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6 min
La foto doble cero (y 2)
Suspense |
25.07.18
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Sinopsis

Desenlace de esta historia que espero les haya gustado.

.../...

De allí se fueron a la plaza Virgen de los Reyes. Correspondía encontrar el coche de caballos en cuya portezuela estuviesen grabadas en oro las cifras tres y tres. Repitieron la instantánea, en esta ocasión de la mano del hijo menor, pero el carruaje no era el mismo o tal vez le hubiesen cambiado la portezuela. Por más que preguntó nadie le supo orientar. No quiso seguir, el asunto cada vez lo estaba poniendo más nervioso, su esposa comenzaba a inquietarse y en vista de que los niños se lo tomaban como un juego de pistas, prefirió seguirles la corriente hasta que se retiraron entre las estrechas callejuelas del antiguo barrio judío donde se hallaban alojados. En la tranquilidad del hotel colocó todas las fotos  sobre la cama, las ordenó, las contó y se quedó pensativo. Los niños estaban en la habitación contigua entretenidos con una videoconsola y su mujer terminaba de asearse y salir de la ducha. De pie, frente a aquella colección de instantáneas y con una mano en el mentón parecía querer descifrar algo sin saber muy bien de qué se trataba. Su esposa se aproximó a él, lo cogió por la cintura, ¿qué pasa, querido? ¿otra vez las fotos?, no lo entiendo – respondió él -, ¿qué es lo que no entiendes?, aquí están todas, aparece un número que corresponde, según hemos visto, con el orden inverso a cómo las fuimos tomando, pero ¿por qué no hemos encontrado ninguno hasta ahora?, porque formaban parte de aquella cámara que compraste, debe ser propio de ese tipo de cámaras –prosiguió la esposa -, mañana voy a la tienda, ¡anda, vamos a dormir!

El turista y su familia volvieron a la tienda, la chica de la sonrisa permanente no estaba y el señor mayor le dijo, la última cámara que me quedaba de ese tipo se la acaban de llevar hace unos minutos, lo siento. Los hijos del turista se encontraban esa mañana con ganas de continuar investigando todo aquello de los números que parecía preocupar a su padre, así que le siguieron la corriente y trataron de encontrar al menos una coincidencia, pero no había manera. Las imágenes captadas a través de la máquina digital se continuaban diferenciando de la otra en que no aparecían por ninguna parte los  dígitos grabados en los fondos elegidos. La madre queriendo contentar a todos no le importó dedicarle tiempo a aquello, aunque por dentro sentía que deberían dejarlo y dedicarse a otras cosas más productivas, como seguir visitando la ciudad, que además era el motivo de su presencia en tan carismática metrópoli.

Así transcurría la jornada hasta que en las postrimerías de la tarde recalaron en los bajos del Paseo Marqués de Contadero, donde tuvo lugar la toma de la última de las fotos, la doble cero, según el contador particular de la cámara de un solo uso.

—Aquí estábamos todos, ¡venga, ánimo!, que ésta será la que nos desvele el gran secreto – dijo el padre sacando fuerzas de flaqueza.

—Mamá estaba a tu izquierda –continuó el más pequeño.

—¡No, no!, a la derecha, me acuerdo muy bien – replicó el mayor.

—Y le dejamos la cámara a un señor para que saliésemos todos –sigue la madre.

—Pues eso haremos ahora –dijo el padre.

—¡Mira! Aquel hombre que viene por allí puede servirnos –dijo el mayor – pero déjame un momento las de papel, papá, que quiero comprobar una cosa.

—Ahí tienes, ¡hola señor!

—¿Qué quieres ver, hijo? –preguntó la madre.

—¡Esto! – le muestra la foto doble cero -, el enano no sale.

—¿Cómo qué…? –el padre se la arrebata de la mano -, tiene razón no está el niño.

—¿Qué yo no salgo? –dijo el pequeño -, si yo me acuerdo muy bien que me puse – da un salto y se sube en la espalda del hermano.

—Esto me preocupa –interviene la madre -, siempre nos hemos puesto todos, ¿por qué no se ve al niño?

—¡Oiga! –dijo el hombre – tengo un poco de prisa ¿están listos? ¿disparo ya?

—¡Oh, ah! ¡Perdone señor! Cuando usted quiera.

Se situaron los cuatro de espaldas al río Guadalquivir. El pequeño de los hijos temiendo no salir en la foto, dio un salto para situarse entre su madre y su hermano, pero resbaló, perdió el equilibrio y se fue deslizando hasta el borde del muelle para precipitarse al vacío y caer al agua entre la pared y una plataforma flotante de una desvencijada discoteca fuera de uso. Antes de que ninguno de los presentes pudiera reaccionar, el cuerpo desapareció bajo una lámina acuosa impregnada de residuos. La madre lanzó al aire un chillido estremecedor, el padre saltó a la plataforma y el hijo mayor alzó los brazos al viento solicitando ayuda de donde fuese. El padre desesperado se desplazó de un lugar a otro de la planta gritando el nombre de su hijo, pero éste no aparecía por ningún lado. Llegaron otras personas, algún valiente se lanzó al agua, el hermano mayor no puedo aguantar más y secundó a los nadadores, pero el pequeño seguía sin aparecer. Pasaron los minutos, cada vez había más gente alrededor, tratando de ayudar de alguna manera hasta que la sirena del coche de bomberos fue abriéndose paso a toda velocidad. Descendieron unos buzos, se lanzaron al agua y la policía comenzó a dispersar al gentío y poner un poco de orden en aquel alboroto. Atendieron a  la madre. El padre y el hermano fueron requeridos para salir del agua por miembros de la Cruz Roja. Recibieron apoyo y los subieron a los tres al interior de una ambulancia, mientras continuaba la búsqueda del menor de la familia. Los minutos seguían pasando. Unos enormes focos iluminaban la zona para que todos los implicados llevasen a cabo su tarea. A duras penas podían contener la furia de nervios desatada de la madre, a la que iban a administrar un sedante cuando un murmullo la puso en alerta de que algo nuevo pasaba. En efecto, los buzos, habían localizado el cuerpo sin vida del pequeño, que presentaba claros síntomas de ahogamiento, así como un fuerte golpe en la cabeza.

J.R. Infante

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