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33 min
La final del Torneo de Escritores 2017
Varios |
02.06.17
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Sinopsis

relato A por Miguel Angel Mantecón, relato B por Paco Castelao, relato C por Lucio Voreno. Ganador relato C, de Lucio Voreno.

La final del Torneo de Escritores 2017

                           

 

relato A “Alzheimer”

 

La noche está pesada, sofocante. Con la garganta seca, me levanto sin ganas para buscar un vaso de agua fría.

Como siempre, voy descalzo hacia la cocina, como siempre, vuelvo a buscar las pantuflas. Me obligan las mil y una veces que debo recordarle a Silvina los peligros de abrir la heladera con los pies desnudos.

A duras penas logro que sus rebeldes diecisiete años me hagan caso. Por lo menos cuando estoy en casa,  porque en cuanto me voy, seguro que hace lo que quiere.

“¡Papáaa!” me parece escucharla cuando pretendo, sin éxito, que entienda las obsesiones de un padre por su bienestar, pero más que todo por su seguridad.

En la segunda pasada frente a su cuarto –en la primera aún no estaba suficientemente despierto- advierto luz por la hendija de la puerta apenas entreabierta. Despacio, para no despertarla, entro como casi todas las noches para apagar la luz, el televisor, la compu, el discman o cualquier otra cosa que seguro y como siempre, dejó encendida antes de dormirse.

Silencio. Lo primero que advierto es el absoluto silencio que invade la habitación. No hay artefactos encendidos. Tampoco escucho respirar a Silvina.

Sólo ilumina la noche la luz del escritorio, junto a la ventana que da la calle.

De pronto y sin proponérmelo, mi cabeza gira y un estremecimiento –no estoy seguro si es en este orden- me invade.

La cama está hecha, el cubrecama y la almohada están fríos. Silvina aquí no durmió.

El viento sacude la persiana y advierte la inminencia de la tormenta. Es el aviso que el calor sofocante llegará a su fin. Escucho vibrar la puerta de calle e inquieto corro casi hasta ella. Trago saliva, está sin llave. ¿Desde cuándo está la puerta abierta? ¿Quién la dejó así? El viento la sacude contra el marco una vez más antes de que la cierre con doble vuelta de llave. Como para conjurar el peligro de las horas de inseguridad a merced de quién sabe qué. Horas que pasamos sin darnos cuenta de nada.

Vuelvo a la habitación de Silvina, mi corazón late con fuerza, y trato de ordenar los pensamientos. No es la primera vez que nos amenaza con irse de casa con Daniel, ese noviecito con el que sale desde hace unos pocos meses y por el cual, aunque ella lo niegue, ha desmejorado sus calificaciones escolares.

Trato de serenarme. Si lo pienso bien, cosa que últimamente me está costando bastante, no es posible que se haya ido así, sin decir nada, no la creo capaz de hacernos eso. Entonces ¿Qué significa la puerta sin llave? Tal vez entraron ladrones y se la llevaron. Ladrones no, secuestradores quizá. ¿Y si fueran violadores? Ahora mi cabeza es la que late o eso creo cuando empiezo a sentir un par de puntadas en las sienes.

Prefiero pensar que fueron secuestradores. En cualquier momento llamarán para pedirnos que juntemos el dinero del rescate. Lo vi tantas veces en las noticias...

Sin embargo lo de Daniel, siempre me da vueltas por la cabeza. ¿Qué hago? ¿Llamo a la policía? El recuerdo de casos similares me paraliza. Tengo miedo ¿Y si se fue con Daniel? Son dos menores, algo osados pero sin recursos, no deben andar lejos. Igualmente la policía no suele moverse con tanta rapidez en los casos de abandono de hogar. Vuelvo a su cuarto y abro el placard. Casi no hay ropa colgada en las perchas. Descarto lo del secuestro. Nadie se lleva ropa en esas circunstancias. ¿Entonces se fue nomás con ese Daniel? Mi cabeza hierve mientras el cerebro lucha por ordenar los pensamientos. Quizá sólo lucha por pensar. Imagino barbaridades ¿Salgo a buscarlos con el auto? ¿Pero por donde? ¿Qué hago cuando los encuentre? ¿Si no quiere volver a casa? ¿Si me desafía?

De pronto recuerdo. Como si fuera la última ficha de un rompecabezas que entra por fin en el hueco de la memoria, de mí memoria. ¿Hoy Silvina no se iba a quedar a dormir en lo de su amiga Cinthia? ¡Huyy! Lo había olvidado. Es como si algunas fichas no tuvieran la forma exacta de su hueco y se hubieran acomodado algo forzadas.

Salgo de la habitación, el vaso de agua quedó olvidado en algún lugar. ¿Alcancé a tomarla? No importa, ya no tengo sed. Camino despacio, casi sin darme cuenta estoy de nuevo en mi dormitorio.

Amelia duerme, me da la de espalda, para ella es como si nada hubiera ocurrido. Cuando me meto en la cama se vuelve hacia mí pero sigue durmiendo, sin reparar en lo que sucede en el torbellino de mi cerebro.

El sábado tengo que volver al médico. La última vez dijo algo de hacerme algunos estudios, test cognitivo o algo así. Determinar el grado de avance… De rutina dijo, no recuerdo bien. Quizás no quiero recordar. También dijo: de todas formas ahora hay medicamentos para tratar estos desórdenes. Es posible retardar bastante los efectos, pero a veces tengo miedo, siento que un algodón denso, esterilizado pero también estéril, avanza devorando mi cerebro.

Amelia ahora está con los ojos abiertos pero no sé si me está mirando, ni desde dónde lo hace. ¿Desde cuándo está así? A veces desconozco ese rostro. Afligido, perplejo. Parecido al que veo y desconozco cuando estoy frente a un espejo.

-¿Juan? –me dice con esa misma voz grave, eso sí recuerdo, que tanto me atraía hace ya mucho tiempo, cuando teníamos la edad de Silvina. –Me parece que dejé la puerta abierta. Fue hace un rato cuando me levanté para correr las macetas de la entrada ante de que el viento las fuera a tirar. De paso fíjate si cerré bien la pieza de Silvina. Otra ficha se acomoda.

-¿Juan? –Insiste Amelia. -Vamos a tener que hacer algo con esa pieza. Desde que se casó con Daniel, la casa nos está quedando grande. Mejor sería prepararla para cuando vengan de vacaciones con los chicos. Es una habitación pequeña pero por unos pocos días se van a arreglar…

Sin decirle que ya la cerré para no preocuparla más aún ¿preocuparla de qué?, camino descalzo hasta la puerta de calle. En el pasillo, sobre la repisa, debajo del espejo, junto al teléfono, hay un vaso de agua a medio tomar.  ¿Quién lo habrá dejado ahí? ¿Acaso Silvina?

                                      

 

 

relato B “Pesadilla”

 

El funcionario Guillermo Alcázar pulsó el timbre con decisión. Una discreta placa de metal anunciaba al ilustre morador: Santiago Robles Sánchez, Doctor en Psiquiatría. Éste, en persona, no tardó en franquearle la entrada invitándole a tomar asiento.

Alcázar se sintió algo cohibido ante la presencia del afamado psiquiatra, uno de los más renombrados de toda la provincia. Santiago Robles  lo evaluó brevemente, escrutándolo por encima de sus gafas de gruesa montura.

—Y bien, señor Alcázar, —Robles lo interpeló al fin—¿quiere explicarme cuál es su problema?

—Enseguida doctor, pero antes…—Alcázar titubeó, dudando como abordar el asunto—Dígame, usted es especialista en la interpretación de los sueños, ¿verdad?...

—Ah, así que se trata de eso…—Robles se quitó las gafas y procedió a limpiarlas—Pues sí, en efecto, está usted muy bien informado.

—Hasta ha publicado un libro y todo, ¿no? —insistió un animado Guillermo.

—Así es, y ha resultado un sorprendente éxito de ventas.

—“Descifrando tus pesadillas”—declamó Alcázar—Un título muy apropiado y con gancho. Sí, lo he leído.

—¿Y qué le ha parecido?

—Pues… yo diría que fascinante, curioso…y, para mí, perfectamente inútil.

—Ya, ¿no encontró su pesadilla?

—Nada, ni tan siquiera alguna que se le pareciera. En caso contrario, no estaría aquí, ¿no cree?

—Está bien, señor Alcázar, —Robles conectó la grabadora—pues adelante, cuénteme su mal sueño y le prometo incluirlo el primero en el próximo libro.

 —Allá voy. —Alcázar vaciló, escogiendo con cuidado las palabras—Mi pesadilla comenzó hace cuatro días y, con escasas variaciones, se ha venido repitiendo durante las últimas cuatro noches. Nunca antes había soñado algo parecido; de hecho, normalmente no suelo soñar, o, al menos, no lo recuerdo al despertar.

—Una pesadilla recurrente, —sentenció Robles—ansioso estoy por escucharla.

 —Verá…—arrancó Guillermo —El asunto comienza siempre de la misma forma y sigue un guion similar en los cuatro casos. De repente, me hallo caminando por un parque en una ciudad desconocida a plena luz del día. Me encuentro con gente, no mucha, rostros extraños que pasan de largo murmurando en una lengua extranjera.

A la salida del parque, y al otro lado de la calle que discurre a su vera, debo atravesar un pequeño puente con barandilla de hierro construido con traviesas de madera, bajo el cual corre un singular riachuelo de aguas turbias y rojizas. A lo lejos, un horizonte de azuladas montañas se recorta contra un cielo palpitante del mismo color que el río.

No sé si “palpitante” es la palabra. Lo que quiero decir es que parece vibrar con un ritmo pulsátil como si estuviera vivo. ¿Entiende lo que le digo?”

Robles asintió, alentándolo a continuar.

—Justo cuando comienzo a cruzar el paso de cebra que conduce al puente, ocurren dos cosas, casi al unísono. Alguien comienza a silbar una familiar melodía que suena como una marcha militar, mientras desde arriba una especie de voz en “off” me advierte de que este sueño me acarreará graves desgracias.

—Así que la tonada le resulta familiar. ¿Ya la había escuchado antes?

—Pues, sí. —respondió Alcázar—Estoy seguro de haberla oído en algún sitio, pero cuando despierto soy incapaz de identificarla.

—Y la voz en “off” le habla “desde arriba” ¿No podría precisar más? Lo mismo podría ser Dios que la avioneta de una campaña publicitaria…

—No, ni lo uno ni lo otro; —declaró Alcázar tras unos momentos de concienzuda reflexión—más bien, tengo la impresión de que es ese cielo tan raro el que me habla. Ya le expliqué que me parecía algo vivo.

—Ya…¿Y qué es lo que le dice, exactamente?

—Lo que le conté antes, que el sueño acabaría muy mal, una especie de premonición, o algo así…No, aguarde un momento,—Alcázar se palmeó la frente—ya me acuerdo.

El funcionario Guillermo impostó la voz, declamando con un tono grave y profundo:

—“Este sueño te costará muy caro”

—Veamos…—recapituló Robles, entrelazando las manos bajo la barbilla—Usted se dispone a cruzar el paso de cebra para acceder al puente, cuando comienza a oír una familiar melodía militar, que no consigue identificar, y una especie de voz bíblica desciende de las alturas para advertirle de que le acechan peligros inminentes. Siga, siga, se lo ruego. No me tenga en ascuas. Su pesadilla comienza a ponerse interesante.

El funcionario Guillermo no se hizo de rogar. 

—Más allá del puente se levanta un colegio o instituto. Los niños se encuentran en el recreo. Arman un enorme bullicio. Sus gritos y risas resuenan de fondo como acompañamiento de la marcha marcial silbada mientras la voz de los cielos insiste en su inquietante advertencia.

Continúo atravesando el paso de cebra. Juraría que ya llevo haciéndolo mucho rato, demasiado a todas luces. Levanto la vista y compruebo que ha crecido de forma considerable. El puente se encuentra ahora bastante más lejos.

En ese momento comienza a bramar la sirena que anuncia el final del recreo de los escolares. Parado en medio del paso de peatones, observo espantado como una especie de enorme limusina se aproxima por mi derecha.

En vano, trato de huir. Estoy completamente paralizado.

La sirena berrea incansable. Retumba la animosa marcha de los Boy Scouts, que ahora parece coreada por una legión de milicianos dotados de poderosos pulmones. Mientras tanto, la voz celestial clama desaforada con un volumen de decibelios más propio del Apocalipsis.

La limusina sigue avanzando. Se me antoja un monstruo antediluviano a punto de abalanzarse sobre una presa indefensa. Un monstruo de unos diez metros de largo, cubierto de brillante piel azabache, con un aterrador y afilado  morro, que se dispone a engullirme sin remisión.

Ahí me despierto, empapado en sudor y con el corazón al galope. Durante un buen rato aún continúo oyendo la sirena, la marcha silbada y la voz divina.

—Sin duda, un trance angustioso. —reconoció el afamado psiquiatra—¿Y dice usted que en líneas generales el sueño es siempre el mismo?

—Así es. —respondió Guillermo—Hay una línea argumental que se repite invariablemente: el parque, el paso de cebra, el puente, la sirena, la marcha silbada, la voz de las alturas y la limusina del demonio son los actores fijos en este drama.

—¿Y los artistas invitados?

—Algunos hay, aunque no muchos. —admitió Alcázar—La segunda noche, la dichosa sirena pertenecía a un coche de policía que cruzaba a toda velocidad la calle situada al otro lado del puente; en la tercera, era una ambulancia que se dirigía a un hospital próximo; y en la cuarta, se trataba de un camión de bomberos, aullando de camino a una columna de humo que se elevaba a lo lejos.

—¿Eso es todo? 

—¿Acaso le parece poco?

—Ah, no, me parece mucho y muy sustancioso, además. — se apresuró a replicar Robles— Me refería a que si había olvidado algún detalle…

—Hombre, puede ser…—convino Alcázar—usted ya sabe que es muy difícil, casi imposible, recordar un sueño con absoluta fidelidad, como si fuera una película…Pero lo importante está ahí, seguro.

—Bueno, veamos… —reflexionó Robles—El puente con el paso de cebra y la limusina que lo atropella pueden simbolizar el complicado trayecto hacia una meta más o menos asequible. Para alcanzarla deberá superar ciertos obstáculos, más o menos insalvables.

En el sueño, la meta es la calle situada al otro lado del puente, y los obstáculos son el tráfico y el río. En la vida real puede representar un montón de cosas: un proyecto inacabado, alguna tarea pendiente, cierta obligación ineludible que se resiste a abordar, un crédito a punto de vencer…

La limusina representa el inexorable paso del tiempo que se le echa encima mientras usted se muestra incapaz de superar esos miedos, dudas o vacilaciones que lo paralizan. Vaya, o que prefiere ir dejando las cosas para mañana.

—Trabajo como funcionario municipal. —repuso Alcázar—Cobro un sueldo decente que me permite vivir sin estrecheces, aunque tampoco da para mucho más. No tengo deudas pendientes y tampoco créditos o hipotecas de ningún tipo. En estos momentos, ninguna tarea importante me quita el sueño, y siempre he procurado llevar mis asuntos al día. No acostumbro a demorar mis obligaciones, ni las personales ni las profesionales. Parece evidente, pues, que su interpretación del sueño no se corresponde mucho conmigo…a menos que…

—¿Sí?, hay algo ¿no?

—Bueno…me quedan aún diez años para jubilarme. Encuentro mi trabajo rutinario y monótono, con escasos alicientes, aparte el aspecto económico, claro. A veces, esa década que tengo por delante se me antoja una eternidad. Cómo si después de haber atravesado un desierto interminable, aún me quedara por escalar una altísima montaña antes de alcanzar la Tierra Prometida. A lo mejor, por ahí conseguimos aproximarnos…—aventuró Alcázar, aunque con escasa convicción.

—Podría ser, podría ser…

—Pero, entonces… ¿la sirena y la voz de las alturas como encajan en esa explicación?

—El sonido de la sirena sería una señal de alarma, el aviso de un peligro, real o imaginario, más o menos inminente. Es todo lo que se me ocurre de momento. La “voz divina” supone un elemento ciertamente original: una advertencia sobre los peligros implícitos del propio sueño para su integridad física y mental. Suponiendo, claro está, que ése sea el sentido: una velada amenaza que se presenta como cierta e insoslayable. Por eso es tan importante que recuerde las palabras exactas. Un solo término equivocado puede trastocar el significado del mensaje.

—“Este sueño te costará muy caro”. —repitió Alcázar—Es decir, creo que eso era lo que la voz quería comunicar, pero no estoy seguro de que lo dijera exactamente con esas palabras…Y la marcha silbada… ¿Qué me dice de ella? ¿Significa algo especial?

—Dice que en el sueño le resulta conocida, pero luego, al despertar, apenas si retiene poco más que un vago recuerdo…Dígame—Robles se echó hacia delante—¿Dónde hizo usted la mili?

—En ningún sitio. Libré por asuntos familiares.

—Ah, vaya… ¿Algún campamento de verano? ¿Los Boy Scouts, quizás?

—Nada de nada, todo lo que sé del folclore militar lo aprendí a través de la tele y el cine.

—Ya.. pues entonces, irán por ahí los tiros… —concedió Robles—alguna película o serie de TV que haya visto de niño o adolescente…Muy bien, amigo Guillermo, por hoy vamos a dejarlo aquí, si no le parece mal. Lo espero el lunes a la misma hora.

 

                                      &&&&&&&

 

Esa misma noche, ya bien entrada la madrugada, Guillermo Alcázar conducía de regreso al hogar, tras una animada cena y posterior velada con los excompañeros del colegio.

La noche era oscura y tormentosa. Soplaba un viento racheado que arrojaba gruesas cortinas de agua al paso de su flamante Peugeot 2008, casi recién estrenado. Más allá del cono de luz de los faros, la visibilidad era prácticamente nula.

Transitaba una vía secundaria que discurría por una zona boscosa. Alcázar miraba intranquilo las gruesas ramas de los pinos retorciéndose bajo el vendaval. La furia de la tempestad se acrecentaba por momentos. Era la primera vez que pasaba por allí. Siguiendo el consejo de un colega, había tomado aquel desvío, alejado de la nacional, para evitar un funesto encuentro con la patrulla de tráfico.

Conectó la radio para relajarse.

A la salida del bosque, los faros del Peugeot iluminaron una familiar construcción cuya visión hizo que clavara los frenos de golpe.

Frente a él, y a una distancia de unos 50 metros, se levantaba un pequeño puente con barandilla de hierro y piso de madera. Alcázar lo reconoció enseguida. Había encontrado el puente de su sueño.

En la radio, alguien comenzó a silbar una animada melodía que invitaba a desfilar.

Alcázar se pellizcó. No cabía duda. Ahora se encontraba bien despierto.

Hipnotizado, incapaz de reaccionar, no conseguía apartar la mirada del puentecillo. Lo tenía hechizado, completamente fascinado. El resto de las cosas a su alrededor habían sido borradas del mapa por su presencia deslumbrante.

Y en ese preciso instante, desde un punto situado a su derecha, en medio de las impenetrables tinieblas, comenzó a escucharse el estridente ulular de una bocina aproximándose a su posición.

Guillermo Alcázar volvió a pellizcarse, más fuerte que antes. No contento con eso, extrajo una pequeña navaja y se cortó en el brazo.

La sensación de dolor agudo fue la espoleta que lo sacó de su marasmo, debilitando el hechizo. Alcázar comenzó a reaccionar.

En la radio volvía a sonar la melodía marchosa. El funcionario la identificó al fin. Le parecía increíble no haberlo hecho antes. Comenzó a silbarla.

A través de los altavoces en estéreo una voz grave y profunda, bien modulada y rica en matices, proclamó una solemne sentencia que Guillermo reconoció al instante. Sólo era una frase publicitaria que hablaba de los sueños, pero al atribulado funcionario le pareció una Verdad Absoluta. Ahí estaba la voz de las alturas.

La sirena-bocina, o lo que demonios fuera, bramaba ensordecedora. Unas luces lo deslumbraron por su derecha. Algo monstruoso, largo y oscuro, se aproximaba a un ritmo vertiginoso.

Alcázar puso primera y aceleró a tope. El Peugeot arrancó brincando como un ciervo. Un minuto más tarde, ya había superado el puente y volaba campo a través. Justo en el momento en que el fiel vehículo surcara raudo las traviesas de madera, Guillermo había mirado a través del espejo retrovisor.

Sólo fueron escasos segundos, pero, aunque viviera cien años más, nunca lograría olvidar la imagen del Talgo de cercanías cruzando como una centella el paso a nivel sin barreras dónde él había estado detenido hacía sólo un instante.

Condujo aún durante varios km. antes de detener el vehículo, impulsado por el miedo irracional a que el tren variara su rumbo para perseguirlo. Cuando se paró, finalmente, respiró hondo para calmar su desbocado corazón y salió del coche. El aire frío de la noche despejó su cabeza y serenó su ánimo.

Al llegar a casa, se tomó un fuerte somnífero. Esa noche no tuvo pesadillas. Durmió de un tirón hasta el mediodía.

Nada más levantarse, lo primero que hizo fue llamar al psiquiatra para cancelar la cita.

Desayunó en la cafetería de costumbre. Al terminar, entregó un billete de 10 euros. En la tele pasaban en ese momento un anuncio de lotería. Alcázar lo consideró un guiño del destino, uno más.

—Séllame un boleto de la Primitiva. —le pidió al barman—Cinco apuestas.

Recogió el billete y se marchó silbando alegremente.

—Oiga…le sobran 2 euros.

—Quédatelos, hoy me siento generoso.

—Muchas gracias—replicó el camarero—Y, por cierto, eso que silbaba hace un momento salía en alguna película, ¿no? De guerra, creo que era…

—En efecto. —confirmó Guillermo—“El puente sobre el río Kwai”, Óscar a la mejor banda sonora, una obra maestra, de las que ya no se hacen.

Dicho lo cual, salió al encuentro de un esplendoroso día de primavera, y comenzó a surcar el paseo del muelle. Guillermo Alcázar marchaba a paso vivo, braceando y dando largas zancadas, los ánimos por las nubes y silbando a pleno pulmón. 

Y, en la cafetería, desde la pantalla de 50 pulgadas, una voz profunda, rica en matices y bien modulada, sentenciaba con tono solemne:

              —“NO TENEMOS SUEÑOS BARATOS”—

 

 

relato C “El Monasterio”

 

Cave cum fetere quod habitat in domo Dei

Tomé los hábitos hacia finales de la década de los setenta, apenas recién entrado en la veintena. Fue la mía una vocación sincera y piadosa, no albergaba por aquel entonces duda alguna que pudiera empañar mi fervor religioso ni mi entrega al Altísimo.

Amante como era de la soledad y la contemplación del espíritu ingresé en la orden de los monjes Mendicantes, siendo mi primer destino el monasterio de las Alhajas, en plena meseta Manchega. Desfilé después por numerosos presbiterios, hasta que el azar y tal vez la suerte, aún hoy en día no logro discernir a cuál de las dos achacar el extraño devenir de mi existencia, decidieron que fuese a parar al monasterio de San Martín Cuesco, una abadía escondida en lo más profundo de las montañas Asturianas, tan lejos de cualquier lugar que hasta se podría decir que lo estaba de sí misma.

Escaseaban las vocaciones por lo que siendo un hombre joven y con cierta preparación se me encomendó a mis treinta y cuatro años el priorato del monasterio, habitado por monjes ya ancianos. Jamás hubiera imaginado que la forma en que entendía la vida hasta entonces cambiaría de forma drástica al poco de mi llegada, y mucho menos el modo en que iba a suceder. Y es que el Monasterio de San Martín albergaba un peculiar enigma. Un misterio por el que pronto sería conocido en el mundo entero.

En el punto medio de la girola que rodea al ábside de la iglesia abacial se encuentra una capilla presidida por un pequeño rosetón vidriado. En su interior, sobre un altar empotrado en la pared, una urna transparente guarda el preciado vestigio, un tarro de cristal aparentemente vacío que según la tradición transmitida durante generaciones alberga la más insólita de las reliquias cristianas. Para que se me entienda sin dejar resquicio a la duda, seré claro en la definición del susodicho. El contenido del recipiente es un elemento expelido hace varios siglos del cuerpo de San Martín Eustaquio Crisóstomo. Más concretamente, un pedo.

Debí haberlo supuesto, y es que el topónimo con que bautizan las gentes comunes no suele dejar mucho resquicio a la duda.

El caso es que por esos azares del destino me vi abad de un monasterio que tan curioso secreto guardaba. Y secreto seguiría siendo si cierto día de un caluroso Agosto un senderista extraviado, de profesión periodista, no diera por casualidad con nuestro reducto de paz y accediera al conocimiento de su arcano. El inocente reportero no tuvo nada mejor que hacer que publicarlo en un periódico local, y tal acogimiento tuvo la noticia que en pocos días era la comidilla del país.

Comenzaron a llegar peregrinos de los siete puntos cardinales, y digo siete porque semejante muchedumbre era imposible que viniese tan sólo de cuatro de ellos, cada cual más interesado en admirar tan insólito elemento. Surgieron debates en los Medios acerca de la autenticidad de la pieza, las posturas se dividían entre quienes lo consideraban un fraude digno de un recopilatorio de chascarrillos hasta los que veían en su escatológica originalidad motivo más que suficiente como para rendirle culto. Cuando el asunto traspasó las fronteras nacionales la Santa Sede se vio en la obligación de emitir un comunicado recalcando que la adoración de la reliquia concernía tan solo a la propia fe personal del individuo, evitando involucrarse en la santificación de una flatulencia, y a tal grado de apasionamiento llegó la polémica que el Obispado decidió tomar cartas en el asunto.

Se estableció una comisión encargada de estudiar su autenticidad con objeto de discernir si era procedente permitir el culto al extravagante fetiche, y tras numerosas gestiones se decidió que el equipo estaría compuesto por cuatro integrantes de reputado prestigio. El primer miembro era un orondo Doctor en Química Orgánica por la Universidad Complutense, de nombre Rogelio Ramírez, cuyo inusual tupé peinado hacia un lado recordaba al de un estrafalario presidente norteamericano. Deberé añadir que su rostro también se le parecía y además, casaba a la perfección con la misión que se nos había encomendado.

Contábamos también con la colaboración de la profesora Amelia Antúnez, Historiadora oriunda de la región que a pesar de su juventud había ganado fama por sus trabajos sobre el medievo Asturiano. De rubio cabello y sonrisa generosa, ponía el contrapunto a la excesiva seriedad imperante en el grupo.

El tercer sujeto era tal vez el más curioso. Se trataba de un Perfumista cuyo exagerado apéndice nasal delataba sus dotes para ejercer la profesión. Supuse la intención del Obispado al contar con sus servicios y en verdad no envidiaba en absoluto la tarea que le había tocado en suerte. Lo habían bautizado como Porfirio Pérez, pero era más conocido por el sobrenombre de Grenouille.

Por último, como experto que soy en teología yo mismo presidía la comisión que debería deshacer el entuerto. Llegados a este punto permítanme que me presente, soy el Padre Iván. Iván Ibáñez.

Así pues nos embarcamos en la más insólita tarea que jamás se había encomendado a grupo humano alguno, dilucidar si aquel frasco cuyo origen se perdía en la memoria de los tiempos contenía tal como rezaba la tradición un cuesco medieval, y si éste podría ser achacable al santo hombre que daba nombre al monasterio. Y aunque puedan pensar lo contrario, resultó ser un encargo de proporciones descomunales.

 

Durante dos largos meses trabajamos en pos de la consecución de nuestros objetivos, cada cual realizando las investigaciones concernientes a su campo. Procurábamos no obstante juntarnos una vez por semana para intercambiar impresiones y hacer espíritu de grupo. Éramos conscientes de que el mundo tenía puestos los cinco sentidos en nuestra labor, en realidad más bien cuatro de ellos, y eso nos pesaba en el alma. Al fin fijamos una reunión para tratar de emitir un veredicto.

No negaré que ese día los nervios me carcomían. El obispado puso a nuestra disposición una sala en el mismo Palacio Episcopal, el palacete de Pedrastia, y así asumimos nuestra responsabilidad entre paredes de piedras centenarias. Como presidente realicé una pequeña introducción, invitando a cada uno de los integrantes a exponer sus conclusiones.

— Dado que no tenemos acceso físico a la muestra — comenzó el Doctor Ramírez— he tenido que someter el elemento al Espectrofotómetro, un método no invasivo que por medio de un haz de luz puede determinar su composición química.

— ¿Y qué nos ha revelado nuestra criatura? — inquirió Grenouille expectante.

— La mezcla es compatible con una, digamos… flatulencia. Nitrógeno, hidrógeno, oxígeno, dióxido de carbono y metano, en las concentraciones adecuadas.

— ¿Eso quiere decir que es auténtico?— preguntó Amelia.

— En realidad el… aire… presenta algunas anomalías en cuanto a la acumulación de otros elementos. Sulfuro de Hidrógeno, ácido Butírico, Escatol y Azufre están presentes en cantidades muy elevadas.

— Más que una santa reliquia parece un pedo diabólico — rió Grenouille por lo bajo.

— De ser verídico, su alimentación estaría basada en gran cantidad de cebollas, coliflor, hongos y huevos, combinadas ocasionalmente con carne y pescado.

— Entonces su conclusión es que no estamos ante una falsificación — insistí.

— Sería concordante con un… flato… aunque no me veo capaz de emitir un veredicto concluyente. Eso siempre que estemos hablando de una, ejem… ventosidad humana.

— ¡Pedo, es un maldito pedo!  — chilló Grenouille perdiendo la paciencia.

— Calma señores — tuve que intervenir — ¿Qué nos dice usted, Amelia?

La Historiadora se ruborizó levemente y trató de disimularlo recogiéndose el pelo en una coleta. Carraspeó un tanto antes de hablar.

— Por un lado la presencia del Santo ermitaño en estos lugares está documentada allá por el año 1200 — dijo con su voz melosa — Además la tradición oral le atribuye numerosas curaciones de enfermedades intestinales, como he podido comprobar entrevistando a varios paisanos de la zona. Y el culto a la reliquia está muy arraigado desde tiempos antiguos, aunque en un ámbito geográfico reducido.

— ¡Ahora tendrá hasta denominación de origen! — se desternilló el Perfumista.

— No encuentro motivos para descartar su autenticidad — continuó ella — Sin embargo a la hora de dar un veredicto, me temo que mis conclusiones se acercan a las del Doctor Ramírez.

— Le rogaría que fuese más concreta — pedí.

— La historiografía en un principio apoyaría tal tesis, aunque al no existir casi documentación escrita tenemos que basarnos en tradiciones orales, que son menos fiables.

Finalizó con una sonrisa a la vez que encogía los hombros en un gesto simpático cargado de inocencia.

— Como añadido a su disertación he de decir que la teología admite la tradición oral para dar validez a un objeto de culto — dije — por tanto desde ese punto de vista no puedo poner objeciones. Aunque soy consciente de que esto nos deja en el mismo lugar en el que estábamos.

— Ni sí ni no, ni blanco ni negro — recitó Grenouille como una letanía.

— Sólo queda usted por emitir un veredicto, señor Pérez.

El hombre abrió los brazos mostrando las palmas de las manos hacia arriba, en un gesto que no supimos cómo interpretar.

— Aunque nuestra pequeña criatura está cautiva en ese frasco desde hace siglos — comenzó — mis particulares dotes me permiten captar olores y matices ocultos al resto de los mortales. Y desde luego lo que hay en el tarro emite un tufillo más bien desagradable, como de huevos podridos, eso es innegable.

— Tiene usted un olfato portentoso — traté de halagarle.

— Y una vista también — añadió con cierta inmodestia — no sé si se han dado cuenta que observado al trasluz se aprecia una ligera coloración verdosa.

Ramírez y Amelia se miraron con expresión de incredulidad.

— Pero en mi campo es importante trabajar directamente con la muestra, el encierro de nuestro amigo representa un obstáculo importante.

— Debemos concluir por tanto que ninguno de los cuatro es capaz de emitir un dictamen definitivo. ¿Se dan cuenta que no tenemos nada que decirle al mundo? — añadí levantando la voz, mientras el desánimo recorría el grupo

— Sería todo más sencillo si pudiéramos manipular físicamente el elemento — sentenció Ramírez.

— Eso, eso, acceso físico — coreó Grenouille con una risita malévola.

— Pero, ello supondría abrir el recipiente — objeté.

— Ya se ha hecho otras veces. Salvando las distancias, recuerde el caso de la Sábana Santa — apuntó Amelia.

— ¡Y qué distancias! — exclamó Grenouille.

— Habría que pedir permiso al Obispado.

— No tenemos nada que perder.

Debatimos el asunto durante unos minutos, pero el punto muerto en que nos encontrábamos no dejaba mucho margen de maniobra. Así pues acordamos solicitar la autorización y volver a reunirnos en cuanto fuese posible. Como diría el gran César, la suerte estaba echada.

 

El Obispo no pudo negarse. La opinión pública contenía el aliento, nunca mejor dicho, esperando un veredicto y la comisión de expertos no era capaz de proporcionarlo sin la prueba solicitada. Fijamos una fecha para la extracción, en la que los cuatro estaríamos presentes.

Era una jornada soleada. Decidimos almorzar en el pueblo más cercano para después desplazarnos hasta allí. Quiso el Diablo que en la localidad no hubiera más que una casa de comidas y ese día tenían plato único. Disfrutamos, eso sí, de una excelente Fabada Asturiana.

Subimos al monasterio, por imperativo, con las ventanillas del coche abiertas. El Obispado había tomado la precaución de cerrar el cenobio para nosotros y aunque algunos curiosos merodeaban ninguno podía acceder al interior. Caminamos a lo largo de la nave sumidos en un silencio casi sepulcral, hasta alcanzar la capilla. El lector comprenderá que por decoro no entre en detalles acerca de la inclusión del adverbio casi. Al llegar a su altura se me antojó que la reliquia nos miraba con una sonrisa burlona.

El Doctor Ramírez procedió con cautela, no sin antes enfundarse las manos en unos guantes de plástico, remedando las habilidades de un proctólogo. En aquel momento ya se apreciaba en el lugar cierto tufo no muy agradable. La prueba consistía en la introducción de una delgada cánula a través del tapón, por donde se dejaría pasar una pequeña cantidad de la muestra hasta una bolsa transparente, para luego sellarlo de nuevo. El gas podría tratarse en el laboratorio con comodidad. Nada podía salir mal. O eso pensábamos.

El caso es que por el contacto con aquella sustancia infernal durante siglos el tapón se hallaba carcomido en su zona inferior y al ser penetrado por la cánula comenzó a deshacerse. La parte superior, más intacta, no pudo soportar la presión y los pedazos del tarugo salieron despedidos emitiendo un revelador bufido, liberando su tóxico contenido. Ramírez consiguió sellar la abertura pero el daño ya era irreparable. Sólo entonces comprendimos el error que había cometido el Obispado al no incluir un quinto miembro en el equipo, especialista en guerra NBQ.

Tal vez fuese debido a la combinación de aquel flato Gran Reserva con los efluvios de las habichuelas, o quizás pesaba alguna suerte de maldición sobre la demoniaca reliquia, lo cierto es que el ambiente se tornó irrespirable. Un miasma nauseabundo se adueñó de la iglesia y como buenamente pudimos nos arrastramos hacia el exterior pugnando por una bocanada de aire. La vista se me nubló aún no hube llegado a la puerta. Entre estertores alcancé la luz del día. Mis compañeros me siguieron, a un lado pude ver como Amelia se desvanecía sobre los escalones. No lo pensé dos veces y me acerqué hasta ella.

La tomé entre mis brazos y comencé a realizarle la respiración boca a boca. El aroma de su perfume se abrió camino intentando disipar aquel hedor pestilente. A la mente se me vino la imagen de una fila de estanterías derrumbándose. Intuí que el orden de las cosas ya nunca sería el mismo. Alguien moría en aquel instante. Alguien nacía también.

Lo último que recuerdo son sus ojos abiertos en los que me sentí caer hacia el abismo, antes de perder yo mismo el conocimiento.

 

Permanecimos una semana ingresados en proceso de desintoxicación, salvo Grenouille que por su especial sensibilidad necesitó el doble de tiempo. Según los médicos tuvimos suerte de no presentar secuelas permanentes. Ni que decir tiene que el encargo encomendado a nuestra comisión derivó en un rotundo fracaso. Pero a cambio el inescrutable destino me concedió la dicha de encontrar a la mujer con la que comparto hoy en día mi vida.

Atrás quedó el encierro monacal y ahora ocupo el tiempo entre el amor, la escritura y el cuidado de cuatro niños. A veces preguntan cómo nos conocimos y entonces Amelia y yo nos miramos con una sonrisa cómplice. Algún día serán lo suficientemente mayores como para contarles que el culpable fue un simple pedo, mientras tanto ese es nuestro secreto.

En cuanto a la reliquia, allí sigue en un monasterio perdido en medio de ninguna parte, recibiendo todavía la visita de decenas de curiosos. Si quieren conocer mi opinión me inclinaría hacia su autenticidad. Cuestión aparte es si realmente su autor fue, como reza la tradición, el Santo.

De lo que no cabe duda es que el bueno de San Martín Cuesco es mi santo preferido. Y creo que no es necesario explicarles el por qué.

 

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  • Ana María, se te ha echado de menos. A ver si te animas para el próximo.
    Y mis felicitaciones más cordiales también para el resto de los inspirados y entusiastas participantes sin cuya labor encomiable no hubiera sido factible el Torneo.
    Francisco Manuel López Castelao Enhorabuena, Jorge, más conocido como LUCIO VORENO. Tu relato era realmente muy bueno. Junto con " El guardián del bosque" de lo mejor que te he leído. Felicitaciones también para Mantecon, un digno finalista. Aplauso fuerte y prolongado para Horacio, artífice del Torneo, su labor es impagable. Este ha sido un gran éxito de crítica y público. Nos vemos en el Próximo.
    Enhorabuena, Lucio. Por segundo año, ganador, por algo será. Y por segundo año también finalista Paco. La luz siempre acaba iluminando. Mis felicitaciones a los tres
    Enhorabuena Lucio!!!! Desde luego ha sido un gran relato votado por mayoría. Un placer de lectura. Mis felicitaciones. Un ejemplo a seguir. También quiero destacar el trabajo de Miguel Ángel y Paco, qué han llegado a la final dignamente. Un saludo para todos.
    relato A por Miguel Angel Mantecón, relato B por Paco Castelao, relato C por Lucio Voreno. Ganador relato C, de Lucio Voreno.
    Me pareció bastante elaborado el c, por lo tanto voto por el. Es de esos que brillan o quedan muertos en la ejecución y aquí, el escritor lo ha puesto en escena con maestría. Y si, escritoraz@ con todo y título.
    A
    Gana C por goleada: originalidad, bien narrado, preciso pero no cargante en los tecnicismos en favor de la historia... de diez, mi enhorabuena. El tono se mantiene, y hace de este tipo de humor algo digno. Un escritor minucioso donde los haya, pues esta misma historia queda en absurdo si no se tiene cuidado. El A tiene un buen planteamiento que logra narrar, pero es limitado. Desde el principio del relato predices el resto. No lo veo para final. El B es muy bueno también. Está cuidado, elaborado, buen concepto, diálogos... merece la plata con honores. De no estar C, habría ganado con creces.
    Es la final y no se llega por casualidad. Los tres relatos son muy buenos y se nota el esfuerzo y dedicación de los escritores. Pero al contrario de otras ocasiones, he tenido claro mi voto al finalizar la lectura del tercer relato. Es magnífico. En mi opinión , no solo es el mejor relato de la final , también del torneo. Su autor no es un mero aprendiz, es, o debería ser, un escritor consolidado. Mis felicitaciones a todos por llegar hasta aquí, pero sobre todo al autor del relato C por el buen rato que he pasado leyéndolo. Con un fino e inteligente humor nos adentra en una historia perfectamente construida ,rematada con un gran final. No entro demasiado por T.R., pero diría que este relato es un "soplo de aire"para una página que necesita revitalizarse. Un saludo .
  • http://www.tusrelatos.com/relatos/la-final-del-torneo-de-escritores-2017

    relato A por Miguel Angel Mantecón, relato B por Paco Castelao, relato C por Lucio Voreno. Ganador relato C, de Lucio Voreno.

    Vota por el relato que más te guste.

    Gracias a los lectores, este torneo es para ustedes. Felicidades a los 8 participantes por sus magistrales relatos, los disfrutamos a lo grande. La gran final en mayo, todavia no hay fecha. Antes de la final hay duelos de exhibicion, si quieres participar manda un correo a torneoescritores@gmail.com

    ultima semifinal, nadie sabe quien pasa a la final. Ganadores de las semifinales y de la final al cierre del torneo.

    Vota por uno de estos dos viejos lobos de mar, solo uno pasa a la final (con tu voto) y pelea contra los otros dos titanes.

    Empieza la semifinal. Vota por el que más te guste. Todos pueden votar, entre más votos mejor. Anímate, tú eres el dios que decide el futuro de estos tres mortales.

    Vota por el relato que más te guste.

    Lee los dos relatos y vota por el que más te guste.

Bienvenidos al Segundo Torneo de Escritores de tusrelatos.com Puedes participar comentando y votando. El ganador de cada duelo lo eliges tú.

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