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6 min
La Curandera
Terror |
13.11.13
  • 4
  • 3
  • 1865
Sinopsis

...parirás a tu hijo con dolor...

Corría el año 1939, España  en llamas y en un rincón de Cartagena...

Pozo Estrecho  sufría la peor tormenta  de su historia. El cielo se iluminaba sobre los techados, el viento huracanado barría las calles mientras el granizo golpeaba con violencia  los postigos cerrados de las ventanas del pueblo.

Los gritos de María de los Cármenes tras ocho  horas de dolorosas contracciones eran desgarradores y la abundante sangre que calaba a través del colchón y empezaba a formar un pequeño charco por debajo de la cama probaba que los alaridos no eran exagerados.

Alicia Pedrosa,  la curandera  que atendía el parto y la única persona que se encontraba en ese momento en el caserón de la adinerada familia Colomar rogaba a la Virgen de la Caridad que por lo que más quisieran todos los santos el parto saliera bien, o por lo menos, que la situación no empeorara más de lo que ya estaba: El padre de la criatura, Don Pedro Martínez Colomar, Capitán del glorioso cuerpo de Infantería de marina , había depositado toda esperanza de descendencia varonil en el parto y este no exteriorizo entusiasmo alguno el día anterior cuando Alicia comento servicial que marchara tranquilo a Cataluña a dar el golpe de gracia al bando republicano, que no se preocupara por nada, que España lo necesitaba y le recordó  que la prueba de la cadenita, método popular allá donde los haya para predecir el sexo del bebé vaticinaba la llegada de un varón. Conocedora del temperamento explosivo  que se gastaba Don Pedro cuando los deveníos del Señor no eran afines para sus propios planes  era consciente del peligro que corría. Se notaba los pezones como para colgar chaquetones.

Si esto no fuera suficiente  para tensionar una situación que requería de toda serenidad un rayo mal parido había dejado sin electricidad a la casa y Matías, el mozo que debía ayudarla en el parto se encontraba en ese momento luchando por sofocar un incendio que se había producido en el establo a la vez que intentaba mantener la calma entre las bestias. María de los Cármenes, egoísta desgraciada- eran los pensamientos de Alicia- agonizaba a la tenue luz de las velas, ignorando vil la amenaza que eso suponía para el futuro integro de la curandera, arriesgando la descendencia de Don Pedro. También nombrado por los habitantes del pueblo como “El Cornudo” cuando los orejones del Capitán quedaban suficientemente lejos.

Esa era la situación, el bebé, si a esa enorme masa de carne que amenazaba con partir por la mitad el tronco inferior de la pobre infeliz se le podía denominar como tal, había decidido venir antes de tiempo y en mala posición. Solo había mostrado al mundo en ocho horas que duraba el martirio unos pinreles del tamaño de unas manos adultas, unas pantorrillas fuertes como cilindros de acero y lo que se asemejaba al comienzo de dos jamones de jabugo en miniatura que venían a ser los muslámenes de la formidable criatura.

No te preocupes hija mía, todo saldrá bien, es ley de vida y toda mujer que se precie debe pasar por ello: Ya lo dicen los evangelios, parirás a tu hijo con dolor. Una cita con la que Alicia Pedrosa solía tranquilizar a las madres primerizas que había atendido a lo largo de los años, pero en esos momentos la muletilla le sonaba más a una maldición bíblica que a una frase apaciguadora del antiguo testamento. Estilete en mano miraba como se retorcía de dolor la angustiada madre y se preguntaba cómo era posible que no se hubiera desmayado, aunque, no obstante, el tormento solo había hecho más que comenzar.

Una decisión que tomar entre dos opciones y las dos medidas suponía la muerte certera de la madre y un riesgo alto para el futuro del bebé. No había que ser un doctor titulado para saber que el canal vaginal de la señora de los Cármenes era pequeño, insuficiente para dejar paso a la bestia que estaba por llegar y el feto nunca se adaptaría a ella; moriría asfixiado si no se actuaba con rapidez. Jalarlo de los pinreles, rezar y de un meneo  traer al mundo al retoño: desgarramiento letal uterino para la madre, una más que segura malformación en la cabeza del bebé sino la muerte y la furia del padre canalizada en un millón de garrotazos en la espalda de la pobre curandera, que aunque fuerte y robusta, no se veía capaz de soportar tal tortura.

Visualizadas las efímeras probabilidades de éxito que tenía la primera opción, Alicia Pedrosa,  de  callosas manos y pulso firme, acerco  el frío estilete a la prominente barriga, empezó abrir en canal el abdomen de la madre provocando un reguero de sangre y un último acto de supervivencia en María De los Cármenes. El impulso profundo de un moribundo que se agarra al último aliento y que le costaría la vida a la matrona.

Alicia Pedrosa, maciza como el tronco de un olmo, celebre en el pueblo por arrancar cepas  de las viñas a golpe de tirón, recibió tal castañazo  en forma de coz que le hizo volar por toda la habitación aterrizando contra la pared de piedras del otro lado de la estancia con la mala fortuna de incrustarse en la vena carótida del muslo izquierdo la herramienta quirúrgica que no le había dado tiempo a soltar.

Aun  tuvo  tiempo suficiente, antes de cerrar los ojos para siempre, de comprobar que la tormenta había remitido en su fiereza, de observar que la posición de la pierna derecha bajo todo el peso de su cuerpo era irreal, que el hueso que le asomaba a la altura de la rodilla probablemente era el fémur astillado. De escuchar un crujido a huesos rotos proveniente del otro extremo de la habitación que aun en su estado moribundo le resulto escalofriante, levantar la cabeza y ver que María De los Cármenes no respiraba y su abdomen junto con la vagina habían sido unidos por una resquebrajadura grotesca y de ella se asomaba lentamente una cabeza ensangrentada más parecida por tamaño a la de un cochinillo que a la de un bebé, de oír como el atronador llanto del cachorro rompía el silencio de la casa y probablemente del pueblo y toda la provincia de Cartagena entera. De comprobar que el método de la cadenita era infalible…

-    Es un varón, es un varón, "El Cornudo” puede estar contento…

 Fue el último lamento colmado de odio que Alicia Pedrosa se esforzó en pronunciar antes de abandonar este mundo.

                                                            FIN

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Si se me permite, me gustaría aprovechar este momento para echar un órdago a aquellas personas, que como yo, sufren una extraña alteración en las funciones vitales cuando se ven abocados al vacío de un “Sobre Mi”. Vértigo, bloqueo, encogimiento de las partes nobles, picor en los ojos, moqueo, estornudos constantes, urticaria repentina… Es horrible, de verdad, créanme cuando digo que cuando nos vemos en esta situación la única salida que nos queda es echarnos en el suelo, formar un ovillo con nuestros cuerpos trastornados y esperar a que acabe la pesadilla. Y ahora que he logrado levantarme del suelo y recobrar algo de dignidad me pregunto si habré logrado mi propósito. Joder, estoy desvariando. No sé si tomarme un vino o una cerveza. En fin, me hare un vinito y mientras lo pienso.

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