cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

11 min
La Gertrudes
Amor |
01.04.20
  • 4
  • 2
  • 1996
Sinopsis

Del cotidiano vivir

La Gertrudes

 

En el amplio patio, allá al fondo de la casa era un día de fiesta, y bajo la acogedora sombra del viejo nogal, cinco hermanos hombres rodean al padre, mientras las hermanas mujeres, junto a la madre, trajinan por la cocina, preparando el asado, las ensaladas y contornos. Tiempos patriarcales, aún.

Están todos sentados alrededor de una mesa de recias maderas nativas, y el padre, rigurosamente entronizado en el puesto principal, narra historias de su infancia y anécdotas varias. No sucede con frecuencia un hecho de este tipo, salvo cuando el pater familias alcanza la euforia etílica, y se autodefine el Absoluto, no en el sentido divino, sino en el socrático hecho realidad.

Estos estados de exaltación filosófica los alcanza durante la fiesta nacional y, principalmente, para la llegada del Año Nuevo, acontecimiento de grande emotividad familiar que involucra, además, a todo el barrio. Entonces, todos, en lágrimas de nostalgia y abrazos de esperanzas desgajan la última hoja del irreversible calendario.

En esas efemérides, el inconmovible jefe de tribu bebe unos vinos rojos y espesos, como sangre de novillos ariscos, y se desata su alegría en vibrantes arias que resuenan por todos los vecindarios, con una voz potente y viril, de auténtico tenor de los buenos.

–Las modulaciones y registros de mi voz –decía en esos momento líricos-, tienen mucho del grande e inimitable Franco Corelli, sobretodo cuando cantaba “Campos de mi tierra, para siempre adiós...” Los hijos convenían, sin conocer a Corelli, pero convencidos que la verdad no era más que esa.

-Ya pues papá, no se floree tanto y cuéntemos mejor esa historia de la musa Gertrudes, mire que la mamá llegará pronto con el asado y nos quedaremos a mitad de camino con esos amores de pampa y desierto.

La risotada del padre -un solitario ja!-, era breve y seca; algo como un estampido, un disparo o bocinazo, seguida de un largo rumor gutural, más bien agudo sin dejar de ser opaco. Un sonido raro, una extraña forma de reir, pero absolutamente contagiosa e irresistible, y que su hijo mayor capturó en una elocuente imagen –la risa del papá es como el sonido de un esmeril afilando una lata, pero debajo del agua –la había definido.

-Mi problema es que yo fui siempre demasiado picao de la araña, muy recontra enamorado. Pero bueno, si insisten en conocer la historia de la Gertrudes, aunque creo que ya se las he contado, y sabrán que ocurrió muchos años atrás, en esos tiempos en que yo era muy joven y me llamaban el buenmozo.

Esto por razón de mi pelo rubio y fino como la seda... –y pasó su gruesa mano sobre una calva más lisa y brillante que una calabaza.

Después continúo:

-En ese tiempo yo trabajaba en Chuquicamata, en las minas de cobre, a tajo abierto, más grandes del mundo, como ustedes saben, me imagino.

En esas áridas extensiones de la pampa, y después de mi trabajo diario de inspector que consitía en hacer una marca en las paredes de la mina, para que allí excavaran los obreros en busca del preciado metal, rojo compañero del blanco cereal de la pampa calcinada, como llamara Neruda al salitre, ese que fue riqueza y hambre de un Chile no tan lejano.

-Sí, pero esto no es muy interesante, y salud! –dijo el más pequeño de los retoños.

-Seguirán siendo unos aviados e impercecutos –dijo el padre-, y salud!

Sonaban, en el brindis, los vidrios enrojecidos de vino y vida, que una inocente brisa de cielo límpido se llevaba quizás para dónde.

-Pero bueno, iba diciendo que en esas circunstancias de completo aislamiento, la soledad golpea con una fuerza misteriosa, como raíces de angustia. Momentos que yo enfrentaba, de día con el trabajo tenaz, y durante las noches interminables, de frío norte y desierto, leyendo a Don Quijote de la Mancha, en una edición de tapas verduzcas, ilustrado con antiguos diseños del Dorè; libro iniciático que yo leía con extrema avidez y, a veces, reía tanto que casi me caía de mi estrecho y vacío tálamo no nupcial.

-¿Y la Gertrudes? –había impaciencia en la mesa, porque la verbosidad, siempre unilateral del patriarca era temida, por lo torrencial y absolutamente incontestable.

-No sean ignorantes y poco patafísicos, que todo está relacionado bajo el cielo y sobre la tierra, como lo está el ingobernable carro del sol con la Gertrudes y con esta fiesta.

-¿? ¡! Para mí que le estamos poniendo demasiado y el punto que nos interesa sólo brilla por su ausencia –rebatió el más silencioso de los hijos, más preocupado, a esas alturas, del asado que chirriaba aromas deliciosos, que a la historia que se empantanaba.

-Absolutamente no! –dice el padre retomando el discurso-, no ven que lo importante no es llegar, sino el camino; pero claro, cuando no se escucha a Sancho y menos al Hidalgo de la triste figura, las consecuencias son éstas -la explosión de su risotada y su Ja!, como un globo que encuentra un clavo, se hacía sentir hasta en las ramas del solitario nogal, plantado por sus manos en ese patio familiar, que un día sería sólo memoria.

Los hijos también exhibían una variada gama de risotadas y brindaban a la felicidad de esos momentos.

-Como les iba diciendo, mi otra compañía en las soledades minerales de Atacama, era la radio, y en particular un programa musical conducido por una voz, la de la Gertrudes, tan hermosa y embriagadora, como nunca había imaginado pudiera existir voz de mujer alguna.

Desde luego, yo siendo un perpetuo enamorado, al sentir por primera vez una palabra, una frase suya y el enamorarme fueron una sola cosa. Tenía yo, en esos tiempos, diecinueve ardientes años.

Comencé por escribirle una carta, digamos, de formal admiración por su programa, dejando caer, eso sí, un distraído y gentil comentario por esa voz tan aterciopelada.

A partir de la tercera carta llegó la primera respuesta, elegante y distanciada. Seguimos escribiéndonos, y siempre con mayor frecuencia. Vivía yo en espera de las cartas de la Gertrudes, mientras las frías noches de la pampa estimulaban mi fantasía e imaginación romántica hasta las estrellas. No en vano había leído también a Stendhal, y apreciaba las audacias de amor de Julien Sorel, atravesando jardines nocturnos y subiendo escaleras aristocráticas.

-¿Julián Sorel?

-¡Julien Sorel! Sería ya tiempo que comiencen a leer no sólo a Condorito y al Pepe Antártico; miren que la expansión del espíritu va por otros caminos.

Decía que la belleza de esa voz sin igual, como el contenido fino de sus cartas, que revelaban un alma sensible no sólo a la poesía o la música, sino a los sentimientos intensos y pasionales que se anidan en los mejores corazones femeninos, me llevaron a construir una portentosa imagen de mujer, ya delicada como un lirio, ya sensual y hermosa como náyade de verdes ríos.

Esa imagen inquietante asaltaba, noche y día, mi frágil tranquilidad ya pulverizada en la espera del momento en que la conocería.

-Sí, pero ya es mucho entusiasmo y esta otra espera nos tiene más secos que lengua de loro y mejor hagamos un salud! –insistió otro hijo.

-Es que ustedes son, definitivamente, incapaces de entender o imaginar el concepto de romanticismo que está completamente destruido en estos tiempos de prisa, más cercanos al aislamiento y la fatalidad, que a los sentimientos perennes del amor.

La imagen de esa musa que llevaba en mi corazón, como un tesoro celeste, ya no cabía en el universo del arte y tampoco en las poesías y versos que poetas de todos los tiempos dedicaron a Eros y a Thanos porque el amor y la muerte, en los abismos se hermanan.

Pero sigamos. Fue así que finalmente llegó el momento de conocerse, y esto sucedió un día especial, con motivo de una tradicional fiesta minera, donde toda la fatiga de Chuquicamata se vestía de gala. Ese fue nuestro día de la verdad.

El lugar de la fiesta era un enorme galpón con techo de zinc; allí bailaban y bebían, hasta las luces del alba, mujeres y mineros pampinos, descargando sufrimientos, fatigas y esas soledades más grandes que las dunas del desierto.

En esos legendarios bailes –decía el padre siguiendo el hilo de sus recuerdos- se podía ver cómo el el humo de los cigarros y el calor de los cuerpos empapados de sudor subía hacia el techo, como una espesa y extraña niebla, y allá arriba pegada a las planchas de zinc se condensaba y caía sobre la muchedumbre, como gotas de rocío mineral. Una verdadera llovizna.

-Algo así como esa lluvia de pequeñas ranas que caían desde el cielo arriba de su sombrero y que usted sacaba a puñados para arrojarlas al borde del camino –agregó otro de sus hijos, recordando otras historias del padre, siempre cercanas a los límites de la incredulidad.

-Ja! el hecho es que para reconocernos deberíamos llevar ambos una flor igual; ella habló de una rosa cándida de un blanco inmaculado, yo de un clavel rojo encendido y de fuerte aroma. Las flores eran escasas, o inexistentes en el desierto. Convenimos en un pañuelo azul anudado al cuello.

Naturalmente la emoción en proximidad del encuentro estaba en las vetas más altas de mi espíritu. Antes de salir hacia el misterio me di una última mirada al espejo y me dije: ¡Suerte buenmozo! Después me encaminé hacia lo que tenía que llegar.

Cuando la vi, no lograba creer a mis ojos, pensé no poder encontrar mi voz, que se había ocultado en el fondo de la garganta.

Una mujer, pisando los treinta años, con un pañuelo azul anudado al cuello, eso sí con gracia, y vestida con natural elegancia, escrutaba con disimulada ansia a las personas que llegaban al baile. Estaba parada al lado izquierdo de la puerta de ingreso, como habíamos acordado.

Era flaca como una lagartija, pelo negro y liso, pero hermoso, con dos dientes muy blancos, largos y aconejados, donde se había quedado una mancha roja y alargada de rouge, con el que había delineado una boca sutil. Quedé desolado, como un niño perdido.

Mi ojo de águila registró, con creciente angustia y embarazante tristeza, que su pecho era más plano que una tabla cepillada y la ausencia, de cualquier forma o contorno que pudiera recordar la sensualidad, era total.

Yo estaba, decir perdido y perplejo es poco, más bien paralizado frente a esa mujer increíblemente fea, pero dueña de una voz de diosa. En el fondo, a esa voz mi afiebrada imaginación había construido un templo y una catedral, donde la belleza femenina era la Gertrudes.

En ese terrible momento, solo frente a la Gertrudes verdadera, sentía a mis espaldas el fragoroso rumor de las ruinas de templos y catedrales que se desploman, dejando solo ruinas oscuras al paso del viento del desierto.

Cuando ella se presentó, con su voz de princesa encantada, de diosa enamorada, logré sacar la mía a duras penas, y le sonreí mientras nos dábamos la mano. La suya era de una extraña delicadeza...

-Por qué no arrancó, papá, antes que la bruja lo viera, o se sacó el pañuelo azul, qué se yo. Pero las circunstancias exigían otra acción, me parece –agregó el hijo del medio.

-Imposible, ya habíamos entrado en amores, y había que enfrentar los hechos. ¡Eran otros tiempos!

A este punto las risotadas generales explotaron liberadoras.

En ese instante llegaban las primeras fuentes del perfumado asado, también las ensaladas de rojos tomates, las esmeraldinas lechugas, las vaporosas papas cocidas, y demases agregados que traían mayor felicidad a esos momentos de tiempos únicos.

La buena madre, que alcanzó a escuchar la última parte de la historia, ya muy conocida por ella, comentó: -Ya está este viejo pesado hablando de la Gertrudes, y tomando más trago.

Pasaron muchos años, y el padre ya viejo y próximo a la muerte, entregó una carta a su hijo mayor, recomendándole la envíe por correo.

En el sobre, para gran sorpresa de todos estaba escrito, con su caligrafía enérgica y barroca, ahora temblorosa, simplemente: Gertrudes-Chuquicamata.

Habían pasado más de cincuenta años.

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 88
  • 4.54
  • 214

Algo de mí está en lo que escribo.

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta