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7 min
La foto doble cero (1)
Suspense |
09.07.18
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Sinopsis

Hacer turismo en esta época del año es algo muy corriente, pero no crean que siempre las cosas son lo que parecen...

                                               La tienda era pequeña. El turista entró ante la necesidad de seguir haciendo fotos. Su cámara digital se quedó sin batería, el móvil no era de última generación y el único aficionado del grupo familiar era él, así que la dependienta le endosó una cámara de cartón asegurándole que era genial, de usar y tirar, oiga, pero hace unas fotos que la gente vuelve encantada. Entre que no la entendía muy bien y que tampoco tenía ganas de regresar al hotel, se conformó. Se llevó la cámara. Cuando cruzó la puerta y plantó sus sandalias en las losas del exterior, la dependienta extrajo de un cajón una libreta de anillas y marcó una cruz en el recuadro destinado a poner cruces. El turista situó a toda su familia en un banco de granito con la catedral como fondo. Sus rudas manos blanquecinas no acertaban a presionar de manera adecuada el diminuto botón negro que venía marcado en el impreso de instrucciones como punto en el que había que presionar para que la foto quedase impresionada. El agujero destinado a colocar el ojo por el que se miraba lo que se deseaba retratar era tan pequeño que el menor de sus dos hijos ni se veía, a pesar de estar situado el grupo a tres metros de distancia. Así que el turista apretó. Es cierto que en ese momento cruzaba el tranvía, pero él no se pudo dar cuenta porque estaba más preocupado en pensar que hubiese sido mejor: presionar el botón con las gafas puestas o mirando a través del minúsculo cristal de color ahumado. Nunca lo sabría.

Durante el resto de la jornada el turista estuvo visitando la ciudad y antes de retirarse a descansar a su hotel, le dio tiempo de pasar por la tienda, donde le atendió la misma mujer de ojos negros y sonrisa permanente, mañana sobre las doce puede usted pasarse a recogerlas. Él no la entendió bien, pero le había dado una nota en la que se lo decía bien claro, al menos los números estaban muy claros: figuraba la fecha y una hora, que para que no se prestase a confusión, al tiempo que le daba el papel, le señalaba un reloj que trataba de hacerse ver en medio de una pared sin un centímetro libre de cachivaches. El turista se marchó a su lugar de descanso y la dependienta volvió a sacar la libreta de anillas y colocó una segunda cruz al lado de la que marcó cuando la visitó por primera vez.

A la mañana siguiente las sonrisas de uno y otra volvieron a encontrarse y ambos participaron en el tránsito comercial de tú me das mi encargo y yo te doy el dinero. El resto de la familia trataba de ser convencida por una gitana de perfiles redondos y con delantal floreado, que les ofrecía recortes de mirto a la voz de, ¡ay señorita!, toma una ramita de romero ya verá que buena suerte te trae, ¡tenga, cójala!, dos leuros, bueno uno, una moneda, dame la mano que te leo la suerte. Nadie le dio demasiada importancia al sobre serigrafiado en cuyo interior descansaban las fotos. Se pusieron a caminar y hasta que no llegó la hora de sentarse delante de un buen plato de rabo de toro, que le habían recomendado, no llegó el momento en que las fotografías tomaron vida propia, primero fue una ojeada rápida, pasadas a vuelapluma donde el objeto visto se colocaba al final del taco, aparecía el siguiente y así hasta que se encontró de nuevo con el primero que había visto. Su mujer se dio cuenta de que algo raro pasaba puesto que el turista no le prestó atención al suculento plato de carne que tenía delante de él. Sus hijos, glotones y hambrientos ni siquiera pidieron permiso para comenzar a engullir la parte que les correspondía y él se había quedado con una foto en la mano que, ante el requerimiento de ella, se la mostró. Allí aparecían los tres en el banco de granito, con el fondo de un tranvía en cuyo costado figuraba a grandes rasgos la cifra treinta y cinco. La señora al verla esbozó una sonrisa, ¡qué catedral más bonita, querido!, y le incitó para que dejase aquello y se pusiera a comer, que aún les quedaba toda la tarde por delante. Le hizo caso, no cambió por ello el semblante  ya que algo tenía esa ristra de imágenes que le preocupaba. Tragó como pudo. Sus hijos terminaron con el postre y pidieron permiso para visitar una tienda cercana. El turista aprovechó la circunstancia para aproximarse a su mujer, sentarse a su lado y meter la mano en la riñonera, de donde extrajo el sobre serigrafiado. Miró a su mujer y le mostró algunas fotos sueltas. Al principio parecía no darse cuenta de nada, ya que se fijaba en la poses que unos y otros presentaban en el momento de quedar inmortalizados por el objetivo, pero en un segundo repaso y ante la insistencia de su marido, prestó más atención y se quedó pensativa, “¿qué significará esa serie de números que aparecen en todas las fotos?”, pero no dijo nada. Al poco llegaron los niños, que al ver las caras de sus padres sospecharon que algo andaba mal. El mayor dijo, ¿qué os pasa?, nada hijo no te preocupes ⸺contestó la madre⸺, y como el sobre estaba encima de la mesa lo cogieron y se pusieron a ver como habían salido las fotos en papel. No estaban habituados a ese formato, les llamó la atención, se rieron con las caras de unos y de otros y volvieron a soltarlas encima de la mesa. El turista aprovechó para recogerlas y abandonar aquel lugar, pero su mente no paraba, ¿sabes, querida?, me gustaría volver a la tienda donde compramos la cámara de un uso. Así lo hicieron. Preguntó por la dependienta de la sonrisa eterna, pero no estaba, en su lugar atendía un señor, entrado en años que decía no poder ayudarle porque esas cámaras las había traído su hija. El turista decidió poner a su familia en la misma pose de la foto número treinta y cinco, e incluso esperó a que pasase el tranvía para ver qué ocurría. Con su cámara digital pudo comprobar al instante los resultados: el número no aparecía, “puede tratarse de otro modelo de tranvía”⸺pensó⸺, pero no contento con el resultado, sacó del sobre la número treinta y cuatro y con ella en la mano se llevó a toda la familia hasta el lugar exacto donde la hizo: en la escalinata del monumento a la Inmaculada están su mujer y sus dos hijos, pero una pintada con esos mismos dígitos, que aparece en el pedestal, al llegar al lugar de la toma no la encontró. Rodeó dos o tres veces el monumento, con la foto en la mano encuadró a su familia y pulsó el interruptor. Los niños bromearon al darse cuenta que él era el único que no se había cambiado la camisa con respecto a la impresión de papel. Rieron, continuaron  con las bromas y se marcharon, no estaba el número ⸺le dijo por la bajo a su mujer⸺, lo habrán limpiado ⸺contestó ella⸺, ¿de ayer a hoy?

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