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10 min
La ermita
Históricos |
25.09.18
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Sinopsis

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La ermita

Cansados ya de caminar bajo el intenso calor de mediados de agosto por medio de aquellos profundos valles, por donde apenas se deslizaba el aire desde las cumbres, dominados por impresionantes picos, llegamos sedientos y sudorosos a uno de los hermosos pueblos del Pirineo. Aquellas casas, construidas con formas similares, de dos alturas, hechas de piedra hace ya, ubicadas en torno a la fuente pública de la plaza, con las torneadas balaustras de la balconada del ayuntamiento que vigilante se situaba en un extremo, eran el centro del pueblo. La ermita, no muy grande, bien conservada, con un pronunciado tejado cubierto de pizarra negra, igual que el campanario, tenía grabado sobre la puerta principal –una portada en forma de arco de medio punto – las letras MDXXIII; imagino que sería el año en que dieron por terminada la construcción de aquel santo lugar. Después de deleitarnos durante unos instantes frente a la fachada y secarnos el sudor –con un pañuelo que más que secar, humedecía, de lo empapado que lo llevábamos-, subimos los cuatro escalones, ya desgastados por el paso de los feligreses, que llegaban hasta la entrada principal.

- ¡Está cerrada! – dije sorprendido al intentar abrir la puerta, mientras oteaba a mi alrededor, intentando buscar respuesta, pero no; no había a esas horas en la plaza a quién preguntarle.

En el otro extremo, como no podía ser de otra forma, la cantina, identificada por la típica chapa metálica – marrón por los bordes- de “Pepsi-Cola”. ¿Cuántos años llevaría allí? Muchos, por el avance del óxido que le iba comiendo el terreno a los colores originales. Hasta allí nos acercamos, empujamos la puerta y entramos en aquel local de ambiente caldeado, fruto del calor del día, donde apenas se movía el aire ayudado de dos ventiladores, algo desvencijados, colgados del techo. Los parroquianos –todos ellos jubilados desde hacía muchos años o al menos eso era lo que parecía por la profundidad de las arrugas que surcaban sus rostros - jugaban al dominó entre voces y el humo del tabaco que daba vueltas, empujado de un lado al otro por las aspas que lo hacían girar lentamente. Voltearon las cabezas al escuchar el chirriar de la puerta; miraron durante unos segundos y retornaron a la ocupación que les esperaba sobre el tapete.

- Buenos días – saludé al cantinero, un hombre ya mayor, como todos sus clientes, con un trapo a cuadros - algo descoloridos y parduzco ya - colgado sobre el hombro. Seguro que era el mismo con el que limpiaba la barra y las mesas; quien sabe si también los vasos.
Bon dia – contestó -. ¿Que prendá?
- Perdone….
- Disculpe. ¿Qué van a tomar? – corrigió rápidamente el hombre.
- Un par de cervezas frías, por favor.
- ¡Claro! Como no.
- Y la ermita – pregunté - ¿Es que no se puede visitar?

No, no me considero devoto, pero me gusta visitar los templos de los sitios por los que paso. Hay que reconocer que es en ellos donde se puede conocer la historia, el arte y la cultura de los pueblos y las ciudades. ¡Qué listos los curas que todo lo guardaron para su disfrute!

- Por supuesto que sí, pero cuando no hay servicio, se mantiene cerrada.
- ¿Entonces?
- La sra. Mercé tiene la llave. Ella les puede abrir si quieren visitarla.
- ¿Y cuando la abre?
- Cuando ustedes quieran. Vive aquí al lado; tres puertas más abajo. Le tocan allí y les acompañará.
- Gracias. Muy amable.

Sentados en el banco hecho de troncos que había en el porche de la entrada, a la sombra del voladizo, disfrutamos durante unos instantes del leve aire que corría, mientras, de dos tragos, nos tomamos las cervezas. Era casi la hora de comer pero, así y todo, nos acercamos a la casa que nos indicó el tabernero, otra de estas construcciones de piedra – seguro que sería muy fresca por dentro – y tocamos a la puerta, entreabierta como todas las del pueblo, esperando respuesta.

- ¿La sra. Mercé?
Si. Digui
- Perdone que le moleste, pero quisiéramos ver la ermita y me han dicho que usted es la encargada de abrir a las visitas.
- Así es. Espere un momento, si us plau.

La señora caminó hacia el interior de la casa y, a los pocos minutos, volvió a salir con un manojo de llaves en la mano; caminó delante, sin decir palabra, entrechocando las llaves al andar a modo de cencerro. Está claro que esa responsabilidad, mal pagada y a esas horas, no le hacía mucha gracia. Al llegar abrió la puerta pequeña, la que estaba embutida en el portalón principal, con una enorme llave; empujó y una vez dentro nos invitó a pasar. Estaba oscura; los pequeños ventanales de la parte alta de la nave, decoradas con sencillas vidrieras, apenas iluminaban el interior.

- ¡Qué lástima! - comenté -, con esta oscuridad no se ve nada.
- ¡Ahí! – dijo la señora señalando una pequeña caja adosada a la pared más próxima a la puerta -, ahí puede insertar una moneda y prenderán las lámparas.

Miré la caja; la miré a ella. Ya había visto cosas similares, pero en una ermita como esta, en un pueblo tan pequeño…..¡nunca!

- Es una forma de ayudar a mantenerla. Somos pocos los vecinos; ya sabe – explicó la señora, al verme la cara.

María se acercó hasta allí y sacando una moneda del bolsillo alimentó aquél artefacto que, acto seguido, activó la iluminación de la galería, los laterales y el retablo. Me había sorprendido lo de la moneda, mucho, pero esto, lo que tenía delante de mis ojos más….¡mucho más!

El suelo, formado de grandes losas de piedra, desgastadas de manera irregular – más por el pasillo central que por los laterales -, redondeadas por los bordes que formaban las juntas, te decían, al pisarlas, los años que allí llevaban y la cantidad de veces que los parroquianos habrían ido y venido a lo largo de aquel pasillo. Lo mismo sucedía con los pilares, que, por las partes bajas, reflejaban, en algunas zonas, el brillo propio del roce continuado de los feligreses, mientras en lo alto mantenían las formas y el color opaco original de la piedra. Hasta aquí, lo normal de una iglesia con esta historia, pero el altar….

El altar era de diseño moderno – de los años sesenta, quizá -, sobrio, formado por un enorme bloque de pulido mármol blanco, igual que las patas, sin la más mínima decoración si no consideramos como tal los candelabros allí apoyados; ¿Y el retablo? El retablo era austero del todo: una pared lisa de color gris perla cubría todo el fondo curvo del ábside y un enorme crucifijo –de elaboración reciente también -, colgaba desde el techo en el centro de aquel círculo imaginario. Eso era todo lo que había allí.

- Pero…..¿Esto qué es? – dije, mirando a la sra. Mercé, con voz casi inquisitoria.
- Está consagrada ¿eh?; aquí el padre Francesc da la misa todos los sábados y algún otro día su fuera menester.
- Perdone, pero es que no esperaba, en una iglesia del siglo XVI, encontrar una cosa así.
- ¡Ah! ¿Esto? Los rojos tienen la culpa, que son todos unos diablos, ateos comunistas. ¡En el infierno acabarán! Es lo único que se merecen.
- ¿Cómo es eso?
- Si, pues eso; en el fondo de las tinieblas tienen que estar todos ellos, maldito sacrílegos.

La Sra. Mercé, entrecruzando los dedos de sus huesudas manos y suspirando repetidamente antes de hablar, nos contó cómo durante la guerra –hace años ya, aunque sigue muy dolida -, siendo ella apenas una cría, llegaron al pueblo un grupo de milicianos, huyendo del frente de batalla; decían que iban de camino a Francia, escapando de la guerra que ya tocaba a su fin. En aquella época había más gente en el pueblo y el padre Jaume vivía aquí, daba misa casi a diario y enseñaba en la escuela a los chiquillos, que no eran pocos. Al ver aparecer a aquella veintena de hombres hambrientos, temerosos, cubiertos de ropas ajironadas, cargando con unos fusiles –que sólo servían para asustar porque no llevaban munición, aunque no lo sabíamos -, les abrió las puertas de la iglesia para que pudieran descansar; “hasta una olla de escudella llevó mi madre para que calentaran la tripa, que devoraron con el ansia de quien lleva tiempo sin probar bocado; bueno y los demás vecinos, porque casi todos ayudaron con algo: comida, ropa, paja para hacer camastros,…, de todo. ¿Y sabe usted qué fue lo que pasó?” –continuaba la señora contando, con cara de rabia contenida, con los ojos encendidos -: “pues que al par de días, ya más recuperados y con mejor lustre en las mejillas, la noche antes de partir – se ve que habían bebido hasta hartarse y andaban más achispados de la cuenta– no se les ocurre otra cosa que empezar a gritar, ahí, en medio de la plaza, a insultar, dirigiéndose a nosotros como si fuéramos el enemigo, con lo que le ayudó la gente del pueblo; “esta maldita guerra –decían-, es por culpa de los curas y beatos, que se piensan mejores que los labriegos como nosotros. La religión es quien nos ha traído esta guerra. Si no fuera por ellos, fervientes santurrones, curas dominadores y hasta los mismísimos Santos, no pelearíamos entre hermanos,….”

“A base de culatazos –¡menos mal que no les quedaban balas!-, empezaron a golpear el retablo, el altar, a arrastras las tallas de los Santos, a destrozar los bancos y todo lo que pillaban en medio; lo amontonaron en el centro de la plaza, haciendo una enorme pira y le prendieron fuego. ¡Con todo lo que les habíamos ayudado! ¡Son unos salvajes! ¿Cómo no van a ir al infierno?” –decía la mujer, reflejando el odio en su arrugado rostro.

- En todas partes y en todas las épocas ha habido salvajes – dije, intentando calmar a la señora Mercé, claramente alterada al contar la historia, su dolorosa historia que relataba con un profundo rencor, no sin razón, que no le borraba el paso de los años.
- ¡Ya ve!, ahora nos tenemos que conformar con esto y todo por culpa de esos rojos.
- ¡Lástima! Bestias e incultos los hay de todos los colores y durante las guerras salen todos de sus escondrijos. Por desgracia así ha sido y así será ¡Seguro!

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