C.V. ISO 9001-2008. CONTRATO. Celebrado por los señores: La Muerte (EL PATRON) y x (EL TRABAJADOR). A los veintisiete días del mes de Octubre del año dos mil catorce. Cuyo incumplimiento de las siguientes cláusulas será sancionado severamente y conforme a las leyes jurídicas establecidas:

i. EL PATRON DECLARA LOS SIGUIENTES BENEFICIOS AL TRABAJADOR: QUE EN VIDA PODRÁ GOZAR DE LUJOS Y PLACERES CARNALES SIN RESTRICCION, CONFORME ESTA CONCEBIDO EN LOS SIETE PECADOS CAPITALES.

ii. EL TRABAJADOR DECLARA ACEPTAR VOLUNTARIAMENTE Y SIN NINGUNA VIOLACION A SUS DERECHOS FUNDAMENTALES LOS BENEFICIOS DE SU PATRON, A CAMBIO DE SUS FIELES SERVICIOS, QUE TERMINARAN UNA VEZ CONSUMADA LA MUERTE DEL TRABAJADOR.

iii. EL TRABAJADOR NO PUEDE, BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA, CONTRADECIR AL PATRON”.

Enseguida había un texto borroso, aparentemente escrito con lápiz:

“A QUIEN CORRESPONDA: POR MEDIO DE LA PRESENTE HAGO CONSTAR QUE EL SEÑOR x SIRVIO FIELMENTE A LA MUERTE Y SE LE RECOMPENSA AHORA CON DESCANSO Y [borrón] PRIVILEGIOS, LOS CUALES PUEDEN SER TODOS LOS QUE EL QUIERA, LLEVANDOLE PERENTORIAMENTE Y SIN REZAGOS A LA MORADA FELIZ QUE LE HE PROCURADO. SIN NADA MAS QUE AÑADIR, SE DESPIDE SU SIEMPRE AMIGA. La Muerte (FIRMA) [espacio, espacio] Sr. x (FIRMA).”

¡Brillante acuerdo! Sin duda soy yo un hombre sabio. Ahora, después de gozar los placeres terrenales, obtendría al fin mi merecido descanso, en una morada hermosa y feliz, sin suplicios ni tormentos. Era pues ésta la hora de reclamar mi galardón. Así que para hacer uso eficaz de aquellos privilegios mencionados, abandoné la molesta fila y caminé hacia adelante con el objetivo de llegar al infierno lo más pronto posible.

Y así iba yo: cada vez menos rezagado en aquella larga cola. Adelantaba a un alma, ésta me veía pasar y se desconcertaba. Después a la siguiente, y a la siguiente de la siguiente. Y en mi trayecto, sentía sobre mi espalda la pesada carga de sus miradas. De pronto ya empezaban a señalarme, injuriándome y maldiciéndome. Mentaban estas frases: “maldito bastardo” “regresa a la fila, infeliz” y de más. Entonces sobrevino de pronto un gran bullicio. Dos demonios centinelas que volaban muy cerca se percataron de esto, y vinieron prontamente:

—¿Pero qué pasa aquí? ¡Asquerosos gusanos mortales! —exclamaron, al mismo tiempo que nos azotaban con sus colas.

Estos demonios eran grandes y fuertes, con cuerpos como de lechuza y hedían a pus. En el primer segundo en que hubo quietud, dijo alguien, con acento arábigo:

—Éste idiota se quiere adelantar a la fila. Hacedle entender. Él debe esperar su turno como todos los demás. Por Alá, ¡yo llevo aquí noventa y dos días!

—Señor —me dirigí apresuradamente al primer demonio, que tenía cara de becerro—, déjeme por favor, justificar mis actos. He aquí que poseo un documento legítimo, firmado y avalado por la mismísima Muerte, y que me garantiza todos los privilegios que yo quiera y que yo mismo me he ganado con justicia en la Tierra, cuando hube trabajado para ella.

Y le entregué la hoja. Pero el demonio ni siquiera la miró, y sólo se limitó a preguntar: “¿Para quién?”

—La Muerte señor, para la Santísima Muerte —respondí con seriedad.

Ambas bestias se miraron como desconcertadas, y de pronto, echaron una horrible carcajada que hicieron sangrar los oídos de todos los condenados.

—Ja, ja, ja, vaya, ¡pero que bribón! —Dijo el segundo demonio—. ¿Acaso no te enteras, chico? Esa cucaracha ya no trabaja más para nosotros.

Aquí éste demonio se inclinó hacia mí un poco, cubrió su boca con su grotesca zarpa, y me dijo, muy suave, a mi oído:

—Se dice que, hubo un momento en que la cucaracha quiso derrocar al Jefe, así como hace tiempo en el cielo el Jefe quiso derrocar al Padre. Pero la cucaracha fracasó, entonces la despidieron. Ahora dirige su propia empresa, en la Tierra, y le va bastante bien, pero sólo domina sobre la cuarta parte de ella.

Cuando el demonio terminó de enterarme de todo esto, comencé a sentirme muy rabioso de nuevo. Me sentí hondamente humillado, ultrajado, y despojado. ¡Me habían tomado de incauto! A mí, un hombre listo y sabio. No era posible. Me encolericé, y sin pensarlo, expresé la siguiente orden:

—¡Exijo hablar con el encargado! ¡Esto es inaudito! ¡Tengo la firma de La Muerte! ¡Tengo su maldita firma! —y les restregué el papel en la cara. ¡Sí, les restregué el papel a los demonios, en sus feas y desgarbadas caras!

No me dejé intimidar, realmente yacía furioso, rabioso. Hice un gran escándalo, un gran bochorno, como de esos que hacen algunas señoras al momento de pagar, cuando no les respetan los precios en el supermercado. Vinieron dos demonios más, pero en vano. Y vinieron otros tres más, inútilmente. Y sólo para callarme de una buena vez, el que tenía cara de becerro, dijo:

—¡Está bien! Llevemos pues al bergante con el Jefe. Él le dará una lección —e hizo chasquear sus dedos inmediatamente.

Y en un parpadeo, ya nos encontrábamos en las puertas del mismísimo infierno. Éstas eran como dos rejas muy anchas y enormes, muy altas, que terminaban en grandes picos retorcidos y afilados, y estaban todas oxidadas. A las almas que se encontraban ahí, prontas a abandonar por fin la fila, les quitaban sus ropas y las escoltaban hacia una inmensa alberca llena de fuego, y ahí, los demonios las arrojaban y las atormentaban por la eternidad. Vi todo esto, cuando me llevaron hacia una pequeña puerta de madera, a lado de las grandes rejas, y en la puerta de madera decía: GERENCIA. Me dejaron entrar solo. Me senté en un sillón muy bien afelpado, y esperé. Había unas macetas por allá, una mesita de centro por acá, un cuadro por aquí; como una oficina cualquiera. De otra puerta que se hallaba frente a mí salió una hermosa dama, una reina soberbia y de belleza indecible. Se presentó como Lilith, secretaria del licenciado Lucifer. Le enteré de inmediato sobre el altercado en la fila y sobre el trato que en vida yo había hecho con La Muerte, y se lo entregué. Lo leyó en silencio, y al cabo de unos minutos me dijo:

Híjole joven, por lo que tengo entendido, La Muerte ya no trabaja más para nosotros, y estos asuntos sólo los trata el licenciado. Él ahora se encuentra muy ocupado con el papado, en el Vaticano. Si gusta usted esperarlo, en cuanto él llegue yo le comunico a la brevedad, que usted se encuentra aquí esperándolo. Estoy segura de que a él le interesan mucho sus asuntos de la Tierra.

—¿Y cuánto tardará? —respondí.

—Cien años más —me dijo, y se marchó.

Entonces yo me quede ahí, sentado, agachado, hiperventilado; rojo de rabia, ¡furioso! ¡Una vez más! ¡Maldita sea! la Muerte, el Infierno, Dante Alliguieri; ¡mierda! todo era una farsa.

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