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6 min
La coleccionista de libros ajenos
Drama |
24.01.14
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Sinopsis

Desde que aprendió a leer, Katia se convirtió en una amante empedernida de los libros. Los leía con la persona que le introdujo en el mundo de la lectura, el señor Doyle, y cuando los acababa, los guardaba en un pequeño escondite. Lo que Katia no se imaginaba era el enorme giro en su vida que estaba por llegar…

El tiempo no variaba en aquel escondido valle. Todos los días solían ser fríos, excepto algunos, en los que se podía salir a la calle sin ir demasiado abrigado.

-¡Vamos Katia!-exclamó Louise. -¡Despierta!... ¡Despierta!

Katia abrió los ojos ante la primera llamada de su madre. No le costó mucho levantarse de la cama.

-Venga, que es día de mercado.-Dijo la mujer mientras salía de la habitación.

Katia miró por la ventana. La nieve caía con fuerza sobre las frías calles del valle. Los domingos eran sus días preferidos ya que la gente iba a comprar al mercado por mucho frío que hiciese.

La joven bajó las escaleras y se dirigió a la cocina.

-¿Qué hay de desayuno, madre?-preguntó la pequeña ansiosa.

-Hoy he cogido magdalenas en la panadería-contestó ella.-Ya sabes, sé que te encantan.

Katia sonrió. Cansada de las típicas tostadas, engullía con pausa las magdalenas que su madre había traído recién hechas.

-Venga, apresúrate…-dijo su madre.-Tienes que ir a comprar al mercado.

Katia terminó, y agarró la lista que colgaba de la mano de su madre. Se dirigió a la puerta, se colocó su abrigo gris y su bufanda, y salió a la calle.

La puerta se cerró tras ella y Katia avanzó. Los gritos de los niños, las conversaciones de los adultos y la nieve amenizaban su mañana de domingo.

No le costó más de quince minutos llegar al mercado. Sacó el dinero que le había dado su madre y empezó a comprar lo indicado en la lista.

Su mirada se centró en el puesto de la fruta. Justo al lado, en una mesa, vio un ejemplar de un libro antiguo: “El piano”

Katia miró a su alrededor. Nadie le observaba, parecía que el propietario del libro no se había percatado de la ausencia del ejemplar. Así que, sin pensárselo dos veces, lo cogió y lo escondió bajo su abrigo.

Terminó rápido las compras y volvió a casa. Su madre no estaba en casa, y aprovechando su ausencia, la joven se dirigió a casa del Sr. Doyle, un gran amigo de su madre.

La joven llamó a la puerta y esperó. La Sra. Doyle fue la que abrió.

-¡Oh!-exclamó.- ¿Qué haces aquí?

-Vengo cuando puedo, Margaret.-Exclamó Katia.- ¡Ya lo sabes!

-Tu…tu…madre está aquí.-Contestó. -¡Louise!

La madre de Katia surgió de la habitación de al lado.

-¿Qué haces aquí?-preguntó su madre.

-He encontrado un nuevo libro.-Contestó.-Vengo a leerlo con el Sr. Doyle.

Margaret y Louise se miraron y acto seguido, Louise agarró a su hija del brazo.

-Vámonos…-dijo su madre.- El Sr. Doyle tiene mucha fiebre, no puede atenderte…

A Katia no se le ocurrió nada que hacer en cuanto llegó a casa. La única cosa que le apetecía era ir a su “escondite secreto”.

Hace un año, Katia y el Sr. Doyle paseaban juntos por el valle. El anciano le acababa de enseñar a leer y la joven, se lo agradeció dando un paseo.

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-¿Qué es esto Sr. Doyle?-preguntó Katia.

-Es un conducto de una acequia, pequeña.-Explicó.-Por él pasa el agua que se recoge de la lluvia aunque ahora se utiliza poco ya que apenas llueve.

La joven divisó un pequeño agujero. Estaba contentísima. Allí guardaría todos los libros que leyese junto al Sr. Doyle

>>

Katia no tardó demasiado en llegar a su destino. Sacó los libros de su escondite y los enumeró.

-“El secreto”, “Silencio”, “El pájaro atrapado”…

La joven estaba encantada de tener tantos libros. Ella sabía que ninguno era suyo pero no era capaz de deshacerse de ellos.

-Están todos.-Suspiró.

La joven depositó los libros en su sitio, y acto seguido, volvió a casa, estaba sucia y cansada.

Cada día que pasaba, Katia recibía la misma respuesta, “sigue enfermo”. Ella estaba ansiosa por leer el libro con el Sr. Doyle pero le daba igual esperar un poco más de tiempo.

Un viernes por la mañana, unos nubarrones grises se apoderaron del cielo del valle.

-¡Son nubes de tormenta!-gritaban por la calle.

La joven sabía que era una tormenta pero desconocía cómo era.

Y así fue, como la joven pasó toda la mañana sentada frente a la ventana viendo como la intensa lluvia caía sobre el valle. Miraba como los habitantes huían a sus casas y como los rayos, provocaban algún que otro daño.

Cuando la lluvia empezó a cesar, alguien llamó al timbre.

Louise abrió la puerta. Al otro lado, se encontraba una desconocida Margaret triste y desolada.

-Thomas ha fallecido.-Dijo la mujer rompiendo a llorar.

Cuando llegó la mañana del sábado, varias personas vestidas de negro se dirigieron al cementerio para despedir al Sr. Doyle. Una pequeña joven se había ausentado durante el entierro.

 

-Se han ido junto a él…-repetía Katia mientras observaba el hueco agujero.

El agua de la lluvia se deslizaba sobre la acequia. Los libros ya no estaban.

Katia pasó largos días desolada y lo único que le agradaba, era la lectura que le mantenía entretenida. Cuando finalizó el libro, se dirigió una vez más al puesto de frutas y lo dejó en el mismo lugar dónde lo encontró. Después, regresó a casa.

-Tome señor.-Dijo el vendedor.- ¿Es el libro que perdió? Acaba de aparecer.

-Gracias.-Dijo el hombre abandonando el puesto.

De regreso a su hogar, el señor abrió el libro y encontró una hoja que antes no estaba escrita.

<<

Querido Sr. Doyle:

Gracias por jugar conmigo y enseñarme a leer, pero sobre todo, gracias por ser mi amigo.

Eras una gran persona, y ahora que ya no estás, te echo mucho de menos.

Éste es el primer libro que leo sin tu ayuda, y en cuanto lo acabe lo devolveré.

Tan solo quiero dejar marcado este recuerdo.

Gracias por todo,

Katia

 

El hombre se secó las lágrimas con un pañuelo, abrió la puerta de su casa y tras él, el gélido viento del valle se encargó de cerrarla.

 

 

 

 

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