cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

10 min
LA ERA DE LOS "LISTILLOS"
Reales |
21.08.20
  • 4
  • 3
  • 394
Sinopsis

La historia de un sujeto que se creía mejor que nadie.

Cuando Eduardo Millet era un niño sus padres debido a su condición de hijo único habían sobrevalorado en exceso a su perona en detrimento de una realista y eficaz educación que hacía pensar en la óptica mitología que se les atribuía a los faraónes del antiguo Egipto pasando por alo su biografía personal. Por tanto él llegó a creerse que era un ser superior a los demás.

En consecuencia aquella desidia  educativa en la que subyacía una inseguridad familiar fue transmitida al inconsciente del joven Eduardo dando lugar a que éste concibiese que en la vida o eres un lobo o un cordero; devorabas o podías ser devorado por alguien.

Claro que esta manera de ser tan egocéntrica  estaba en consonancia con el contexto social de su país que siempre estaba al borde de una aguda crisis económica y laboral; razón por la cual mucha gente valoraba más al hombre "listo", al oportunista que sabía sacar tajada en las difíciles situaciones de la vida cuya actitud no dejaba de ser una herencia histórica de la Picaresca del siglo XVl en la Península Ibérica, que al sujeto intelectual y reflexivo.

A Eduardo Millet a la edad de cuarenta años; casado con una mujer que pertenecía a una familia de clase media, pero con una mentalidad muy simple que se dejaba impresionar con facilidad por los discursos grandilocuentes de su marido por falsos que fueran, el cual trabajaba en una empresa de productos lácteos y no cesaba de presumir que sabía de todo, un día fue a visitarle a su domicilio su  compañero de oficina llamado Alberto García que era un amante de la literatura sobre todo de relatos de terror como los de Edgar Allan Poe, o los de actualidad de Stephen King, con un manuscrito de dicho género que había estado escribiendo durante dos dos largos años, pensando que Eduardo lo leyese y le hiciera un comentario de la obra con un positivo juicio crítico.

Mas cuando Alberto al cabo de un par de semanas fue a recoger su trabajo literario recibió un desagradable chasco de su compañero de  fatigas. Éste con una retórica autusoficiente le vino a decir  que el relato en cuestión no valía nada. Se ensañó a conciencia criticando peyorativamente ciertos fragmentos de la obra en cuyo tono se advertía su anhelo por ser más lúcido y más agudo que el autor de la novela.

-¡No, no, no...! En estas páginas hay cosas que no están bien- le dijo Eduardo al escritor con manifiesto desdén-. Mira. Hay algunos personajes que no están claramente definidos; hay descripciones de lugares que son demasiado esquemáticas; y en cambio en otros pasajes las descripciones son demasiado largas, y esto perjudica el ritmo de la narración.

- Hombre, yo creo que exageras con tu crítica. Mi novela la han leído otras personas y les ha gustado - replicó Alberto molesto con su interlocutor.

- ¡Bah! Eso será porque esta gente no estará acostumbrada a leer nada. ¡Pero tú no te enfades hombre! Acepta lo que te dicen aunque no te guste oírlo - le espetó Eduardo-. Si te hablo con franqueza es por tu bien; para que puedas mejorar.

Como es de suponer Alberto García salió del hogar de su compañero de trabajo con el ánimo por los suelos. A lo mejor él se había equivocado al escribir aquella historia de terror. Puede también que el autor fuese un inepto. Aunque él no sabía que Eduardo sólo había ojeado el relato muy por encima con escaso interés.

Curiosamente por aquellas fechas la empresa de Eduardo Millet a causa de una reducción de gastos decidió prescindir de algunos administrativos y entre ellos se encontraba aquel "sabelotodo". ¿Qué haría ahora para seguir ganando un buen sueldo y a la vez conservar de cara a la galería su fama de hombre avispado que estaba de vuelta de todo, y así seguir dando "lecciones" de distintos temas a cuántos se le acercaran con la pretensión de que nadie notara su profunda inseguridad interior heredada de sus progenitores?

Eduardo amparándose en su condición de hombre espabilado quiso afiliarse a un partido político de izquierdas del Ayuntamiento del pueblo en el que vivía porque le pareció que su doctrina al ser más social que la de la rancia derecha tenía más probabilidades de alcanzar el Poder.

De manera que poco antes de dar aquel salto a la Política, un día en que se encontró casualmente en la calle con Alberto García éste le comunicó a su antiguo compañero de oficina:

- Sí. Es muy posible  que ahora me afilie al Partido Socialista del Ayuntamiento. Aquí donde me ves, soy una persona muy altruista. Pienso que es necesario trabajar por la Justicia Social de este pueblo, y apoyar más al pequeño empresario que es quien realmente crea más empleo, que al gran Capital. Los que gobernaban antes no han hecho nada para mejorar este lugar.

- ¡Ah! Pues te deseo suerte - le respondió Alberto evasivo.

Sin embargo cuando Eduardo se presentó a los líderes de aquel partido político ofreciendo sus servicios a la Causa, a ellos no les acabó de convencer la vehemente actitud de aquel tipo, ya que les dio la sensación de que no era del todo sincero de lo que decía.

Pero Eduardo Millet no se dio por vencido y trató de afiliarse al partido político contrario que era de centro-derecha y que precisamente era el que gobernaba en aquellos años en el pueblo. Y por un extraño capricho del destino allí sí lo aceptaron.

Eduardo, todo hay que decirlo, se esmeró con fervor en las tareas que le encomendaba aquel grupo político y se centró especialmente en el área de Mantenimiento fijando su atención en en la limpieza de las calles, del Paseo Central de la villa, y en la restauración de los edificios históricos de la misma, por lo que en unas próximas Elecciones Municipales en las que volvió a ganar el partido derechista el "gran" hombre fue regidor de dicho departamento.

Poco después de tomar posesión de su cargo, un sábado a primera hora de la tarde Eduardo al ir con su mujer la cual había adquirido un aire de altanería por ser la cónyuge de una autoridad, a almorzar a un restaurante italiano se percató de que en el local estaba su excompañero de oficina de la empresa de productos lácteos y se acercó a su mesa para saludarlo.

-¡¿Qué tal te va hombre?! ¿Todavía estás en aquella mierda de empresa? - le preguntó Eduardo con sorna.

-Ya no. Pero veo que tú estás muy bien situado en la Política - le respondió Alberto-. Está muy bien eso de trabajar para el bien común. Por la Justicia Social.

- Si... - respondió él sin convicción-. Pero entre nosotros, esto son utopías. Los partidos de izquierdas todavía viven en el pasado, y el pueblo llano se deja deslumbrar por la demagogia. Aquí quien realmente mantiene este Sistema es el Gran Capital.

Ante aquella insólita revelación  Alberto  quedó desconcertado porque poco tiempo atrás Eduardo le había expuesto un modo de pensar que era totalmente contrario al actual. ¿Es que acaso Eduardo era un veleta; un chaquetero oportunista?

En efecto lo era en todo momento. Eduardo no tenía ningún principio sólido; se dejaba llevar por los tópicos, por las frases hechas y era en esencia un hombre insustancial, por lo que solía llevar la contraria sea de una manera o de otra a quien le venía con sus razones, o con sus opiniones. ¿Que le decían blanco? Pues él respondía que negro. ¿Que le hablaban de negro? Él contestaba que blanco. No estaba dispuesto a escuchar a nadie y quería tener la última palabra en todo, porque este sujeto a lo que realmente aspiraba era a ser el único protagonista de la reunión.

- Pues yo ahora me dedico a estudiar un curso de ventas on-line. El futuro comercial ya está entre nosotros - le confió Alberto al regidor.

-¡Ah muy bien! - expresó Eduardo con condescendencia; como si el proyecto laboral de su excompañero fuese un juego de niños.

Y acto seguido el regidor con su habitual elocuencia le dio un largo y aburrido discurso sobre técnología que hacía dormir al sujeto más despierto para demostrarle a su interlocutor que a él nadie tenía que enseñarle nada.

-¡Pero bueno! ¡Eres un pedante! - le dijo Alberto con irritación-. Das consejos de cómo se tiene que escribir un libro cuando tú eres incapaz de escribir ni dos líneas. Ahora aparentas que eres un experto en Informática cuando apenas sabes de qué va lo que estoy haciendo. Te crees que eres más sabio, más listo que los demás porque estás metido en la Política. Pero te diré una cosa: Un día tu suerte puede cambiar y entonces ¿qué harás tú?

Eduardo envuelto como estaba en su aureola de "gran" hombre hizo oídos sordos de la advertencia de Alberto y se despidió fríamente de él.

Por ello Eduardo tampoco dejaba en paz al jefe de Mantenimiento de la Casa Consistorial; no cesaba de estasrle encima en todo momento, incluso en sus ratos de descanso cuando éste estaba con su mujer; y por otra parte le amonestaba por cualquier nimiedad en el trabajo, a pesar de que el jefe de aquella sección sabía mejor que el regidor lo que se tenía que hacer. Sin embargo el verdadero objetivo de Eduardo más que la labor en sí era dejar constancia a su subordinado de que allí quien mandaba era él. Y claro está que aquella ciega postura de superioridad le acarreaba más de un sonado fracaso en sus decisiones.

Mas ¡ay!  Cuando Eduardo menos se lo esperaba volvieron a celebrarse Elecciones Municipales y el partido en el que éste militaba fue el gran perdedor, por lo que tuvo que pasar a la Oposición. En consecuencia aquel sujeto no tuvo más remedio que ceder su cargo de regidor a otro del bando contrario al cual no lo podía ver ni en pintura; además perdió su buen sueldo de funcionario que había cobrado durante aquellos largos años. Ya no era ninguna autoridad.

Eduardo intentó fundar otro partido político por su cuenta. ¿Con que ideología? Con ninguna. Sólo pretendía volver a entrar en el Ayuntamiento para controlar a los nuevos políticos y por supuesto seguir cobrando un buen sueldo. Pero el electorado se dio cuenta enseguida de sus oportunistas intenciones y no sacó ni un solo voto.

De modo que aquel superhombre de barrio para seguir ganándose la vida tuvo que hacer de representante de artículos de limpieza, con lo que se puso en evidencia que su ego inflado no era más que una inconsistente y absurda creencia que no tenía nada que ver con su realidad existencial.

Aunque por desgracia abundan muchos personajes como Eduardo Millet en todos los ámbitos habidos y por haber.

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 122
  • 4.42
  • 474

He realizado estudios de psicologgía profunda y metapsíquica:; he publicado relastod en algunas revistas; y hace años que colboro y llevo tertulias literarias.

Tienda

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta