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12 min
La Dama de los Mil Rostros
Amor |
08.11.08
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Sinopsis

El inicio de una trama paralela de "El Rincón de los Libros Encontrados", idea original de Chiropteran (inenarrables.blogspot.com) que está siendo desarrollada por Bolzano (crucesdecaminos.blogspot.com). En este capítulo, el abuelo escritor introduce a su mujer fallecida como personaje de la historia, pues forma parte de los orígenes y desarrollo del secreto mejor guardado de la familia.

Apareció por primera vez ante mí como un enigma vestido con los colores de la noche, envuelta en un halo de misterio tan irresistible como tenebroso. Mi instinto de explorador me llevó, por un lado, a aventurarme a descubrirla y, por otro, a ser sigiloso y taimado en la actuación. Al menos eso creía. Ella usó sus rasgos redondeados, de cierta candidez infantil, como cebo. ¿Y cómo no confiar en esos ojos risueños, plenos de atardeceres cálidos? Contrario a mis principios, me dejé engatusar por su inofensiva apariencia, sin vislumbrar que no poseía control sobre las reglas del juego, pues fue ella quien me eligió a mí.

A excepción de una sutil intensidad provocadora en su mirada, imposible de ser contrarrestada, no dio pista alguna de sus intenciones para conmigo. El clima que se iba estableciendo entre nosotros parecía armonioso y controlado, de una cortesía amistosa que personalmente me encargué de materializar en una educada invitación con la intención de alargar un poco más la agradable sensación de aquel inocente encuentro. Inesperadamente, ella recompensó mi iniciativa regalándome una llave secreta que colgaba de su cuello. Más tarde comprendí que aquel regalo era una representación simbólica del preámbulo que me llevaría a mi sueño de perpetuidad: un pacto entre almas para descubrir la misma esencia de la vida en sus múltiples facetas. Así es como ella pasó a ser mi maestra en asuntos mundanos y espirituales.

Mi niñez bajo la influencia de mi dama protectora comenzó con una historia junto a una ninfa emergida de las profundidades del submundo, la cual se convirtió en fuente de inspiración e irreal admiración. Aquella imagen fantástica, ya presente en mi mente en momentos anteriores de mi vida, se había materializado en carne. La independencia de la que ahora gozaba lejos de cualquier anhelo mortal la llevó a adoptar la personalidad de una princesa medieval, sacada de su contexto. Había algo en sus ojos que avivaba mi corazón y me hacía sentirla como una presencia familiar. No obstante eran sus largos cabellos cobrizos, emitiendo destellos al sol, los causantes de mi hipnotismo. El hechizo no desapareció cuando al fin me atreví a tocarla presa de un deseo refrenado por la pura incertidumbre. Sin embargo, mi bella princesa se esfumó después de aquellos primeros deliciosos besos.

En mi camino se cruzó una hábil hechicera que portaba una adictiva droga en sus carnosos labios. Era incapaz de resistirme a aquel elixir tan selecto, a su perfume a bosque y a su piel de seda. Para entregarme su amor, me puso a prueba: debía abandonar mi infantilismo. Mi rito de iniciación se encargó de oficiarlo ella. Ante aquel reto, me serví de la fuerza que me imbuía la joya que mi benefactora me otorgó. La apreté fuerte contra mi pecho y, para mi sorpresa, el espíritu instintivo del lobo tomo las riendas de mis acciones durante las noches de lujuria que siguieron. Mi querida bruja, nada más verme, comprendió la transformación que había tenido lugar. Se acercó a mí con aires de pantera; me acarició juguetona, sin ofrecerme una pauta definida; de vez en cuando, me propinaba pequeños mordiscos, sin intención de traspasar la frontera de sus dominios. Pronto me cansé de ser la presa y me abalancé sobre ella. No contento con acorralarla, la sujeté por los muslos para después colarme entre los pliegues de su falda. En pleno ascenso a su recinto sagrado, una agitada respiración se coló en mi oído, alimentando mi ansia de devorarla. Le sostuve la mirada intensamente, con un mensaje de macho alfa. Atisbé una aparente resignación en ella y procedí a despojarla de las ropas que cubrían sus palpitantes senos, con pasos más calculados. En medio del proceso, mi adorada bruja me obligó a cesar en mi intento. La observé, esperando una señal, pero tan sólo se detuvo para escudriñar en mis ojos, buscando algún secreto que tan sólo ella conocía. Acto seguido me besó con una intensidad desmesurada y se libró de la tela que separaba su pecho del mío: acababa de superar la prueba. No obstante, la que yo creía hechicera, no era sino una bestia nocturna mantenida a base de sangre e instinto. Mi lobo interior quedó a merced de la tortura de sus garras y de sus afilados dientes, que me iban robando el vigor entre gemidos nacidos de un placentero sufrimiento. Mi muerte final tomó la forma de una amazona desbocada que me usó de corcel sin detener su agitado cabalgar hasta llegar a su meta. Desde ese instante, dejé de temer a la muerte y ya no fui nunca más un niño impresionable. Resurgí de aquel pacto de sangre como ser poderoso, con destreza suficiente para que aquella criatura salvaje se entregara a mí sin reparos e incluso, de vez en cuando, me suplicara entre susurros de que la amara bajo aquel aspecto.

Una vez aprendí a dominar mis instintos en compañía de aquel ser feroz, pude volver a comportarme como un hombre y a deleitarme con la belleza de las creaciones propias de nuestra especie. Conocí a una artista oriental sin par que tenía por costumbre ataviarse con largos kimonos azules, bordados con hilo de oro. Dominaba el arte del sumisen, el canto, el baile y la poesía. De su carácter me atraía su elegancia, ingenio, sensibilidad y su manera de evocar una sutil sensualidad. Junto a ella aprendí el valor de la contemplación, la insinuación y los juegos de miradas y caricias imperceptibles para el ojo no experto. Cada una de nuestras citas representaba una llamativa danza por las claves más artísticas del ser humano, acompañada de un lenguaje corporal que, si era ensayado o no, nunca daba apariencia de falso o recargado. Ella sabía marcar adecuadamente los ritmos y pausas, sin llegar jamás a la monotonía: su versatilidad, además de ser patente, demostraba no tener fin. Quizás esto la hacía tan hermosa a mis ojos, pues nunca estuve preparado para sus impredecibles y cadenciosas interpretaciones. Tan pronto esbozaba una sonrisa, el imperio de mis sentidos templaba; una vez caía el té en la taza, el intercambio de filosofía podía traspasar cualquier límite temporal.

A pesar de que mi amada artista nunca reveló las claves de su arte, me preparó para recibir con entusiasmo a una dedicada maestra, no sólo centrada en despertar mi desarrollo y hacer crecer mis capacidades, sino en socializar aquellos rasgos ásperos de mi carácter que tantos problemas me habían dado en otras épocas de mi vida. Usó la narración, el diálogo y la crítica constructiva desde una posición de igualdad, nunca de superioridad, para transmitirme sus saberes y reformular otros muchos conocimientos que poseían un significado compartido para ambos. De cara a apaciguar mi rebeldía incontrolable y mis malos modos ante aquellos que trataban de imponerse sin haberse ganado una autoridad moral, me trató con el afecto y comprensión que otros no me habían dado, abriendo una ventana a descubrir un mundo no únicamente habitado por sombras. Gracias a su buena labor, fui siendo cada vez más independiente y autodidacta, aunque siempre la tuviera como un referente y un punto de apoyo y consejo ante los cambios en mi camino.

En mi proceso de emancipación, también conté con la compañía de una cocinera que luchaba entre consentirme y educarme en las artes culinarias. Siempre que me veía un poco triste, preocupado o había algo que celebrar, me preparaba los mejores manjares, destacando entre sus especialidades los postres. Sin embargo, en otros momentos trataba de engañarme vilmente, cocinando platos con verduras, pescado o frutas, enmascarados en presentaciones o salsas apetecibles con ánimo de equilibrar esa dieta que a mí me costaba horrores cuidar. Con el tiempo, debo admitir que me fui acostumbrando a ciertos sabores y ya no protestaba cual niño malcriado. Incluso, de tanto en tanto, me metía con ella entre el calor de los fogones para aprender (a veces algo más que cocina) y así poder sorprenderla en los momentos en que necesitaba de una atención especial.

El período culminante de mi existencia llegó cuando la fertilidad echó raíces en mi casa. Aquella naturaleza cambiante que había conocido, con una cierta posibilidad de doma, se transformó en algo mucho más armonioso y cíclico. Al principio me abrumó aquella marea de acontecimientos, aquel misterio que se gestaba en el cuerpo de aquella diosa nutricia, de formas redondeadas y pechos rebosantes, que poseía un instinto admirable para ajustarse a cada pequeña sensación o necesidad que notaba en su vientre y, después en la pequeña bolita de carne y reflejos que fue nuestra hija. Si ya en su juventud había sido hermosa, a mí me lo parecía aún más con ese carácter dulcificado y esa seguridad que irradiaba de ella y le proporcionaba estabilidad a nuestro hogar. Además, aquella fortaleza se acrecentaba con cada nueva experiencia y aprendizaje dentro de una nueva estructura de relaciones y funciones. Si bien es cierto que se dieron conflictos durante aquel proceso de adaptación, tengo la firme convicción de que cada obstáculo superado nos unía más como pareja y como familia.

Pasados los primeros años de intensa dedicación a la crianza de nuestra descendencia, la fertilidad se extendió a otros proyectos. Con ahorros comunes, decidimos montar una pequeña cafetería que fuera refugio y punto de encuentro de los representantes de la cultura de aquel tiempo. Convocamos a unos cuantos principiantes con los cuales manteníamos un cierto trato, pero no aconteció nada demasiado espectacular. A mí me deprimía la poca concurrencia de los primeros años y tuvimos frecuentes discusiones por cerrar el negocio. Ella no se rindió: se pasó horas y horas diseñando actividades, exposiciones y tertulias; reajustando los gastos, incluso cuando parecía imposible apretarse más el cinturón; cambiando la decoración a partir de objetos viejos del vertedero que luego restauraba con mi ayuda; preparando nuevas delicias para alegrar la estancia a los clientes. Gracias a su tenacidad y a la esperanza que contagiaba en mí, logramos que la semilla que plantamos diera sus frutos. No nos hicimos ricos, económicamente hablando, pero ganamos amigos valiosos que nos permitieron soñar con otro mundo posible, a pesar de no estar suficiente valorado por la mayoría.

La cumbre de nuestra dicha tuvo lugar con la creación del “Rincón de los libros encontrados”, nuestra preciada y atípica biblioteca. Odiaba limpiar el polvo de las estanterías y la humedad, pero adoraba nuestras salidas exploratorias en busca de manuscritos así como gestionar las publicaciones de nuestros clientes. Sin duda, mi querida esposa, se convirtió en una bibliotecaria experta, además de en una extraordinaria cuenta-cuentos. Por mi parte, fui superando mi timidez, ganando destrezas en la escritura de mi guión de vida.

A medida que fuimos envejeciendo y, algunos de nuestros compañeros con nosotros, nos vimos menos capaces de seguir con nuestra empresa. Cerramos el local pero nuestro rincón siguió siendo el símbolo latente de la cultura de toda una época. Aún así, a mí me costó asumir el cese de aquel espacio y empecé a temer por su subsistencia efectiva después de nuestra muerte. Aquel profundo desánimo me hizo enfermar gravemente. Si todavía me quedaba algún resquicio de duda de que la mujer que había elegido por compañera era única, en todos sus aspectos, no me quedó ninguna después de todos los días y noches sin dormir que hizo de enfermera y de psicóloga junto a nuestro lecho.
Su dedicación a ese proyecto de vida común y al amor que nos profesábamos parecía no tener límites. Desgraciadamente los hubo, tal vez debidos a la intensidad con la que decidió empujar su devenir hasta su último aliento, en tantas ocasiones, en contra de los elementos. Ella asumió su final mucho mejor que yo, con una tranquilidad y una sabiduría que iba más allá del cerco impuesto por nuestra condición. Se había convertido en la líder y anciana de la tribu por derecho propio, ganándose la admiración y el respeto de sus seres queridos y de sus enemigos.

Fue un espíritu intrépido incluso a la hora de despedirse, pidiendo que esparcieran sus restos entre tierra, aire, mar y fuego. Fue de todos, pero al mismo tiempo de nadie. Ella fue la Dama de los Mil Rostros y yo fui, soy y seré, por siempre, su consorte en el umbral de todos los universos imaginables.

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  • ¡ joder que maravilla! a veces leyendo cosas al azar te encuentras joyas como esta.
    La historia es perfecta y la forma de escribirlo me ha parecido muy madura y muy acertada. Debo darte la enhorabuena
    Bueno, una pasada, entroncando con "el rincón de los libros encontrados". Una narración deliciosa.
  • El inicio de una trama paralela de "El Rincón de los Libros Encontrados", idea original de Chiropteran (inenarrables.blogspot.com) que está siendo desarrollada por Bolzano (crucesdecaminos.blogspot.com). En este capítulo, el abuelo escritor introduce a su mujer fallecida como personaje de la historia, pues forma parte de los orígenes y desarrollo del secreto mejor guardado de la familia.

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