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6 min
La divisa
Fantasía |
28.06.19
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Sinopsis

Eres un hombre nuevo, resurgido de tus propias cenizas. 

Las cosas no pasan porque sí.

Todo ha cambiado, quizá no como hubieras querido, pero ha cambiado. Al fin y al cabo era lo que ansiabas, y no te puedes hacer ningún reproche. 

Ahora tienes una mujer que te ama como siempre habías deseado.  Es joven, bella, romántica, apasionada y dulce. Tiene todos los ingredientes que requerías para corresponderle con todo el cariño que acumulabas en tu corazón. Cada amanecer es inmenso cuando despiertas junto a ella, cuando entre las sombras de vuestro lecho la ves descansar, con su cara sonriente, resplandeciente.  Y entregado a su encanto, muy suavemente, para no despertarla, le acaricias el pelo. Su tacto de seda entre tus dedos te produce escalofríos que te llegan al alma. 

Después de un buen rato en el que solo el tiempo y tu sois testigos de ese momento, ella abre los ojos con lentitud y te mira con azúcar en sus pupilas. Y tocas el cielo cuando te habla con la mirada, esa mirada de satisfacción, de plenitud, de alegría al verte, de saber que estás a su lado cada día y cada noche, de saber que te necesita... y la necesitas también.

Luego acercas tus labios para besarla con ternura y ella te corresponde, y el calor decora sus mejillas. Ya no hay sombra alguna de su soledad en tu mirada. Buscas algún rastro de lo mismo en la suya pero no hallas nada. Cierras los párpados, sonríes al destino e inconscientemente le das las gracias.

Sabes que sin él no lo habrías conseguido. Tú solo no podías hacerlo.   

 

Has olvidado la decisión que tomaste, una dura decisión, amarrada a tu deseo de libertad, para dejar de soñar con un mañana mejor.

Has olvidado tu vida anterior en una convivencia monótona, fría, distante, ahogando tu grito en la almohada cada noche, de espaldas a esa mujer a la que un día te prometiste y le entregaste tu corazón. Rompiste esa promesa, después que ella hiciera lo mismo. El amor y el cariño se ausentaron durante un tiempo indefinido, y ya no recordabas la última vez que os besasteis, que os mirasteis con ternura, que os cogisteis de la mano, que hicisteis el amor. Comenzaste a odiarla. Odiabas todo lo que hacía, cuando te miraba con desprecio, cuando te insultaba, cuando desconfiaba de tu fidelidad, cuando comía, cuando dormía, cuando respiraba, cuando algo le dolía...la odiabas. El rencor hervía en tu sangre.

Pensaste en quitarte la vida más de una vez, pero teníais una hija en común que crecía y te adoraba, y tu a ella, y ese era el único motivo que no te permitía llevar a cabo un final semejante.

No lo recuerdas pero ya no creías en nada. Dejaste de creer en las personas, en Dios. Y tu boca se llenaba de mierda cuando lo nombrabas. 

Caminabas vacío por las calles de la ciudad, con la mirada perdida, ausente, las tardes pasaban por delante de ti sin que te dejaran recuerdo alguno.  A veces, cuando salias del trabajo, caminabas durante horas, vagando, alargando el trayecto que te llevaba de regreso a casa, a ese lugar ingrato y triste.  No querías abrir aquella puerta y volverla a ver, pero tu nobleza no te permitía huir, salir corriendo y no volver la vista atrás. Tu cabeza se derramó de sentimientos y las tinieblas se adueñaron de tu sin vivir.  

 

Has olvidado que lloraste en el entierro de tu esposa, pero tu llanto no era de tristeza sino de alegría, y tuviste que contener tu sonrisa ante tu hija, ante todos los familiares y amigos.  Ese día llovía pero no abriste el paraguas, para que tus lágrimas se mezclaran con el agua fresca que descendía por tus mejillas, agua libre como la tuya. Cerraste los ojos y elevaste tu rostro al cielo queriendo beberte la memoria. Ya no jugabas con una moneda en el bolsillo. Fue la última vez que lloraste por ella.  

 

También has olvidado que en uno de esos días grises en los que caminabas sin rumbo, pasaste por el parque, por delante de la fuente de los deseos, en la que los enamorados se sentaban alrededor para escuchar el ruido relajante del agua al salir de los caños de las estatuas de los delfines de mármol. Nunca te habías parado para oír ese murmullo incesante y alegre.  Te llamó con su voz susurrante y seductora, y te acercaste lentamente al pequeño estanque para asomarte al balcón de sus aguas verdosas y en continuo movimiento. Viste la sombra de tu reflejo, gris y emborronado por el tiempo, planeando sobre las aguas hasta detenerse en el breve espacio en que tu cara resplandeció. Más allá de la superficie, en el fondo calmado y turbio, reposaban algunas monedas que centelleaban con los reflejos de la luz del sol.

Tenías la mano en el bolsillo del pantalón. Allí dentro Jugabas siempre con una moneda entre tus dedos. Tu consciencia tomó forma al sentir su metálico tacto y la sacaste. La miraste con extrañeza sobre tu palma y luego observaste la fuente de los anhelos. Adivinaste el vínculo.

La duda no apareció en tu gesto pausado pero seguro y de tu mano se deslizó la moneda hacia su destino, rompiendo el cristal de las aguas con un ligero y diminuto chapuzón. Descendió como una seca hoja de árbol en otoño, hasta detenerse junto a sus hermanas.

Apretaste los párpados con fuerza y formulaste tu deseo. Una suave ráfaga de aire te acarició los cabellos y se arremolinó a tu alrededor para después irse a jugar con los viejos sauces. Cuando los volviste a abrir, el agua de los caños ya no salía, y el estanque permanecía con la quietud de sus aguas forjando tu sueño. 

En ese instante lo supiste, le sonreíste, diste media vuelta y te alejaste del parque para regresar a casa. Escuchaste sin volver la vista atrás como de la fuente volvió a emanar el agua.

Te dijo adiós.

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