cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

19 min
La extraordinaria historia del secuestro del león del Congreso de los Diputados.
Amor |
05.12.13
  • 4
  • 15
  • 3559
Sinopsis

El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

En aquella época el negocio de portes de Alondro pasaba por serias dificultades. La crisis económica llevaba varios años señoreando en el país, y con su furgón con grúa ahora no conseguía ingresos para más allá de las necesidades básicas, lo que significaba que, definitivamente, la vivienda en propiedad no era una posibilidad. El banco ya había iniciado los trámites judiciales para embargarle la morada, y en pocas fechas le desahuciaría.

Era noche avanzada y heladora de invierno, Alondro conducía el furgón por las callejuelas vacías y oscuras del centro de Madrid, sin rumbo y sin prisa por retirarse a dormir. No quería holgar en su departamento, que ya sentía ajeno, sino únicamente servirse de él para dormir, cambiarse y lavarse; no iba a permitir que la melancolía se le echara encima. Bajando por la carrera de San Jerónimo se topó con la fachada del edificio del Congreso de los Diputados, en la que innumerables cristales de cuarzo del granito utilizado en los muros, columnas y escalinatas, reventaban como pompas de luz por causa de la congelación, y admiró la puerta principal flanqueada por las esculturas de dos espléndidos leones de bronce que el hielo iba cubriendo de quebradizas estrellas escarchadas. Alondro siguió adelante y desembocó en la plaza de la fuente de Neptuno, donde el dios de los mares guiaba la carroza de caracola tirada por dos hipocampos, sosteniendo un tridente en una mano y enroscando una culebra en la otra, mientras otros delfines, focas y criaturas marinas asomaban la cabeza sobre el agua del pilón y expulsaban chorritos de agua. Alondro rodeó la fuente morosamente, pensando en la cantidad de animales que quedaban desamparados al relente durante las noches en Madrid. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de cargar uno de esos leones en el remolque del furgón y llevárselo a la cochera.

Volvió sobre sus pasos hasta el edificio del Congreso, maniobró con cuidado el furgón para subirlo a la acera, pasó de largo por el primer león, y se detuvo ante el segundo. Su musculosa y esbelta figura, las potentes patas como columnas, la mirada ardiente sobre las profundas fauces le daban un aspecto inmejorable; una mano descomunal con las garras apuñaladas reposaba sobre el orbe, que sugería un siniestro parecido con una bala de cañón. El animal descansaba sobre sus posaderas amenazando sacudir la cola a chicotazos.

Alondro alzó el freno de mano, extendió las cuatro patas hidráulicas de la caja del furgón para fijarla horizontalmente respecto del suelo, y  rodeó al gigantesco animal con unas correas que encadenó al gancho de la grúa. Desde el cuadro de control Alondro comenzó a manejar la grúa y pronto comprobó sorprendido que el felino estaba hueco por dentro, y aunque con algún apuro la pequeña pluma podía alzarle del pedestal, sobre el que nada le anclaba. Muy despacio lo iba acercando hacia la plataforma del furgón; acertó a pasar un vehículo de la policía que se detuvo a su espalda, y sin apearse dos agentes contemplaron la maniobra hasta que al fin la escultura descansaba sin peligro de caerse sobre el remolque, alejándose entonces con un gesto de saludo; Alondro recogió las cuatro patas hidráulicas y la grúa telescópica, cubrió el león con una lona y pasó nuevamente las correas sobre la misma, enganchó los garfios en los bajos del remolque y tensó las cinchas con los trinquetes para asegurar la lona al furgón. Lentamente, cuidadosamente, abandonó el lugar. Después desde un locutorio internacional envió un correo electrónico al señor presidente del Congreso de los Diputados, junto con una fotografía de la silueta de la escultura colocada sobre el remolque y cubierta con la lona, todavía delante del pedestal vacío, en el que le exponía la nueva situación:  “El león lo tengo en mi poder y se encuentra perfectamente. Adjunto fotografía. Para recuperarlo tiene dos alternativas: la primera es que antes de un mes los diputados aprueben un decreto de inmediata aplicación por el que se obligue a todos los políticos españoles que ocupen cargos públicos con dedicación exclusiva, a acoger y mantener en su domicilio particular a un mínimo de dos personas, o a los miembros de una familia al completo, que carezcan actualmente de vivienda por causa de desahucio, o que por estar en situación de desempleo no puedan acceder a ninguna digna, durante el tiempo en que el gobierno acierta con la solución prometida al problema de los bancos. La segunda posibilidad, y solo para el caso de rechazar la anterior, consiste en que me entreguen la cantidad de un millón de euros en la forma que yo les indicaré. Atentamente. Alondro”.

Al despertarse a la mañana siguiente lo primero que hizo fue sintonizar la radio para escuchar las noticias de Madrid: silencio sobre el león desaparecido, y el día siguiente persistía el secreto; perplejo, se arregló, tomó recado de escribir y salió a la calle. Caminó hasta la carrera de San Jerónimo. Contempló la fachada del edificio del Congreso, que revelaba la tristeza de la escarnecida: tuerta, desorejada, oblicua, desconcertada, grotesca, desquiciada. Los turistas se fotografiaban muy sonrientes junto al león superviviente, un vigilante se paseaba indolente y aburrido, los viandantes no reparaban en la ausencia estruendosa. Se sentó en un banco del pequeño parque que hermosea un rincón de la Plaza de las Cortes, y escribió una carta al señor Pesado, Presidente del Congreso de los Diputados, que rezaba de la siguiente manera: “Si finalmente no acceden a ninguna de las propuestas que les ofrecí hace dos noches, les aseguro que yo sabré sacar provecho del bronce, pero todo el mundo tendrá noticias del secuestro de la escultura y del silencio resonante de ustedes. Por el momento respeto su sigilo y sabré guardar el secreto, en la misma medida que atienden a mis requerimientos con prontitud. Atentamente, Alondro.” En la nueva fotografía que acompañaba a la nota aparecía el león en el interior de una cochera, con semblante indignado y sujetando entre las fauces un ejemplar de un periódico de Madrid del mismo día. Alondro dobló el papel con cuidado y lo introdujo junto con la fotografía en un sobre, se lo entregó a un ujier muy amable que fumaba un cigarro con otra compañera cerca de una puerta lateral, y continuó su paseo por el cercano Parque del Retiro.

Dos días más tarde el señor Pesado convocó en su despacho para una reunión a los máximos responsables de los distintos partidos políticos representados en el Congreso. Les mostró el mensaje electrónico, la carta manuscrita y las dos fotografías recibidas del misterioso “Alondro”, un nombre, avanzó, que le desconcertaba sobremanera y que probablemente ocultaba algún mensaje para iniciados. El señor Pesado les advirtió de que todavía no había denunciado la desaparición a la policía, deseando hacerlo sólo después de que las señoras y señores diputadas y diputados conocieran los hechos y pudiesen hacerse cargo de la situación incómoda que para todos se planteaba por la naturaleza demagógica y rastrera del rescate reclamado, evidentemente. Adelantó su opinión de que desde luego esas notas contenían un chantaje inaceptable en cualquiera de las dos alternativas. Los diputados las leían en silencio, enarcaban las cejas, “Pero si nos dedicamos a la caridad no podemos hacer política”, asomaban una sonrisa boba, murmuraban blasfemias, “¿Vamos a solucionar el problema de la banca? ¡Esto es una estupidez!”, algunos mostraron su sorpresa al caer en la cuenta entonces de que faltaba un león, otros, también estupefactos, comentaron que supusieron que se lo habrían llevado para restaurar o algo así. El señor Pesado se revolvió en su butaca y rugió a los comparecientes, que no lograban desembotar el entendimiento, exigiéndoles que se olvidaran del puto león y comprendieran que se les amenazaba con el estallido de un escándalo político de proporciones bíblicas si el contenido de los mensajes trascendía, por la razón de que esas putas cartas eran dos putos espejos para que se vieran desnudos, y que consideraran que cualquier cosa que hicieran les iba a retratar irremediablemente, que la razón por la que les había convocado era para consensuar una reacción para el supuesto de que el escándalo finalmente detonara, y que debería ser de unánime, clamoroso y olímpico desprecio. Luego bebió agua de un vaso, se calmó y anunció que por el momento la oficina del Congreso no iba a dar ninguna noticia sobre el secuestro del león y que si alguien preguntara por él se le diría que había sido trasladado provisionalmente.

La campiña que se extiende más allá de los arrabales de la ciudad está salpicada de pequeñas parcelas cercadas dispuestas a lo largo de los caminos de tierra, en las que se habilitan modestas construcciones, provisionales viviendas sin saneamientos, cocheras, merenderos, o sencillos huertos con algún frutal y una barbacoa; estas cuadrículas suelen verse concurridas los fines de semana por los urbanitas que gustan de disfrutar de una jornada campestre, mientras que a diario son muy pocos los que acuden. El terreno de Alondro estaba cercado por una alta pared de rasilla con un gran portón por donde podía entrar el furgón; las dos terceras partes de su interior se ocupaban por una cochera espaciosa construida de bloques de hormigón y tejado de planchas onduladas, en la que se amontonaban herramientas, latas de aceite y otros líquidos, piezas de motor, una motocicleta, sillas y una cómoda. En la zona exterior restante crecían las hierbas soberanas, había más trastos, electrodomésticos desarmados, cajas vacías de botellas de cerveza, una mesa y dos sillas de plástico, una perrera desocupada, y un viejo ciruelo. Al final del lado más profundo y umbrío descansaba el león, y junto a la puerta corredera de la cochera, casi completamente cerrada, el furgón. Alondro se sentaba en el suelo junto a una esquina, mirando al león que miraba hacia afuera, hacia la luz que entraba por la puerta entreabierta, y contemplaba la notable anchura de la espalda del animal, su vigor y musculatura, la remarcada línea de las costillas, las crespas crestas que le brotaban al término de la melena junto a otras cerdas rizadas que se prolongaban a lo largo de la columna vertebral hasta alcanzar el principio de la cola.

Hacía diez días que Alondro no pasaba por su casa. Una tarde se desplazó hasta un locutorio de apariencia destartalada que se ofrecía en un angosto local del pueblo de Colmenar Viejo, y en la red descubrió la existencia de un barco chino llamado “Liaoning”, que hacía el cabotaje del Mediterráneo y compraba toda clase de chatarra sin hacer preguntas, que entre aquel mes de diciembre y el siguiente recalaría en los puertos de Sagunto y Málaga. Luego se dirigió a su domicilio en Madrid, pero la comisión judicial ya le había lanzado y cambió la cerradura. Se quedó sin casa, finalmente. Se obligó a no aceptar la derrota, un vecino le indicó que sus efectos personales le aguardaban amontonados en cuatro cajas apiladas en el cuarto de útiles de limpieza de la comunidad de propietarios, repitiéndose que debía afrontar la ocasión que la vida le brindaba.  

En la comisaría del distrito del barrio de Las Letras el comisario señor Espeso volvía muy enfadado de la reunión mantenida en la oficina del Congreso de los Diputados, donde le acababan de comunicar que hacía once días, “¡once días, rediós!”, había desaparecido uno de los dos leones de bronce que escoltaban la puerta principal, el llamado “Velarde”. Le informaron además del mensaje del correo electrónico que recibieron la misma noche de la desaparición, de las dos fotografías y la carta manuscrita traída hace nueve días, “¡nueve días, válame!”. También le dieron copia de la grabación de las imágenes que las cámaras de seguridad que rodean el edificio, recientemente remozadas, tomaron aquella noche, tan borrosas que no podían distinguirse caras ni matrículas, ni siquiera la del vehículo de la patrulla policial que asistió al robo imperturbable. Un examen superficial de la letra de la carta manuscrita denotaba una escritura apresurada, la típica pésima letra del estudiante universitario, y una redacción gramatical y ortográfica impecable.

Alondro pasaba los días en la cochera, donde se encontraba cómodo y tranquilo, o se sentaba afuera junto a la mesa y frente al ciruelo, esperando la llegada del herrerillo. Todavía no había vaciado el contenido de las cajas con sus pertenencias, que olían a Madrid y le traían recuerdos amargos; últimamente cuando dormía tenía un sueño recurrente en el que intentaba acceder a su furgón para ir a trabajar pero no podía entrar porque la puerta no se abría y sus llaves no encajaban en la cerradura, al tiempo que una voz femenina desde el interior le preguntaba quién era. Frecuentemente abría la puerta corredera de lleno para inundar de luz la cochera, había constatado que no se cansaba de examinar renovadamente al felino, cuya figura había memorizado en todos los detalles. Distinguía entre un millón de cuerpos su tacto áspero y le agradaba repasar los pliegues crudos y previsibles de los músculos en tensión. Reconocía en sí el surgimiento de un sentimiento inesperado y auténtico de afinidad hacia la bestia, secreto pero incontrastable. Sin embargo, una pátina de color azulado verdoso, producto natural de la corrosión del metal, que se extendía sobre su cuerpo broncíneo le mortificaba porque sentía que esa tintura le encadenaba a la escultura y le alejaba de la bestia salvaje. Continuamente tomaba el cubo con agua y jabón, o con petróleo u otro producto de los que había en la cochera y con un cepillo frotaba interminablemente las partes más corroídas. Algunas mañanas, al abrir totalmente la puerta corredera, Alondro percibía un fuerte olor que le paraba, el aroma penetrante del león, de las orinas que había ido dejando en las esquinas de la cochera durante la noche para marcar el territorio.

Alondro le dio por pensar que por el hilo del furgón la policía podría terminar dando con él; también constató que ocupaba mucho sitio en la cochera. Una tarde condujo el furgón al pueblo cercano de Colmenar Viejo y lo vendió al propietario de un taller mecánico, que no lo necesitaba, pero el precio reclamado era turbador.

Más de veinte días después de la desaparición, todos los periódicos importantes, televisiones y radios amanecieron con la noticia del secuestro de "Velarde", uno de los dos leones del Congreso de los Diputados (el otro era "Daoíz"); se reproducían mensaje, carta y fotografías, mas una tercera con la misma escena del león y periódico colgado de la boca pero con un ejemplar actualizado; se aventuraban posibles pistas sobre la identidad del misterioso secuestrador Alondro, pero sobretodo se reprochaba a los diputados el silencio tan elocuente que habían mantenido durante todos esos días. Se exigían explicaciones impostergables que ellos no estaban dispuestos a dar.

Una mañana desapacible de nubes corredoras Alondro permanecía, como otras veces, sentado e inmóvil junto a la mesa de plástico, observando al herrerillo que se acababa de posar sobre una rama del ciruelo y que a su vez observaba unas migas esparcidas en la mesa; la avecilla esmeralda giraba la cabeza con suaves golpes, y parecía rebotar en lo alto de sus patitas de alambre, pero no caía sobre la mesa para comer miga de magdalena revenida. Alondro sabía, por sus juveniles experiencias naturalistas, que sería del todo insólito que el herrerillo osara posarse en la mesa mientras él estuviera sentado a su lado, y sin embargo todos los días aguardaba su llegada puntual al ciruelo; después pasaba las tardes paseándose alrededor del león; se colocaba a su lado, midiéndose con él a lo alto y lo ancho, trataba de cubicar la cabeza, desenmarañaba su melena pasando los dedos entre las guedejas, indagaba con los dedos en las cuencas de los ojos y detrás de la lengua al fondo de las fauces, palpando el filo de los colmillos, y recorría el dibujo airoso de un arco lanzado por el largo rabo rematado en brocha, descansando finalmente bajo una pata; examinaba con atención las cerdas que le crecían a lo largo de la columna, más espesas en la parte central de lomo, por si advirtiera alguna herida o alguna pulga escondida; desdeñaba su oquedad y buscaba los testículos, que no se hallaban en su lugar, al tiempo que divagaba sobre las paradojas de la mitología: había leído, a cuento de los dos leones del Congreso, que la escultura del león Daoíz, el compañero ahora superviviente en el pedestal y éste sí dotado de testículos, representaba en realidad a Hipómenes, el esposo de Atalanta; y que el león Velarde, el secuestrado que carecía de ellos, figuraba a Atalanta, la ninfa convertida en león junto con su esposo por la diosa Cibeles al descubrirlos cuando yacían en el suelo de uno de sus templos, y los dos leones estarían condenados a tirar del carro de la diosa en las fuentes que en su honor se alzan. Atalanta, pues, era un león femenino, no una leona, no un león ciclán, ni castrado, no transexual, simplemente un león-hembra. Un león-madre. Al final del día, antes de cerrar la puerta corredera, aguardaba a que los últimos rayos solares danzaran sobre el cuerpo obsidiano, contemplando el avance mortal de la línea de la sombra, hasta que de súbito el crepúsculo se anunciaba con una bajada repentina de la temperatura.  

Cuando despertó una mañana Alondro se sorprendió al descubrirse acurrucado bajo el vientre del león, tendido entre sus patas. Pero tras el desconcierto inicial, puesto que no recordaba haberse recogido debajo de la fiera, consideró la posibilidad de que él fuera en realidad un cachorro de león.

El movimiento popular de “los Indignados”, un enloquecido proyecto de revolución burguesa que desesperaba por dejar atrás sus primeros balbuceos, incapaces de sobreponerse al éxito, se apropió de la reivindicación de Alondro e hizo bandera de él. Espoleados por su atrevimiento y enfurecidos por la visión de la patética figura de los diputados, se organizaron manifestaciones por toda la geografía que fueron jaleadas por los medios de comunicación, resultando la convocatoria un éxito de asistentes, moviendo multitudes que exigían la libertad de Alondro, lo que confundía a los corresponsales de prensa extranjeros, y la dimisión de todos los políticos profesionales. El espíritu rebelde de Alondro inspiraba a los oradores, enervaba a la masa y elevaba sus espíritus con su ejemplo.

Dos semanas después de la oleada de manifestantes indignados los periódicos relevantes publicaron una cuarta fotografía en la que aparecían los dos juntos por primera vez en público. El león se mostraba resplandeciente y feroz como nunca, sosteniendo con garbo sobre la cruz una lona que caía luego por el lomo, como una capa. Alondro, a su vez, miraba a la cámara con ojos esquivos, las ropas sucias y desgarradas, la cara tiznada, el pelo largo y enmarañado, y la espesa barba con colgaduras, irreconocible para quien en su vida anterior se hubiese fijado más de cinco minutos en él; en cualquier caso la fotografía no servía para identificarle.

Éste fue su último contacto con el mundo de afuera.

Otra mañana soleada y gélida de marzo, envuelto completamente en una manta, sentado frente a la mesa ahora sin migas de ninguna clase pero con un platito con agua, vio llegar volando al herrerillo, que tornaba a posarse en la rama del ciruelo, como de ordinario; le atraían más los colores llamativos de la mesa y menos el plato con agua. Con un corto vuelo se dejó caer grácil en la mesa y se dispuso a recorrerla a saltitos, sin miedo del hombre cercano; se acercó al plato donde apenas bebió un picotazo, se aproximó a la mano de Alondro que reposaba en la mesa; éste la fue abriendo poco a poco, sucia y mugrosa, y el herrerillo saltó sobre la palma buscando el mejor lugar para lanzar el pico. Alondro repentinamente cerró sobre el pájaro, que cabía holgadamente dentro del puño, y se lo llevó a la boca, donde introdujo a la horrorizada criatura. Con el primer mordisco el pájaro exhaló con el cráneo reventado, y en los siguientes desmenuzó el menudo cuerpo esmeralda y lo fue tragando mientras las lágrimas le surcaban la cara y trataba de recordar cuándo fue la última vez que comió.

En el último día de su vida Alondro se sentía cansado y sin fuerza, y lo pasó entero acostado debajo del vientre del león. A la hora del crepúsculo de la tarde murió sin hacer un gesto, sin quejarse, como dormido.

Casi dos años después la policía dio con la escultura tras pacientes investigaciones en torno al hampa de los chatarreros. Pero de Alondro nadie supo dar noticia.

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Ya te habrás olvidado de esta historia, del tiempo que hace. No obstante, aún hay tiempo de leerla. Sorprende, para empezar, el título, con su longitud y su reiterativa conjunción de preposición y artículo. Pero, sobre todo, eso, la increíble historia de tinte surrealista, acentuada por el robo en plenos morros de la policía, sin que esta mueva un dedo. Excelente narración, en la que asoma tu afición ornitológica, destacando el nombre del protagonista y, acierto con el resto de los nombres de los personajes (Pesado, Espeso). Agradezco, una vez más, tus valoraciones y comentarios a mis trabajos, aunque la categoría de micros quede algo alejada de tus gustos. Suprimí textos antiguos y ascendí.
    Un millón de gracias, amigo José Manuel, por tu generoso comentario y tus acertadas indicaciones sobre el desfase temporal de una década. Ya está corregido en la primera parte y en la segunda recién publicada. Definitivamente, José Villamañe tiene 50 años y le faltan 15 para jubilarse. Saludos cordiales y a ver cuando publicas de nuevo, ya hace tiempo del último.
    Me gustan tus historias porque no se parecen a ninguna. Tienen todo lo que uno espera encontrar. Te felicito amigo. Que sigan tus éxitos.
    Realmente es una historia extraordinaria, a la par que triste en su final. El asunto de los genitales felinos lo desconocía, pero visitando San Google he comprobado su veracidad. Al parecer, la ausencia de testículos es debida a que los leones representan al héroe Hipómedes (También conocido como Melanión) y la ninfa Atalanta, invencible en la carrera. Ambos fueron convertidos en leones por Cibeles y se conoce que en estos tiempos de crisis, hacen pluriempleo ocupándose en tirar del carro de la diosa y ejerciendo labores de vigilancia a las puertas del congreso. Lo que no termino de comprender es por qué la “leona” está travestida con una fiera melena masculina, pues más bien parece un león eunuco. Un saludo y felices fiestas.
    No diré nada sobre la narrativa porque es perfecta, me quedo con la imaginación que usas para hacer tu crítica y con algunos giros que me parecen fantásticos, por no hablar de los nombres, algún escritor (que no recuerdo) decía que usar los nombres adecuados era darle al texto paisajes sonoros, es el caso. Saludos y reitero mis felicitaciones (por el escrito y por las fechas).
    No voy hablar sobre tu estilo, porque es como ir en bicicleta. Dominas la escritura con maestria y fluidez. A pesar de la trsiteza que me produce el relato, sobre todo la muerte del herrerillo, me ecantó el espíritu rebelde y a la vez melancólico de Alondro. Buena crítica social a la situación actual. La idea del secuestro de uno de los magnánimos leones,- ya de por si secuestrado en su dignidad por el comportamiento de nuestros nefastos poílticos- , me parece excelente...Saludos.
    Antes que nada, recojo el guante que lanzas en la sinopsis, y te deseo unas felices fiestas.- En cuanto al relato, poco puedo decir que no te hayan dicho, sólo que es de agradecer ese guiño ornitológico -a pesar del trágico destino del pobre herrerillo-. Enlazas tantas cosas en el relato que lo hace grande: actualidad, cinismo, paranoia, surrealismo, costumbrismo e imaginación.- Te felicito por tan gran logro.- Saludos
    se trata de una narrración bien llevada, con sentido y que nos entrega un mensaje que vale la pena de leer. te felicito
    Indudablemente sos un muy buen narrador, tu capacidad excede lo anecdotico del secuestro para cuestionar los factores de poder, los delirios de un francotirador y hasta los presuntuosos burgueses indignados. Tu protagonista merecía integrar el escuadrón "Los desconocidos de siempre" del Comandante Tapera . Lamentablemente las causas azarosas de la vida no lo hicieron posible. Yo en realidad me sentí parte de su epopeya y deseaba un final más triunfalista. Te agradezco tus generosos comentarios a mis escritos y te reitero mis más aplausos.
    Lo bueno de esta web es que de cuando en cuando alguien te dice algo que te ayuda a mejorar, estoy de acuerdo contigo. Saludos.
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

  • 19
  • 4.52
  • 350

SEMPRONIO. ¿Tú no eres cristiano? CALISTO. ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo.

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta