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5 min
La gesta del dedo índice
Drama |
06.10.16
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Sinopsis

Algunas veces la muerte es el único alivio.

La capilla estaba muy coqueta. Sobria, por supuesto. Pero coqueta. Una sutil brisa de fresias merodeaba a los presentes con el aliviador recuerdo de que ellos aún estaban vivos. Ellos, por suerte, sí. Los rayos de luz de la mañana se filtraban por los vitrales superiores como se filtran los rayos de luz de la mañana por los vitrales de las capillas. Como dagas. Como líneas. Como flechas. Como lo que pretenden ser: un recordatorio de la presencia celestial. Superior. Divina. Luminosa. Como rayos: que te pueden partir o iluminar. El silencio se abría paso entre las toses incómodas y el tronar de los tacos de los que llegaban tarde.

Ema estaba sentada en la primera fila que obviamente estaba reservada para los más sufrientes. Los más cercanos. Aunque no siempre se cumplen las dos condiciones juntas y este era el caso de Ema. Miraba para abajo, levemente encorvada, las dos piernas paralelas y pegadas. El ruedo de la pollera recta acariciaba el final de sus rodillas. Y sus manos en el regazo. Con la izquierda movía metódicamente el anillo de su dedo índice. El acusador.

Más de una mirada estaba puesta en ella. ¡Pobre Ema!

El cura, con su sonrisa de entenderlo todo , de vez en cuando también la miraba con compasión mientras hablaba de las bondades de la vida después de la muerte.  Señalaba el féretro como envidiando al muerto por haber abandonado las cuestiones terrenales. Era bastante convincente pero aún así todos preferían continuar oliendo el perfume a fresias.

Dos adolescentes que ocupaban la esquina trasera miraban disimuladamente sus celulares y uno de ellos hasta alcanzó a cazar un pokemon que estaba enredado en los pelos duros de spray de la tía Mariana. La madre de Ema no paraba de llorar. Avergonzada se secaba las lágrimas con el pañuelo celeste porque su llanto desconsolado claramente evidenciaba, en la propia cara del sacerdote, que no se tragaba ni medio lo de "pasar a mejor vida". Entre sollozo y sollozo su madre le tomó la mano y Ema sintió que esa era la señal que necesitaba. Le tocó el dedo índice.  Se lo aplastó contra la falda como queriendo asfixiarlo. Ahogarlo. Callarlo. Como tantas otras veces. Como queriendo evitar que cumpliera la misión para la que había sido creado: acusar. Una descarga de crispación  recorrió el cuerpo de Ema. Desde el bajo vientre hasta los talones. Su dedo se reveló y guiada por la fuerza de la garra delatora, se levantó de un salto dejando la mano de su madre en el aire.  Desconcertada .

Miró al cura y le dijo con un tono de voz que nadie conocía. Ni ella. El tono de voz de las entrañas. El tono de voz de la ira macerada: "ya puede abandonar esa cara de falsa conmiseración. Ahora voy a hablar yo". Y girando hacia la audiencia, que había pasado en una milésima de segundos de estar con gesto sufriente a otro mucho más genuino de perplejidad , gritó con esa voz nueva acompañada del brazo estirado y el dedo índice hacia el féretro:  "¡EL QUE ESTÁ ADENTRO DE ESE ATAÚD ES UN HIJO DE PUTA Y BIEN MUERTO ESTÁ!" La madre se tiró encima del brazo derecho de Ema intentando bajarlo y sentarla nuevamente al mismo tiempo que le susurraba: "No hables así de tu padre...¡Ni en su entierro lo dejás en paz! ¡No tenés perdón de Dios!

- ¡NI LO NECESITO! ME CAGO EN TU DIOS... Y EN EL DE TODOS USTEDES.

Mirando al cura agregó: PREFIERO PENSAR QUE NO EXISTE. PORQUE CUANDO NO TENÍA A QUIEN RECURRIR Y SOLO ÉL PODÍA SALVARME ...NO HIZO NADA. TU DIOS NUNCA HIZO NADA EN LAS NOCHES EN LAS QUE  ESTE HIJO DE PUTA SE METÍA EN MI CAMA.

De nuevo el brazo...de nuevo el dedo.

Mirando desde arriba a su madre, que estaba tirada en el asiento, agregó con desprecio:

-Y ESTA MISERABLE FUE SU CÓMPLICE.

Ema salió caminando por el pasillo central y, de tan liviana, creyó volar. Miró hacia adelante y sintió orgullo de sí misma por primera vez en su vida. La cabeza bien alta y el corazón desbocado. Sintió  gran felicidad porque, aunque él estaba muerto, finalmente había podido enfrentarlo.

Pobre Ema. Poco le duró el orgullo y menos, la felicidad que se fue primero. La misma tarde del entierro. Sin razón aparente. Se ve que su pecho había entendido todo mucho antes que su cabeza. El orgullo en cambio, se fue cuando entre sueños se le presentó la verdad. En la penumbra de la noche, que es cuando se descubren las verdades que el cerebro teje a nuestras espaldas: nunca dejaría de ser una cobarde,  había podido enfrentarlo porque estaba muerto.

 

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