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6 min
La conexión perfecta
Amor |
30.08.13
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Sinopsis

...

Sucedió muy deprisa.
El corazón se activó y latió agitado al compás de una respiración morbosa acariciando el mismo aire, entrelazándose en un juego que rozaba la belleza más grotesca y hermosa que pudieran haber imaginado sus ojos, inconscientes de la noche que comenzaba y de la tortura en la que se convertiría la mañana siguiente, cuando su ausencia bañara las sábanas y su aroma se desmayara por cada poro de su piel, en busca de más y hambriento del olor de su pelo, revuelto en medio de las caricias que no encontraban el modo de detenerse ni la hora para volver a casa.
Sucedió de repente, sin esperarlo, como si alguien hubiera pulsado un interruptor y algo en su cabeza empezó a dar brincos de alegría.
Una felicidad que creía ya extinta, lejana y totalmente desconocida.
Sentía en su estómago la mezcla del cocktail más peligroso; embebida de la pasión que vibraba en su interior y abrumada por los acontecimientos que no comprendía.
Sus manos se buscaban evadiendo a duras penas la desesperación, el miedo por encontrarse y el temor definitivo que supondría la separación de sus articulaciones, tan distintas pero que conseguían encajar a la perfección, como las piezas de un puzzle al principio defectuoso, pero visto de cerca, totalmente perfecto.
Así era todo lo que les rodeaba, o así lo percibían ellos en medio de la sed que sentían el uno por el otro.
El humo, las luces, el ruido que sonaba particularmente lejano, el frío, incluso el aroma de la hierba húmeda.
La importancia había perdido su propio valor para derivar a un segundo plano.
La proximidad de sus cuerpos era perturbadora, casi irrealista, ni siquiera el aire lograba infiltrarse entre ellos y el calor que despedían derretía todos los pensamientos coherentes.
Su piel se crispó con el aviso de un nuevo escalofrío al sentir su respiración agitada y mórbida ascendiendo y descendiendo por su columna, con una suavidad que asustaba, atesorando más sentimiento en ese trayecto del que pudiera haber llegado a soñar.
Su corazón se olvidaba de latir y sin embargo sentía su existencia en toda su magnitud, su vida había alcanzando por fin el éxtasis.
Su lengua acarició su hombro acelerando las sensaciones, llevándolas al límite, jugando con la temperatura ambiental y la de sus cuerpos que amenazadoramente parecían encajar en un solo.
Y durante esos segundos, en los que el frío y el calor luchaban entre sí, quiso gritar.
Si el aliento de la muerte se hubiera parecido en eso una milésima parte, no le habría importado morir mil veces.
Ya no recordaba cuándo fue la última vez que fue consciente del mundo a su alrededor, en esos instantes, desde luego, ya no lo era.
Todo el mundo había desaparecido y si no era así poco le importaba, había perdido el decoro y las buenas formas.
¿De qué servían sino para mitigarle, para reprimir lo que deseaba?
Aunque sabía que por más que hubiera luchado hubiera perdido de todos modos.
La batalla que libraban no era otra que la lucha contra sus impulsos más primarios y al mismo tiempo la razón.
Sin entenderlo del todo, había cerrados los ojos y miles de sensaciones le recorrieron como si hubiera metido la cabeza en un cubo de agua helada, la oscuridad le envolvía pero no sentía miedo porque sabía que siempre había estado allí, buscando algo que por fin había encontrado;
Una razón para hacer lo que hacía, una conexión, un lazo invisible que unía esa oscuridad antes perpetua con un nuevo mundo que se escondía y que descubrió en cuanto rozó sus labios y ambos se unieron.
Se succionaron con ansia, incluso con una lujuria prohibida.
Queriendo absorberse por completo el uno al otro, sintiendo que ni siquiera eso era suficiente.
De repente el tiempo corría más deprisa y las horas se desintegraron mientras el amanecer acudía raudo a buscarles.
Las horas, las palabras y los hechos se sucedieron uno tras otro como si se tratara de un sueño.
Tal vez lo era.
En su pecho no podía albergar más paz ni más gozo, no había hueco para nada más que no fuera alimentarse de su respiración mientras sus lenguas se buscaban, incautas, alcanzando el ritmo perfecto mientras sentía el tacto de su piel contra la suya y memorizaba cada poro, cada rasgo bien esculpido.
Al instante siguiente había apoyado la cabeza contra su pecho mientras disfrutaba de la música de su corazón. 
No podía describir lo mucho que le encantaba escuchar con atención sus latidos; se entretenía contando sus pulsaciones, adivinaba cuándo le sobrevenían los nervios y cuándo se tranquilizaba, como un gato que dormía con los ojos abiertos sabiéndose inseguro, pero que ronroneaba cuando le acariciaban las orejas.
Durante horas estuvo reflexionando y supo que a pesar de todas sus experiencias y de todo lo que había vivido, nada había resultado ser tan agradable a estar tan cerca del corazón de una persona.
Escuchando con atención su ritmo, su sonido, su rapidez.
Todo lo demás era secundario y no necesitaba escuchar nada más.
A veces su voz interrumpía esa melodía y la notaba retumbar en su pecho, que se movía sin querer en medio de alguna risa que dejaba escapar.
Después, algún suspiro.
Y de nuevo volvía a centrarse en esa melodía que adoraba.
Era como si su corazón estuviera contando los segundos.
Cómo le hubiera gustado quedarse allí para siempre, en esa postura.
Pero los segundos terminaron y la realidad se tornó de nuevo tangible, demasiado dolorosa.
Al día siguiente al despertar, como bien sabía, su ausencia bañó las sábanas y arañó el colchón.
Su aroma aún estaba preso en su pelo y su olor impregnó la almohada.
Su piel aún recordaba el orden de sus caricias y las sensaciones que había tatuado en ella.
Se abrazó a la almohada y siguió durmiendo, queriendo seguir soñando.

 

 

 

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