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13 min
La Elección II
Drama |
05.07.14
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Sinopsis

Segundo capítulo de esta intrigada historia. El joven periodista se ve envuelto en un asunto misterioso, y las cosas empiezan a descontrolarse. Hay que decir que no es un chico que tenga decisiones acertadas.

En ese instante recordó las palabras de Pablo: “Ven mañana por la mañana al bar”. Lo había olvidado por completo y se había vuelto a dormir.

Simón intentó abreviar la cena todo lo que pudo sin que su amigo notase sus nervios. Lo había llamado al móvil, pero lo tenía apagado, así que mientras pedía la cuenta decidió ir a verle a casa. No podía aguantar la angustia.

A todo eso, Luis estuvo examinando a su viejo amigo desde que salieron de su casa; le notaba diferente. La palidez de su rostro, contrastado con el intenso negro de su pelo, y los ojos azules inyectados en sangre, daban clara muestra de su mal descanso. Iba sin afeitar, despeinado y olía a cerveza y tabaco. Aún así, no era su aspecto lo que le preocupaba, pues sabía que Simón nunca se había preocupado mucho por su exterior. Des del primer momento en qué se abrazaron notó la tensión y el nerviosismo en el cuerpo de su amigo, en todos sus gestos. Sospechaba que guardaba algún secreto que le pesaba, aunque prefirió no meter baza en el asunto. Ya tendrían tiempo de conversar sobre ello en Formentera.

Así que terminaron de cenar y salieron rápidamente del restaurante. Durante toda la vuelta Simón pensaba cómo ir a ver a Pablo sin que Luis le acompañase, pues éste se quedaba a dormir en su casa. Cuando llegaron a la verja del jardín, viendo que no tenía otra opción, le dio la llave a su amigo y le dijo:

- Oye, Luis, voy a ver a Pablo, el vecino me dejó preocupado y no responde al móvil. No tardaré mucho, tómate una cerveza o lo que quieras, estás en tu casa.

- ¿Seguro que no quieres que vaya contigo?

- No, tranquilo, seguro que es una tontería. Siempre tiene problemas con el permiso de residencia. Ahora nos vemos.

Se subió al coche, encendió el motor y se alejó hasta perderse entre la oscuridad.

Cuando llegó a casa de su amigo no vio a ningún camión o agente de policía, y la luz del salón estaba encendida, así que se acercó a la puerta y picó tres veces.

- ¿Quién es? – preguntó Pablo antes de abrir.

- Oye, te lo digo muy de buenas, ¿por qué no te pones una mirilla en la puerta? – contestó Simón, con sorna.

- Entra, rápido – dijo el argentino mientras le abría, siempre con su sonrisa particular.

La casa estaba muy desordenada. Había papeles y libros por todo el suelo, los muebles tenían los cajones abiertos y todo el interior revuelto. Parecía que hubiesen encerrado un toro enrabiado dentro de la casa.

- Me ha dicho el vecino que ha visto policía en tu casa esta tarde, Pablo – empezó.

- Sí, todo bien, no te preocupes. Han venido a registrarme la casa por si encontraban algo. Por cierto – dijo, mirando a su amigo -, esta mañana te he estado esperando en el bar de la playa.

- Sí, lo siento, me he dormido –prefirió no comentarle nada sobre Luis -. Pero escucha, necesito hablar contigo, tengo que saber qué está pasando, ¿no crees?

- Sí, tranquilo, siéntate en el salón. Traigo un par de cervezas y te lo explico todo.

Simón se tumbó en el sofá, con la cabeza llena de preguntas, intentando ordenarlas mentalmente.

“¿Qué hicimos? ¿Nos buscan por lo que sea que hiciésemos? ¿Quién es Pablo en realidad?”

A los dos minutos éste volvió con dos cervezas, tranquilamente. Nadie diría que aquella tarde había tenido la encantadora visita de la Policía Nacional en su propia casa.

- Pregunta lo que quieras, te responderé lo que pueda – dijo mientras abría su botella y se sentaba en el sillón.

Se miraron a los ojos. Entonces Simón empezó.

- ¿Qué robamos?

Pablo soltó una carcajada. Le dio una palmada en el hombro.

- ¿Robar? ¡Despierta, amigo! Era cocaína.

Simón le miró sorprendido. No le cuadraba, recordaría haber visto la droga.

- La mochila, tío. Llevábamos la droga en la mochila. Pero ese pibe está muy vigilado, y esta madrugada le hicieron una redada.

- ¿Y a ti por qué te vienen a registrar la casa?

- Porqué ese pibe es mi hermano – le contestó el argentino, sonriendo. Bebió un buen trago de su cerveza, dejando asimilar a su amigo lo que le estaba diciendo.

- ¿Y ahora qué, tenemos problemas? – preguntó Simón.

- No, no te preocupes. Todo solucionado.

Estuvieron callados unos instantes, hasta que el argentino rompió el silencio.

- ¿Ya está? ¿No tienes más preguntas?

Simón se relajó un poco, viendo a su amigo tan transparente. Le había metido en un buen lío, pero parecía no ir a más.

Abrieron otra cerveza, y charlaron más relajadamente. Volvían a ser dos amigos a quién la vida y el trabajo no había tratado bien. Aún así, Simón tenía mucha curiosidad porqué había cosas que le intrigaban.

- En realidad sí que tengo más preguntas. ¿Por qué me dijiste que os ayudase?

- Pensé que te iría bien ganar dinero fácil – le contestó su amigo.

- ¿Y lo haces a menudo? – había ganado mucho dinero por tan solo conducir. La idea le pareció tentadora.

- No – le miró fijamente -. Eres un maldito periodista. Eres mi amigo, pero hay cosas que es mejor que no sepas.

- Pablo, hace cinco años que me conoces; te dejé vivir en mi casa cuando te dejó tu mujer, he cuidado a tus hijos, he trabajado para ti… ¿crees que publicaría nada que te incriminase? Simplemente me sorprende ver mi amigo el pintor convertido en traficante de droga, entiéndeme.

- Claro que te entiendo, y confío en ti. Y sé que no estás pasando un buen momento, por eso te dije que nos acompañases. Pero a mis amigos no les gustan los periodistas. Nada de nada.

- Oye, oye. Yo soy tu amigo, no “un periodista”. Eso no tiene porqué saberlo nadie.

Pablo no parecía convencido, pero como más hablaban sobre ello, más atractiva le parecía la idea a Simón de repetir la experiencia pasada, sobretodo al ver la tranquilidad de las consecuencias.

- ¿Y qué pintan el Chico y el Gordo en todo esto?

- ¿Quién te crees que trajo la droga desde Argentina? – respondió Pablo -. Todo está bien organizado, amigo, no dejamos nada al azar.

- Quiero entrar – dijo de repente Simón, mirando seriamente a su amigo.

- ¿Qué?

- Quiero entrar – era la manera, lo había visto claro. Si hacía dos excursiones como esa al mes, podía vivir en lujos y con la tranquilidad necesaria para escribir como quería.

- No.

- Sí.

- No.

- Pablo… - parecía un juego, se miraban sonriendo.

- Simón, no estás sencillo, no depende sólo de mi.

- ¿Y de quién depende?

Pablo suspiró, rascándose la cabeza. No solía hacer ese tipo de cosas…pero confiaba en su amigo, era buen tipo, fiel y honrado. Podía llegar a ser…pero los Jefes no estarían de acuerdo…

- Vete a casa –dijo el argentino – Te llamo en un par de días, que todo se calme, y hablamos otra vez. Piensa lo que acabas de decir, no es una tontería. No es como formar parte de un club de fútbol, no puedes irte cuando te apetezca.

- De acuerdo. De todas formas, mañana voy a Formentera un par de días con un amigo, que toca en un concierto allí.

Acabaron la cerveza, se despidieron y Simón volvió a su casa, donde encontró a Luis completamente dormido en el sofá, con los pies encima la mesa y una botella de vino tinto casi vacía al lado, arropándola.

- Maldito borracho – dijo en voz alta, sonriendo, mientras le tapaba con una manta.

Fue a dormir con una sensación extraña; de un día para otro estaban pasando cosas importantes en su vida. Mientras se tumbaba en la cama, la cabeza no paraba de darle vueltas. Pensaba en la impulsiva petición que le había hecho a su amigo, y tampoco estaba tan seguro de su decisión; el riesgo de ir a la cárcel era un peso importante que le inquietaba, él no estaba hecho para eso. En realidad, Simón no era un tipo agresivo ni violento, pero por lo que había entendido los trabajos solo consistirían en transportar droga.

“Aún así…”, pensó, “no me gusta relacionarme con droga… no es mi manera de ser, ese no soy yo. ¿Pero a que estoy destinado? ¿Quién soy realmente?“

Se levantó, inquieto, y fue a la cocina a servirse un vaso de leche. No podía dormir; estaba despertando de un sueño, o más bien de una pesadilla. Fue recordando todos los hechos en los últimos dos días, cómo si recobrase la conciencia; el trayecto en coche, la mochila, los fardos de dinero, la conversación con Pablo…

“¿De verdad le acabo de pedir unirme? ¿Unirme a qué? – entonces recordó lo que dijo el argentino, que la decisión de admitirle no era suya. “Aquí hay más gente detrás, gente poderosa. Esto huele a organización” – pensó.

Intentó calmarse de la impresión que eso le produjo. La decisión estaba tomada, y la petición efectuada. No podía echarse atrás. Sintió miedo, y también remordimientos, muchos remordimientos, cómo los que le asolaban por la noche desde el día de su partida de Barcelona.

No creía que fuera una gran persona, pero no se consideraba un delincuente; su madre le inculcó en su niñez unos valores que le quedaron impresos en la mente hasta ese día, los mismos que le castigaban la conciencia. ¿O era el puro miedo, el temor a las consecuencias, el temor al castigo, el temor a lo desconocido?

Volvió a la cama e intentó dormir; tenía dos días para encontrar una solución, antes de acabar convirtiéndose en gángster.

“Aún me puede decir que no aceptan a españoles, o simplemente que no”. Esa idea le reconfortó, y se durmió aferrándose a ella esperanzado.

 

Luis se levantó temprano la mañana siguiente y preparó un buen desayuno para los dos: tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos, leche con cereales, zumo de naranja y un bizcocho de plátano que acababa de sacar del horno en el momento en que Simón entraba por la puerta de la cocina, bostezando.

- ¡Un desayuno contundente para un día importante! – dijo Luis, sonriendo -. Sírvete.

Parecía contento, con energía. Era el día de su concierto, y se había levantado con ganas.

Desayunaron vorazmente, se ducharon y fueron preparando la maleta. El ferry salía de la Estación Marítima del puerto de Ibiza, así que cogieron un taxi – que pagó Luis – desde Cala Vadella, recorriendo las sinuosas carreteras de la isla. El paisaje era realmente bello, pero las curvas y la conducción agresiva del taxista hicieron revolver el estómago de Simón, que salió del vehículo pálido, respirando profundamente la brisa salina del mar para evitar que las náuseas llegaran a más.

La cola para comprar los billetes fue fluida y sin ningún tipo de incidente burocrático que tanto odiaba el joven periodista. Les dieron los billetes y se dirigieron charlando alegremente hacia el muelle desde dónde partía el barco.

Simón estaba realmente contento; su amigo conseguía hacerle olvidar sus problemas, le recordaba aquellos tiempos en qué su única preocupación era cómo entretenerse por la tarde en el barrio.

Al subir al barco - distraídos como andaban, bromeando cuál chiquillos – casi fueron embestidos por un hombre que iba en otra dirección de cubierta, a toda prisa. Chocó de frente con Simón, que rápido de reflejos aguantó el golpe y lo sujetó para evitar que perdiese el equilibrio.

Se disculpó apresuradamente, y siguió su camino.

- Pero bueno – empezó Luis -, cuánta prisa, si el barco no se moverá en un buen rato.

El trayecto duraba una media hora, así que Simón ya iba en busca del bar, sin esperar a su amigo.

-Oye, ¡espera! – le gritó Luis, apresurando el paso para seguirlo.

El trayecto duró exactamente lo mismo que las tres cervezas que tomaron; terminaban la última cuando los megáfonos anunciaron que los pasajeros podían ir descendiendo.

-Espérame en el muelle, que necesito ir urgente al baño. La cerveza me hizo efecto-Simón le guiñó un ojo a su amigo mientras le daba su maleta para que fuese bajando.

-Vale, no tardes.

Entró en el baño de hombres; el olor era nauseabundo, y el suelo resbaladizo. “No creo que sea por estar recién fregado”, pensó Simón con sorna. Prefirió orinar sin respirar, aunque tuvo que hacer un verdadero esfuerzo debido a líquido acumulado a causa de la cerveza.

Se estaba limpiando las manos cuando entró por la puerta un hombre, quedándose pasmado ahí enfrente. Se miraron: era el tipo que chocó con ellos al entrar al barco.

Simón le miró inquisitivo, mientras acababa de enjuagarse las manos. Era fornido, de piel gruesa y unos ojos negros que no dejaban entrever su intención.

-¿Quiere algo?-le preguntó, molesto por su actitud.

-Creo que eres tu el que quiere algo.

-Mmm...no le entiendo. ¿Quién es usted? - de repente un terrible pensamiento le vino a la mente.

-Eres Simón Guerra. ¿Sí o no?

-Sí, pero...

-Escucha. Yo sólo cumplo órdenes. Tienes una prueba, y debes cumplirla – acto seguido sacó un arma y la dejó encima de la pica del baño.

-¿Qué es esto? Quiero decir... - Simón se puso a temblar, pálido. No esperaba su respuesta tan pronto.

-Tú quieres ser de los nuestros, así que debes realizar la prueba. Usa ésto -señaló la pistola.

-En realidad lo he pensado bien -empezó Simón-, y no creo que sea una buena idea.

-No hay vuelta atrás. O lo matas o te mato.

Le miró a la cara, sin gesticular. No dudaba de que hablaba en serio, y tampoco pensaba darle una negativa directa en ese momento. Ya pensaría en algo.

-Vale, vale, de acuerdo. Pero, ¿a quién?

El argentino sonrió fríamente.

-Pierdes a un hermano, ganas a otro. Matas a tu amigo, y te quedas con nosotros – se giró para irse pero antes de cerrar la puerta dijo dos últimas palabras.

-Veinticuatro horas.

 

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