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21 min
La frágil autoestima del joven Wittgenstein
Ciencia Ficción |
17.08.20
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Sinopsis

Pensó con tristeza que era un desperdicio viajar más de doscientos años atrás en el tiempo para convertirse en aquel tipo gris y anodino, llamado Fiedrich Harnak, profesor de geografía de la escuela secundaria de Lizt. Puestos a viajar en el tiempo y encarnarse en una persona de otra época, hubiera preferido hacerlo en el pellejo de alguien importante, como Julio César o Napoleón.

La frágil autoestima del joven Wittgenstein

 

 

 

Gutiérrez se miró en el espejo y contempló a un hombre de unos cincuenta años, de cabeza calva y rostro severo, adornado por un solemne bigote cuyas puntas se retorcían hacia arriba. Era de mediana estatura, silueta desmañada, hombros caídos y barriga prominente. Lucía una camisa blanca arremangada, pajarita al cuello y pantalones sujetos con tirantes. Su aspecto correspondía, sin duda, al que podría esperarse de un profesor austriaco del año 1903. Pensó con tristeza que era un desperdicio viajar más de doscientos años atrás en el tiempo para convertirse en aquel tipo gris y anodino, llamado Fiedrich Harnak, profesor de geografía de la escuela secundaria de Lizt. Puestos a viajar en el tiempo y encarnarse en una persona de otra época, hubiera preferido hacerlo en el pellejo de alguien importante, como Julio César o Napoleón.

- No vas a hacer turismo de época – le había dicho su superior – Vas a cumplir una misión que tendrá una repercusión directa en la historia de Europa.

- No entiendo por qué ese tal Harnak es tan importante para la historia de Europa.

- No se trata de Harnak, sino de uno de sus alumnos. Concretamente, de Ludwig Wittgenstein.

De modo que allí estaba Gutiérrez, recién llegado desde el futuro, encarnado en el profesor de geografía de Ludwig Wittgenstein. Cuando hubo acabado de mirarse en el espejo, con el lógico asombro de verse embutido en un cuerpo extraño, echó una ojeada a su alrededor. Se hallaba de pie en un cuarto de baño y bajo el espejo había un lavamanos sobre el que reposaba una pastilla de jabón medio gastada. En sus manos sostenía una toalla, como si acabara de secarse y todavía no la hubiera vuelto a dejar en el toallero. Vio a su izquierda una puerta cerrada y escuchó tras ella, amortiguado, el bullicio de unos juegos infantiles. A su espalda halló un pulcro retrete de madera y dedujo enseguida, por el fétido olor que llegó a sus narices, que acababa de usarlo.

- ¿Y acaso Wittgenstein es importante? – había protestado Gutiérrez – ¿La historia de Europa depende de un filósofo medio loco cuyos libros ya nadie lee?

- Sus reflexiones sobre la forma lógica del mundo, desarrolladas en el Tractatus, inspiraron a Gertrude Sørensen su famosa teoría sobre las estructuras yuxtapuestas, que completa la mecánica cuántica. Gracias a esa teoría son posibles los viajes en el tiempo.

Gutiérrez salió del pequeño cuarto de baño y se encontró en un largo corredor con ventanas a un patio de colegio en el que jugaban varias decenas de muchachos. En la pared opuesta a las ventanas se abrían las puertas de las aulas vacías, dejando ver las pizarras con operaciones matemáticas a medio resolver, los mapamundis de colores colgados de las paredes, las filas de pupitres donde reposaban libros y cuadernos, esperando que terminara la hora del recreo y que los alumnos regresaran de sus juegos. Se asomó a la ventana y observó a los chavales en el exterior, preguntándose cuál de ellos era Wittgenstein. Sabía que tenía catorce años en aquel momento y le había visto en alguna fotografía, mientras se documentaba para la misión, pero por mucho que se esforzaba no alcanzaba a reconocerle entre aquella muchedumbre de chavales.

- Aquel día, antes de entrar en el colegio, Wittgenstein tuvo un pequeño altercado con otros compañeros de su clase – le había contado su superior – Al parecer, un chico se encaró con él y, delante de los demás, le llamó maldito judío maricón. Aquel insulto pudo influir de un modo determinante en la frágil personalidad de Wittgenstein, condenado, si no ponía remedio, a sufrir una interminable cadena de burlas y agresiones por parte de sus compañeros. Podría conducir a un chico como él, inestable por naturaleza, a la depresión e incluso al suicidio. No hay que olvidar que tres de sus cuatro hermanos acabaron suicidándose. Era casi una tradición familiar.

- ¿Quieren enviarme al año 1903 para evitar que Wittgenstein sufra bulling?

 

Cuando Gutiérrez salió al patio, la luz del sol le cegó durante unos instantes. El griterío de los muchachos jugando, persiguiéndose unos a otros entre risas y gritos, resultaba ensordecedor. Al otro lado del recinto, dos profesores de guardia conversaban entre ellos mientras vigilaban a los chicos. La tibia brisa anunciaba una primavera incipiente. El ciclo de las estaciones se sucedía con mecánica precisión, ajeno a los quehaceres y vicisitudes de la esforzada especie humana, que no podía imaginar los horrores que traería consigo el siglo que apenas acababa de estrenar. Muchos de los niños que ahora jugaban alegremente en aquel patio, morirían en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. El propio Wittgenstein lucharía en ella, eso si no se suicidaba antes, claro. Gutiérrez reparó en un niño de unos doce años que estaba sentado en un rincón comiéndose una manzana y le indicó con un gesto que se acercara. El chico se levantó y corrió con desgana hacia él.

- Quiero que busques a Ludwig Wittgenstein y le digas que venga a verme. Dile que le espero en el corredor.

- Ahora mismo, profesor Harnak.

 

Mientras el niño corría a cumplir su encargo, Gutiérrez regresó al pasillo, se sentó en un banco de madera y contempló un reloj que colgaba de una de las paredes. Todavía faltaban más de veinte minutos para que terminara el recreo. El cuerpo de Harnak estaba anquilosado y adolecía de una ligera pero molesta lumbalgia. Notó el sabor de la saliva en su boca, el sudor humedeciendo sus axilas y una difusa sensación de fatiga generalizada. Sintió asco y deseó con todas sus fuerzas regresar a su verdadero cuerpo, mucho más joven y atlético, pero eso era algo que no estaba en sus manos. Ni siquiera estaba en manos de los científicos que le habían enviado allí.

- Tu mente viajará dos siglos hacia el pasado y ocupará el cuerpo de Harnak – le había dicho su superior - Recíprocamente, la mente de Harnak viajará dos siglos al futuro y ocupará tu cuerpo. Pero no sabemos cuánto tiempo exactamente durará el intercambio. Los estados cuánticos de este tipo son muy inestables a causa de un fenómeno llamado decoherencia. Tal vez logremos mantenerte una o dos horas en 1903, antes de que la decoherencia te devuelva a la época actual. Por supuesto, tu cuerpo permanecerá sedado para que Harnak no sepa nunca que viajó al futuro ni conserve recuerdo alguno de nosotros. Solo tendrá una pequeña laguna en su memoria, como si se hubiera quedado dormido mientras sus alumnos salían al recreo.

Wittgenstein llegó al cabo de breves minutos y entró en el pasillo con paso vacilante, como si temiera algún castigo. Era un muchacho enclenque y de aspecto enfermizo, con una mirada soñadora que revelaba una personalidad sensible y vulnerable. Lo que brillaba en sus ojos no era miedo, sino desamparo, como si perteneciera a un mundo más pulcro y perfecto pero hubiera quedado fatalmente atrapado en éste. Gutiérrez imaginó todo lo que bullía en la prodigiosa mente de aquel muchacho criado en un entorno de exquisita cultura, rodeado de los más brillantes intelectuales y artistas de la época, entrando en el caótico reino de la adolescencia y descubriendo, con el lógico temor a ser rechazado, su verdadera identidad sexual, incompatible con los cánones morales de su época.

- ¿Me ha llamado, profesor Harnak? - preguntó el chico.

- En efecto. Tengo que hablar contigo sobre una cuestión.

 

El muchacho guardó silencio y se mantuvo a la expectativa. A juzgar por su expresión, esperaba una reprimenda, aunque desconociera el motivo de la misma. Gutiérrez se levantó del banco donde permanecía sentado, se acercó e él y se agachó levemente, para situarse a su misma altura.

- Maldito judío maricón – le dijo, mirándole a los ojos – Creo que no es la primera vez que escuchas hoy estas palabras.

El pequeño Wittgenstein dio un respingo y retrocedió, visiblemente sorprendido y asustado.

- No sé de qué me habla - balbuceó.

- Sabes muy bien de qué te hablo. Esta misma mañana un grupo de chicos te ha acorralado a la puerta de la escuela. Uno de ellos te ha llamado maldito judío maricón.

El chico enrojeció, como si se avergonzara de haber sido insultado.

 

- No debes avergonzarte - prosiguió Gutiérrez – Ser judío no es nada malo y ser homosexual tampoco. Quien debería sentir vergüenza es el cretino que te ha insultado y los idiotas que le acompañaban.

Wittgenstein alzó la cabeza, que había mantenido gacha hasta entonces y le miró con una mezcla de extrañeza y gratitud. Por un instante, aquellas palabras parecían haberle proporcionado algún alivio, pero sonaban necesariamente raras en la boca de aquel profesor de geografía con aspecto de oficial prusiano. Gutiérrez siguió hablando.

- Lamentablemente, ese cretino y esos idiotas seguirán hostigándote. Ya nunca te dejarán en paz, hasta que acaben contigo. Te someterán a todo tipo de humillaciones y harán de tu vida un auténtico infierno. ¿Crees que hoy has pasado miedo? Pues no te imaginas lo que te espera a partir de ahora.

El muchacho volvió a retroceder, con una mueca de alarma crispando su imberbe rostro. Gutiérrez usó la mayor envergadura de su cuerpo para acorralarle contra una de las paredes. A parte de ellos dos, no había nadie más en el pasillo. La luz del sol entraba a raudales por las ventanas y el griterío de la chiquillería llegaba amortiguado desde el patio.

- Solo existe una forma de librarte de ellos.

- ¿Cuál? – preguntó el muchacho. Gutiérrez respondió con contundencia:

- Tienes que partirle la cara a ese hijo de puta.

 

El pequeño Wittgenstein le miraba con los ojos desorbitados, como si no pudiera creer que uno de sus profesores le animara, usando además aquellas palabrotas, a pelearse con un compañero.

- Si tumbas a ese cabrón, los demás te dejarán en paz – continuó Gutiérrez, mostrando con su expresión hosca que hablaba completamente en serio - Debes golpearle sin previo aviso, cuando menos se lo espere, con toda la fuerza que puedas y en el lugar donde más le duela. Mi consejo es un buen rodillazo en los cojones.

Doscientos años más tarde su superior le había hablado de la extraña personalidad del filósofo, que despreciaba la vida hasta el punto de afirmar que los seres humanos somos demasiado longevos y al mismo tiempo abrazar una ética rayana en el misticismo. Gutiérrez se preguntó cómo es posible amar tanto la verdad odiando tanto la vida. Wittgenstein no era un cobarde. Dicen que no mostró emoción alguna cuando le diagnosticaron la enfermedad, entonces incurable, que había de llevarle a la tumba. Se alistó voluntario para ir a la guerra y nunca se amilanó al enfrentarse a sus rivales. Tenía un mal genio proverbial y una vez incluso amenazó a Popper con un atizador durante una discusión filosófica. Poseía, por lo tanto, ese punto de rebeldía capaz de darle la fuerza necesaria para revolverse contra su adversario, como un escorpión acorralado. Solo era preciso estimularle, espolearle para que estallase su rabia contenida.

- Tienes que convencer a Wittgenstein de que puede vencer a ese abusón y ponerle en su sitio – le había dicho su superior – Y debes enseñarle cómo.

Gutiérrez era experto en artes marciales y precisamente por ese motivo le habían elegido a él para aquella delicada misión. Durante años, había impartido clases de defensa personal en la academia de policía y había trabajado para el ejército, instruyendo a los cuerpos de élite en el combate cuerpo a cuerpo. Conocía muchas formas de neutralizar a un rival con un solo golpe, pero de todas ellas el rodillazo en los huevos continuaba siendo, con mucho, la más eficaz.

- Has de golpear con toda tu rabia, sin que te importe el daño que puedas causarle. Si le revientas un testículo, mejor. Él se doblará hacia delante y sentirá un dolor tan agudo que ni siquiera tendrá arrestos para gritar. Si le das lo suficientemente fuerte, se le nublará la vista y es posible que se maree. Debes aprovechar ese momento para empezar a pegarle puñetazos en la cara, preferiblemente en la nariz, que es lo que más fácilmente se rompe.

El joven Wittgenstein seguía estupefacto, contemplándole con incredulidad. Sin embargo, a pesar de su expresión de asombro, el brillo de sus ojos indicaba que su aguda inteligencia luchaba denodadamente por analizar y comprender aquella situación.

- ¿Me está sugiriendo que le pegue a un compañero de clase, profesor Harnak? – se atrevió, finalmente, a preguntar.

Gutiérrez sacudió la cabeza antes de responder.

- Mira, ya sé que solo soy tu profesor de geografía, un tipo calvo, gordo y aburrido que probablemente nunca te ha caído bien. Supongo que mis clases son tediosas y que no has aprendido, ni aprenderás, nada realmente interesante en ellas. Pero lo que te voy a enseñar ahora es distinto. Lo que te voy a enseñar ahora no lo olvidarás en toda tu vida.

El pequeño Wittgenstein prestaba atención con los ojos muy abiertos. Seguían estando solos en aquel largo pasillo iluminado y el sonido de los chavales jugando en el patio continuaba llegando con nitidez. Todavía faltaban diez minutos para que terminase el recreo. Gutiérrez le mostró cómo tomar impulso dando un pequeño paso hacia atrás y cómo ejecutar los movimientos con la máxima rapidez y precisión, cómo cerrar el puño y cómo golpear aprovechando la fuerza de cada uno de sus músculos. Hizo que el muchacho practicara varias veces hasta asegurarse de que lo hacía correctamente.

- Debes atacarle delante de otros chicos, para que lo vean, para que todo el mundo sepa que insultarte tiene un precio. Así se lo pensarán dos veces antes de volver a hacerlo.

Más allá de su sorpresa inicial, Wittgenstein parecía aceptar que las instrucciones de Gutiérrez tenían sentido. Protestar por estar sufriendo acoso escolar en aquella escuela de principios del siglo XX resultaría probablemente un esfuerzo inútil que no acabaría con el problema ni garantizaría que el chico no acabara cortándose las venas o saltando desde una azotea. Mirándole a los ojos, Gutiérrez podía percibir el brillo de la rebeldía, la íntima satisfacción de imaginar que lograba sacudirse el miedo de encima y plantar cara a sus agresores. Les interrumpió el sonido agudo y vibrante de una campana anunciando el final del recreo. La entrada de los alumnos y los profesores dirigiéndose nuevamente a sus clases era inminente.

- ¿Has entendido todo lo que te he dicho? – le preguntó Gutiérrez.

 

El chico titubeó, incómodo ante la presión a la que estaba siendo sometido. Inmediatamente, una horda de muchachos irrumpió en el pasillo, casi todos despeinados, sudorosos y con el rostro enrojecido después de haber jugado durante la última media hora. Los dos profesores que había visto antes en el patio entraron también, tratando de ordenar la caótica estampida de sus alumnos para conducirlos a sus aulas respectivas. Wittgenstein alzó la cara y le miró a los ojos. En su semblante todavía infantil se reflejaba la lucha entre sus temores y sus ansias de liberación. Poco a poco, sin dejar de mirarle, retrocedió hasta quedar absorbido por la muchedumbre de chavales que regresaban a clase. Gutiérrez le siguió con la mirada hasta perderle de vista.

- Todavía es un niño – le había dicho doscientos años después su superior – Y tú serás nada menos que su profesor de geografía. No creo que exista nada más serio y solemne que un profesor de geografía austriaco de 1903, calvo, gordo y con bigote. Nada puede superar eso.

- No lo entiendo – había respondido Gutiérrez – ¿Por qué tengo que ir al pasado a salvar su autoestima adolescente si ya sabemos que no es necesario? Wittgenstein no se suicidó, lo pone en las enciclopedias y en las biografías. Llegó a vivir hasta la madurez y escribió el Tractatus y las Investigaciones filosóficas.

- En realidad, se suicidó y no lo hizo. Escribió el Tractatus y no lo escribió, igual que las Investigaciones. Todas esas cosas ocurrieron y no ocurrieron, lo mismo que el gato de Schrödinger está vivo y muerto a la vez. Nosotros solo vamos a abrir la caja y a fijar una de las opciones. O como dicen los científicos, vamos a colapsar una función de onda.

No sabía si sus palabras habían hecho mella en Wittgenstein ni era capaz de prever si el chico reaccionaría y trataría de llevar a cabo su venganza contra quienes le habían humillado o, contrariamente, el miedo terminaría por dominarle, convirtiéndole en un ser pusilánime, abocado al suicidio. En cualquier caso, lo que ahora Gutiérrez tenía por delante era una clase llena de alumnos esperando que impartiera una lección magistral de geografía. No sabía cuánto tiempo tardaría en actuar la decoherencia, enviándole de nuevo al futuro, de modo que, por si acaso, se había preparado concienzudamente para ello. Enseguida se dio cuenta de que aquella no era la clase de Wittgenstein, sino otra correspondiente a algún curso anterior. Los alumnos, de unos doce años de edad, fueron entrando y ocupando cada uno de los pupitres. El último de ellos cerró la puerta tras de sí y Gutiérrez se encontró de pie, frente a un nutrido auditorio de muchachos que aguardaban expectantes a que comenzara su disertación. Se dirigió a su mesa situada en la palestra, junto a la pizarra. Sobre la mesa reposaba un libro abierto por una página que contenía un listado de todos los países del mundo con sus correspondientes capitales.

- Muy bien – dijo a sus alumnos – Abrid vuestros libros por la página 47.

Los estudiantes le obedecieron con admirable disciplina. Gutiérrez se dirigió a uno de ellos, que ocupaba la primera fila, y le pidió que leyera, poco a poco y en voz alta el nombre de cada uno de los países con su correspondiente capital. El muchacho inició la lectura mientras sus compañeros guardaban silencio con el aburrimiento reflejado en sus resignados semblantes. La lista, ordenada alfabéticamente, era larga y el chico la leía con desgana, equivocándose al pronunciar muchos de los nombres, de manera que Gutiérrez tenía que corregirle con frecuencia. Había llegado ya a Venezuela cuando se escucharon unos gritos en el exterior. El muchacho interrumpió la lectura y todos dirigieron la mirada hacia la puerta.

Las voces que llegaban de fuera indicaban cierta alarma, como si hubiera ocurrido algo terrible. Gutiérrez se preguntó si aquello tenía relación con el asunto que le había llevado hasta allí. Esperaba una reacción de Wittgenstein, pero jamás habría pensado que pudiera ser tan rápida. Se dirigió a la puerta, la abrió y salió apresuradamente al pasillo. En el aula, sus alumnos estiraron el cuello, curiosos por saber qué estaba ocurriendo. Un joven profesor, seguido de varios alumnos, llevaba en volandas a un chico medio inconsciente, con la cara tumefacta y llena de sangre.

- ¿Qué ocurre? – le preguntó Gutiérrez.

- Ludwig Wittgenstein, ese muchacho judío – respondió el profesor – Le ha pegado una paliza a uno de sus compañeros.

- ¿Una paliza?

- Parece que se ha plantado delante de él y, sin mediar palabra, le ha propinado un rodillazo en los testículos. Y por si fuera poco, luego ha empezado a darle puñetazos a diestro y siniestro hasta que ha caído al suelo. Voy a llevarle a la enfermería.

El profesor desapareció por el pasillo, llevando al maltrecho chico en sus brazos. Desde luego, Wittgenstein se había empleado a fondo, dejando a su rival para el arrastre. No parecía probable que aquel desgraciado volviera a insultarle. Al parecer, la autoestima del futuro filósofo se había salvado, así como sus obras y su influencia intelectual. Gutiérrez no pudo evitar una íntima sonrisa de satisfacción. Los alumnos de su clase se habían levantado ya de sus pupitres y se asomaban a la puerta del aula, mostrando en sus rostros la consternación por lo que acababa de suceder. En la puerta del aula de al lado, un profesor ya anciano que exhibía una venerable barba blanca se dirigió a él.

- ¡Diablo de muchacho! – exclamó – Siempre me pareció un chico raro, pero nunca pensé que pudiera hacer algo así. ¡Con lo tímido y apocado que parecía!

Gutiérrez se acercó a una de las ventanas que daban al patio y miró a través de sus cristales. Justo en aquel momento, dos profesores conducían al joven Wittgenstein, a través de una puerta en el lado opuesto del recinto, hacia el despacho del director.

- ¡La va a caer un buen castigo! – exclamó – Tal vez le expulsen de la escuela.

- No lo creo – respondió el anciano profesor de la clase contigua – Pertenece a una familia muy rica, así que lo más probable es que todo acabe en una simple amonestación. Lo siento por el otro chaval, que no gana para desgracias. Hace unos meses murió su padre y ahora le pegan esta paliza. ¡Pobre Hitler!

- ¿Hitler? – preguntó, estupefacto, Gutiérrez.

- Sí, Adolf Hitler. Es el chico al que Wittgenstein ha pegado.

Al escuchar este nombre, Gutiérrez se quedó petrificado. Durante unos segundos guardó silencio, intentando descifrar las claves de aquel enigma que, de repente, comenzaba a desvelarse ante sus narices. Finalmente abrió los labios, pero no llegó a pronunciar palabra alguna, ya que en aquel preciso momento actuó la decoherencia y su mente saltó doscientos años hacia el futuro, abandonando el fofo cuerpo del orondo profesor Fiedrich Harnak. Despertó en una cama, enfundado su propio cuerpo, conectado a un montón de aparatos y rodeado de una docena de científicos que analizaban sus constantes vitales. Su superior le dio la bienvenida.

- ¿Qué tal ha ido?

- ¡Hijos de puta! – exclamó Gutiérrez apenas abrió los ojos – ¡Por vuestra culpa he convertido a Hitler en un nazi!

Su superior esbozó una sonrisa irónica. Gutiérrez se indignó todavía más.

- ¡Vosotros lo sabíais! – bramó – ¡No me enviasteis a salvar la autoestima de Wittgenstein, sino a hundir la de Hitler!

- ¿A quién coño le importa Wittgenstein? – preguntó su superior – Tú mismo dijiste que no era más que un filósofo loco cuyos libros ya nadie lee.

- ¡Pero escribió el Tractatus! ¡Y sus ideas inspiraron la teoría de las estructuras yuxtapuestas, que permite los viajes en el tiempo!

- Bueno, eso no es exactamente así. La teoría de las estructuras yuxtapuestas no tiene nada que ver con las ideas sobre lógica que Wittgenstein desarrolló en su obra. Tuvimos que decirte eso para que la misión te pareciera coherente.

- ¿Cómo habéis podido hacer una cosa así? – preguntó Gutiérrez sin poder disimular su incredulidad - ¡Acabáis de provocar una guerra y un genocidio! ¡Y yo que creía que trabajábamos por el bien de Europa!

- ¡Europa son sus empresas! – respondió su superior, adoptando un tono de voz súbitamente agresivo – Y algunas de las empresas europeas más importantes surgieron en pleno nazismo o prosperaron a su sombra. ¿No es lógico que quieran proteger sus intereses?

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  • Una historia muy buena y muy original. Conozco la vida del filósofo y su metódo sobre el lenguaje. Realmente él era un tipo bastante agresivo que cuando fue profesor, también pegaba a los alumnos. Tremeno el caso de Hitler relacionada con el filósofo. Es de lo mejor que he leído en esta página.
    Sorprendente historia, impecablemente narrada; realmente me ha gustado. Saludos, Nexus7.
  • Pensó con tristeza que era un desperdicio viajar más de doscientos años atrás en el tiempo para convertirse en aquel tipo gris y anodino, llamado Fiedrich Harnak, profesor de geografía de la escuela secundaria de Lizt. Puestos a viajar en el tiempo y encarnarse en una persona de otra época, hubiera preferido hacerlo en el pellejo de alguien importante, como Julio César o Napoleón.

    Yo he sido Julio César. No es que haya interpretado ese papel en una obra de teatro ni en una película, lo que digo es que he sido Julio César en persona. He calzado sus sandalias, he vestido su toga y he empuñado su espada.

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