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7 min
La fragilidad del colorete.
Amor |
17.04.13
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Sinopsis

Dedicado a Antonio Pérez, por sus amables comentarios. Un saludo.

No habíamos hablado nunca, aunque conocía su voz. Coincidíamos en el andén en torno a las siete y media de la mañana. A esa hora somos bastantes los que descendemos la escalera de la estación del metro de Cavaleri y nos adocenamos perezosamente casi al borde del anden. Uno llega a pertenecer a un grupo por mera coincidencia, por compartir con otras personas un trozo de espacio en el mismo tiempo; a intimar incluso, a forjar vínculos hondos y permanentes: la novia que conocí en la sala de espera del ambulatorio, el amigo creado por coincidir numerosas veces en aquel bar a la hora del desayuno, el socio hecho por el roce establecido en un viaje durante las vacaciones, la amante conocida antes de serlo por comprar el periódico en el mismo kiosko que nosotros..., nos sucede casi de forma inevitable Tal vez por esa regularidad sociológica su cara deslucida por pequeños cráteres, visibles a pesar de la gruesa capa de maquillaje llegó a serme habitual, esperada en algún vagón del metro matutino. Con los días y los meses, la misma cara logró despertar mi curiosidad y, transcurrido aún más tiempo, hasta hace dos horas escasas, un incómodo desasosiego, hasta el punto de hacerme cometer una sinrazón que para alguien como yo, tan adicto a la moralidad común, puede resultar un indicio de depravación o una señal de locura incipiente. Seguramente ―me digo ahora, ante un café medio frío en el Horno de San Buenaventura―, habré sido ante sus ojos marrones e insulsos, uno de tantos hombres de edad similar a la de su padre y con un acervo de rarezas y clichés de otro tiempo parecidas a las de éste; uno de los muchos madrugadores que llevaba viendo durante un tiempo subir al metro para llegar al trabajo: un empleado de banco, un funcionario, un comerciante diligente, un hombre acomodado a un destino desprovisto de sorpresas y a un trabajo estable y mortalmente gris. O quizás sólo habré sido para ella una pesada sombra, y me he mantenido en su retina instantes sueltos, porciones de tiempo muerto durante los cuales los ojos de uno buscan distracción en el vacío y se llenan de colores acuosos, de formas inconclusas, de hirientes relumbres, de cáscaras de cosas o de personas, tan vagas y volubles que no asientan en la memoria ni siquiera segundos después de haber sido percibidas. Aunque tal vez esté equivocado, y aquella muchacha ha sido consciente de la progresiva fascinación que ella ha ejercido en este hombre calvo del metro de las siete y media, el de la cartera de cuero sobre los muslos y aspecto distraído, que simulaba perder la vista con un punto de lirismo en las delicadas luces del amanecer a través de las ventanas, aunque en realidad era a ella a quien observaba con la intención de desarmarla como un juguete roto para entender sus engranajes.
Uno no sabe qué pensar, la verdad. No sé cómo escribir en estas servilletas del bar el atributo de la muchacha que me fue atrayendo con más fuerza. Me resulta difícil saberlo porque si lo pienso, al primer golpe de vista nada en ella podía atraerme; respondía al prototipo de una adolescente urbana corriente, vestida con ropa semideportiva, cargada con una mochila Billabong, camino del instituto con el cerebro traspasado por la sordina del hip hop y un teléfono entre las manos achatadas.

Solía permanecer de pie, justo al lado de la puerta del fondo del vagón. Todo su cuerpo parecía imperturbable, salvo los brincos de sus dedos de uñas pintadas con puntitos plateados sobre el teclado de su apell blanco. No recuerdo haber visto su pelo con un peinado, una largura o un tono diferente al del primer día que la vi. Me extrañó entonces su caminar envarado; iba hacia el fondo del vagón como procurando mantener su pelo inmóvil, ni un mechón rebelde (en verdad, me digo ahora, un pelo ni bonito ni feo, pero sí chocante, como si antes de ir hacia el metro le hubiese dado una mano de plancha). Al principio me resultó desagradable su maquillaje exagerado incluso para una mujer madura y procaz. Pensé que debía de dedicar un largo rato a ennegrecer y alargar sus pestañas con rímel barato y a embadurnarse su rostro salpicado de minúsculas depresiones. Pero a pesar de la gruesa capa de pintura se evidenciaba una soledad infinita en su pose enrarecida..., ese mismo vacío teñido de la melancolía sutil que envuelve a los objetos cotidianos, cuando nadie hay en las habitaciones y ninguna huella y ninguna mirada humana perturba su existencia.
Algunas veces la oí hablar por teléfono. Su cara mudaba entonces entre expresiones tragicómicas y su voz sobresalía del runrún del metro; una voz en falsete en busca de oídos, como si interpretase a Papagena en Die Zauberflöte ante los adormilados viajeros.
En algún momento me descubrí esperando con interés su llegada a la estación. Necesitaba saber más sobre aquella chica que surcaba el anden como si la llevasen en andas, con piel de colorete, el pelo tan firme como el papel de estraza y la mochila repleta del pesar de sus minúsculas erupciones en la cara. Colegí por sus conversaciones telefónicas, que tras una senda de fracasos, sus esfuerzos iban dedicados a gustarle a un compañero del instituto, a resultarle apetecible aunque para ello debiese transformarse en un objeto inorgánico.
Durante algún tiempo especulé con la idea de investigar dónde vivía, quizás en algunas de las urbanizaciones de casitas adosadas cercanas a la zona de Cavaleri. Quise saber cómo era su familia y cómo se desenvolvía en los aledaños de su casa. Pero nunca di ese paso, ¡por fortuna!, me digo ahora. Si el deseo de saber quién era su familia y quiénes sus amigas o amigos adolescentes fue intenso, mucho más lo fue el de saber dónde estudiaba y con quién hablaba en el instituto. Aunque he querido muchas veces pasar del asunto, no he podido.
 Como otros días, hoy la he visto en la escalera automática y luego situarse en el tramo del andén correspondiente al último vagón. Hemos estado muy cerca el uno del otro, tanto que he percibido su olor a jazmín mezclado con el de la pintura sintética. Sabía que se apeaba en la parada de la Puerta de Jerez, la sexta parada. Allí se detuvo el metro; y yo, que debía proseguir hasta la próxima estación, la seguí a ella. La muchacha se internó entre la bulla; pero observé que ninguno de los pasajeros la miraba para dejarle paso o simplemente por mirarla de un modo aleatorio (uno ve lo que invade su ángulo de visión). La seguí con dificultad hasta la barrera de salida y luego por las escaleras, hasta el momento en el que calló de bruces sobre el suelo del primer descansillo y se hizo trizas, trocitos ínfimos de tristeza maquillada esparcidos por el suelo, demasiados fragmentos aquí y allá para armar con éxito una muñeca de aspecto tan desdichado.

 

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    Si tan poco te gusta los que escribo, deja de leerme y déjame en paz.Me has valorado un montón de relatos con dos estrellas, sin hacer el más mínimo comentario y se te ve demasiado el plumero. Me importan un pito las estrellitas y el número que me asignen en el ranking, pero me joden sobremanera los impresentables como tú que quieren subir puestos a costa de joder a los que son mejor que ellos, porque yo, soy bastante mejor que tú.
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Escribir es un regalo. Se ha convertido para mí casi una necesidad orgánica. Disfruto creando mundos alternativos al que vivo, quizás como un modo de enriquecer el que habito desde hace muchos años. Tengo otras aficiones, pintar al óleo y el deporte; pero ninguna de ellas alcanza ni la mitad de la mitad de la mitad de la pasión ni del placer que me proporciona escribir.

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