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49 min
LA FINAL DEL TORNEO DE ESCRITORES 2018
Varios |
29.05.18
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Sinopsis

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 La gran final del Torneo de Escritores 2018 “Más allá del bien y del mal”

 

Relato A

 

En el monasterio, en la sala de planta cuadrada cubierta por una bóveda estrellada de un solo vuelo, custodiado por dos centinelas, se rinde sempiterno homenaje a un soldado desconocido caído  en la guerra.

¿Quién habrá sido el muerto?, ¿a quién pertenecerán los huesos mondos albergados en el hipogeo?, se preguntan los que, silentes, asisten al ritual del cambio de guardia que tiene lugar doce veces al día.

Los marciales pasos del séquito, conformado por el jefe de guardia y el par de soldados que vienen a turnar a los custodios de la tumba sin nombre, reverberan en las paredes en las que refulgen varias lámparas alimentadas in perpetuum con el aceite sufragado con las donaciones de los visitantes.

Asiste al cambio de guardia el señor Sandoval que, una vez concluida la ceremonia, se entrevistará con el conservador del monasterio para tratar un asunto de sumo interés.

—Pase— dice secamente el conservador, cuya oronda figura se trasluce a través de la esmerilada hoja de la puerta de su despacho—Exponga con la máxima brevedad lo que se le ofrezca, señor. Estoy muy atareado. Para las sugerencias o las quejas debo informarle que hay otro cauce: un buzón en la entrada, junto al torno, en la puerta por donde accede el público. Allí puede usted depositar un escrito (hay formularios en una bandeja) en el que podrá expresar lo que crea conveniente. No tengo por costumbre recibir a los visitantes en mi despacho. Hago con usted una excepción porque tengo que reconocer que es perseverante. Así que acabemos de una vez con el asunto. A ver, dígame: ¿de qué se trata?

— Lo que tengo que exponer no es recomendable que se airee en formularios, que pasarán, Dios sabe por cuántas manos. Es más favorable para usted que tratemos el asunto en esta primera instancia privadamente y como no quiero hacerle perder su valioso tiempo, iré por lo tanto al grano con el asunto: conozco la identidad del soldado al que se le rinde homenaje en este monasterio y tengo pruebas irrefutables de lo que afirmo.

— ¡Pero que me está usted diciendo, hombre de Dios! Cómo es que conoce la identidad del soldado desconocido… Nadie conoce su identidad: por eso es desconocido…

—Si se exhuman los restos, se extrae el ADN del soldado y se coteja con mi perfil genético, comprobará que estamos emparentados, pues se trataba de mi bisabuelo, Ruperto Sandoval Rodarte.

— ¿A dónde quiere usted ir a parar?

— Exijo que rotulen en el cenotafio: “Aquí yace Ruperto Sandoval Rodarte, caído en combate en agosto  de 1914. Por supuesto todos los gastos ocasionados correrían de mi cuenta, estoy dispuesto a desembolsar la cantidad que sea necesaria en compensación por los trastornos causados en el monasterio durante el proceso de exhumación…

— ¡Pero eso no puede ser, señor! Comprenda usted que la tumba del soldado desconocido lleva aquí décadas. Representa a todos los soldados fallecidos durante el transcurso de la guerra, forma parte del patrimonio, nuestro esforzado ejército le rinde homenaje las veinticuatro horas del día; viene gente desde todos los puntos cardinales del país solo por postrarse unos segundos ante su tumba y rezar por su alma y agradecerle el haber dado su vida, su breve vida, por salvaguardar la libertad. ¿Pretende usted acabar con todo eso?, ¿cree plausible que tal cosa pudiera llegar a suceder con la tumba del soldado desconocido de la Abadía de Westminster, o con la ubicada bajo el Arco del Triunfo, o acaso con la del cementerio de Arlington? ¿Verdad que no?

—Me sorprende que alguien como usted desconozca que en 1984 el secretario de estado de la defensa de los Estados Unidos ordenó, a petición de los familiares, la exhumación de los restos de un soldado desconocido caído en la guerra de Vietnam en 1972, enterrado precisamente en el Cementerio Nacional de Arlington. El secretario de estado sopesó el preservar la integridad de la tumba y la reclamación de unos familiares que tienen derecho a saber si es posible identificar los restos de unos de los suyos. Como no podía ser de otra manera y ante el escándalo suscitado, optó por permitir que se llevara a cabo los análisis pertinentes, demostrándose que los restos pertenecían al capitán de la Fuerza Aérea Michael Joseph Blassie como mantenían sus familiares. Así que no me diga usted que no es plausible.

—Sea usted razonable: piense que si lo que afirma es cierto y que quien reposa en el monasterio es su bisabuelo, extremo que permitirá que dude, ¿no cree que hubiese preferido que se dejara todo como está? Además, ¿es usted consciente del farragoso pantanal en el que podría meterse si persevera en la idea? Porque el presentarse aquí, sin más y exigir que abramos la tumba para cotejar el ADN del soldado con el suyo es un completo dislate, créame si le digo que no estamos dispuestos a… 

—Si no acceden voluntariamente a mi petición me veré obligado a presentar una acción de amparo ante la autoridad judicial a efectos de que se autorice la exhumación de los restos de mi bisabuelo. Sepa usted que el thema decidendum se enmarca en la cuestión de derechos personalísimos, en el derecho a la dignidad de trato y respeto a los difuntos y a los deudos así como a la libertad de éstos de disponer del cuerpo de sus seres queridos. Poseo documentación lo suficientemente indiciaria para que cualquier juez admita, sin la más mínima objeción, mi demanda. Si quiere pleitear, adelante..., pero piense por un momento en lo que se le vendría encima si me obligan a mover ficha.

—Si mueve ficha, como usted dice, el chance le puede suponer lustros, ¡qué digo! décadas pleiteando, porque comprenderá que no podemos acceder a su propuesta bajo ningún concepto. Debe tener presente que nosotros, como entidad que es patrimonio nacional, contamos con un eminente equipo de abogados.

—Y yo debo advertirle que también cuento con asistencia letrada muy experimentada, cuyo reconocido prestigio es directamente proporcional al monto de sus minutas. Le dejo pues, copia de mi petición dando por hecho que tendrán la deferencia de estudiarla y que me darán pronta y favorable contestación conducente a resolver este dilema de la manera más discreta posible. Mi familia tiene un especial vínculo con este lugar y no quisiera que el monasterio se vea inmerso en mareas judiciales y aun menos en boca de la prensa sensacionalista.

—No dude de que así se hará, aunque no espere, por nuestra parte, respuesta favorable, ya se lo adelanto. Y ahora si me disculpa, tengo muchos asuntos desatendidos.

Inmediatamente el airado conservador concertó una reunión de urgencia con la directiva  de la Asociación de Amigos del Soldado Desconocido (AASD) para ponerla al corriente del resultado de la entrevista que acababa de despachar con el señor Sandoval.

—Señores, tenemos un problema, —comenzó diciendo con enfática gravedad.

Al presidente, al tesorero y al vocal de la junta directiva de la AASD se le demudaba el rostro conforme el conservador avanzaba en su disertación.

— Piensen en la consecuencias de salir a la luz la identidad del soldado desconocido— espetó el presidente—, la prensa indagaría en su pasado en busca de trapos sucios, porque ¿quién no los tiene? Los periodistas de cuerda política contraria a los sentimientos patrios, que como saben son legión últimamente, se aferrarían a cualquier tropiezo, cualquier desliz; bastaría un simple error, una tontería, un delito menor; fruslerías que hubiera cometido el soldado para exagerar y convertirlos en actos deleznables: los de la prensa son así; tergiversan cualquier información para adecuarla a sus espurios intereses. Supongamos, por poner un ejemplo, que una vez exhumado el cuerpo del soldado se descubre que la bala que le sesgó la vida era munición amiga (no pocas bajas en combate provienen de fuego amigo) afirmarían ¿quién de ustedes lo duda? que el soldado no murió por la acción negligente de un compañero, sino que fue abatido a propósito, por la espalda, como merecen morir los cobardes que desertan. O si pereció de un tiro en la cabeza, les aseguro que no faltará quien mantenga que fue un cobarde que acabó suicidándose para no afrontar como un hombre las vicisitudes de la guerra… El desencanto sería generalizado: décadas rindiendo honores a alguien que quizás no lo merecía, el símbolo del valor castrense tirado por los suelos. Porque, señores, el símbolo, la imagen, la marca que el soldado desconocido infiere en la milicia y por ende a la patria entera que está bajo su salvaguarda, se vería enturbiada al degradarse el soldado a la simple condición de una persona común y corriente, con identidad, con familia, con una vida vulgar e incluso, quién sabe si disoluta también, lejos de la imagen valerosa, bizarra, subjetivada, marcial y heroica que representa al caído en combate…

—Sin contar— añadió el tesorero— con el desastre que se desataría ante la inevitable merma en las visitas al monasterio, porque los visitantes, sintiéndose decepcionados, dejarían de venir en masa, como viene sucediendo hasta ahora, trayendo la consecuente merma económica al pueblo que, como todos sabemos, vive del turismo, de las excursiones escolares a la tumba del soldado desconocido, de la venta de suvenires, de la gastronomía…

—Tenemos que hablar con el reclamante— interrumpió el presidente—, hacerlo entrar en razones, convencerlo para que se olvide de asuntos judiciales y de su alocada petición, porque en el momento en que la noticia trascienda ya no habrá marcha atrás, se correría la voz como la pólvora.

—y más aún en estos tiempos que corren, con las redes sociales tan en boga—completó el vocal—; los antisistema llevarían una información delusoria y emponzoñada a cada rincón del país, dispersada por sus hordas que aguardan como carroñeros cualquier escándalo para mancillar los sentimientos patrios.  Prodigarían a los cuatro vientos que el soldado desconocido ya es conocido porque ha tenido nombre y apellidos y un pasado en el que se sustenta una vida imperfecta y punible…

—Ciertamente cabe la posibilidad de que despreciemos los argumentos del demandante— expuso el conservador—, es posible que esté equivocado, que tenga perturbadas las facultades mentales o incluso simplemente que mienta por alguna abyecta razón, y el soldado desconocido continuaría sumido en el anonimato reforzándose aun más, si cabe, el misterio de su identidad.

—Pero ¿vamos a arriesgarnos?—intervino  el presidente—, ¿y si tiene razón? No, no podemos jugárnosla.  Así que hay que poner el asunto en manos de nuestros abogados: ellos sabrán cómo proceder. Ni que decir tiene que debemos llevar el asunto con la máxima discreción para evitar que llegue a oídos de la prensa. Así que ni una palabra del asunto a nadie.

 

Los abogados estudiaron a fondo la petición del demandante y elevaron un informe a la junta directiva de la AASD, en el que se les comunicaba que la demanda formulada por la parte actora estaba perfectamente armada y arreglada a los preceptos legales y que, era más que probable, ateniéndose a la legislación vigente, que se le reconociera el derecho a la exhumación de los restos cadavéricos del soldado para que le sea practicada la prueba de ADN, en base al procedimiento para la aprobación y protocolización de información ad perpetuam memoriam por la que se solicita la recuperación de los restos mortales que se supone pertenecen a su bisabuelo, concluyéndose que entrar en pleitos solo serviría para dilatar en el tiempo el procedimiento con el consiguiente desembolso económico que ello devengaría, ya que, tarde o temprano, los tribunales terminarían inclinándose a favor del demandante.

El informe cayó como un jarro de agua helada sobre el conservador que volvió a convocar una reunión de urgencia.

— ¿Qué podemos hacer?— farfulló  el presidente.

—Calma, señores, calma—tranquilizó el tesorero—, seguro que todo se arregla con dinero. Ofrezcámosle una cantidad para que se olvide  del asunto. Este año tenemos superávit: dejemos para otra ocasión las reformas que teníamos previsto hacer y zanjemos este asunto de una vez por todas.

—Me temo que el dinero no es la solución—dijo el conservador—, pues se trata de alguien acomodado, le sobra el dinero, eso es evidente. Está claro que le mueven razones sentimentales… Se me ocurre una solución, aunque debo reconocer que es algo peregrina.

— ¡Por favor, cuéntenos!— imploró el presidente.

—Si el señor Sandoval quiere que se exhumen los restos del soldado para cotejar los respectivos adeenes, ¿por qué negarnos a ello?, está en su derecho ¿no es cierto?, otorguémoselo pues. Aunque, por supuesto, el ADN que cotejará con el suyo no será el del soldado desconocido, sino el perteneciente a otros restos mortales.

—Brillante idea, — espetó el presidente—, pero supongo que será usted consciente de que necesitaríamos otros restos mortales, ¿de dónde los vamos a sacar?

— ¡Señor presidente, mire usted a su alrededor, estamos en un monasterio! Aquí hay gente enterrada desde el siglo catorce. Recuerde que no hace más de cincuenta años una comunidad religiosa aún lo habitaba. La cripta está repleta de sepulcros, tan solo tenemos que dar el cambiazo por los restos de alguien que falleciera con la edad aproximada a la del soldado desconocido y que lo hiciera coetáneamente para que el estado de conservación de los huesos sea el previsible.

—Es usted muy perspicaz, señor conservador, pero tenemos que contar con el concurso de la brigada militar que se encarga de custodiar la tumba, ya sabe que jamás se queda sola. Por otra parte, albergo dudas sobre si tal proceder podría ser contrario a la ética y a los principios más elementales de un buen cristiano.

—Si se trata de evitar cualquier tipo de agravio a la sacrosanta institución castrense, no dude usted de que estamos más allá del bien y del mal en este asunto, no lo dude, como tampoco albergo yo la menor duda de que la brigada militar colaborará con nosotros: hablaré con el jefe de guardia. Con respecto a los prejuicios morales, piense usted que la causa está más que justificada. Si el buen monje, cuyos restos servirán para nuestro propósito, pudiese por su propio pie salir de su tumba en socorro nuestro, ¿duda usted que no lo haría encantado?

—Pues no se hable más— concluyó el presidente —, dejo el asunto en sus manos, señor conservador y que sea lo que Dios quiera.

 

Como era presumible, el jefe de guardia se unió a los conspiradores para salvaguardar  símbolo funerario tan relevante, así que aquella misma noche se procedió con el cambalache de los restos, exhumándose los de un monje fallecido el mismo año que el soldado a causa de la gripe española, según pudieron recabar del epitafio de la lápida cuasi aneblado por el polvo.

Para no despertar sospechas cediendo prontamente a las peticiones del señor Sandoval, se mostrarían, en un principio, esquivos y reacios a la exhumación, propiciando una suerte de tira y afloja, un tensado de cuerda perfectamente calibrado para evitar su rotura.

Llegado el momento le informarían, pesarosos, que accedían a la exhumación, con la condición sine qua non de que se permitiese presentar por parte de la AASD una prueba pericial paralela, realizada por un laboratorio independiente elegido libremente por dicha asociación, cuyo costo deberá ser satisfecho por el señor Sandoval, exigiéndosele, además, una declaración firmada ab utraque parte ante notario en la que deberá aceptar que, en caso de que la prueba de ADN fuera negativa, indemnizaría al monasterio con una cantidad previamente acordada y en caso contrario, es decir, si la prueba era positiva, el monasterio se comprometía a rotular el epitafio propuesto por el demandante.

El señor Sandoval aceptó las condiciones propuestas y se llevaron a cabo las pruebas pertinentes.

 

Pasadas ocho semanas llegó al monasterio un par de cartas certificadas procedentes de los laboratorios Labgenetics  y Centro de Diagnostico Genético, encargados de realizar las pruebas de ADN.

El conservador convocó inmediatamente al presidente, tesorero y vocal de la AASD en su despacho.

—Acaba de llegar la solución definitiva a nuestro problema, señores— dijo socarronamente el conservador, mostrando a sus colegas los sobres certificados—. Señor presidente me he tomado la libertad de poner a enfriar un par de botellas de champagne para celebrarlo.

—Hizo bien, señor conservador, la ocasión lo merece.

Cuando el conservador procedía a escanciar en las copas de flauta el dorado espirituoso, sonó el teléfono. Se trataba del señor Sandoval.

—Buenas tardes, señor conservador. Supongo que ya habrán recibido el informe de los laboratorios. Como me comprometí he satisfecho puntualmente la cuenta pendiente con el monasterio depositando en el número de cuenta que se me facilitó, la cantidad acordada por los trastornos causados y por los que en futuro se ocasionen. Confío en que cumplirán también con lo pactado, procediendo lo antes posible con el rotulado del epitafio. Ya ven que tenía razón y los restos del soldado (ya oficialmente conocido) pertenecen a mi bisabuelo.

— ¡Pero eso es imposible, no puede ser, debe haber un error— musitó el conservador—, debe haber un error…!

El conservador rasgó, como un poseso, uno de los sobres certificados y leyó atropelladamente su contenido en el que, efectivamente, se confirmaba que el señor Sandoval compartía el mismo ADN que el procedente de los restos exhumados.

 

El otro informe arrojaba un resultado idéntico.

 Los miembros de la AASD se miraron sin comprender qué había sucedido.  La única explicación debía estar en la cripta y como una exhalación, hacia allí corrieron todos.

El conservador quitó el polvo a la placa del sepulcro del que sacaron los restos mortales en la que en un principio solo ojearon la fecha de nacimiento y muerte y la causa del óbito y leyeron, presos de la mayor estupefacción, el nombre del morador de la tumba: Pablo Sandoval Rodarte.

Cuando estalló la guerra Ruperto Sandoval Rodarte se alistó y partió al frente. Pablo, su hermano gemelo, estimó que su aportación a la defensa patria debía hacerla con plegarias e ingresó en el monasterio. 

Entre tantos sepulcros fueron a escoger el único que podía desbaratar sus planes. 

 

 *

*

*

 

Relato B

 

Antonio López, más conocido como Antón, el maestro, nunca entendió a la gente que pudiendo jubilarse deciden prorrogar unos años más su vida laboral. Cuando se les pregunta por tan singular e inexplicable comportamiento, argumentan que temen aburrirse al abandonar su rutina diaria. Este no era su caso, ni mucho menos.

Sus pasatiempos favoritos eran, básicamente, dos: largas caminatas por los campos y bosques, y prolongadas sesiones de lectura.

Hacía un par de días había terminado una novela que le había causado muy buena impresión. Se trataba de una obra policiaca con el sugestivo título de “Más allá del bien y del mal”. Su autor era un tal David Torres, del que nunca había oído hablar. El relato lo atrapó desde la primera línea. En dos tardes devoró las 450 páginas. Inmediatamente, pasó a ocupar un lugar de honor en el ranking de libros leídos en el último año.

A grandes rasgos, narraba la historia de un catedrático de filosofía, apasionado estudioso de Maquiavelo, hasta el punto de haber hecho su tesis, sobresaliente cum laude, sobre la vida y obra del autor de “El Príncipe” con su célebre sentencia “el fin justifica los medios”. Un buen día, el profesor universitario, encaprichado de su joven y guapa ayudante de cátedra, decide pasar de la teoría a la práctica, y concibe un“maquiavélico” plan para deshacerse de su esposa.

Ya podéis imaginar la sorpresa y satisfacción del bueno de Antonio cuando se enteró de que David Torres, el artífice de tan memorable novela, habitaba el lujoso chalé situado a unos pocos centenares de metros de la residencia campestre del jubilado López.

Recién divorciado y con los hijos lejos del hogar paterno, una tía abuela por parte de madre le había dejado a Antón en herencia una casa de labranza con más de tres siglos de existencia. Alrededor de la misma, crecía un vigoroso bosque de robles y castaños, la mayoría ejemplares ya centenarios, que se expandía un par de kilómetros en todas las direcciones.

David Torres, escritor de misterio, residía con su esposa Bárbara en una construcción de nueva planta edificada en el lindero del bosque. A su alrededor veíase una media hectárea de jardín bien cuidado, con unos cuántos rosales y media docena de manzanos, delimitado por un fornido seto de unos 3 metros de altura.

La ruta habitual que el maestro jubilado hacía casi a diario transitaba, precisamente, a la vera de la residencia de los Torres. Al parecer, se habían trasladado al chalé hacía menos de una semana.

El escritor era un tipo alto y fornido con una tupida barba y una espesa cabellera gris. Bárbara, en cambio, era más bien menuda y vivaracha, con una larga melena rubia enmarcando un rostro de suaves facciones en el cual destacan los vivaces ojos verdes. Una joven asistenta extranjera se ocupaba de las faenas domésticas.

El día que los conoció, como resultas de la habitual caminata, Bárbara se dedicaba a podar los rosales, mientras su marido lavaba el todoterreno a la entrada del amplio garaje. La mujer lo saludó alegremente, y enseguida entablaron una animada conversación sobre las distintas variedades de rosas, un tema que ambos dominaban y solían complacerse en demostrarlo.

A la vera del chalé se erguía un hórreo, con puerta y fachada artísticamente labradas, que había sido trasladado hasta allí pieza a pieza desde su emplazamiento natal. Al lado del hórreo crecía el manzano más corpulento de la finca, y junto a él se alzaba la caseta del perro guardián.

Era éste un enorme mastín blanco que comenzó a ladrar furioso, tensando la cadena que lo mantenía bien sujeto, cuando Antón se había aproximado a la verja de entrada. El imponente perrazose calló, al fin, obedeciendo una orden imperiosa de su dueño, y volvió a tumbarse al pie del árbol, sin dejar de vigilar al intruso, al tiempo que lanzaba esporádicos gruñidos de cuando en cuando.

A continuación, Torres se acercó hasta el caminante, dedicándole una cálida sonrisa de bienvenida. Antón le confesó su admiración, colmando de elogios su novela, de la cual le tendió un ejemplar para que el escritor se lo dedicara. Este se apresuró a satisfacer los deseos de López al tiempo que le manifestaba su alegría por tenerlo como vecino.

En ese momento hizo su aparición la joven sirvienta, una belleza con marcados rasgos sudamericanos, para consultar una cuestión doméstica.  Al maestro jubilado le sorprendió que se dirigiera al escritor, pareciéndole que el asunto le concernía más a Bárbara. Supuso que no existía buena sintonía entre ambas mujeres. Tampoco se le escapó a Antón la significativa mirada que se cruzaron David y la chica. Mientras ambos se alejaban hacia la casa, Bárbara los contempló en silencio. Cuando entraron, finalmente, en el chalé, la mujer reanudó su labor usando la podadera con un inusitado brío.

A estas alturas, el bueno de Antón ya se lamentaba por haberse detenido, así que farfulló unas palabras de despedida y se apresuró a proseguir su camino. Fue en ese primer encuentro cuando comenzó a sospechar que las cosas no iban bien del todo en la vida conyugal de sus nuevos vecinos.

Sus sospechas se reafirmaron, convirtiéndose en certeza, cuando una semana más tarde los pilló sosteniendo una más que acalorada discusión. Afuera, el mastín inició el habitual concierto de ladridos, completando, así, el estruendoso coro orquestal.

A María, la exótica asistenta, no la vio por ningún lado. Imaginó que se habría puesto a resguardo en espera de que amainara el temporal.

A media mañana del martes, tres días después, Antón volvía a pasar caminando a la vera del chalé. El mastín lo saludó con el alboroto de costumbre, pero, por lo demás, la casa parecía estar en silencio y no había rastro de los inquilinos.

Enseguida se resolvió el misterio, al menos, en parte. Torres salió del hórreo y vino a su encuentro. Habló entrecortadamente, como falto de resuello. Se le veía serio y preocupado. Parecía nervioso, tratando de justificar su presencia allí dentro. El maestro jubilado le preguntó por Bárbara, mostrándole su extrañeza por no verla por allí. Torres le comunicó que se había marchado a casa de la madre, la cual había enfermado de manera repentina. Antón tuvo la impresión de que había respondido mecánicamente, como si tuviera la respuesta preparada de antemano.

Entonces ocurrió algo muy curioso. Atila, tal era el nombre del mastín, había dejado de prestarle atención para concentrarse en el hórreo. Se colocó delante de la puerta y comenzó a ladrar y gruñir con inusitada violencia, ignorando las órdenes de su amo. Tal parecía que la excitación provocada por lo que hubiera allí dentro prevalecía sobre la natural obediencia debida a su dueño.

En un momento dado, el animal, fuera de sí, se levantó sobre sus cuartos traseros y comenzó a arañar la puerta del hórreo tratando de entrar a toda costa.

Ante la extrañeza mostrada por Antón sobre el singular comportamiento del mastín, Torres le quitó importancia, con un gesto elocuente, atribuyéndolo a la presencia de ratas y murciélagos dentro del inmueble. Nuevamente, su interlocutor tuvo la impresión de recibir una respuesta ensayada. El maestro siempre había creído que este tipo de construcciones estaba a salvo de los roedores; lo de los murciélagos pudiera ser, pero tampoco resultaba un hecho muy común. Torres se apresuró a añadir que, precisamente, se encontraba preparando trampas para las ratas cuando Antón había llegado hacía unos minutos.  

Se hizo un silencio incómodo. López creyó percibir un ligero movimiento en la terraza del chalé. Miró hacia allí y descubrió a María observándolos a través del ventanal. La chica lucía en su rostro moreno un rictus de extrema seriedad, diríase que casi parecía asustada, como si hubiera sido testigo reciente de algo que le había causado una fuerte impresión.

Mientras caminaba entre los robles, rumbo a la carretera general, el embrión de la inquietante sospecha, que había enraizado en la mente de Antón, crecía por momentos. La suerte que pudiera haber corrido la señora Torres fue un pensamiento recurrente que no dejó de importunarlo en ningún momento, acompañándolo, cual perro fiel, hasta la misma puerta de su casa.

El miércoles, por la tarde, Antón encontró el escenario tranquilo. Lo que más extrañó fueron los ladridos del perro. Allí, a la vera del robusto manzano, se topó con la caseta vacía y la cadena de Atila sujeta a la argolla, pero no había rastro del corpulento animal.

En ese momento, Torres apareció de improviso, surgiendo por detrás del hórreo. Traía cara de pocos amigos. Su semblante mostraba un rictus serio y taciturno. Miró al maestro como si fuera un insecto molesto y especialmente inoportuno.

Antón lo saludó y le preguntó por Bárbara. Lo hizo con cautela, temiendo y anhelando la respuesta.

Le pareció que el rostro barbudo de David se tornaba aún más sombrío. El escritor le respondió, lacónicamente, que su suegra no acababa de mejorar, por lo que aún no sabía cuándo podría regresar su esposa. Aunque ensayó un amago de amable sonrisa, su tono decía bien a las claras que lo más sensato que podía hacer el señor maestro era largarse de allí cagando leches.

Antón se cuadró con ofendida dignidad y le preguntó por el paradero del mastín. Torres, esbozando una leve mueca de hastío, le explicó que se había ido con María a dar un paseo por el bosque.

López agradeció fríamente la información recibida y se marchó con gesto ufano, deseándole al otro que tuviera un buen día.

Al día siguiente, Antón dio un rodeo para evitar la casa de los vecinos. Durante las últimas horas, había reflexionado a fondo, analizando los hechos con frialdad, lógica racional y sentido común. Así, había llegado a la conclusión de que era más que probable que el escritor Torres le hubiera contado la verdad sobre el paradero de su esposa, mientras él se había imaginado una absurda y truculenta trama dejándose llevar por su febril imaginación.

Aquella dichosa novela, “Más allá del bien y del mal”, le había hecho confundir fantasía y realidad.

Animado por este lúcido y sensato razonamiento, el maestro jubilado se recreó admirando el túnel vegetal que formaban los robles sobre la pista de tierra, deleitándose con el hermoso contraste que ofrecían las ramas negras por la lluvia reciente, y el follaje dorado y rojizo que parecía arder al fuego lento.

Antón López, dejándose llevar por su innato espíritu aventurero, se dispuso a explorar territorios nunca hollados, aún, en las múltiples ocasiones en que había transitado por aquellos parajes. Se internó por un camino de carro que se abría a su derecha para perderse entre la espesura unos cincuenta metros más allá.

La senda trazaba varias revueltas y desembocaba, finalmente, en un claro, luego de descender una pequeña cuesta.

Parapetado tras un grueso roble, desde aquella atalaya natural, Antón fue privilegiado testigo de la extraordinaria escena que se desarrollaba unos metros más abajo.

A la derecha, había aparcado un todoterreno verde oscuro que Antón reconoció al momento. En el centro del claro, Torres, vestido con un mono de faena y armado con pico y pala, excavaba un hoyo rectangular de respetables dimensiones. El atareado escritor se detenía de cuando en cuando para secarse el sudor y lanzar furtivas miradas a su alrededor.

La asistenta María, ataviada también con una funda de trabajo, se hallaba recostada contra la ranchera, ojo avizor, atenta al menor ruido que delatara la presencia de un testigo fatal.

Antón, presa de intensa emoción, permaneció inmóvil, conteniendo la respiración, sudando casi tanto como el insólito enterrador.

Una vez abierta la sepultura, Torres y María se encaminaron a la parte de atrás de la ranchera y regresaron al momento cargando con un voluminoso fardo envuelto en una especie de plástico grueso. Sin más ceremonias, arrojaron la macabra carga al interior del foso y ambos, pala en mano, procedieron a rellenarlo, no sin antes echar unas cuantas ojeadas en rededor.

Luego, Torres le indicó a María que debían buscar unas cuantas rocas para proteger la tumba de las alimañas. Antón cayó en la cuenta de que eran las primeras palabras que pronunciaban: todo el fatigoso ritual había sido oficiado en absoluto silencio.

Antón pensó que ya iba siendo hora de largarse. Sonámbulo, casi flotando, el maestro jubilado recorrió casi a la carrera el camino de regreso a casa, mientras en el volcán de su cabeza bullían las perturbadoras imágenes contempladas, así como las dudas sobre qué hacer a continuación.

Qué demonios, se dijo, ¿qué iba a hacer? Pues acudir a la policía y denunciar un asesinato. No le quedaba otra opción. Al final, sus horribles sospechas iniciales se habían confirmado de la manera más terrible e inequívoca posible. Con enorme pesar, se dio cuenta de que, aunque apenas conocía a aquella mujer rubia, alegre y menuda, ya le había cogido verdadero afecto. Pobre Bárbara. Antón crispó su rostro en un gesto de rabia, mientras apretaba los puños. Esos canallas pagarían por su horrendo crimen.

Al llegar a la altura del chalé, se encontró a la señora Torres podando los rosales. Al verlo, la mujer dejó su labor y se acercó hacia él, saludándolo alegremente.

Antón notó como la sangre huía de sus venas, arrollado por una ola de irrealidad que pareció separar su cuerpo y su espíritu. Primero pensó que había retrocedido en el tiempo al momento en que había conocido a Bárbara. Luego, creyó que estaba contemplando un fantasma.

El saludable aspecto de la mujer y su firme apretón de manos lo convencieron, sin margen para la duda, de que se encontraba ante una auténtica dama de carne y hueso, radiante y lozana, rebosando energía y vitalidad.

Una vez repuesto del susto y la tremenda sorpresa, Antón se interesó por la salud de su madre. Bárbara le reveló que, aunque la anciana había estado bastante enferma, desde ayer había comenzado a mejorar de forma casi sorprendente, a decir de los propios médicos, por lo que ella había podido venir dejándola al cuidado de otra hija.

Entonces, la mujer le preguntó si no se había encontrado en su paseo con su marido y la criada. Como la ocasión la pintaban calva, Antón le relató con pelos y señales los singulares acontecimientos que había presenciado unos momentos antes.

Para su pasmo, Bárbara no pareció sorprenderse en absoluto, como si cavar tumbas en el bosque y arrojar en ellas voluminosos cuerpos fuera lo más natural del mundo.

Como la cara de Antón debía ser un auténtico poema, la buena mujer se apresuró a brindarle las explicaciones oportunas.

El semblante de Bárbara, hasta entonces animado, se entristeció de repente, mientras señalaba la caseta vacía y la gruesa cadena, anclada a la argolla, tirada en el suelo, a la vera del hórreo y bajo la sombra del frondoso manzano.

El cadáver enterrado en el bosque era el del pobre Atila. Con las lágrimas empañando sus ojos, la mujer explicó que su marido se había visto obligado a sacrificarlo porque el perro había contraído la rabia tras ser mordido en el hocico por los murciélagos que habitaban el hórreo. La tarde del pasado martes había conseguido abrir la puerta provocando el ataque fatal.

Llevaba casi 7 años con ellos y era uno más de la familia. Bárbara confesó, sin pudor, que había estado llorando un buen rato cuando su marido le comunicó la noticia, y que David también parecía estar al borde del llanto, máxime cuando no dejaba de culparse por el amargo desenlace al no haber asegurado bien la puerta o exterminado antes a los murciélagos asesinos.

La señora Torres, adoptando un tono más confidencial, le contó que su marido había tenido que llevar el asunto en secreto, puesto que el estricto protocolo en caso de muerte por la rabia obliga a entregar el cuerpo del animal para que sea incinerado. De no hacerlo así, te expones a recibir una fuerte multa; Reconoció, eso sí, que igual podían haberse quedado con sus cenizas, pero no era nada seguro y suponía, en cualquier caso, unos cuantos trámites enojosos. David, tras consultárselo, había decidido enterrar al bueno de Atila dándole digna sepultura, ahí, en ese claro del bosque, un apacible rincón, dónde su alma canina podría reposar sin que nada ni nadie perturbara su eterno descanso.

 

***********************

 

Antón López, sintiéndose bastante culpable, y muy avergonzado, por la terrorífica y fantástica historia forjada por su desbocada imaginación, se prometió que a partir de ahora probaría con otro tipo de lecturas, digamos… menos retorcidas y truculentas.

El firme propósito le duró muy poco. Al día siguiente, a primeras horas de la tarde, aprovechando que la jornada fría y tormentosa no invitaba a salir, el maestro jubilado se aposentó en su sillón favorito, añadió otro leño más al alegre fuego que crepitaba en la chimenea, y se dispuso a releer por tercera vez “Cujo” de Stephend King.

Su protagonista, como es bien sabido, es un perrazo bonachón que, tras contraer la rabia por la mordedura de un murciélago, se convierte en una bestia asesina.

Antonio López, más conocido como Antón, el maestro, había aprendido una valiosa lección: cuando se trata de viajar con la imaginación siempre es mejor ir desde la realidad a la fantasía, nunca al revés.

Cujo era, en realidad, un San Bernardo, pero para el caso, bien podía servir.

Afuera, un formidable relámpago rasgó el velo oscuro del cielo.

A unos centenares de metros de allí, David Torres comenzó a contar segundos mentalmente. Al llegar a seis, retumbó el trueno.

Bárbara saltó del sofá y se apresuró a cerrar la ventana.

El escritor de misterio contempló a su esposa durante unos breves momentos. Finalmente, asintió, sonriendo con perversa determinación, y retomó la lectura de Maquiavelo.

 

*

*

*

 

Relato C

 

«Demetrio nunca había salido de su pueblo. Era campesino, como lo había sido su padre y, antes, su abuelo. Desde que tenía memoria, vivía con los ojos puestos en el cielo: unas veces a la espera de la lluvia, otras rogando la salida del sol que hace madurar el fruto. Un año de malas cosechas, se afilió al sindicato, como hicieron muchos, y, cuando estalló la guerra, se fue con los de su pueblo. Para luchar por los buenos, decían, pero él solo entendía de cultivos. Salió salvo de la guerra. Habían perdido pero, ¿qué importaba?, volvería a casa y los bandos de la contienda quedarían atrás. Mas, un día, apareció muerto en un descampado. Nadie supo quién lo delató por no pertenecer al bando correcto.»

 

I. Junio, 1945 

 

La joven se apeó del coche de línea que la traía de Valladolid. Eran las seis de la tarde y el asfalto recalentado se pegaba a las suelas de sus zapatos entorpeciendo su juvenil caminar. No era de gran ayuda la enorme maleta que llevaba asida con las dos manos. Cualquiera que hubiera visto la blancura de sus dedos y los nudillos enrojecidos se hubiese percatado de su esfuerzo. Su cuerpo se ladeaba al andar y un hilillo de sudor descendía desde su sien izquierda.

 

—¿Puedo ayudarla, señorita? —le preguntó Juan cuando le dio alcance a la altura de la cruz de piedra que conmemoraba la fundación de la villa cuatrocientos años atrás.

 

La joven se volvió hacia él y un rosado rubor tiñó sus mejillas.

 

—Vivo muy cerca. Allí mismo, detrás de las viejas escuelas.

 

Señaló con el dedo un edificio abandonado que Juan conocía por haber visto a su hermano pequeño esconderse en él con tres chiquillos a fumar sus primeros cigarrillos. El joven, que ya se había hecho con la maleta, observó a la muchacha con detenimiento y soltó una sonora carcajada que la azoraron aún más.

 

—No hace falta que me diga dónde vive ni quién es. Enseguida la conocí; en cuanto se bajó del autobús. Cuando la vi, me dije: Juanito, esa señorita tan guapa es la señorita Caridad, la hija de don Matías, el secretario del ayuntamiento; que viene del colegio donde se está educando.

 

Caridad, pues en verdad tal era la joven, se unió al alborozo de Juan.

 

—¿Y se puede saber cómo sabe usted tantas cosas de mí, señor Juanito?

 

El joven soltó otra carcajada que rebotó en las paredes de la iglesia de la Encarnación y fue devuelta por el eco asustando a una bandada de gorriones, que emprendieron el vuelo desde el olmo en el que descansaban hasta perderse por detrás del ayuntamiento.

 

—Lo sé todo de usted, señorita Caridad. Sé que sus padres están muy orgullosos porque ha sacado la banda de honor del colegio. Sé que su hermana Fe, aunque sea más graciosilla que usted, le tiene pelusa por esos ojazos violetas y su boquita de corazón. Y sé... Y sé... Y sé...

 

La joven, que lo había escuchado embelesada, se impacientó.

 

—A ver, ¿qué sabe usted, señor sabelotodo?

 

—Y sé que, con esa carita de enfurruñada y todo, estás deseando besarme.

 

Esta vez fue ella la que dio rienda suelta a su risa. Rodeó con sus brazos el cuello del joven y le besó en la punta de la nariz.

 

—¡Eh!, ¡eso no vale! ¿Así me pagas que te haya esperado tantos meses sin mirar a otras chicas más guapas que tú?

 

Caridad le dio un empujón.

 

—Ese, por ser tan descarado, este por acabar con el juego del galán desconocido y este otro, por decir que Fe es más graciosilla que yo —añadió mientras fingía un enfado que estaba muy lejos de sentir—. Venga, vamos ya a casa, que desde esta mañana solo he comido un trocito de chocolate que me dio la madre Catalina antes de salir.

 

—Pero mira que eres mentirosa, Caridad. Me dijo tu madre que te habían mandado dinero para que pudieras comer como una señorona en la fonda. ¿O es que te lo has gastado en uno de tus caprichos?

 

La joven le dio un beso en los labios y salió corriendo hacia su casa mientras dejaba a Juan relamiéndose y cargando con una maleta repleta con los libros, el uniforme del colegio, vestidos, blusas, faldas y unos zapatos rojos que el día anterior se le habían antojado después de verlos expuestos en un escaparate.

 

Caridad y Juan se conocían desde niños pero, hasta el verano anterior, se habían tratado como si fueran extraños. Él era hijo del boticario, que tenía una farmacia en la plaza del pueblo. La madre de ella, mujer aprensiva en extremo, solía mandar a sus hijas en busca de preparados milagrosos que Juan despachaba entre requiebros dirigidos a las dos hermanas.

 

Durante dos años estuvo dudando entre una y otra. Caridad era admirada en el pueblo por su belleza. Alcanzaba cerca del metro setenta pero la proporción de sus medidas la hacían parecer menuda. Mas le costaba ganarse el aprecio de la gente, que tomaba por engreimiento lo que no era sino timidez. Fe, en cambio, se ganaba el aprecio de todos con su simpatía y no le costaba entablar conversación con cualquiera que se cruzase en su camino. Al cabo, fue la belleza la que se llevó los favores de Juan, que ganó con su elección una novia y una amiga. 

 

Desde el verano no se habían visto sino dos veces durante las fiestas de Navidad. Caridad estudiaba en el Jesús y María de Valladolid, mientras Juan hacía primero de farmacia en Salamanca. La ausencia y las cartas que iban y venían de una ciudad a otra avivaron un romance que, en otras circunstancias, habría muerto antes de nacer. La ausencia, las cartas y la naturaleza clandestina de su amor: un amor a escondidas de las monjas, que obligaba a Juan a firmar como Juanita, y de los padres de los jóvenes, que vivían enemistados.

Matias, padre de Caridad, mantenía desde hacía años con don Moisés un encarnecido litigio a cuenta de los lindes de dos fincas. El odio que se profesaban había acabado por impedir el saludo cuando se encontraban en la calle y a prohibir todo trato entre las familias, prohibición que nadie hacía caso sino los dos implicados en el pleito.

 

 

 

 

«Amalia no entendía de política. Sólo quería aprender a coser para copiar los vestidos que lucían las señoritas de la casa en la que servía. Después de enviar a sus padres casi todo el dinero que ganaba, le quedaban unos céntimos, que ahorraba en una caja de galletas oxidada para entrar de aprendiz en casa de la señora Manolita. Pero la mala suerte quiso que se cruzara en su camino Frutos, un anarquista andaluz con mucha guasa y del que se enamoró perdidamente. Pasaron la guerra entre besos y, un día, los encontraron un día asesinados en una cuneta unidos en un abrazo. Algún envidioso de su felicidad los delató por rojos.»

 

 

 

II. Enero, 1947

 

Fue Fausta quien firmó con un garabato el aviso de la carta certificada. La vieja criada nunca tuvo tiempo de aprender las letras en la escuela por lo que, sin sospechar de la importancia del aviso, dejó la notificación en el aparador del comedor junto al sobre color crema que guardaba las burbujeantes palabras de Caridad. 

 

Esperanza, mujer de Matías, tampoco reparó en el pedazo de papel que anunciaba que se podía recoger en la oficina de Correos la carta certificada procedente del Juzgado de lo Civil de Valladolid. Fue tal su contento al ver la letra redonda de su hija, que olvidó el «asunto» que tanto preocupaba a su marido. Tomó entre sus manos el sobre, se lo llevó a los labios, aspiró con los ojos cerrados el leve aroma a vainilla y abrió la carta, impaciente por leer las noticias que, al fin se había decidido a darle su hija tras cuatro meses de ausencia.

 

—¡Ah, a mí no me la das! —pensó con un pellizco de preocupación en el corazón—. Por algo soy tu madre. Tú andas enamoriscada de Juan. Cómo que no me he dado cuenta de que llevas tiempo viéndote con él a escondidas de tu padre. Claro. Por eso te niegas a volver a casa y le das la lata a tu tía Sagrario, que no entiendo cómo puede aguantar una huésped durante tantos meses. Para verte con Juan, que está detrás de ti en vez de estudiar. Ya podéis andar con cuidado. No quiero ni imaginar qué sucedería si se entera tupadre o don Moisés.

 

A las cinco de la tarde, llegó Matías después de una atareada jornada de trabajo. Antes de ver el aviso de Correos, lo presintió. Se lo dijo el viento, que cambió de dirección y obligó a la veleta del tejado a apuntar al sur. Matías entró en la casa sin hacer caso de Esperanza, que lo abrumaba con no sé qué noticia de Caridad. Con manos temblorosas cogió el papelillo y se lo llevó a sus ojos cegatos. Aquella noche no durmió esperando el nuevo día para recoger la carta que decidiría el destino de sus fincas. Sabía que la razón estaba de su parte pero no se fiaba de los leguleyos de la ciudad, que retorcían las mentiras hasta darles apariencia de verdad.

 

Se presentó en Correos media hora antes de que abrieran la oficina. Cuando le entregaron la carta, se le cayó al suelo tal era su inquietud. Al rasgar el sobre, se rompió una esquina del pliego de papel que contenía y al leer el dictamen, se le nubló la vista: hubo de sentarse en el banco que se apoyaba en la pared del edificio para evitar un vahído.

 

Durante tres semanas, se temió por su vida. Pasaba los días entre la fiebre y el desvarío; las noches, en combate contra pensamientos tortuosos que a nadie contaba pero que su esposa intuía.

 

Una mañana, pese a encontrarse aún muy débil, se levantó de la cama. Sin hacer caso de las protestas de Esperanza, se puso el primer pantalón que encontró, los zapatos y un sombrero muy gastado que solía llevar cuando visitaba sus fincas. Su esposa, temiendo que le pudiera suceder alguna desgracia, se asomó a la ventana. Lo vio tomar la calle que llevaba a la plaza y detenerse a mitad de camino.

 

 

«Mario era el profesor más joven de un instituto. Al proclamarse la República, se afilió al partido socialista y, en poco tiempo, alcanzó renombre con su verbo encendido. Al estallar la guerra fue el primero en ofrecerse voluntario. Pero su fervor se transformó en odio. Cuando Noelia lo rechazó, se personó en su casa con un pelotón de niños, pues niños eran, y se llevó a los tres hermanos de la joven. Nunca más volvieron a verlos.»

 

 

 

III. Mayo, 1947

Eran las siete menos cuarto y Caridad esperaba intranquila a Juan en una terraza de la plaza de Salamanca. Como siempre que quedaba con su novio, había hecho creer a su tía que había quedado para ir a merendar con unas amigas que le había presentado su prima Araceli. La hermana de su madre estaba al tanto de las rencillas entre los padres de la pareja y, aunque Caridad no creía que su tía se opusiera a que se viesen, corría el riesgo de que se le escapara alguna palabra indiscreta si le contaba la verdad. 

 

Aquella tarde, Juan tenía prácticas de laboratorio y, como solía ser habitual, se habían citado a las cinco y media en el Novelty, donde, por haber perdido el renombre de antaño, era poco probable que se encontrasen con alguien conocido. Pero se acercaban las siete de la tarde y el joven no aparecía. Caridad no perdía de vista el reloj que le regaló su padre al finalizar el colegio. Su impaciencia le hacía imaginar terribles desgracia que su razón tachaba de insensatas. Sobre la mesa se derretía el granizado de limón, del que apenas había tomado dos sorbos. No era normal que se demorase tanto. Juan siempre llegaba a sus citas con un cuarto de hora de antelación.

 

Tres veces hizo ademán de levantarse con la intención de dirigirse al teléfono del Café y llamar a la pensión donde se alojaba su novio; tres veces volvió a sentarse a esperar. El reloj de la Plaza Mayor anunció con saña las siete. A Caridad se le secaron los labios. Las manos le sudaban y una vocecilla interior le susurraba que algo grave le había sucedido a Juan. Hora y media de retraso era mucho tiempo. ¿Y si se había ido con otra? En casi tres años nunca le había dado motivos para dudar de él pero ¿y si había conocido alguna enfermera más guapa y simpática que ella?

 

A las siete y cuarto, por fin se decidió a llamar a la pensión. Contó las monedas sueltas del monedero y pidió una ficha en la barra del café. Fue la patrona quien cogió el teléfono y le informó de la desgracia. Don Moisés había fallecido de manera repentina y Juan se había tenido que ir al pueblo con su hermano Agustín sin tiempo de llevarse sino una camisa limpia.

 

Los días que siguieron Caridad vivió sumida en la zozobra. Puso no menos de siete conferencias al pueblo pero solo pudo hablar con doña Ascensión, la madre de su novio, que, con un tono desabrido impropio de ella, siempre le decía que Juan no podía ponerse al teléfono.

 

Más y más angustiada, Caridad compró un billete del coche de línea y se presentó en casa de sus padres sin avisar. Allí, pudo por fin enterarse por su hermana Fe de las vergonzosas circunstancias que precipitaron la muerte de don Moisés. Alguien lo había denunciado por rojo. Una noche se habían presentado una patrulla de falangistas en su casa para hacerle unas preguntas en el ayuntamiento, dijeron. A don Moisés se le atragantó la cena que acababa de terminar. Doña Ascensión quiso acompañarlo pero no la dejaron y, a las cinco de la mañana, un arriero lo encontró en una cuneta muerto con un tiro en la nuca. 

 

Nadie sabía quién lo había denunciado. El boticario jamás se había metido en política ni se le había oído nunca comentario alguno contra la autoridad. 

 

 

IV. Marzo, 1948

 

Caridad estaba sentada junto a la ventana de la salita pero sus pensamientos la habían llevado tan lejos que no reparaba en las niñas que saltaban a la comba en la calle. Como venía sucediendo en los últimos meses, la asediaban preguntas para las que nadie le había sabido dar respuesta. ¿Por qué Juan se había negado a hablar con ella después de la muerte de su padre?, ¿qué cosa tan mala le había hecho ella?

 

Una noche, a hurtadillas de sus padres, había ido a llevarle su consuelo a la familia. Llegó pasadas las diez y llamó con tres golpes secos en la puerta para no sobresaltar a doña Ascensión con el sonido del timbre. Fue ella, la madre de Juan, la que le abrió.

 

—En esta casa no te queremos —le dijo con una voz cargada de resentimiento—. Ya estás tardando en irte para no volver nunca más.

 

A Caridad se le helaron las palabras antes de poder responder. La cortina que separaba el zaguán de la cocina se agitó y creyó ver detrás la figura de su novio.

 

—¡Juan! —exclamó.

 

Ella le dedicó una sonrisa cuando salió de su escondite. Pero el joven se puso al lado de su madre y le espetó antes de cerrar la puerta de la entrada:

 

—Ya has oído a mi madre: aquí no se te quiere. Ni a ti ni a nadie de tu maldita familia.

 

Desde entonces, cada vez que revivía la escena, le ardían las mejillas y se le encogía el alma como si la culpasen de algún crimen atroz que no recuerda haber cometido.

 

Al mes del asesinato de don Moisés, su familia abandonó el pueblo. Ningún vecino se despidió de ella no fueran a acusarlo de pertenecer al otro bando. Ella tampoco se atrevió a decirles adiós por miedo a ser de nuevo rechazada.

 

Desde entonces Caridad no se separa de la ventana de la salita esperando que venga a buscarla. ¿Quién? ¿Juan?, ¿la muerte? No lo sabe pero espera. Espera ajena a la vida que discurre en la casa.

 

Ajena hasta aquel día en que unas voces la sacan del sopor. Unas voces airadas de su madre, que nunca había elevado el tono, ni siquiera cuando reprendía a sus hijas. Los gritos atrajeron a Fe y a Fausta, la criada, que se reunieron con Caridad a la puerta del dormitorio de sus padres.

 

—No puedo seguir viviendo con alguien que se cree más allá del bien y el mal, que se arroga el poder divino, que decide quién debe vivir y quién morir.

 

Fueron las últimas palabras de Esperanza antes de salir de la habitación y dirigirse a sus hijas.

 

—Vuestro padre, que lo sepáis, se dejó llevar por el odio y acusó a don Moisés de un crimen que no cometió —Hizo una breve pausa, luego añadió—: yo me voy a vivir con vuestra tía; vosotras podéis quedaros o veniros conmigo.

 

 

V. Marzo, 2018

 

El 7 de marzo falleció Caridad Guzmán a la edad de 89 años. Vivió sola con sus gatos desde su más temprana juventud aunque nunca le faltó el cariño de sus sobrinos y vecinos. Siempre estaba dispuesta a prestar ayuda al necesitado, aun antes de que se la pidieran, y llevaba los bolsillos llenos de golosinas que repartía entre los niños de la calle. Qué lástima que nadie hubiera oído su voz desde hacía más de setenta años. Dicen que era tan bella como sus ojos color violeta. Y dicen también que fue después de una pena muy grande cuando se dejó de oír para siempre.  

 

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