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7 min
La dama sin rostro
Reflexiones |
26.11.13
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Sinopsis

Proque en este mundo jamás alcanzaremos a ver todo lo que hay en él.

En esa ciudad era tan común que las calles estuviesen llenas de ruido. Los pasos y las voces de la gente, los perros, los coches, sirenas de patrullas y ambulancias… Más a Marie toda esta amalgama de barullos le resultaba extrañamente placentera. Le recordaba que el mundo no estaba vacío, que estaba vivo, porque varias veces llegaba a olvidarlo, cuando frente al lienzo no le venía inspiración alguna. Pero en ese momento no podía pedir más. Alicia posaba ante ella.

 

- ¡No te muevas, por favor! —le repetía constantemente y de manera enérgica— Haces que te pierda.

-  ¡Pero si no me he movido! —replicaba Alicia.

- ¡Que no te muevas! ¡Te pierdo!

 

            “Pero si no me moví…”, se repetía a sí misma Alicia en su mente, y también se ponía a pensar en lo que significaba eso de perderse.  Cosas de artistas.

Ambas se encontraban en un punto de su vida que no podían explicar. ¿Podría ser que despertaron y se dieron cuenta de que estaban vivas? Desde la firme realidad de una simple roca, hasta la misma razón existencialista de la misma humanidad. Cosas así pasaban por sus mentes. No podían explicarlo.

 

            A Marie le faltaba inspiración. Tenía el talento, estaba dispuesta, tenía el lienzo en blanco preparado, pero no sabía qué hacer con todo eso. Miró por la ventana de su segundo piso y divisó la florería. “Iré a la florería”, se dijo entonces. Bajó a la calle, caminó a la florería y conoció a Alicia. Marie creyó que la belleza de las flores le inspiraría algo, pero terminó ignorándolas. Aquella chica captó toda su atención.

Alicia, quien no decidía si lirios o rosas, se percató de la expresión interesada de Marie, le regaló una sonrisa y volvió con sus flores.

Marie se acercó, se plantó firmemente y se lo propuso sin reparos.

 

- Debo dibujarte. ¿Serías mi modelo?

- ¿Qué? Yo… —Alicia lo dudó un segundo, pero sólo un segundo— Entonces serán lirios.

 

            Y tomando un único lirio en sus manos, acompañó a Marie de regreso a su segundo piso.

En ese momento a Marie no pareció importarle el por qué alguien aceptaría así, de buenas a primeras, posar para ella. Estaba inspirada, y nada la detenía cuando una musa la poseía. Al llegar al apartamento, Alicia se sentó en un enorme sillón, cruzó las piernas y alzó el lirio a la altura de su rostro. Ya estaba inmersa en su papel de modelo. Parecía haber nacido para ello. Marie no podía creer lo perfecto de la situación. Simplemente se reía de la emoción. 

Antes de comenzar a dibujar, Marie agitaba los brazos y sacudía todo su cuerpo, como si estuviera convulsionando. Alicia se contenía la risa a duras penas. Todo aquello le divertía como nada antes. ¿En qué estaría pensando este par?

 

            Marie comenzó dibujando los tacones de Alicia,  subió por sus piernas hasta llegar a sus caderas, luego se dispuso a delinear el sillón a su alrededor. Alicia posaba de manera sutil y a la vez imponente. No se movía ni un pelo, pero a Marie le parecía que sí, y por eso le reclamaba cada instante. Ambas estaban disfrutando el momento. Aunque no pareciera así, Alicia y Marie habían hecho una conexión especial, como pocas. ¿Como partes de un todo, quizá? ¿La una con la otra? ¿Las dos con el mundo? Era algo que no podía explicarse con palabras.

 

            Una hora y media después, Marie dio por finalizada la sesión. Alicia, algo entumecida, estiró los brazos y se acercó al caballete con curiosidad.

 

- ¡Vaya! Eres asombrosa. Muy buena, pero… ¿Por qué comenzaste desde abajo? Lo normal es comenzar por la cara, ¿no?

- Todos siempre me preguntan eso. Verás, yo soy excelente dibujando caras, de verdad, no fallo ni una. Pero suelo tener dificultades con todo lo demás. Así que primero empiezo por lo más difícil. ¡No quiero dibujar un rostro perfecto y luego tener que arrojarlo a la basura por fallar en lo demás!

- ¡Qué rara eres!

- ¿Y tú no?  Jajaja

- Claro. Oye, veo que no está terminado…

- Si, le falta bastante, pero en un par de sesiones más podría acabarlo.

- De acuerdo. Pues me tocará volver mañana.

- Sí. Pero ven temprano, talvez así podamos hacer una sola sesión para terminarlo.

- Seguro. ¿Te parece bien a las ocho?

- Bien. Pero antes de que te vayas… Quisiera decirte algo…

- Dime.

- Seguramente te sonará raro…

- ¡Dime!

- Yo… te amo…

- Eh…

- O sea, eres excelente como modelo, eres perfecta y… Dios, no sé como expresarlo de otra manera, solo puedo decirte eso…

- Eh… Bueno… Supongo que yo también podría decirte lo mismo, pero talvez no estoy tan loca como tú…

- Supongo…

- …

- …

- De acuerdo, también te amo, pero no por las razones que tú crees.

- ¡Pero si no tengo ninguna razón en qué creer! Jajaja

- Como sea, talvez mañana te lo explique. Ahora debo irme.

- Seguro. Hasta mañana entonces.

- Hasta mañana.

 

            Y así Alicia abandonó el segundo piso de Marie. Las dos pasaron la noche pensando en lo que se habían dicho y en lo que significaba. Perfecta armonía de esencias, resonancia de almas, ninguna lo comprendía. Lo cierto era que lo sentían, y era algo más que amor al prójimo, más allá de preferencias de género, más allá de todo lo conocido.

 

            A la mañana siguiente la ciudad, permanecía igual, con los ruidos de la gente, sirenas y animales. Era música a los oídos de Marie, que se había levantado temprano y de manera impaciente. Dieron las ocho y Alicia no apareció. Luego se convenció a sí misma de lo tonta que estaba siendo al esperar que Alicia llegara a la hora en punto, y decidió ir a la ventana y esperar ahí para aplacar sus ansias.

 

            Al estar tan acostumbrada al frenético griterío de la ciudad, no pudo percatarse de la proximidad del llanto de una sirena. Justo frente al edificio, alguien había sido arrollado al cruzar la calle.

Marie quería creer que no se trataba de Alicia, pero bajó corriendo a la calle para comprobarlo. Los paramédicos se disponían a deslizar el cuerpo dentro de la ambulancia cuando Marie llegó.

 

- ¡Alicia! ¡Dios, no puede ser! —exclamó al verla inconsciente sobre la camilla.

- Señora, ¿usted la conocía? —le preguntó un paramédico.

- Sí, soy su… —y Marie se quedó sin voz. ¿Qué era Alicia para Marie? No eran familia, no eran amigas, no eran pareja, no eran amantes (¿o sí?)… Lo único que se le ocurrió era que guardaban una relación de artista-modelo, y le pareció tan ridículamente irrelevante que no lo mencionó.

 

            La ambulancia partió, y Marie se quedó ahí. ¿Cómo podía venirse abajo todo un mundo que acababa de descubrir? Su mente se esfumó sin más. Volvió a su apartamento a paso de zombi, se sentó frente al caballete y terminó de dibujar. Todo le quedó perfecto, salvo el rostro, el cual solo era un espacio en blanco, vacío.

Marie dejó el cuadro exactamente así. Varias veces intentó dibujar el rostro de Alicia, pero temía no poder hacerlo tan perfecto como el real, y se rendía siempre.

Otra de las razones por las que no podía terminar el cuadro era que en el fondo, Marie pensaba que Alicia un día volvería a ella, y juntas podrían terminar su obra, pero ese día jamás llegó.

 

            Aunque no lo creas, el cuadro “La dama sin rostro” se exhibe en El Prado. Sí, justo ahí en esa sala, donde no puedes verla.

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Me gusta mucho leer. ¿Por qué estaría aquí si no? jajaja Lastimosamente ya no tengo mucho tiempo para ello, ni para escribir tampoco. Pero bueno, hay que hacer un esfuerzo.

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