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4 min
LA ENTIDAD
Terror |
18.03.17
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Sinopsis

-Abrí la puerta, escuché un grito aterrador. Tomé valor, salí con mi linterna al lugar, no vi nada, mi madre estaba sentada sudando sobre la cama, me indicó que sólo estaba soñando. - No me engañaba.

 Optó quedarse a oscuras, y con señas me pedía que yo hiciera lo mismo. La ayudé a reincorporarse, mientras giraban las manillas del agua del baño del fondo del domicilio, luego un portazo. No quisimos estar más en ese lado de la casa que mira hacia Dublé Almeida, una avenida peatonal obligada para transeúntes con sus charlas, conflictos íntimos que obligaban después de mediodía, tener que cerrar las ventanas por el peligro evidente. La casa continuaba a oscuras, quedamos así hasta la salida del sol, sin dormir. Toda esa semana fue imposible cerrar los ojos, en el día no fue mejor, algunos incidentes escuchábamos desde la calle, los delincuentes robaban a mano armada, seguridad ciudadana circulaban observando desde la comodidad de sus asientos, el desconcierto público. Risotadas siniestras, era todo el segundo piso. La tarde se transformaba en un presagio de lo que sabíamos que más tarde, ocurriría. Por todos los medios negocié de convencerla que nos fuéramos de esta vivienda, fue inútil, no quiso. Yo tampoco pude dejarla sola.

Vivió aferrada al recuerdo de una vida con mi padre, a pesar de todo se sentía protegida por él. -No, abandonaría este lugar, fue a su dormitorio y cerró la puerta. ¡Antes muerta!.. –Me dijo-

Caminé a mi pieza a descansar un poco, y me tiré en la cama. Pensé un momento en las palabras de mi madre, en la situación que nos encontrábamos. Moví las cortinas del ventanal que miran hacia la avenida Irarrázaval. Se movían como si de una orden se tratara, como si el rayo, y el explosivo trueno atmosférico, ayudaran a las nubes a cerrar todo el plateado cielo azul en unos pocos minutos. Cayeron al mismo tiempo un montón de gotas generando un ruido como de estampida de toros en un desierto, el agua pegaba en la ventana, y era absurdo continuar mirando. Estaba lloviendo afuera.

Esperamos cuatro semanas, ocho semanas, sin importar oír lo que se decían, lo que murmuraban, detrás de nosotros. El frío de mi pieza, era un frío más allá de las palabras, el largo corredor que conduce el baño principal,  mantiene a mi madre desolada, su mirada la tiene fija en el mueble preferido que sujeta el retrato caído de mi padre, Samuel.

 ¡Mamá! ¡Le hablé!  ¡Mamita!  -La última vez.

Regresé por el corredor en dirección hacia mi pieza, era común ver como “eso”, se paseaba de una habitación a otra, y sentir que gritaba nuestro nombre. Estaba ahí, corrió por toda la casa, su risa perversa venía de las profundidades, un ruido de llaves, más bien de largas cadenas arrastrándose provino del cierre de unas puertas que conducen al sótano, en donde se guarda el alimento para todo el mes. Un ente de aspecto humano grande se acercó decidido a algo, y se paró frente a mí.

Quedé embutido mirando sus pies en el suelo, tenía las uñas descomunal de grandes, un tobillo torcido hacia atrás con garras como de avestruz. Despedía un olor nauseabundo, intolerable para cualquier persona. El abdomen estaba formado por una destrucción de musculatura, de igual forma hacia arriba. No se cuanto tiempo estuve así, pero me día cuenta que hizo un gesto de combate para aplastarme, como si fuera una mosca humana, a quien hay que matar. Una violenta voz reventó mis tímpanos hasta la sordera, entonces fue cuando recordé la señal que hizo mi madre una vez, cuando ella me indicó que estaba viviendo su peor pesadilla.

 -Le hice caso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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    -Abrí la puerta, escuché un grito aterrador. Tomé valor, salí con mi linterna al lugar, no vi nada, mi madre estaba sentada sudando sobre la cama, me indicó que sólo estaba soñando. - No me engañaba.

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