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4 min
La fiesta
Reales |
18.07.16
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Sinopsis

Todo el mundo llevaba esperando el gran momento desde una hora antes. No faltaba casi nadie o, al menos, el gran número de personas que se encontraba agolpada a los pies del camino, preparado con especial cariño y respeto para ese día, era tan grande que no parecía notarse la falta de alguien si es que la había. A pesar del Sol, que aún lucía en el cielo con una fuerza que poco a poco iba perdiendo para dar paso a la Luna, todos los allí presentes no podían abandonar aquella zona; y es que todos esperaban que sonara la música a lo lejos para comenzar a distinguir tras los árboles y pequeñas construcciones la imagen de la Virgen, que se aproximaba en su trono hacia el puerto.

En aquel momento se aunaban tradición, respeto y devoción. Tanto marineros y pescadores como gentes del pueblo y venidas de todos lados para presenciar tan mágica y evocadora procesión, esperaban con profundo ahínco la comitiva que ya se estaba acercando presidida por los integrantes de la Cofradía y las conocidas siempre “Reinas de las Fiestas”, que aquella tarde paseaban muy orgullosas sus trajes regionales, pues para ellas representaba una condición única en el pueblo acompañar a la patrona de los marinos, pero era aún más importante en sus corazones, lugar del que no podían sacar ningún día del año a la Virgen del Carmen, imagen que habían visto ser venerada por todos sus familiares desde tiempos inmemoriales. Ni los más pequeños de cada casa, algunos de los cuales se encontraban agarrados de las barandillas del dique, querían perderse el acontecimiento, supieran muy bien o no, todavía, qué significaba verdaderamente o por qué acudían tantas personas que guardaban silencio y se santiguaban en señal de respeto mientras uno podía ver sus labios moverse como muestra de las oraciones que rezaban. Sobre el paseo del puerto no cabía “ni un alfiler” que diría el refrán, y a medida que pasaban los minutos los ojos bajaban buscando las muñecas donde reposaban relojes que afirmaban que “faltaba muy poco tiempo”.

-¡Ya vienen por allí! Indicó una joven.

-¡Ya están aquí! Comentó una mujer cuando se veía muy cerca de ellos el Escapulario.

En el barco en el que procesionaría la imagen los tripulantes daban los retoques de última hora para que todo estuviera perfecto durante la breve pero tradicional travesía por la bahía, durante la cual cada año bendecían las aguas y recordaban a quienes tristemente habían fallecido en la mar.

Los instrumentos volvieron a sonar mezclando alegría y solemnidad y de repente solo podían oírse los vítores de unos vecinos emocionados que hicieron aplaudir con gratitud y su misma alegría a quienes habían estado esperando ver salir aquel barco tan bien engalanado, cuya decoración era ejemplo de la devoción y tradición depositadas al mismo tiempo en un gran número de generaciones.

-A continuación, sonarán las bocinas de las embarcaciones que siguen a la principal, aquella en la que va la Virgen. Explicaba una mujer mayor a quienes no sabían muy bien en qué consistía la procesión después de ese preciso momento.

Por el mar se alejaban los barcos y todo el mundo corría hacia el otro extremo para divisar mejor su partida; los primeros no tardarían demasiado en regresar, pero muchas personas comenzaban a irse al mismo tiempo que el Sol se iba poniendo con lentitud en una estival tarde de julio. Una nueva procesión hasta el año siguiente. 

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