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2 min
La fórmula de la vida
Varios |
05.03.14
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Sinopsis

Su pasión eran las matemáticas, aunque el profesor, mi maestro, prefería llamarlas forma especial de lógica. Veía en una ecuación la grandeza de la creación, y al signo igual como un espejo mágico en el que el audaz debía ser capaz de situar a un lado el mundo de lo complejo, y hacerlo equivaler, al otro lado del espejo, a lo más simple.
Decía, lo recuerdo perfectamente, 2=2 carece de interés, no explica nada, no aporta información, es una birria de identidad tautológica. No sucede lo mismo cuando existen variables, las posibilidades se agrandan, o cuando sólo hay probabilidades, o cuando se intenta encontrar un patrón en lo disperso.

Fue así como topó con las integrales, decía que en ellas estaba la clave, la posibilidad de dotar de sentido a la vida, al cambio permanente, la fórmula que permite convertir el movimiento de las cosas en algo reconocible, el recorrido de un río o de una vida, qué más daba.

Con esta convicción decidió un día, cuando aún era estudiante, calcular la fórmula de su vida, y con ello el de todas las vidas, aunque reconocía que sólo por aproximación, pues no era capaz de tener en cuenta todas las infinitas circunstancias, pese a su empeño.

Muchos años después el ya viejo profesor acumulaba páginas y páginas, en volúmenes rojos cuidadosamente encuadernados, con variables, constantes y demás operaciones que reflejaban todas las experiencias y circunstancias posibles. El saber, la existencia de Dios, la amistad...

Fue para mí una desgracia encontrarle muerto en su despacho, con la pistola aún humeante, aunque me dio la posibilidad de hurgar en su biblioteca. Cogí el último de los volúmenes y leí la última página. Simplemente ponía "lo lamento, pero sólo me quedaba añadir la muerte, que mi discípulo se lleve los honores".

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