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81 min
LA DECISIÓN
Suspense |
16.12.17
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Sinopsis

Algunas personas, en un determinado momento de su vida, se convencen de que no merece la pena seguir. Esto le sucedió a Marcos, nuestro protagonista. Pero tras una noche muy movida se replanteará su decisión.

Marcos se decidió finalmente a marcar y respirando hondo se acercó el teléfono al oído. La voz de su amada no se hizo esperar al otro lado de la línea.

 

— ¿Se puede saber dónde estabas? Te llevo llamando toda la mañana.

—Acabo de llegar.

— ¿Vienes a por mí o cojo mi coche? He mirado el horario y están hasta las dos y media, si nos damos prisa...

—No vamos a ir.

— ¿Cómo dices? ¿No piensas contratar el banquete ahí?

—No habrá banquete.

— ¿Se puede saber qué te pasa? Déjate ya de misterios y dime de una vez qué pasa.

—Lo siento Laura, no habrá boda, te dejo, no te quiero, –Marcos tuvo que hacer un esfuerzo para no atragantarse, sus últimas palabras apenas fueron un susurro- hasta siempre.

 

La habitación se le hizo más pequeña, pareció estrecharse de tal modo que se diría que lo estaban echando de allí, como si los muros tuvieran vida propia, le costaba trabajo respirar. Desconectó el teléfono de la pared, ya no lo usaría hoy, tal vez nunca. Miró el trozo de papel que había dejado sobre la mesa, las letras estaban borrosas debido a las lágrimas que llenaban sus ojos, pero no necesitaba leerlo, sabía de memoria el contenido, sobre todo la frase fatídica: “Alta probabilidad a corto o medio plazo de...”

 

Apretó los puños y golpeó con rabia la mesa del salón, haciendo un esfuerzo titánico logró controlar el llanto, pero no la rabia. Abandonó la habitación con las llaves de su coche en la mano, era todo lo que necesitaba.

 

Laura no podía pensar, estaba aún como si la hubieran trasladado a otro planeta donde la razón no formaba parte de las virtudes de sus habitantes. Marcos era su novio desde hacía más de tres años, habían vivido juntos toda clase de experiencias y aventuras, pero sobre todo se amaban con locura, o eso pensaba ella hasta esa extraña llamada de hacía tan solo –miró el reloj de su muñeca- dieciséis minutos. Volvió a pulsar “rellamada” con el mismo resultado: señal intermitente de desconexión. No podía quedarse allí pensando y martirizándose, no podía, de ninguna manera. Cogió las llaves del coche y salió disparada, haría los trescientos kilómetros que la separaban de la ciudad donde residía Marcos desde su traslado y, si fuera necesario, haría mil para esclarecer aquella llamada irracional.

Ya en la carretera se concentró en seguir la cinta intermitente del centro, dejándola un poco a su izquierda y manteniendo una velocidad baja y constante, era la mejor manera de desplazarse en aquella noche oscura y pasada por agua. Además podía pensar, y desde luego lo necesitaba.

 

“¿Estaría enfermo? ¿Le habrían despedido? No era posible ninguna de esas dos circunstancias, la primera porque hacía poco tiempo que se había sometido a toda clase de pruebas exigidas en su trabajo, la segunda era aún más improbable dado el carácter de funcionario con oposición aprobada que su empleo tenía. ¿Qué otra cosa...?  OH, no. Hijo de p... este tiempo que ha estado viviendo solo en otra ciudad, solo los fines de semana para mí, y claro esta: ¡Otra para el resto de la semana! 

Joven, atractivo, soltero y con la novia a buena distancia, la muy imbécil preparando la boda, y mientras tanto él, de despedida de soltero prolongada, ¡qué bien! Y ahí surge la arpía, que una vez ha satisfecho al macho, no le piensa dejar escapar, un funcionario joven y atractivo, de ninguna manera.

 

Marcos, tras hora y media al volante, circulaba ya sin apenas visibilidad, pero no redujo la velocidad, allí no había peligro porque era recto y llano, las curvas estaban más adelante, donde comenzaba el ascenso al puerto, ahí pisaría a fondo, y una vez arriba pondría fin al dolor. Trató de imaginar por un momento cómo podría ser su vida si decidía dar marcha atrás a su decisión y hacer frente a lo que le esperaba. ¡Imposible! Ni tan siquiera lo contempló más de diez segundos. No.

 

Pablo acababa de coronar la cima del puerto y se disponía a comenzar el descenso, iba tarareando el tema que se estaba reproduciendo en el espléndido aparato de sonido de su no menos estupendo camión nuevo. Le costaría pagar sus buenos intereses y una elevada cuota durante unos interminables diez años, casi ya a las puertas del nuevo milenio, pero era su negocio y necesitaba invertir para que le dieran portes interesantes, de lo contrario sería tragado por la competencia. Marta le había animado, si no fuera por ella tal vez no estaría metido en aquello, seguramente estaría trabajando por cuenta ajena, lo que significaba hacer él las interminables horas al volante mientras otro se llevaba el grueso de la factura.

Aún eran jóvenes, en eso su mujer tenía razón, esperaban su primer hijo, todo iría bien, saldrían adelante. Sonrió al recordar la última discusión “Pablo”.  “No, nada de eso, está pasado de moda poner a los hijos el nombre de pila de su padre, se llamará Adrián”.  “¿Pero qué nombre es ese, quién se llama así en la familia? Además a mí no me gusta. Te propongo que busquemos después la parejita y a la niña la llamemos Marta...”  “Sal de aquí antes de que me enfade de verdad”

 

Soltó la carcajada allí, solo en la cabina de su camión, al recordar a su mujer enarbolando el secador de pelo con una mano como si fuera un arma, y con la otra sujetándose la toalla que se abría y la dejaba sus partes al aire, cosa que él aprovechaba para intentar meterle mano “Ay, ay, uy, uy”. Reía con ganas cuando de pronto vio algo que le pareció una visión, algo que no debía tomar como real, pero su reacción siguió la orden de sus ojos y pisó el freno.

 

Cuando el camión comenzó a resbalar haciendo la tijera, Pablo observó estupefacto cómo otro niño, este un poco más grande, cruzaba la carretera, antes de volcar pudo ver por el rabillo del ojo un coche colgando del quitamiedos, justo al borde del precipicio. Después de eso se deslizó con el morro ya tumbado y hacia el lado contrario al de su marcha, calculó que no caería al precipicio a menos que la carga tirara de la cabina, pero aquello era improbable puesto que la unión de la cabeza tractora con el remolque no resistiría, de hecho debía haberse soltado ya.

 

Jorge y Mario quedaron embelesados observando deslizarse el enorme camión tumbado, parecía que no fuera a detenerse nunca. El ruido que hacía la carretera al ser rasgada era ensordecedor, finalmente se detuvo y los dos niños volvieron a la realidad, la más terrible que hubieran podido soñar. La abuela había caído al barranco por la puerta que aún estaba abierta, el abuelo estaba atado, al igual que su madre, con el cinturón, y parecían aplastados por algo que no les permitía soltarse. Adrián no paraba de llorar, estaba medio fuera de su asiento especial para bebés. A sus once años, Jorge comprendió que debía ponerse al frente y salir de aquella situación lo antes posible, pero ¿cómo? Al otro lado, donde habían cruzado para pedir ayuda, estaba todo cerrado, los tres edificios que apenas se veían debido a la nieve, todo estaba oscuro y sin señales de vida. Mario, que acababa de cumplir seis años, no podía dejar de llorar y se empeñaba en desobedecer a su madre que les había ordenado que no volvieran a subir al coche. ¡Ni se os ocurra!, había gritado. Jorge se acercó con cuidado y se apoyó en el quitamiedos hasta que pudo ver a su abuelo un poco más de cerca, no podía estirarse más y las manos le dolían en aquella chapa tan afilada. “¡Abuelo!” llamó, nada, no hubo respuesta, pero el hombre parecía moverse, o mejor dicho agitarse, lo que significaba que estaba vivo.

 

—¡Mamá! -ésta sí contestó.

—Estoy bien hijo, pero no puedo moverme, tengo las piernas atrapadas, escucha: mira debajo y dime como está sujeto el coche en el quitamiedos.

 

Jorge se apartó de la estructura metálica y se agachó junto a la puerta abierta por la que habían salido él y su hermano. La cosa no pintaba bien, pensó. ¿Le decía la verdad a su madre?

 

A pocos metros de allí, pero casi invisible para los niños debido al temporal en la noche cerrada, Pablo comenzaba a valorar su situación moviéndose lentamente dentro de la cabina volcada. Puso sus brazos tensos en su propio asiento para trepar hacia arriba, al soltarse el cinturón había caído hasta la ventanilla del copiloto con un golpe que le había dejado dormido el hombro izquierdo, puede que solo estuviera dislocado, pero al forzarlo para alzarse le asaltó una punzada de dolor intenso, tanto que se dejó caer de nuevo. En el vuelco debía haberse desconectado o roto algún cable principal porque no funcionaba nada, menos aún la emisora, que estaba colgando allí delante de sus narices de cualquier manera, ni una sola lucecita en ninguna parte, nada. Observó bien el exterior por el cristal rajado y creyó divisar la mediana a su izquierda, aquello significaba que, si estaba mirando en sentido contrario, había pasado al otro lado de la carretera, el que tenía un poco más arriba un coche colgando de su quitamiedos. Los chillidos de los cerdos atrapados en el remolque llegaban hasta sus oídos amortiguados pero inconfundibles. “Pobres bichos” –pensó. Si no les ayudaban pronto morirían congelados allí arriba, el temporal de nieve estaba arreciando por momentos y él mismo comenzaba ya a tiritar. El agujero en el parabrisas parecía crecer conforme se iban rajando las láminas de cristal y otros materiales, la nieve comenzaba penetrar decorando el salpicadero, si su situación no fuera tan desesperada diría que aquellos copos esparcidos por el interior de su camión nuevo eran un bello espectáculo. Alzó sus piernas y pateó la luna con fuerza, no cedió ni un ápice, no se rompería para dejarle salir, el agujero estaba justo en una esquina, era inútil, no era esa su salida. Se dispuso a realizar un nuevo intento para trepar, esta vez resistiría el dolor, tenía que hacerlo, debía ayudar a la gente del coche, de momento había visto dos niños cruzando la carretera, probablemente buscaban ayuda en el lado del bar y el albergue, debían desconocer que aquellos negocios habían cerrado, y hacía tiempo que se habían trasladado unos siete kilómetros más abajo. De pronto cayó en la cuenta, si los niños pedían ayuda, ¿dónde estaban los adultos? ¡Dios! Tenía que salir de allí y correr a ayudar”.  Estiró los brazos de nuevo y se enganchó al apoyabrazos de su asiento, esta vez aguantó el dolor mientras su cuerpo se elevaba hacia la salida.

 

Marcos circulaba ahora a ciento treinta kilómetros por hora, las curvas comenzaban a ser más cerradas conforme ascendía hacia la cima. La nevada se había intensificado, la visibilidad apenas alcanzaba los cincuenta metros, si no conociera bien aquella carretera haría ya rato que su misión habría concluido. Su objetivo era llevarlo a cabo más arriba, tal vez justo en la cima donde sabía que la altura era descomunal, y en el trozo de medio kilómetro que carecía de coníferas. De este modo no existía la posibilidad de salir con vida debido a un frenazo en su caída por parte de las copas de aquellos largos mástiles repletos de ramas.

Su decisión no tenía marcha atrás y no podía arriesgarse a salir con vida, si eso sucedía era probable que no volviera a intentarlo, y se le hacía intolerable, insoportable, y hasta inadmisible, seguir viviendo. Aceleró un poco más.

 

Mario, que en todo procuraba imitar a su hermano mayor, se agachó para mirar bajo el coche. Salió como un resorte gritando de pronto:

-¡Mamá, mamá! Hay un palo de hierro clavado en el suelo del coche, no tengas miedo, no te puedes caer. ¿Puedo subir?

 

Jorge estuvo a punto de propinarle un bofetón, el enano había descubierto lo que él no quería decir a su madre, y encima no lo había interpretado bien. El poste del quitamiedos estaba medio arrancado del suelo y no aguantaría mucho, si movían el coche lo más mínimo cedería. Volvió a fijarse bien, en efecto se veía una especie de piedra de hormigón que rodeaba el metal y que estaba fuera ya de su hoyo. Pero había algo que le preocupaba más, miró el poste clavado al coche y luego el siguiente que sucedía en el quitamiedos, la longitud debía ser la misma, elevó la cabeza hasta divisar el asiento y calculó: había un buen trozo incrustado en el coche ¡Y su madre estaba justo encima!

 

—Está bien sujeto mamá, no te preocupes, enseguida pasará alguien y nos ayudará.

 

Natividad asintió, tragó saliva con mucho esfuerzo, algo pasaba ahí abajo, algo muy raro, apenas tenía dolor, pero algo pasaba. Abrió los ojos para ver a su padre, aún respiraba, al menos eso parecía. Movió la cabeza hacia la puerta donde estaban sus hijos y logró dar la orden que tenía en la mente.

 

-No se os ocurra subir al coche. Jorge, tú eres el mayor, no dejes que Mario lo intente, prométemelo.

-No te preocupes mamá.

 

Asintió de nuevo parando la mirada en el bebé, dormía ahora, debía haberse agotado de tanto llorar y ahora dormía plácidamente, observó si estaba todo en orden en la sillita. Lo estaba. Pero ella no, era como si cada uno de sus movimientos lo hiciera otra persona. Algo pasaba, algo muy raro, se sentía muy extraña. Recordó algunos pasajes de programas de televisión que a veces le gustaba ver, eran todos de misterio y trataban de desentrañar sucesos inexplicables. Apariciones de seres fallecidos, otros que contaban sus experiencias al otro lado, increíblemente se sentía ahora identificada con algunas descripciones que recordaba. Negó con la cabeza de forma instintiva, no, solo era su imaginación, se sentía muy débil, había recibido un fuerte golpe, eso era todo, sus piernas prisioneras la estaban jugando una mala pasada, eso era todo. De pronto, sin saber por qué, recordó al padre de sus hijos, el muy cobarde se había marchado con otra, dejándola con los tres y apenas les hacía caso.

La pensión la pagaba, si, pero juntaba varios meses, parecía querer hacerla daño, puesto que todo el mundo sabe que las facturas de suministros son mensuales. Si no fuera por sus padres. ¡OH, Dios!

Nati soltó un grito contenido al recordar de pronto los chillidos de su madre al caer al vacío.

 

En la última curva Marcos había tenido que enderezar su Ford Scorpio para no salir disparado al abismo, aún no era el momento, y por ello hizo gala de su pericia al volante para volver a encauzarlo en la carretera, al menos en el plano que en la oscuridad parecía pertenecer a la misma. Estaba llegando a la cumbre, apenas dos kilómetros y dos curvas y sería libre, pisó más a fondo, los ciento cincuenta caballos tiraron del sedán hacia la recta final en la cima. Justo allí tenía previsto fijar el volante, bien apretado en sus manos para que continuara recto al pasar el pico, sin girar en el inicio del descenso, la única salida sería el oscuro abismo, en unos segundos todo habría terminado.

 

 

Jorge vio los faros a lo lejos, según sus cálculos no estaban todavía muy cerca, pero desde allí arriba se veían muy bien subiendo por la sinuosa carretera, no tardaría en llegar hasta ellos, si venían hacía arriba quería decir que estaba en su mismo carril, solo tenía que avisarle para que parase y les ayudara. “¿Y si no los veía?”, —pensó. Tenía que llamar la atención de alguna manera. Se fijó en el maletero abierto y corrió hacia él. “Eso es” –se dijo. Extrajo la enorme caja de herramientas de su abuelo con un considerable esfuerzo, aquello parecía pesar una tonelada. La abrió y comenzó a sacar llaves, martillos, tenazas, se cansó y volvió a levantar la caja, fue hasta el centro de la calzada y la volcó dejando que cayera todo su contenido, seguidamente se puso a dispersar a patadas todas las piezas metálicas. Mario miraba intrigado las acciones de su hermano sin hallar explicación a su comportamiento. Finalmente decidió imitarle y tomando las llaves que habían quedado junto al maletero se puso a esparcirlas por el asfalto medio cubierto de nieve.  Jorge pareció quedar satisfecho, pero de pronto quedó preocupado al comprender que no eran objetos tan abultados como para detener un vehículo que pasara por allí a gran velocidad, seguramente ni se enteraría, tampoco los vería y continuaría su camino dejándolos allí. Si eso sucedía morirían de frío aquella noche. Rápidamente fue a por la caja que había quedado fuera de la calzada y la puso en pleno centro, tumbada de lado y con una de las tapas abierta para que al atropellarla saltara y el conductor se enterara.

 

Calculó la trayectoria de un coche pasando por allí y movió la caja un poco hacia su izquierda, finalmente pareció satisfecho y se dispuso a esperar. Los faros estaban ya mucho más cerca, le pareció que algo los ocultaba, algo muy grande o que estaba muy cerca de ellos y no podía verlo por la intensa nevada, curiosamente los faros enfocaron una silueta que parecía estar sobre aquello tan grande o tan cercano.

 

Marcos redujo una marcha para dar la última curva y acometer el final a la mayor velocidad posible, el coche parecía querer reventar a cinco mil revoluciones y más de ciento cincuenta kilómetros por hora cuando penetró en el inesperado túnel. Un túnel que lo frenó de un modo progresivo, se diría que hasta suave. Marcos llegó a pensar seriamente si estaría ya al otro lado. “La muerte es tan desconocida que te puedes encontrar cualquier cosa”, -se dijo. Pero el olor y los chillidos no encajaban en el cielo o en el infierno.

 

Pablo oyó un motor que se acercaba muy deprisa y de inmediato se dispuso a saltar al suelo y alejarse corriendo, pero no calculó bien la velocidad, los faros desaparecieron en cuestión de dos segundos penetrando en el remolque de su camión. La pieza de unión de la cabeza tractora con el remolque se había retorcido y el impacto dio un impulso inverso a la cabina donde su conductor se encontraba ahora de pie en el exterior. Pablo se vio de pronto catapultado hacia el lateral derecho de la carretera, precisamente el que no tenía nada, solo profundidad. Al pasar camino del despeñadero pudo ver a los dos niños que le miraban con los ojos y la boca muy abiertos, sin importarles que unos y otra se llenasen de copos.

 

Jorge y Mario se habían cogido de la mano esperando la inminencia del paso de los faros que venían a una velocidad endiablada. Pero no sucedió, los faros no pasaron, desaparecieron de pronto con un estruendo a pocos metros de allí. En cambio sí que pasó un hombre a varios metros sobre sus cabezas, volaba hacia el precipicio y los miraba asustado al pasar. 

 

Siguieron la trayectoria del hombre con sus miradas y oyeron un golpe seco allá a lo lejos, a su derecha, en la más absoluta oscuridad. ¿Acudían a socorrerle? Si no se había hecho mucho daño, podría ayudarles. Jorge decidió consultar a su madre y se colocó ante la puerta abierta, lo que vio le hizo retroceder para detener a su hermano, que como siempre, le había seguido.

 

—Vamos a ver si encontramos a ese señor, a lo mejor puede ayudarnos.

—¿Y mamá?

—Duerme, dejémosla descansar un rato.

 

Trató de decirlo con entereza, pero en realidad estaba cada vez más asustado, y ahora muy preocupado por su madre, tenía los ojos cerrados y la cabeza caída a un lado. Puede que estuviera durmiendo como el bebé, pero era muy extraño que su madre se durmiera en aquellas circunstancias.

 

 

Marcos se esforzaba por encontrar un camino racional para explicarse su nueva situación, ¿cómo era posible que hubiera acabado en el remolque de un camión lleno de ganado? Intentó poner el coche en marcha, todo parecía funcionar en el cuadro de mandos iluminado, incluso el motor se movía al girar la llave, pero algo parecía frenarlo. Su intento de salir de allí igual que había entrado no parecía que fuera a ser posible. Respiró hondo e hizo un nuevo intento girando la llave, esta vez vio salir un chorro de sangre por una rendija del capó, al mismo tiempo un chillido más agudo que los que le rodeaban pareció escapar de allí debajo. Probablemente uno de los cerdos estaba atrapado bajo el coche, y al accionar el motor alguna pieza cortante de éste debía de estar dañándolo. Los animales continuaban saliendo por el agujero que se había abierto en la lona. Se atropellaban unos a otros, los chillidos habían cesado un poco, al principio creyó volverse loco durante los primeros minutos tras el impacto. Al penetrar el coche había generado tal presión que algunos cerdos habían salido disparados atravesando la lona. Marcos suponía que debía ser el techo y que el remolque estaba volcado, ahora a su derecha se había abierto una buena abertura, debería emplearla para salir de allí, era el camino más corto y seguro puesto que detrás de él solo se veían cochinos  amontonados.

 

Se cambió al lado del pasajero e intentó abrir la puerta, nada, parecía que la hubieran soldado. Miró por la ventanilla hacia abajo y unas pezuñas extendidas le informaron que había un cerdo atrancando la puerta, imposible abrirla. En ese momento estalló la luna delantera debido a la presión en el techo y pareció como si le hubiera explotado una bomba en las narices. El susto fue tal que debió respirar varias veces seguidas y rápidas para conseguir calmarse. Cuando lo consiguió le vino un pensamiento jocoso, hacía apenas unos minutos había pensado que ya se había estrellado y estaba en el otro lado, tal era la suavidad con la que aquellos bichos le habían frenado que supuso que su alma había abandonado el cuerpo. Marcos comenzó a reír, sus hombros se convulsionaban en una risa nerviosa, un tanto sincera y otro tanto irónica.

Se fijó en el trasero de un cerdo que se colaba por el parabrisas roto, ante la vista del pequeño y retorcido rabito su risa aumentó en intensidad, ahora era más sincera que irónica.

 “¡Me intento suicidar y acabo desternillándome de risa ante el culo de un cerdo a pocos centímetros de mi cara!” No podía parar, sus hombros se convulsionaban sin poder contenerlos. Solo se detuvo al ser consciente que el olor se estaba haciendo insoportable, tenía que salir de allí. 

 

Estudió la salida por el parabrisas roto, su amigo el del gran trasero no estaba solo, y sobre el capó habría cinco o seis cerdos, era imposible salir por ahí.  Volvió a girar la llave, pero solo para iluminar el cuadro de instrumentos, sin accionar el motor de arranque. Pulsó el elevalunas del lado del copiloto y la ventanilla comenzó a bajar. “¡Bien!”

  Se sorprendió a sí mismo sintiendo entusiasmo cuando apenas unos minutos antes solo pensaba en abandonar este mundo. No sería aquel el único momento de aquella extraña e interminable noche, en la cual su decisión de abandonar se vería sustituida por entusiasmo por la vida.

 

Sin pensarlo salió con los brazos y la cabeza por delante y se comportó como un cerdo más para ganar el exterior del remolque, apartó a golpes a los que le aplastaban y consiguió al fin respirar un poco del húmedo aire de la noche, alejándose lo más deprisa que pudo de aquel pestilente e insoportable hedor.

 

— ¡Oiga, señor! ¿Puede oírnos?

—Yo creo que ha caído más allá.

—Que no, yo lo he visto caer por aquí, justo ahí, ¡Mira! La nieve está aplastada. ¿Lo ves?

—Ya, entonces ¿Dónde está el hombre?

— ¡Señooor! ¿Está ahí, me oye? Diga algo por favor, necesitamos ayuda.

 

Jorge no pudo continuar, se agarró con más fuerza al quitamiedos y cayó de rodillas, estaba a punto de soltar todo el llanto contenido. A la porra su hermano, que llorara también si le apetecía, ya estaba bien de aguantarse, por allí no pasaba nadie, su madre podía estar ya... —apartó la palabra de su mente. ¿Es que nada podía salir bien aquella noche? Necesitaban ayuda, ¡AYUDA! –gritó en su interior.

 

— ¡Ayuda! Estoy aquí, ¿quién anda ahí? ¡Ayúdenme!

 

Jorge levantó la cabeza como un resorte escuchando en la dirección de donde procedía la voz. Tenía a Mario agarrado a su cintura, había estado abrazándole mientras lloraba, le apartó con ternura y echó a correr hacia la oscuridad siguiendo la débil voz del hombre.

 

—Sí, señor, estamos aquí, hemos tenido un accidente, nuestro hermanito, mamá y el abuelo están en el coche.  ¿Está usted bien, nos puede ayudar?

—No veo nada, no me atrevo a moverme por si caigo abajo, creo que tengo huesos rotos y debo estar al borde del precipicio. ¿No tendréis una linterna?

 

Jorge giró el cuello como un búho y quedo mirando la calzada allí donde había esparcido la herramienta, en efecto había visto una linterna, solo tenía que buscarla entre la nieve.

 

—Sí, espere un poco, voy a buscarla. 

Se levantó para salir corriendo, pero se detuvo para dar instrucciones a su hermano.

—No dejes de hablarle, ¿entiendes? Enseguida vuelvo —pero la cabecita de Mario se movió enérgica a un lado y otro.

—De acuerdo —Jorge suspiró—, vamos, busquemos la linterna, corre.

 

Marcos no podía creer que por allí, a aquellas horas, además de los cerdos, hubiera unos niños rebuscando en la nieve. ¿Qué estaba pasando? Solo tuvo que acercarse un poco y girar la cabeza a su derecha para comprender. El “Seat Ibiza” estaba colgando, o eso parecía, del quitamiedos.

 

Por un momento Jorge y Mario pensaron que aquel era el hombre volador que había logrado salir del lugar donde había caído. Levantaron la mirada comprendiendo su error, este era mucho más grande, y además había venido desde el otro lado.

 

— ¿Qué buscáis?

—La linterna. Hay un hombre que está allí y no ve nada, tiene miedo de caerse abajo –Mario relevó a su hermano en las atropelladas explicaciones.

—Mi mamá y mi abuelo están ahí –señaló el coche—. ¿Nos puede ayudar?

 

Marcos echó a correr mientras les gritaba:

—Seguid buscando la linterna, enseguida vuelvo.

 

Cuando llegó al coche miró el interior desde la puerta trasera abierta, la que había servido para que Jorge y Mario pudieran salir. Evaluó la situación en una primera impresión, desde luego no iba a penetrar sin antes afianzar el coche, tal y como estaba era muy probable que el más mínimo movimiento o peso añadido lo hiciera caer. Sin tocar nada alargó el brazo hasta el cuello del hombre desplomado en el volante, tardó unos segundos pero finalmente notó el pulso. El bebé no era necesario pues roncaba plácidamente, a la mujer no podía llegar sin entrar en el habitáculo. El niño podía morir congelado con aquella temperatura, pero al no tener donde refugiarlo sería peor si lo sacaba. Lo prioritario era asegurar el coche, ¿pero cómo? Él no llevaba nada en el Ford que pudiera servir. De pronto se levantó y salió disparado en dirección al camión. Al llegar suspiró aliviado, algo salía bien para variar. Tal y como había supuesto la lona estaba atada con una maroma que pasaba por las anillas semejando el sistema de cortinaje de una vivienda. Pero había un problema, desatar todo aquello y recuperar la cuerda le llevaría mucho tiempo, y tal vez no pudiera hacerlo sin ayuda, miró instintivamente a los niños, quedaban descartados, el pequeño ya tenía los mocos colgando, y el mayor... ¿Qué mayor?, se dijo, no tendría más de diez o doce años.

 

Como si hubieran adivinado que pensaba en ellos, los dos hermanos se presentaron exhibiendo una linterna encendida.

— ¡La hemos encontrado! Vamos a llevársela a ese señor. ¿No ha podido usted ayudar a mamá y al abuelo?

 

Marcos se agachó ante ellos haciendo un esfuerzo por contenerse, estaba a punto de echarse a llorar, aquellos niños le estaban dando una lección de entusiasmo, de lucha, de vida. ¿Qué pensarían si les confesara por qué estaba allí? ¿Qué le dirían?  Se sobrepuso y les tomó por los hombros, en alguna parte había oído que a los niños había que hablarles como adultos en situaciones delicadas, comprendían y debían ser cómplices en las decisiones y la lucha por sobrevivir, nada de apartarles.

—Escuchad: Para ayudarles —señaló el coche—, debemos antes sujetar el vehículo ¿comprendéis? —ambos asintieron a la vez—. Esa cuerda que sujeta la lona del camión servirá, pero antes debo retirarla y no podré yo solo. Ahora iremos primero a socorrer al hombre, que debe ser quien conducía el camión,  si le rescatamos y nos puede ayudar seremos uno más, lo siguiente será asegurar el coche, bien atado, después rescatarlos. ¿Estáis conmigo?

 

Los chicos asintieron impacientes y le siguieron corriendo tras sus zancadas.

 

— ¿Puede oírme?

—Sí, estoy aquí, no veo nada y no me atrevo a moverme.

 

Marcos orientó el haz de la linterna hacia el sonido de la voz del hombre, finalmente consiguió distinguirle, era tan solo un bulto,  pero suficiente para constatar que en efecto estaba al borde del precipicio. Aquí los niños iban a jugar un papel importante —pensó—, pues deberían iluminar el escenario del rescate, y éste no sería nada fácil. Apagó la linterna para reservar la carga de las pilas.

 

— ¿Cómo se llama?

—Pablo. Soy el que conducía el camión volcado.

—Bien Pablo, tranquilo y no se mueva, yo soy Marcos y soy bombero.

—Gracias a Dios.

—Estoy solo y sin camión, no será fácil rescatarle, pero lo voy a intentar, le necesito para ayudar a la familia de estos niños.

—No quisiera desanimarle, pero hace un rato intenté ayudarme con las piernas para sujetarme y la derecha casi me llevó al desmayo con solo rozarme con la pared rocosa.

—Seguramente esté fracturada, no se preocupe, se la inmovilizaré para que pueda moverse sin dolor, tengo entrenamiento de primeros auxilios. Ahora deme alguna alegría ¿lleva herramienta en el camión, otra cuerda además de la que sujeta la lona, un cuchillo, o mejor aún un machete?

—Sí la caja no salió disparada en el vuelco, la encontrará bajo la cabina, deberá romper el candado. Excepto cuerda, encontrará todo lo que me ha dicho. ¡Ah!, y ahora que recuerdo hay una linterna.

—Bien, todo no va a ser malo. Tuteémonos si te parece bien. Ahora sujétate y estate tranquilo, enseguida vuelvo a por ti.

—¡Marcos!

— ¿Sí?

—Si no estoy cuando vuelvas, me encontrarás abajo.

—Vale, tío, pero no te alejes mucho que luego hay que subir.

 

Los niños trataron de comprender aquel cruce de palabras, pero finalmente desistieron. Mario se acercó al coche mientras su hermano se dirigía al camión con el bombero, parecía su ayudante. ¿No se daba cuenta que era un niño igual que él?  “Mamá sigue durmiendo, pero se ha movido, antes no estaba así. Ahora está casi tumbada sobre Adrián, menos mal que sigue durmiendo el meón, como se despierte no nos dejará rescatarlos como es debido”. Miró al cielo, seguía nevando, pero ahora lo hacía muy despacito.

 

Marcos rompió el candado con un trozo de hormigón que se había desprendido de la mediana que había destrozado el camión, era una caja de herramientas bien provista, en aquellas circunstancias era una bendición. Había comprendido que Pablo no iba a poder ayudarle a recuperar la maroma de la lona y afianzar el coche.

 

Estaba mirando con interés el enorme machete en su mano, con aquel utensilio podía intentarlo, el coche era lo primero, Pablo debería esperar.

 

Tras más de un cuarto de hora de rajar aquí y cortar allá consiguió liberar un buen trozo de maroma, pero al calcular a ojo consideró que podía ser corta, y si eso sucedía no tendría remedio. Había que recuperar unos metros más, además necesitaba un trozo añadido para atarse él en el rescate de Pablo. Al mirar hacia el coche vio al niño más pequeño llorando junto a la puerta abierta, el mayor no se separaba de su lado y le estaba siendo de gran ayuda, no podía creer el aguante del niño para soportar aquel olor nauseabundo durante tanto tiempo.

 

— ¿Cómo se llama?  —preguntó señalando a su hermano.

—Mario.

—¡Mario! Ven, necesitamos tu ayuda.

 

El niño se acercó corriendo y limpiándose la cara de lágrimas. Cuando llegó a su altura, Marcos le dijo muy serio.

—Vamos a atar el coche para que no se caiga, mientras tanto el hombre de allí, Pablo, está solo en plena oscuridad y deberá esperar a que terminemos, ya que tenemos dos linternas, creo que lo mejor es que vayas y le ilumines mientras le explicas lo que estamos haciendo y le aseguras que iremos a por él enseguida. ¿De acuerdo? 

 

Mario salió corriendo a cumplir la orden, el miedo y la congoja por ver que su madre no despertaba se habían disipado en cuestión de segundos.

 

Unos minutos después, y ya a punto de vomitar, Marcos consideró tener suficiente cuerda para atar el coche y otro buen trozo para el rescate de Pablo. Al ir a pasar la maroma por la anilla que el fabricante había soldado al “Seat Ibiza” para ser remolcado, resultó que era demasiado pequeña, la cuerda no pasaría por mucho que tratara de forzarla. “Calma” –se dijo. “Eres un profesional y no pierdes los nervios en situaciones así, vamos, busca otro punto donde hacer el nudo”

 

Pablo ya no sentía la mano derecha, sabía que se sujetaba con ella a una piedra, pero no notaba nada. Igual le sucedía con su pierna derecha, era como si no estuviera allí, cuando notó el punzante dolor al moverla no volvió a intentarlo. Ahora ya no podía, aunque quisiera no le respondía. Gracias al gorro de lana que le había tejido Marta, y que llevaba encajado en la cabeza, podía soportar la intermitente nevada, pero no por mucho tiempo, comenzaba a respirar con dificultad, solo podía hacerlo por la boca. Recordó una película ¿o fue un libro? Donde alguien moría congelado y dejaba grabado lo que iba sintiendo, calor. Sí, eso había dicho, calor al final. Él sentía todo lo contrario, y por tanto no estaba en “el final” pero el caso es que en realidad en algunas partes de su cuerpo no sentía nada. ¿Dónde estaba Marcos, por qué tardaba tanto?  De pronto suspiró aliviado, un haz de luz le buscaba con pasadas temblorosas hasta que finalmente se detuvo en su rostro.

—Señor, ¿está bien? Soy Mario.

—Hola pequeño. ¿Va todo bien, dónde está el bombero?

—Me ha mandado decirle que vendrá enseguida, pero antes tiene que atar el coche de mi abuelo.

 

Pablo apretó las mandíbulas en una mueca de decepción, aquella era sin duda la decisión correcta, pero podía significar que no conociera a su hijo. El niño estaba diciendo algo, pero él no estaba prestando atención, hizo un esfuerzo para reponerse un poco, resistiría, se dijo. Ahora escuchó.

 

— ...y hay meses que la abuela —calló un instante, pero continuó— nos lleva la compra, dice que es porque la gusta hacer los recados, pero yo creo que es porque siempre tenemos la nevera con pocas cosas. Y... el bolso de mamá está con pocos... bueno ella dice que la chatarra también vale, pero yo no soy tonto. ¿A que son los billetes los que valen?

—Si, claro, pero si tiene muchas monedas de quinientas pesetas también vale.

—Nooo, como mucho son de cien, y pocas.

—Entonces piensas que tu mamá tiene poco dinero, ¿no trabaja?

—Ahora no, la despidieron cuando tuvo a Adrián.

— ¿Por qué se llama Adrián?

 

Mario tardó en contestar.

—Creo que la gustaba a mamá —alzó los hombros—, no se, eso creo.

— ¿No será que su padre se llama así?

—No, mi padre se llama Jorge, como mi hermano.

 

Pablo soltó una carcajada.

— ¿Por qué te ríes?

 

Con dos lazos de especial efectividad la cuerda quedó sujeta a la barra estabilizadora del coche y al grueso chasis del remolque del camión. Los cerdos deambulaban por allí como si estuvieran paseando, olfateaban en la nieve y seguían caminando en grupos dispersos, unos carretera abajo, hacia la oscuridad. Otros volvían a meterse en el camión y más tarde volvían a salir. Cuando Marcos se dirigía con el otro trozo de cuerda a rescatar a Pablo, le adelantó un cerdo y se dirigió al coche, seguidamente se puso a olisquear por la puerta abierta. Tuvo que usar la maroma como látigo para alejarlo de allí, el coche ya no caería, pero dentro había un bebé, se metió en el coche y comprobó las constantes de la criatura, estaba bien abrigado y dormía profundamente. La madre le preocupó mucho más, apenas la notaba el pulso. Aquella mujer parecía estar desangrándose, el color de la cara y la marca bajo los ojos eran inconfundibles. Metió la cabeza bajo el asiento intentando ver cómo había quedado atrapada y con qué. Lo que vio le dejó sin respiración. El poste del quitamiedos estaba clavado en el asiento, y con toda seguridad había alcanzado a la mujer, era posible que incluso estuviera atravesada desde abajo. Marcos sintió un escalofrío.

 

No tenía más remedio que decidir rápido, tal y como le habían enseñado. Si sacaba al bebé de allí sería contraproducente porque no tenía donde cobijarle, era conveniente que permaneciera allí bien tapado con la manta de viaje que cubría también a la madre. Solo quedaba pues esperar, no podía hacer nada más por ellos de momento. Pablo esperaba y debía intentar rescatarle y mirar su pierna. Salió del coche, comenzó a caminar hacia donde el pequeño se mantenía linterna en mano apuntando a la oscuridad, mientras caminaba se iba anudando la cuerda a la cintura, pasando bajo las ingles hizo otro nudo y dejó un lazo colgando donde metería la cabeza y un hombro de Pablo. En los simulacros había hecho cosas más difíciles, todo saldría bien.

 

—Bien, Pablo, el cuerpo de bomberos ha llegado, prepárate, ¿cómo se ha portado mi ayudante?

—Muy bien, es buen chaval, pero le registra el bolso a su madre.

—Vaya, Mario, eso tendremos que hablarlo después.

—Anda ya, estáis de recoña. 

 

Marcos dejó de atar para reírse, Jorge que le estaba ayudando tampoco pudo contenerse.

—Oye, Pablo, ¿tú has estado alguna vez de recoña?

¿De qué?

 

En menos de un minuto el bombero llegó hasta Pablo.

—Aquí estoy, amigo, ¿ves este lazo? Tienes que meter la cabeza y un hombro, como cuando te cuelgas una bolsa de deportes, ¿entendido?

—Tendrá que ser por el lado izquierdo, el derecho no lo siento.

 

Pablo logró, no sin dificultad, quedar bien sujeto por la prolongación de cuerda que Marcos llevaba bien atada a su cuerpo, ahora era cuestión de tirar con fuerza ayudándose con las piernas, al otro lado de la cuerda no habría ninguna ayuda, no les había dicho a los niños que tiraran, pues apenas notarían empuje alguno en los ciento ochenta kilos que debían trepar varios metros hasta el quitamiedos. Marcos dependía únicamente de sus piernas y brazos para tirar del camionero, y éste además no podía ayudarle, era un peso muerto, el hombre estaba medio congelado y la pierna buena no le respondía. Comenzó a subir ignorando en la medida de lo posible el hándicap que arrastraba, tensó los músculos y tiró, la linterna que se había sujetado con una bufanda de alguien a la cabeza iluminaba un suelo nevado, sus propias botas habían dejado al descubierto algunos trozos que mostraban la forma rocosa y resbaladiza que estaban escalando.

 

—Deja de beber tanta cerveza Pablo, pesas condenadamente.

— ¿Qué dices tío? No paso de setenta, ¿no habremos enganchado un cerdo?

—No me extrañaría. Da unas patadas por si acaso.

— ¿Con qué pierna? Uffff.

—Ya llegamos. ¡Ánimo!

 

Se produjo un breve jolgorio al llegar Pablo arriba, ya estaban todos a salvo, nadie caería al precipicio. Con la mano izquierda fue chocando todas, al llegar a Mario le abrazó.

 

Y ahora, mientras se desataba, Marcos comenzó la difícil tarea de tomar decisiones certeras. Pero su mente se tomó un descanso alejándose de allí. “¿Decisiones certeras y difíciles? Pero si eres experto, muy rápido. ¿Que te dicen que vas a morir? Pues te vas tú y punto, algo así como: No me echa usted, me voy yo”.  Pero en realidad, “nadie te ha dicho que vayas a morir, sino que hay una posibilidad, pequeña, dentro de la enfermedad. Eso sí, es prácticamente seguro terminar a medio plazo en una silla de ruedas, añadieron que la probabilidad es muy alta, pero también existen casos de recuperación, muy pocos, pero existen. Y la mejor medicina dijeron claramente que era no rendirse; y vas tú y te rindes el primer día”.

Notó que tiraban de su chaqueta y volvió a la realidad. Jorge le estaba hablando bajito.

 

—Decía que no podemos pasarle a este lado —señaló a Pablo que permanecía recostado al otro lado del quitamiedos—, dice que la pierna le dolerá mucho si le movemos.

—Por el momento está bien ahí, ya no puede caer y eso es lo importante, ahora debo encontrar algo para inmovilizarle la pierna para que no le duela. Pero tenemos un problema más urgente: el frío. Conforme avanza la madrugada la temperatura va bajando ¿entiendes? Necesitamos refugiarnos, si no hay más remedio deberemos echar a los cerdos y meternos en el remolque.

—Conmigo no cuentes, resistiré la noche, la pasaré corriendo si es necesario.

 

Marcos rió y le alborotó el rebelde pelo nevado. Volvió la cabeza y se quedó mirando la sombra de las construcciones que había al otro lado de la carretera.

—Me dijiste que habías cruzado.

—Fuimos mi hermano y yo nada más tener el accidente, nos envió mi madre a pedir ayuda, todo está cerrado, sin luz, allí no hay nadie. ¡Ah!, y las puertas y ventanas son de madera, muy gorda, pensé entrar por la fuerza por si había teléfono, ¿sabes?

—Bien pensado.

—Pero es imposible, esas puertas...

—Pero entonces no tenías la herramienta del camión. ¿Te has fijado en el martillo?

 

Jorge sonrió de oreja a oreja, aquel bombero le caía simpático, era un tío genial.

 

Marcos informó a Pablo de lo que se disponía a hacer y en qué orden, le pidió que retuviera allí a Mario, ahora ya podía subir al coche, pero no era conveniente, el bebé y los demás estaban arropados y no era el momento de sacarlos del coche, de momento era prioritario buscar un refugio para no morir congelados, el camionero lo entendió y comenzó a charlar con el niño mientras el bombero y el otro niño hacían acopio de lo necesario y cruzaban la carretera.

 

Jorge portaba una de las linternas y varios destornilladores de gran tamaño, Marcos había cogido el enorme mazo que había resistido el accidente sin soltarse de las correas que le sujetaban a la chapa exterior de la cabina.

 

No tardó ni veinte segundos en echar abajo la puerta principal, había descartado las ventanas porque se abrían hacia fuera y le hubiera costado mucho más trabajo abrirlas que aquella. Su entrenamiento jugaba a su favor en todo lo que aquella noche le estaba deparando. Ahora, una vez en el interior, había que encontrar el interruptor principal de la corriente eléctrica. Deslizando el haz de la linterna encontró un cuadro de interruptores, pero como ya se esperaba era secundario, normalmente el principal solía instalarse en un sótano o edificio auxiliar, y a menudo junto a un generador de emergencia. Salieron de nuevo al exterior y cruzaron un aparcamiento hacia la construcción más pequeña, cuatro golpes de maza y dos patadas les mostraron el interior. Resultó ser el almacén de esquís y otros equipamientos, ni rastro de interruptores principales ni generador, solo un cuadro auxiliar como el anterior. No obstante aprovecharon el contenido de las estanterías para coger dos linternas de gran tamaño, que al probarlas, el chorro de luz les hizo sonreír, pareció hacerse de día.

 

Por fin en la construcción mediana estaba lo que buscaban, pero al accionar todos los interruptores automáticos poniéndolos en posición “on”  no sucedió nada. Marcos bajó los hombros soplando con fastidio. Volvió a repasar el cuadro con la linterna, muy despacio, nada, estaba todo en orden, todo conectado. Miró el generador, tal vez debía ponerlo en marcha ¿tendría combustible? Se disponía a comprobarlo cuando cayó en la cuenta de algo que había pasado por alto y resultaba obvio: “sigue el cable principal”

El tubo terminaba en el suelo, luego no cabía duda de que existía un sótano.

—Busca una trampilla o un hueco de escalera, algo que baje al sótano, yo miraré por este lado.

 

Como suele suceder, lo más obvio pasa desapercibido, tras más de diez minutos recorriendo la estancia descubrieron que la trampilla estaba justo debajo del generador, solo había que retirarlo un poco deslizándolo con las ruedas y allí, levantando un cuadrado de madera con su asa y todo, estaba la escalera que conducía al sótano.

 

Dicen que la luz es alegría y vida, el ánimo se ve elevado, todo en definitiva parece más cercano y atractivo, genera optimismo incluso en situaciones de emergencia. Cuando Pablo y su nuevo amigo vieron iluminarse sus caras quedaron en silencio con una sonrisa bobalicona en los labios. En aquella oscuridad que habían vivido durante tanto tiempo esa noche, de pronto pareció hacerse de día. No solo se habían iluminado todas las ventanas de los tres edificios, sino también las farolas del aparcamiento, los carteles de neón que servían de reclamo para el bar, y hasta las luces que señalaban desde el suelo los caminos de entrada y salida del recinto. Solo faltaba la música para que aquello pareciera un parque de atracciones recién inaugurado.

 

—Busca papeles, catálogos o periódicos, cualquier cosa que sirva para encender, yo buscaré un mechero o una caja de fósforos.

 

Marcos se dirigió a la cocina en busca de algo para encender la chimenea, alguien la había provisto bien de leña, pero había olvidado dejar un simple encendedor. Tras encender todas las luces, comprobaron que no era necesario el generador, el temporal no había afectado a la red de suministro eléctrico. Pero no todo iba a salir bien, el temporal sí que había afectado al tendido telefónico, probó varios teléfonos y siguió los cables, todo estaba en orden salvo que no había línea, sin duda la avería estaba en el exterior, salió al exterior y vio los cables cortados justo a la salida de la caja de acometida, allí no había nada que siguiera en dirección a los postes al pie de la colina. Alguien los había cortado y se los había llevado, a saber por qué motivo, seguramente por el simple placer de hacer daño que algunas personas tienen. En cualquier caso el teléfono quedaba descartado, estaban incomunicados.

 

Volvieron al edificio principal y ahora estaban preparando un buen lugar para refugiarse todos y pasar la noche. Encontró fósforos en la cocina, y con el montón de papeles que Jorge ya había colocado debajo de la leña, prendieron un reconfortante fuego.

Marcos quedó mirando unos instantes las llamas, percibiendo su calor. Miró con una sonrisa a Jorge. Aquel chaval estaba resultado de una ayuda inestimable, le había dicho que tenía once años. Cuántos adultos no estarían comportándose con tanta diligencia y efectividad, sin hacer preguntas y sin dejarse aniquilar el ánimo por la situación de sus familiares en el coche. ¡Su abuela había caído al precipicio! Sin duda la hallarían muerta, y su madre... conociendo lo espabilado que era el crío, Marcos estaba seguro de que conocía perfectamente la gravedad de su estado. “Y ahora —se dijo—, toca ir a por ellos”.

 

—Bueno Jorge, vamos a traerlos a todos aquí.

 

El chico pegó un salto, era una excelente idea, su semblante se ensombreció al pensar en su madre, pero se animó enseguida. El bombero tendría la solución, era un tío genial, lo solucionaba todo.

 

El primero fue el bebé, Marcos dejó la manta sobre la madre que ni siquiera abrió los ojos cuando tuvo que desprender al niño de sus brazos. Le metió dentro de su anorak, en realidad era uno de repuesto que llevaba Pablo en su camión, y cruzó la carretera en un santiamén. Dejó al niño al cuidado del otro niño, Mario, que enseguida se erigió como canguro y el bebé cesó en el llanto que había iniciado. Mientras se alejaba con Jorge a su lado pensó que debía poner patas arriba la despensa y preparar de todo para todos, especialmente buscar algo que pudiera comer el bebé, en la cocina había visto una buena provisión de frutas. Pero ahora la tarea inminente consistía en traer a todos junto al hogar, pensó en enviar a Jorge a buscar alimentos, pero decidió que le vendría bien tenerlo cerca, sobre todo para sacar al abuelo del coche.  El orden no tenía ningún misterio y su decisión ya estaba tomada, siempre era en orden inverso a la dificultad, así se lo habían enseñado. Trasladaría a Pablo, después al abuelo, y por último —suspiró—, a la madre.

 

Pablo no entrañaba mucha dificultad, ni siquiera tuvo que saltar el muro de hormigón de la mediana puesto que aprovechó el destrozo que había hecho el camión y pasó por el trozo derrumbado.

 

—Verás que cojonudamente vas a estar ahí dentro, hemos preparado un fuego que resucita a los muertos.

—No esperaba menos de un bombero.

—Menos cachondeo, chofer de marranos.

—Bien que te comes el jamón, ¿eh? ¿O eres de esos raros que nos les gusta?

—Bien cortado y con un buen vino puedo estar horas y horas consumiéndolo sin parar. Bueno, ya estamos en casa, ¿dónde desea el señor que le instale?

—Mmmm, ese sofá parece cómodo, ¿no crees?   ¡Ay!, mi pierna, la muy pu... se despierta de vez en cuando.

—Cuando traiga a todos te la inmovilizaré, aguanta un poco.

—No te preocupes, hace un rato llegué a pensar que no vería a mi futuro hijo, luego llegaste, y ahora mira. Aguantaré lo que haga falta, tío. Y... ¡Oye! —se señaló a sí mismo con el índice—, tu hermano para siempre.

—Vale, soy hijo único, me vendrá bien —miró al bebé acurrucado y se dirigió a la salida, pero justo en la puerta se volvió—, por cierto, hermano, tú que debes pasar por aquí a menudo, ¿sabes por qué está esto cerrado?

—Los que llevaban el restaurante se trasladaron al nuevo negocio unos siete kilómetros más abajo, pero dicen que no les va como pensaban y van a abrir de nuevo este de la cima.

 —Eso significa que vendrán por aquí a menudo.

—Sí, seguramente.

—¿Y sabes por qué se han llevado los cables del teléfono?

—Ni idea, ha podido ser vandalismo. ¿Estamos incomunicados?

—Por completo. Pero por otra parte, si es cierto que piensan reabrir esto puede que encontremos comida y bebida. Lo buscaremos cuando vuelva, ahora voy a por los demás.

 

Calculó que no tendría más de cincuenta y cinco años, desde luego no llegaba a los sesenta, tenía el pelo ralo, pero conservaba un aspecto juvenil aún, parecía fuerte. Le tomó las constantes en el cuello y las muñecas, el pulso era regular pero muy lento, el hombre se estaba congelando.

Marcos pasó a estudiar con detenimiento los puntos de sujeción antes de moverle, como se temía, aquello no iba a ser tan fácil como el traslado del camionero. Germán, que así se llamaba el abuelo de Jorge y Mario, tenía las piernas atrapadas bajo el volante. El vehículo debió botar en el suelo antes de caer sobre el guarda raíl, en ese bote se deformó la carrocería por la parte del conductor y le aprisionó la piernas. El único modo de rescatarle sin dañarle más consistía en tirar hacía abajo y hacía atrás del cuerpo. Recordó un rescate similar, siempre simulado, por supuesto, en el cual habían retirado el asiento. Pues ya iba siendo hora de llevarlo a la práctica en la vida real, nada de simulaciones, aquella noche estaba poniendo a prueba lo aprendido, si le vieran los instructores, ¿qué nota le pondrían? Intentó moverlo liberándolo de la traba, pero ni un milímetro se desplazó, además recordó que era desaconsejado emplear dicho sistema con la persona atrapada de aquel modo, era conveniente deslizar el asiento tirando desde atrás y no empujando por debajo de las piernas aprisionadas. “Bien, pues destrocemos el jodido asiento” —se dijo.

 

Evidentemente no disponía de las tijeras neumáticas cuya fuerza cortaba hierros como si fueran melones. Debía arreglárselas con las herramientas del camión, quedó un momento pensando en la casa del generador, allí había visto muchos utensilios, pero sin duda no habría tijeras neumáticas. Desechó la idea y giró otra media vuelta la llave hexagonal, poco a poco, con paciencia saldrían los cuatro tornillos y entonces sacaría al hombre. Se encontraba de pié, al borde del precipicio, bien atado como le habían enseñado, en este caso al quitamiedos en su zona más firme, la que no se había visto afectada por el accidente. Al estar el coche suspendido en el vacío en su mitad delantera, la base del asiento quedaba a la altura del pecho de Marcos puesto en pie. Por una parte resultaba cómodo para manipular los tornillos, pero se estaba moviendo con mucha dificultad debido a las gruesas mangas del anorak. Decidió quitárselo, al fin y al cabo, con aquel trajín no notaba el frío. Craso error, nada más sacárselo la prenda cayó y se perdió en el abismo. Trató de seguir la trayectoria con la mirada, pero fue inútil, estaba muy oscuro, solo un ligero resplandor proveniente de la “verbena” que había al otro lado de la carretera le hizo apreciar de reojo que la caída no era completamente recta, sino que era una rampa. Miró hacia el otro asiento y recordó que la abuela había caído. “¿Y si estaba allí, atascada como Pablo?” Decidió que en su momento echaría un vistazo, por lo pronto debía seguir con el programa y el orden previsto.

 

Resultó más fácil de lo que había temido liberar al abuelo, una vez libre de tornillos, el raíl por donde se desplazaba el asiento quedó suelto y con poco esfuerzo Marcos logró hacer un hueco suficiente para poder sacar al hombre. Éste no despertó en ningún momento, estaba completamente desmayado. “Mejor” —pensó.

 

“Este hombre pesará unos veinte kilos más que Pablo. ¡Ufff. Joooder!”  Así cruzó la carretera, soltando improperios. Para sacarle del coche había necesitado la ayuda del chaval, pequeña pero muy importante, el problema había venido al tratar de levantarlo de nuevo, una vez desatado, para echarlo otra vez a su hombro, se las había visto y deseado. Ni sus ciento diez kilos de músculos parecían suficientes. Pero al fin dejó al hombre junto al fuego, tumbado sobre una colchoneta bajada de las habitaciones de arriba por Jorge, tomó de nuevo su pulso y pareció notarle un poco más rápido, con el calor seguramente se recuperaría.  Se acercó al bebé y después de comprobar que estaba bien fue hasta el sofá que ocupaba el camionero.

 

— ¿Te inmovilizo?  

 

Pablo negó con la cabeza.

—Ve a por la mujer.

 

Marcos se acercó para susurrarle al oído.

—Está atrapada, me temo que de tal modo que no podré moverla.

—Entonces ve y quédate con ella, habrá que darle atención, aquí debe haber botiquines, incluso es probable que haya una sala de curas con medicamentos. ¿Habéis mirado?

— ¡Coño! Ahora que lo dices, no se me había ocurrido.

— ¿Creías que un chofer de puercos no tiene master?

— ¿Seguro que puedes aguantar?

—Puedo. Ahora ve a atender a la mujer.

—Vale, daré instrucciones al chico para que busque comida, agua...

—Eso déjamelo a mí, tú busca la enfermería, en un parador de montaña donde los esquiadores se cortan, se caen y se rompen huesos, debe haber una sala de atención primaria o algo parecido. Si estoy en lo cierto podrás atender a la mujer y entablillar mi pierna. Pero antes es ella.

—Bien, oye ¿me prestas el anorak? El que llevaba...

—No me lo cuentes, ten –Pablo se lo sacó y lo lanzó en su dirección.

 

Marcos asintió y salió de nuevo, antes de buscar la enfermería echaría un vistazo a la mujer.

 

Pablo intentó incorporarse un poco con la intención de sentarse y poder controlar mejor la situación, no lo consiguió del todo, pero quedó un poco más erguido y se sintió más capaz de hacer algo, o mejor dicho mandar hacerlo.

 

 —Escucha Jorge, supongo que tras ese salón que veo con mesas y sillas debe estar la cocina —el niño asintió—, ve y mira bien dentro de los muebles, en alguna parte pudiera haber un biberón, si no es así te traes unos vasos y una botella de agua, beberemos todos, ¿entendido?

—Yo no tengo sed, y Adrián con un vaso no creo que...

—Pues deberá hacerlo, trae lo que te pido y lo intentaré.

— ¿Tienes hijos?

—Sí, uno, pero no ha nacido aún, viene de camino.

 

Jorge sonrió.

—Mejor esperamos a mi madre —su semblante quedó ensombrecido de repente y Pablo se apresuró a seguir hablando.

 

—Bien, entonces beberemos los demás, y trae también lo que encuentres de comer ¿no me irás a decir que tampoco tienes hambre?

—Yo sí —intervino Mario.

—La verdad que yo también, iré a ver qué encuentro —dijo Jorge.

—Buen chico.

 

Al penetrar en el “Seat Ibiza” clavado en el guarda raíl, le asaltó un hedor que antes no había notado cuando estuvo liberando a Germán. Extrajo la silla especial del bebé con mucho cuidado de no mover ni un milímetro a la mujer, debió usar el machete para cortar el cinturón de seguridad, al igual que hiciera con el del abuelo. “Mucho decir que se sueltan con facilidad, pero no es cierto”, pensó. De pronto se vio justo al lado de ella, Natividad, y todo el mundo la llamaba Nati, le había dicho Mario. El panorama no pintaba nada bien. El color de su cara recordaba los personajes del museo de cera, le pasó por la imaginación alguna que otra escena de películas de vampiros. Nati se estaba desangrando. Debía valorar la posibilidad de sacarla de allí, solo de pensarlo sintió un escalofrío, algo le decía que eso no iba a ser posible. Salió y rodeó el vehículo hasta la puerta del lugar que ocupaba la mujer. Con cuidado de no mover nada más la fue abriendo poco a poco, se agachó a mirar bajo el asiento. Desde allí sí veía el poste del guarda raíl, salía del suelo y penetraba en el asiento. Tomó el trozo de maroma que había usado para atarse en el rescate de Germán y midió el poste más cercano. Faltaban al menos cincuenta centímetros de poste, el asiento mediría aproximadamente treinta de alto. El charco de sangre, tremendo y abundante,  podía proceder tanto de una pierna como de las entrañas. En el primer caso había una posibilidad si recibían ayuda rápido, en el segundo, aquella mujer se mantenía con vida de puro milagro.

 

Pensando en la primera hipótesis trató de moverla, si era una pierna probablemente habría que amputar allí mismo, pero salvaría la vida. En cambio si el hierro estaba incrustado en su vientre...

 

Apenas la puso la mano en el muslo presionando desde abajo para elevarla, Nati abrió los ojos de pronto profiriendo un alarido escalofriante. Esta vez la escena cinematográfica de vampiros se posó nítida en la mente de Marcos.

 

“¡Dios! Esto va a ser un trago tío, cálmate”.  Cuando se atrevió a mirar de nuevo a la mujer, ésta había cerrado nuevamente los ojos.

 

—¡Nati! ¿Puedes oírme?  Me llamo Marcos, soy bombero, estoy aquí para ayudaros, tus niños y tu padre están bien.

—Ma... má.

 

Era una voz tan débil que a Marcos le pareció una de esas que los parapsicólogos ponían una y otra vez diciendo que la cinta había sido grabada en un lugar carente de seres vivos. Pero aquí sí había alguien vivo y la palabra era totalmente inteligible, sobre todo su significado. Decidió no ocultarla la verdad, engañarla no serviría de nada.

 

—Tengo que bajar a buscarla, salió del coche, pero el precipicio no es totalmente vertical, seguro que ha quedado en algún saliente o arbusto, cuando vea que tú estás bien iré a buscarla.

Nati trató de mover la cabeza para negar, pero ese simple movimiento la hizo gritar de nuevo. Tomando aliento de nuevo consiguió decir:

 

—Yo no, ya no... Ve a buscarla  —cerró los ojos y su cabeza cayó un poco más.

 

Marcos se preguntó si no los habría cerrado para siempre, pero al encontrar su pulso volvió a pensar en la búsqueda de la abuela. Si Nati se sentía tan mal era lógico que pensara en su madre, o mejor dicho en sus hijos.

 

De nuevo Marcos cogió la cuerda para atarse al quitamiedos, había que buscar a la abuela y rescatarla si aún seguía con vida. De pronto detuvo el nudo que había comenzado y miró a Nati a través del hueco de la puerta. Soltó la cuerda y echó a correr hacia las luces.

 

Pablo había logrado que el bebé bebiera en un vaso, más que beber le había echado el agua por el gaznate, lejos de protestar, enfadarse o llorar, Adrián lo tomó como un juego y le dio un ataque de risa. El juego consistía en que aquel simpático señor tenía que acertar a echarle agua en su boca, pero entonces él movía la cabeza y el agua resbalaba por todas partes, el hombre se enfadaba y él se desternillaba de risa, y vuelta a empezar.

 

Habían dispuesto una mesa entre los sofás y ahora se veía repleta de comida y bebida. Tocaba intentar darle la papilla de frutas que tan diligentemente había preparado Jorge para su hermano. Tanto él como Mario tenían un bocata de chorizo en la mano, habían dispuesto otro para el señor Pablo, pero éste les había dicho que lo tomaría después de atender al bebé. Así estaban cuando entró Marcos.

—Vaya, veo que os lo montáis bien. ¿Cómo está el abuelo?

—No se ha despertado, y no será por ruido, éste no para de reír —señaló al bebé que tenía en el regazo.

—Eso es porque nunca ha visto una cara así —se acercó a la colchoneta y tomó el pulso de Germán.

—Así, ¿cómo? —Marcos no siguió la broma, el pulso del hombre era más débil que hacía un rato.

— ¿Habéis buscado la enfermería?

Todos negaron.

—Consideré más urgente beber y comer.

—Está bien, ¿vienes Jorge? Si buscamos entre los dos tardaremos menos.

—Yo también quiero ayudar –Mario dejó el bocadillo sobre la mesa y puso los brazos en jarras.

—Vale, ve abriendo puertas y cuando encuentres una que tenga una camilla o que parezca la consulta de un médico nos llamas ¿entendido? —el niño asintió y salió disparado hacia las escaleras.

—Yo buscaré en esta planta, tú sube a la segunda, no cero que la enfermería esté allí, pero mira a ver qué hay, cualquier cosa puede sernos de utilidad.

 

La enfermería, si se le podía llamar así, estaba en la planta baja, como Marcos había supuesto. Consistía en una salita de apenas dos por tres metros, colgada de la pared había una camilla plegable, al fondo un lavabo y una gran papelera para residuos sanitarios, en la pared de la izquierda estaba lo que realmente buscaba. La vitrina contenía un buen surtido de analgésicos, antibióticos genéricos, vendas, esparadrapo, “ninguna férula —se dijo pensando en Pablo“. Pero ¡Vaya! Esto sí que era interesante: ¡Suero! Al menos media docena de bolsas y con la vía intravenosa incluida. Cogió una de las bolsas, esparadrapo y una caja de Nolotil. Si mirar nada más salió disparado hacia el Seat Ibiza, pasó por el salón sin detenerse, a todo correr. No se percató de que Jorge le mostraba el aparato de radio que había encontrado arriba.

 

Volvió pasados diez minutos, fue a la enfermería y de nuevo regresó al salón con otra bolsa de suero. Se arrodilló junto a Germán y le desnudó un brazo. Miró buscando el sonido de fondo, había una radio sobre la repisa de la chimenea, estaba dando el parte meteorológico.  En unos segundos el abuelo estaba recibiendo el líquido benefactor, la bolsa estaba atada con esparadrapo a una lámpara de pie. Miró a Pablo, pero éste negó con la cabeza.

 

—No tengo herida abierta, son fracturas limpias. Con el bocata de chorizo me mantendré.

— ¿Fracturas?

—Sí, este brazo no puedo moverlo bien —se señaló el izquierdo—; y me duele condenadamente.

—Entonces esto te vendrá bien.

—Y que lo digas –Pablo engulló dos cápsulas de Nolotil.

— ¿Algo interesante en las noticias?

—Sí, que de momento por aquí no pasará ni Dios, han cerrado el puerto; la carretera lleva cortada desde poco después que pasáramos nosotros.

—Vaya casualidad...

Marcos quedó callado de pronto, había olvidado por completo el motivo por el que había comenzado a subir el puerto. Las palabras pasaron por su mente en tormentosa sucesión: Invalidez, silla de ruedas, inutilidad, paro, soledad, novia enfermera. ¡No! Y entonces recorrió el salón y se fijó en los tres niños. Pablo le estaba observando atentamente, carraspeó y dijo:

—Voy a ver cómo está Nati, tal vez baje a buscar a la abuela.

 

El camionero no dijo nada, solo asintió sin dejar de mirarle, era un gesto de aprobación y sincero ánimo. Pablo se había dado cuenta de que a Marcos le pasaba algo, tipo problema personal; se estaba comportando como un héroe, pero a cada paso parecía necesitar un empuje. Sacudió la cabeza para volver a la realidad, le dio un bocado a su pan con chorizo y seguidamente metió la cuchara llena de fruta en la boca de Adrián, el pequeño rufián había descubierto que este juego era todavía más divertido que el anterior.

 

Marcos pasó por la cocina antes de salir, abrió una nevera y extrajo una botella pequeña de agua.

Al subir de nuevo a la parte trasera del coche se sobresaltó con un nuevo grito de Nati, estaba completamente despierta.

—Lo siento, pero si el coche se mueve un poco veo las estrellas.

—Soy yo el que lo siente, soy tan torpe que no lo he tenido en cuenta; me bajaré.

—No, ya que has subido no me dejes, necesito hablar un poco.

—¡Claro!  —comprobó que la bolsa estuviera bien sujeta, la había atado con esparadrapo al agarrador del techo, quedó satisfecho y procuró no moverse ni un milímetro— Adelante.

—¿Cómo están?

—Tu padre se repondrá, le he puesto suero igual que a ti, no tardará en despertar. Los niños todos bien, por ellos no te preocupes –de inmediato se arrepintió de la solemne tontería que acababa de decir.

—Mi madre.

—No.

 

Silencio.

 

— ¿Cuál es tu nombre? No lo recuerdo; solo oí bombero.

—Marcos, y en efecto soy bombero, aunque en la práctica real me he estrenado esta noche.

—Sin fuego. Yo soy Nati, aunque creo que ya lo sabes  –él asintió.

—Nos entrenan para rescates de todo tipo, no solo para apagar fuegos.

— ¿Escalada?

Marcos miró por la abertura de la puerta, hacia la oscuridad.

—Sí, y en circunstancias extremas.

—Ve a buscarla, por favor.

—Pero Nati, tienes que ser consciente de que las posibilidades son pocas.

—Está viva, lo sé, es una mujer muy fuerte; tiene más vidas que los gatos, si supieras...

—Tendré que dejarte sola.

—Estaré bien.

—El coche se moverá cuando salga.

—Lo soportaré.

—De acuerdo, no...

—Procuraré no morirme antes de que vuelvas; pero para decirme que la has encontrado.

—Oye Nati –elevó un poco la voz— ¡No vas a morir! ¿Entendido?

 

Con mucho cuidado abandonó el coche, Nati no emitió ninguna queja. Ya en el exterior la preguntó desde la puerta:

— ¿Quieres analgésico? Tengo Nolotil. Ah, y te he traído agua, espera, iré al otro lado —rodeó el coche.

—No creo que el analgésico me haga nada, pero supongo que daño tampoco.

—Claro, ten, el agua es imprescindible, aunque estemos rodeados de nieve podrías deshidratarte.

 

Nati volvió a gritar. Marcos quedó desconcertado esta vez, solo había tragado la cápsula y un chorro de agua que él mismo le había vertido en la boca. Pensó que si el agua al pasar la producía dolor, su estado no pintaba nada bien, nada en absoluto. Dejó la botella en el suelo y se alejó sin decir nada buscando un punto donde asegurar la cuerda. Eligió el más cercano al coche, pero dos postes más allá. Comprobó que allí los anclajes no se habían visto afectados por el accidente. En realidad el quitamiedos solo estaba doblado y un poco arrancado en una zona muy pequeña, justo la que había soportado el impacto del coche. No se había parado a pensarlo antes, pero ahora cayó en la cuenta de que el vehículo había llegado allí por el aire, había caído a plomo sobre el guarda raíl. Y según los niños iban en la otra dirección, es decir que habían pasado al otro lado de la carretera. Para elevarse y trasladarse un coche de esa manera necesita un impacto con algo, miró la mediana, solo estaba rota por el impacto del camión unos metros más adelante, no en el lugar por donde el coche había llegado allí. Eso significaba que: ¡Había pasado por encima de la mediana sin tocarla! Eso era imposible sin la implicación de otro vehículo, alguien, algo...

 

Continuó atándose y decidió que después del intento de rescate investigaría el extraño accidente, desde luego allí faltaba una pieza, algo que no le habían dicho. Nati debía saberlo, dio dos pasos pero se detuvo, no la interrogaría ahora, primero la abuela. Comenzó a descolgarse hacia la oscuridad. “Por cierto —se dijo—, ¿cómo se llama?”

 

 

 

 

—Veamos chicos, necesito vuestra opinión, mi esposa espera un niño y se le ha metido en la cabeza llamarle Adrián —el bebé levantó la cabecita al oír su nombre—, en cambio a mí me gusta Pablo. ¿Cuál preferís vosotros?

 

—Adrián –dijo Jorge.

—Adrián –dijo Mario.

—Ariá –soltó el pequeño entre risas.

—Adrián –dijo una cuarta voz, y todos miraron hacia la colchoneta.

 

El abuelo trataba de incorporarse con esfuerzo, poco a poco se fue levantando hasta quedar sentado.

—Adrián —repitió.

—Creo que ya no tengo dudas, le daré el gusto a mi esposa. ¿Cómo se encuentra? Soy Pablo Vázquez.

—Germán Santos, perdone que no le estreche la mano ahora, no se si podré levantarme, siento las piernas dormidas.

—Tranquilo, inténtelo despacio, poco a poco, el bombero que le ha rescatado ha dicho que no le parecía que tuviera ningún hueso roto, pero nunca se sabe de cierto hasta que se mira por rayos y...

— ¿Ha dicho bomberos?

—Bombero, solo uno, venía en la otra dirección y se metió en mi camión, bueno en el remolque.

—Llenito de gorrinos —apostilló Jorge.

—Será mejor que se ponga cómodo Germán; le pondré al corriente.

 

 

De nuevo se había atado la linterna a la cabeza con la bufanda. Llevaba también la otra, más potente, colgada del cinturón. La botella de agua estaba en un bolsillo del anorak. De pronto todo le pareció inútil porque allí no había señales de la abuela. La rampa era en efecto igual que en el lado donde había caído Pablo, pero si bien éste se había agarrado a las piedras, la abuela podía no haber tenido tal posibilidad, tal vez cayó estando ya inconsciente. Cuando llegó al final de la cuerda se dispuso a emprender el camino de vuelta, ahora tocaba escalar, había bajado bastante. Apuntó la linterna hacia el abismo y comprobó que la rampa terminaba apenas dos o tres metros más abajo, después se convertía en una caída vertical. Tomó un poco de aire por la boca, por la nariz era prácticamente imposible, apenas un minuto de descanso y comenzó a subir. Ahora el coche le servía de parapeto ante el resplandor de las luces. Cuando levantó la vista no se podía creer lo que veía, allí, a unos pocos metros a su derecha, justo debajo de la puerta abierta del copiloto, reposaba un bulto que con toda seguridad correspondía a un cuerpo.

 

Había estado allí todo el tiempo, apenas habría tres, como mucho cuatro metros de distancia del coche. Pero claro, en la oscuridad era imposible de ver, incluso cuando había bajado no la había visto, solo al entorpecer el cuerpo el haz de luz que pasaba bajo el coche, y verlo desde más abajo, había sido posible localizar a la abuela. Y como bien decía su hija, estaba viva.

El pulso era lento pero regular, la enfocó la linterna pasándola por todo el cuerpo, tan solo en la cabeza parecía tener una herida, nada grave, aunque debió haber sangrado bastante, ya que el pelo estaba empapado. La palpó con rapidez los miembros sin notar ningún hueso roto, al menos los principales. Más que caer a plomo debió haber rodado hasta allí. Lo urgente ahora era llevarla junto al fuego, aquella mujer estaba helada. Empleó el mismo método que utilizó con Pablo para llevarla arriba. Echó de menos la ayuda de Jorge para desatarse, debería haberlo traído. Cuando se hubo deshecho de las cuerdas llegó de nuevo la parte más difícil, coger el cuerpo del suelo y levantarlo hasta conseguir echarlo al hombro, la mujer no era muy grande, pero en estado inconsciente todo el mundo parece pesar una tonelada. Pensar que se acercaría a la puerta para que Nati pudiera ver a su madre viva le dio fuerzas.

 

— ¿Está bien?

—Solo inconsciente y con frío.

—Te lo dije.

 

En la cara demacrada apareció una sonrisa de satisfacción. Marcos descubrió que era una mujer muy atractiva, rondaría la treintena; aún con el aspecto tan deteriorado, al sonreír había iluminado el coche.

No podía morir, no lo consentiría.

—Enseguida vuelvo —echó a andar deprisa, con la abuela al hombro, hacia las luces.

 

Germán había conseguido ponerse en pie, estaba muy débil, pero podía moverse, no parecía tener ningún hueso roto, le dolía el pecho debido al golpe con el volante, pero no parecía revestir gravedad.

Tras escuchar el relato de Pablo se disponía a salir para ayudar a aquel hombre, al cual al parecer le debían la vida. Estaba además ansioso por saber algo de su mujer y su hija, en el relato que acababa de escuchar no habían incluido la suerte de su mujer ni el estado de su hija, tan solo que el bombero había ido a rescatarlas del coche, al igual que a él.

 

Pablo tuvo que esforzarse para conseguir mediante gestos que los niños comprendieran que no quería darle la noticia a Germán; no antes de que Marcos volviera con nueva información. Pero el abuelo se percató de la anomalía sin esfuerzo alguno. No esperó a que terminaran de contarle, se puso el abrigo que habían usado para taparle y salió disparado de allí.

 

Pablo le observó salir corriendo, los niños le siguieron sin que nadie pudiera impedirlo, justo dos segundos después de haber traspasado la puerta, entraron todos de nuevo marcha atrás, como si unos atracadores, pistola en mano, les hubieran interceptado al salir y les fueran a usar como rehenes.

 

Marcos y el fardo que portaba llegaron junto al fuego y con cuidado depositó a la abuela en la colchoneta, sintió unas manos muy bienvenidas que sujetaron el cuerpo inerte al descargarlo.

 

—¡Julia, Julia!

 

“Así que se llama Julia”.  Marcos tomó dos bolsas de la vitrina, ya solo quedaban otras dos.

Le inyectó el suero a Julia y la dejó en buenas manos. Sin decir nada más, se metió una bolsa de suero en el bolsillo del anorak, y salió al encuentro de la persona que más necesitaba compañía en aquel momento. Mientras cruzaba la carretera pensó que había olvidado preguntar a Germán cómo había sucedido su accidente. Si como era lógico pensar había otro vehículo implicado, podía haber gente por rescatar aún. Cuando miró su reloj no se podía creer que faltaran diez minutos para las cuatro de la madrugada. Aceleró el paso hacia el coche, pero se detuvo en seco nada más pasar la mediana; una idea había cruzado por su mente. Giró a su derecha y corrió hacia el camión. Efectivamente no se había equivocado, allí estaban los palés. Los trasladó en tres viajes y los fue apilando bajo el coche, el último lo introdujo a presión con mucho cuidado. Cuando subió al coche, éste no se movió ni medio milímetro. Solamente lo poco que cedía la espuma del asiento, pero esto no la perjudicaba a Nati; era la carrocería al ceder lo que la mataba de dolor, pero eso ya no volvería a ocurrir.

 

— ¿Nati? —tenía los ojos cerrados cuando él entró.

—Sigo aquí.

— ¿Quieres agua, alguna cosa?

—Deja de decir tonterías. ¿Cómo está mi madre?

—Se recuperará —Marcos comprobó la bolsa de suero; había descendido a la mitad.

— ¿Mi padre?

—Me lo encontré en la puerta cuando llegaba con tu madre. Solo tiene alguna contusión, es bastante joven, ambos lo son.

—Menos mal.

—Te ayudan, ¿verdad? No quisiera ser indiscreto, pero...

—Se largó al nacer Adrián.

— ¿Me lees el pensamiento?

—Eres previsible.

—No tanto. A ver si aciertas qué hacía yo aquí arriba esta noche; no lo acertarías ni en cien años.

—Subiste a disfrutar del paisaje, esta zona es muy bonita. Luego esperarías al amanecer, incluso nevando es bonito recibir un nuevo día.

—Precisamente subí con la intención de no ver nacer más días.

 

Silencio.

 

Lo rompió Nati:

 

— ¿Te ha dejado?

—Al contrario, la he dejado yo; a punto de casarnos.

—Vale, quieres crearme tal intriga que desee quedarme aquí, escuchando tu historia, así hasta que lleguen los sanitarios y me salven. ¿Es eso?

—No, pero no es mala idea, puede servir.

—No, sabes de sobra que no. Soy una jodida banderilla, solo tienen que servirme con una cerveza.

—Conozco situaciones más difíciles, solo hay que llevarse todo junto, sé cómo hacerlo.

—Pero no hay tiempo, apenas me quedarán tres litros de sangre, solo el suero me mantiene charlando contigo. Te lo agradeceré eternamente, si hay algo ahí, al otro lado, cuenta con que te estaré viendo, y por supuesto protegiendo, a ti y a los tuyos —Marcos fue a hablar, pero Nati no había terminado—. Ahora me tienes que prometer una cosa, comprenderás que me muero por dar un último beso a los míos –Marcos hizo ademán de ir a buscarlos—.  No, al contrario, mis hijos no deben verme así. Promete que les mantendrás alejados hasta que esto acabe.

 

Una lágrima comenzó a resbalar por la mejilla de Marcos, no supo como ni en qué momento había brotado.

 

El hedor comenzaba a invadir todo el habitáculo, de no ser por la baja temperatura hubiera resultado insoportable, la putrefacción de las entrañas indicaban claramente que no quedaba mucho tiempo. Marcos miró a Nati, había cerrado los ojos. Era una vida joven, una hermosa vida que se marchaba. Pensando en el porqué estaba allí, sintió como si Nati le hubiera cambiado el billete.

 

Comenzó a hablar sin saber si podía oírle o ya se había marchado, no lo comprobó, no importaba, sencillamente necesitaba confesar.

 

—Hoy me enteré de que tengo una enfermedad que en poco tiempo me postrará en una silla de ruedas, hasta puede que suponga una muerte prematura. No fui capaz de enfrentarlo, tomé la decisión de irme. Llamé a mi prometida para decirle que se anulaba la boda y ya no la quería. Subí aquí con la intención de despeñarme por el precipicio que tenemos debajo.

 

—Te lo cambio. Yo desde una silla ruedas soy capaz de criar a mis hijos, y hasta de tener alguno más, solo tengo treinta y un años.

 

Otra lágrima se unió a la anterior.

 

—Yo treinta y dos, pero ni la mitad de tu coraje.

 

— ¿Cómo dices? ¿Quién ha rescatado a mi madre, a mi padre y al señor ese del camión...? ¡Los has salvado la vida! Claro que tienes coraje, más de lo que piensas, y ahora retira la promesa de antes si quieres, pero prométeme con sinceridad que harás frente a todo, que verás muchos días, sentado o de pie, pero estarás ahí.

 

—No retiro nada, te prometo ambas cosas.

—Ahora prométetelo a ti mismo. Eso es lo principal, tienes que creer en ti.

—Lo intentaré, por el momento te puedo asegurar que estoy deseando ver a mi prometida, se llama Laura ¿Sabes? Es enfermera, quizá por eso pensé de forma estúpida que la condenaba a cuidar un inválido de por vida. En fin, que estoy deseando verla y decirle lo tonto que he sido, pedirle perdón y que si desea casarse conmigo; se lo pediré otra vez, cuando sepa lo que me pasa; pero no habrá problema, ella es muy buena; es como tú.

 

Pero Nati ya no le oía.

 

Marcos ni siquiera comprobó el pulso, no era necesario, sintió claramente la ausencia. Consultó su reloj, debería informar de la hora del fallecimiento, eran las cuatro y media de la madrugada, habían estado charlando unos veinte minutos, tal vez los más intensos de su vida.

 

Procuró darles la noticia con entereza, pero fue imposible, entró en el salón con los ojos empañados, los niños le miraban esperando que dijese algo, los abuelos —Julia ya estaba despierta—, solo necesitaron mirarle. Ella gritó, Germán abrazó a sus nietos, Pablo procuró distraer al pequeño sin conseguirlo.

 

Pasaron más de treinta minutos así, entre llantos y lamentos. Marcos fue a la cocina y se sirvió un vaso de leche caliente, buscó café soluble pero no había o no lo encontró. Germán entró y se plantó delante de él, por los copos que resbalaban de su cabeza supo que venía de ver a su hija.

 

-Está clavada. ¿Verdad?

 

Marcos se limitó a mirarle, no sabía qué decir, tampoco era necesario.

 

—Maldita sea, ha sido culpa mía. Me despisté, iba a entrar aquí, pero al ver que estaba cerrado emprendí de nuevo la marcha, entonces me fui al otro carril y ese coche me embistió.

— ¿Qué coche?

—Pues apenas pude verlo, yo estaba casi parado en el carril de la izquierda, de pronto sentí un tremendo golpe por detrás y mi coche se elevó como si tuviera alas; así caímos al otro lado, rebotamos y ya no recuerdo más. Ahora he visto lo que pasó, nos quedamos anclados en el guarda rail, mejor dicho, mi niña quedó clavada, y todo por mi culpa. ¡Dios!

—No sirve de nada echarse la culpa, hay que seguir. Me lo ha enseñado su hija en apenas media hora de conversación. Ahora venga conmigo, tenemos trabajo que hacer.

 

Germán señaló el lugar exacto de la embestida, calcularon la trayectoria y bajaron caminando por la carretera. Salieron de ella una vez pasado el aparcamiento y buscaron por todas partes

 

— ¿Existe la posibilidad de que siguiera circulando? Darse a la fuga, quiero decir.

—No, recuerdo haber visto los pilotos rojos que se perdían por aquí, precisamente donde estamos ahora.

 

Tardaron poco más de quince minutos en dar con el último implicado, por el momento, pensó Marcos que ya nada de lo que ocurriera aquella noche le podría impresionar, pero se equivocaba.

 

La montaña de nieve era tan abundante que no tendrían más remedio que usar una pala, tan solo se veía la antena. Sin embargo no miraron al otro lado, ahí parecía que la nieve tenía vida y salía disparada hacia fuera, en realidad era el ocupante del coche, que acababa de recuperar el conocimiento, y estaba haciendo un agujero para escapar del iglú que había formado su coche.

 

—Habrá que buscar una pala —dijo Germán.

—Precisamente llevo una en el maletero —dijo Marcos—, de esas que usan los bomberos. El problema es que estará lleno de cerdos, los vi volver a entrar para refugiarse.

—Sí, ya me contó Pablo. Vamos, le ayudaré a apartarlos; necesitamos la pala.

 

La recuperación de la pala costó un buen rato y varios sustos, los cerdos pueden aplastar a una persona en lugares estrechos con mucha facilidad, para colmo, el maletero no estaba abierto y Marcos tuvo que pasar primero al coche para coger las llaves, una vez dentro se le ocurrió que desde allí podría acceder al maletero puesto que los asientos eran abatibles, finalmente se hizo con la pala.

 

Mientras los dos hombres estaban dentro del remolque peleando con los cerdos, la única ocupante del coche sepultado logró salir y se dirigió hacia la luz, pasó mirando al camión volcado, más allá distinguió un coche colgando del guarda raíl, incluso parecía clavado, pensó. Al entrar a la casa recibió el calor y se sintió reconfortada hasta el infinito, en toda su vida había sentido tanto alivio. Todos la miraban como si fuera una aparición de otro mundo, otra dimensión, o a saber qué estaban pensando aquellos tres niños, la señora de mediana edad, y un hombre joven recostado en un sofá.

 

—Buenas noches —lo dijo recalcando las palabras para que todos vieran que era humana.

—Buenas noches —respondieron todos.

—He tenido un accidente, pero estoy bien. ¿Le pasa algo en esa pierna? No tiene buen aspecto —dijo mirando a Pablo.

—Debo haberme roto un hueso. ¿Cómo lo ha sabido?

—Soy enfermera. Tiene la pierna torcida, si no inmovilizamos hasta que le puedan hacer placas y actuar no podrá soportar el dolor.

—Ya casi no puedo.

—Bien, buscaré algo.

—Se dónde hay vendas; se las traeré –dijo Jorge, y salió disparado hacia la enfermería.

 

Del montón de tablas de pino que había apiladas junto a la chimenea, la recién llegada eligió dos y se acercó a Pablo, con mucha delicadeza le palpó sin hacerle daño.

—Es el peroné —dijo.

 

En menos de dos minutos el camionero estaba entablillado y con el brazo izquierdo en cabestrillo, se sentía mucho mejor. Entonces cayó en la cuenta y preguntó a la mujer.

 

— ¿Pero dónde están?

— ¿Quién?

—Pues el abuelo de estos niños y el bombero, salieron a rescatarla. ¿De dónde ha salido usted?

—Pues de mi coche que había quedado enterrado en la nieve, alguien estaba en medio de la carretera y choqué, luego salí disparada hacia los árboles y ya no recuerdo nada más. He despertado bajo la nieve, menos mal que la batería ha aguantado el frío y ha bajado la ventanilla, después solo he tenido que empujar la nieve, el coche ha mantenido una temperatura aceptable al estar todo cerrado, he tenido suerte, podría haber muerto congelada.

 

Pablo no salía de su asombro.

 

—Entonces... usted debe ser la que ha embestido a...

—Nosotros —dijo Julia.

—No sabe cuánto lo siento. ¿Están todos...? —la mujer se había puesto a llorar de pronto.

—No se preocupe, no ha sido culpa suya, mi marido se despistó, estábamos en medio de la carretera, casi parados cuando usted pasó.

 

Marcos llevaba ya una buena cantidad de nieve apartada del coche cuando Germán insistió en relevarle. Se quedó mirando extrañado el coche. “No, no puede ser —se dijo—, hay infinidad de este modelo, solo es casualidad” En ese momento llegó hasta ellos Jorge, que había salido a buscarles.

 

—La mujer que conducía este coche está en la casa, y dice que viajaba sola.

— ¿Cómo es posible?  —preguntó Marcos. 

El chico se encogió de hombros.

 

Marcos miró a Germán que también se encogió de hombros.

—Bien, pues vayamos a conocerla —los tres echaron a andar hacia la casa.

 

Julia no había dicho aún a la recién llegada que su hija había fallecido en el accidente, estaba a punto de hacerlo cuando se abrió la puerta de la calle y entró Jorge, detrás pasó su abuelo, que se quedó mirando a la desconocida con interés. Marcos quedó clavado apenas traspasado el umbral.

— ¡Dios mío! ¡Laura!  ¿Qué haces tú aquí?

— ¿Y tú?

—Ya te contaré, ahora... tenemos que hablar.

—Habla.

 

Cinco años después, Marcos cruzaba las puertas del salón de conferencias conduciendo su flamante silla eléctrica. Sus clases teóricas eran de lo más apreciadas por el cuerpo de bomberos, el de policía y de otros servicios de emergencia. Siempre que llegaba a la parte del trasero del cerdo en su parabrisas la concurrencia soltaba la carcajada. Con el tiempo, y de tanto repetir el episodio, lo había ido adornando, y como suele suceder, exagerando.

— ¡Un día de estos harás volcar la silla y papá rodará por los suelos! —Marquitos reía a carcajadas sujetándose bien a la parte trasera de la silla de ruedas de su padre.

 

Al término de la conferencia, había ido Laura a buscarle con los niños, el mayor, como siempre, saltó del monovolumen nada más verle y abordó la silla subiéndose a los estribos traseros; su padre se mostraba enfadado, pero con disimulo le daba más gas. “Papá pensaba que no se daba cuenta”. 

 

Laura bajó la rampa trasera y Marcos y su hijo subieron.

— ¿Quieres conducir tú? —preguntó Laura.

—No, dame a la niña; quiero tenerla un rato... Y a ti también hombre, ven, sube.

 

Los abrazó con orgullo, el niño de cuatro años estaba hecho un pillo, era muy inquieto, no paraba en todo el día, agotaba a cualquiera. Y eso le encantaba a Marcos porque era... Vida. La niña de un año y medio era todo lo contrario, muy tranquila y muy tierna, dulce, no te podías resistir a besarla, aunque no fueras su padre.

 

—¡Hola, Nati! Amor.

 

 

 

© Eduardo Acevedo Regidor 2016 -SafeCreative1608168892063

 

 

 

 

Este relato, o novela corta, está escrito en un largo fin de semana en el que el autor sufría un tremendo dolor de muelas que aún hoy no ha olvidado.

 

Corría la festividad de la Virgen de Agosto de 2016, entre calmante y calmante, surgió esta breve historia como evasión al dolor.

 

Espero que también les haya servido de evasión a los lectores, al menos durante un ratito.

 

 

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Me gusta escribir, escuchar y leer. Vivir sin prisa y sobre todo observar el amor para aprender de él.

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