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34 min
La historia de nuestra vida ( Lilith editada)
Fantasía |
07.04.18
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Sinopsis

Continuacion

 

 

Convento

Soy sor María. Hace unos meses a nuestro convento llegó una joven llamada Raquel.

La estamos buscando para casarse con Dios.

¿Dónde puede estar?

Una niña tan devota, tan creyente ¿Por qué a desaparecido?

Sor Raquel y yo no lo acabamos de entender.

Si la ves llamad al convento.

18 años atrás En ese convento

Era una noche como las demás, las novicias dormían. Pero Sor Raquel y yo nos encontrábamos en nuestras habitaciones. Yo leía un libro y Sor Raquel escuchaba música con su mp3 sin dejar de mover su pie al ritmo de la música. Cuando de repente escuche unos ruidos, y levante la vista de mi libro, miré mi reloj de pulsara y al ver la hora me pregunté ¿Quién puede ser a estas horas? Feligreses imposible ¿Quién puede ser? Me levante de mi silla y le dije a Sor Raquel que me acompañara a la puerta.

Al llegar a las puertas del convento Sor Raquel y yo nos quedamos mirando esa canastilla como dos tontas y a esos bebes y temerosa le dije.

—Deberíamos llamar a la policía y que busquen a los padres ¿No crees? Nosotras no podemos cuidarlos.

— ¿Pero porqué? —me preguntó Sor Raquel con uno de esos bebes en su regazo. Son tan hermosos Sor María.

—Porque somos monjas y no podemos cuidarlos. Pon ese bebe en la canastilla y vayamos a la comisaria a entregarlos —le contesté.

—Sor María son tan... hermosos. Por favor, no seas agua fiestas ¡Quieres! ¿¡Quién lo va a saber!?

—No soy agua fiestas, solo digo lo que debemos hacer y nuestro deber es ir a la policía y entregar esos bebes.

—Raquel...

Sus suplicas me convencieron y tomé en brazos al otro bebe. No teníamos pañales, ni leche para darles de comer, ni ropa para cambiar a esos bebes, ni pañales y pensé ¿De dónde sacamos todo esto? Sor Raquel estaba entusiasmada con los bebes, les hacia carantoñas y mil tonterías más que no me gustaban, no debía de encariñarse con esos bebes que tarde o temprano vendrían a buscar. La dejé al cuidado de esos bebes. Mientras yo salía a buscar unas gasas y un poco de leche que darles, la miré de reojo y al hacerlo la escuche hablar con uno de esos bebes y me dije a mí misma: Son imaginaciones tuyas María los bebes no hablan y me marche. A mi regreso Sor Raquel ya no me pareció la misma persona. Su actitud era muy diferente a la de hacía unos minutos, me acerque y le entregue las gasas y un poco de leche rebajada con agua. Quise colaborar con el cambio de pañales pero ella no me dejó. Me aparto bruscamente de esos bebes y de su lado. Diciéndome: Que su deber era cuidarlos y no el mío y que Dios le había encomendado esa misión y debía cumplirla. Me extrañaron esas palabras; unas palabras que Raquel jamás hubiera dicho. Vi a esos bebes que me observaron también y uno de ellos comenzó a llorar sin más, y con una seña ella me mando salir de la habitación. Y desde ese momento la vigilo día y noche.

Quiero averiguar quienes son esos bebes.

Unos meses más tarde

Al convento llegó un joven. Demasiado apuesto para ser cura pensé. Pues muchas novicias no le quitaron el ojo el tiempo que permaneció con nosotras. Muchas cuchicheaban entre ellas lo guapo que era. A ese joven no parecía importarle esos comentarios, le gustaban y sonreía a esas novicias.

A su llegada pido hablar conmigo y yo tampoco pude evitar mirarlo y decirme "Qué bueno estas" Sus ojos eran azules como el zafiro, su cabello era de color de oro, sus labios eran rojos como la sangre y deseé besarlos. Su piel contrastaba con su extraña belleza pues era cobriza.

Él me sonrió acercándose a mí y al hacerlo sus dientes eran blancos como las perlas. Y me preguntó.

—¿Os encontráis bien Sor María?

No supe que contestarle. Estaba aturdida. No dejaba de ver esos extraños ojos que me estaban hipnotizando, me estaban robando todo mi ser. Que al verlos por segunda vez ya no eran del mismo color. Eran más claros al igual que su cabello era castaño y no de color oro como la primera vez que lo vi. Su piel era más rosada, ya no tenia aquel color cobrizo ¿Qué estaba ocurriendo? —me preguntaba asustada sin dejar de observarlo y escuché por segunda vez la misma pregunta.

—¿Se encuentra bien Sor María? —Me gustaría saberlo —me responde.

—Sí, si —contesté tímidamente ¿Quién es usted? —quise saber.

Me sonrió de nuevo cogiéndome del brazo, su calor me agobio durante unos segundos, deseando cosas impuras que se esfumaron con rapidez y se dirigió a la sacristía se santiguó y me obligo a sentarme en un banco junto a él. Y comenzó hacerme extrañas preguntas, no tan extrañas pues sabía las respuestas de la mayoría de ellas pero de otras no. Me preguntó si mentía al responderle y le contesté que no, que no le mentía. Que le había dicho todo lo que sabía. Me tranquilizo con una nueva sonrisa y me dijo.

—Lléveme junto a Sor Raquel. Quiero hablar con ella.

—¿Pero de que quiere hablar con ella? —le pregunté. Puedo saberlo.

Me sonrió de nuevo y levantándose me contestó.

—No te preocupes por nada Sor María. Todo ira bien.

Le devolví la sonrisa tímidamente y le acompañe a la habitación de Sor Raquel. Al entrar me llevé las manos a la cabeza. No pude gritar; el miedo me había paralizado y me pregunté ¿Por qué había hecho semejante atrocidad? ¿Tenían la culpa esos bebes?

Él entro cogió a los bebes de la canastilla y me los entrego y me ordenó salir de allí.

Cerró la puerta tras él. Pero yo no me marché de allí, continuaba delante de la puerta con esos bebes en mis brazos. Esos bebes no dejaban de llorar. Pero eso no me preocupo en absoluto, quería saber porque había hecho aquello Sor Raquel, era mi amiga desde que éramos niñas. La conocía bien y era incapaz de suicidarse, amaba la vida a pesar de su dura infancia. Entramos juntas en este convento, ella se negó hacerlo en un principio pero luego me complació entrando en el. Y si ha suicidado es por mi culpa llegue a pensar en ese momento. Esos bebes seguían llorando uno más uno que otro e intente calmarlos sin conseguirlo. Cada vez sus llantos eran mas fuertes e insoportables. Quise acabar con sus vidas e iba hacerlo, estaba dispuesta a ello. Abandoné esa puerta y me dirigí de a la sacristía, coloque esos bebes en la mesa del altar y me quité la cruz colocándola sobre uno de los bebes. Al hacerlo su llanto aun fue más fuerte y doloroso, comenzó a retorcerse sobre la mesa, y yo lo observaba atónita y miré al otro bebe que también lo observaba con una sonrisa en sus labios o eso creí ver. Busqué una cruz para el también y se la coloqué y al hacerlo lloró también y miré el crucifijo donde nuestro señor murió, y me santigüe. Y me senté en un banco esperando una señal. Mientras ellos lloraban y se retorcían de dolor.

Cuando...

«Ellos no deben morir, estúpida. Retira ese símbolo de su cuerpo de inmediato y regresa junto a la puerta de Sor Raquel. Él no tardara en salir»

Así lo hice, retire esos crucifijos, y los tome en mis brazos y regresé al dormitorio de Sor Raquel. Y segundos después se abrió la puerta y apareció él.

—Ah, está aquí Sor María. Mejor así, así no he de buscarla por todo el convento. Tengo una misión para usted y que debe cumplir. Bautice a esos bebes con los siguientes nombres. Él chico se llamara Ismael y ella Raquel en honor a Sor Raquel. Purifique sus almas lo antes posible Sor María y llévelos siempre por el camino de Dios y manténgalos alejados del sendero del mal. Lo entendió Sor María.

Sí que lo había entendido y le pregunté.

—¿Quién eres?

—Mi nombre es Miguel, haga lo que le he dicho por favor.

Y desapareció de mi vista.

Unos días más tarde

 

Al convento llegó otro joven tan apuesto como el anterior pero había algo que no me gusto y mandé a una de esas novicias que escondieran a los bebes y salí a recibirlo.

Este joven era moreno, alto y sus ojos eran negros como la noche. Y su sonrisa me dio miedo y me retire unos pasos de él. Él se acercó a mí y me tendió la mano diciéndome.

—Eres demasiado hermosa para ser monja ¿No creéis Sor Maria? ¿Por qué eres monja? —me preguntó. Quiero saberlo. Me respondes.

Me sorprendió esa pregunta y yo le pregunte otra.

—¿Qué buscáis en este convento? Yo también quiero saberlo. Me contestas

—Nada en particular Sor María, pronto nos volveremos ver. ¡Ah! y cuide de esos bebes, muy pronto volveré a buscarlos.

—Aquí te esperaré —le contesté. "Pero jamas serán tuyos" Me dije viendo como se marchaba.

Nada más se marchó fui a buscar esos los bebes y los quite a esa novicia que comenzaba a comportarse como la difunta de Sor Raquel. Los cogí en mis brazos y salí de la habitación y me dirigí a la sacristía; estaban dando misa y la Interrumpí gritando a ese cura.

—Bautícelos me oye. Son hijos del diablo. Y deben ser purificados por nuestro señor.

Ese cura no me hacia caso y mi paciencia se estaba agontando y mando a uno de los feligreses que me sacaran de allí. Pero yo lo aparté de mí lado y le grité de nuevo a ese cura.

—Haga lo que le digo estúpido. Purifique sus almas de una puta vez ¡Quiere! —le decía a ese cura.

Y ese imbécil.

—Sor María. Pero que dice usted. Son solo bebes, son hijos de dios, no lo ve.

—Y una mierda son hijos de Dios, son hijos del diablo, y por su culpa mi mejor amiga esta muerta ¡Bauticelos, de una puta vez quiere! ¡Me oye! Su padre ha estado aquí y vendrá de nuevo a buscarlos. Haga lo que le he dicho maldito cabrón ¡¡¡Buticelos!!!

—Sor Maria recapacite por favor y vigile su lengua, quiere.

Ese estúpido no me hacia caso y no los bautizo. Me sacaron de esa sacristía a patadas y empujones y entre esos feligreses estaba él sonriéndome "Sera hijo de puta" me dije: "No serán tuyos" pero ese cura... ese desgraciado iba a dárselos a ese mal nacido. Y yo no podía permitirlo, no debía y me lance sobre él tirándolo al suelo y arrebatándole esos bebes y grite.

—Míos. Son mios.

Y salí corriendo de esa sacristía y ese cura me gritó.

—¡¡¡Sor María!!!... Regresé.

"Y una mierda" me dije. Una vez fuera me deshice de ese hábito, y me quede con ropa interior y busque un lugar donde pasar la noche.

Mientras caminaba buscando ese refugio donde dormir. Su voz no dejó de atormentarme durante todo el camino. Y esas asquerosas criaturas no dejaban de llorar me estaban poniendo nerviosa, me sacaban de quicio y ya no sabía que hacer con ellas.

Cuando vi un contenedor. Abrí la tapa iba a tirarlos dentro cuando...

«No lo hagas»

—Porque no he de hacerlo ¡Dime! No son mis hijos. Ellos son...

«Se quien son. Pero yo quiero que regreses al convento»

—Porque he de hacerlo, porque tu me lo digas ¿Quién eres? —le pregunté a esa voz.

«Haz lo que digo y no me repliques mas»

Solo vi una luz y a una vieja que se acercaba a mí. Una vez a mi altura tomo en sus brazos a Raquel y le susurro.

—Vaya, vaya el destino te ha traído de vuelta pequeña y eso es un mal augurio ¿Sabes? muy mal augurio. No dejaré que lo encuentres, no puedes estar con él pequeña. Él tiene su destino y tu tienes el tuyo. En cuanto a ti «Risa» —le dijo señalado a Ismael con su dedo. —Buscare la forma de que regreses con tú amo y señor.

Me los devolvió y me dijo.

—Regresa al lugar al que perteneces, este mundo no es para ti. Y otra cosa deja a esos bebes en aquel orfanato, lo ves. Y ahora vete.

—¿Quién eres? —le pregunté.

Pero ya no había nadie; esa vieja había desaparecido como por arte de magia y yo camine hasta ese orfanato como me había ordenado. Y deje a los bebes en la puerta y yo regrese al convento.

Años más tarde.

Han pasado cinco años desde que los dejé en ese orfanato. Y ya no he vuelto a ver esa vieja nunca mas, no sé donde puede estar y tampoco lo quiero saber. Y ya no soy la misma persona desde aquel incidente. Llevo una doble vida. Por la noche soy Sor María. Y durante el día cuelgo los hábitos; es decir que dejo de ser monja para convertirme en María. Doy clases en un colegio 3 veces por semana. Y a ese colegio acuden Ismael y Raquel.

A ese colegio acude un niño llamado Aitor y esta siempre a mi lado y me llama mamá y no sé porque lo hace. Cuando acabo las clases hay un joven esperándome en la puerta del colegió y Aitor corre a sus brazos llamándole papá, y ese joven me da un beso y yo me preguntó ¿Por qué lo hace? ¿Quién es?

Los meses pasan y los años también.

Durante esos años Ismael ya es un hombre y Raquel es una hermosa mujer. Pero no recuerdo que fue de ese niño llamado Aitor y donde puede estar.

Una navidad estaba en el convento leyendo y escuche unos ruidos. Y bajé haber de donde provenían Y vi el convento en llamas y me pregunté ¿Qué pasa?  Y escuche unas risas y me pregunte ¿Quién puede reír así?

Había mucho humo en la sacristía y me acerque a ver y... al hacerlo eso era imposible. No podía ser cierto, debía de ser un sueño.

Seguía escuchando esas risas y mire el crucifijo; que estaba en llamas y me arrodille y al hacerlo ese crucifijo cayo sobre algo que salio huyendo y gritando.

—Me las pagaras monja del diablo, me las pagaras.

Porque me había llamado así.

Lo llame pero y no me contestó, solo vi su cuerpo envuelto en llamas y correr hacía la puerta se apoyo en ella diciéndome.

—Arderás como yo Sor María ¡Arderás!

Y diciéndolo se desplomo en el suelo y yo me vi envuelta en llamas como me había dicho esa voz.. Comencé a gritar e intentar quitarme la ropa que llevaba encima pero... todo se torno negro a mi alrededor y yo...

Tenía unas heridas de las cuales no quería sanar. No tengo miedo a la muerte y no voy a temerle estas alturas. No dejo que los médicos se acerquen a mí, no quiero que me curen. Les gritó: Qué se vayan y que me dejen en paz.

Quiero que se vayan y me dejen tranquila de una puñetera vez. Pero eso no es cierto yo rabió de dolor y lloró cuándo ellos no me ven.

En esa cama comencé a recordar. Recuerdo que mi padre me pegaba y abusaba de mí y yo siempre le pedía a Dios que llevara a mi padre. Y que si lo hacía será su más fiel devota y servidora y es lo que sido hasta ahora y ya me he cansado de serlo ¿Sabéis? Quiero colgar los hábitos, si, quiero colgar estos asquerosos hábitos. Quiero vivir mi vida y disfrutar de ella, no quiero vivir en una prisión como hasta ahora. Quiero ser libre.

De repente me incorpore de la cama y al hacerlo grité de dolor y me deje caer de nuevo en la cama diciéndome: Esos pensamientos son los mios; esos pensamientos son de Raquel.

—Raquel, estas ahí. Contestame.

Mientras yo me calentaba la cabeza no advertí la presencia de aquel joven.

—Sor María...

Intentaba buscar aquella voz con la mirada y al no ver nada le pregunté.

— ¿Quién eres?

—No hacen falta presentaciones Sor María. Ya sabes quién soy.  Nos hemos visto en muchas ocasiones.

—Dime quien eres. Si te conozco ya no lo recuerdo.

—Tú corazón sabe quién soy.

—No sé quién eres ¡¡¡Dímelo!!!

Solo vi desvanecerse una luz y esa voz me dijo: Él debe ser cura y ella monja.

Dónde había oído esas palabras y recordé... Me levanté de la cama y ya en pie exclamé.

—¡La canastilla! He de volver allí.

Me senté de nuevo en la cama y me levante otra vez rabiando de dolor.

—Tengo qué encontrar esa canastilla. He de salir de aquí.

Camine hasta la puerta como pude y la entre abrí, no vi ninguna enfermera por el pasillo y me dije: Esta es mi oportunidad para escapar de aqui. Me puse una bata y zapatillas y decidí salir de la habitación. Ya había andado un cuarto de pasillo cuando una voz me dijo.

—Dónde cree que va señorita. Vuelva a su habitación inmediatamente esta prohibido salir de ella.

No hice caso a esa voz y continúe andando hasta el ascensor, lo llame tardo unos segundos en subir y nada más se abrieron esas puertas yo entre en el ascensor y pulse el botón de la planta baja. No tardo en llegar a la planta baja y al abrirse las puertas vi demasiada gente y me asuste y espere a que se cerraran de nuevo. Pero… alguien intento abrirlas y me lleve la mano al pecho en señal de alivio, y respire hondo diciéndome: Menos mal. Y pulse el botón del sótano.

Cuando llegue al sótano, busque la salida orientándome por las señales que iba leyendo por el camino. Y una vez fuera de ese hospital camine hasta la parada más próxima de autobús. El dolor se hacía insoportable, me fallaban las fuerza. Estaba desfalleciendo, me iba a desmayar de un momento a otro. Pero yo tenía que llegar a esa parada de autobús al precio que fuera, y esperar ese autobús.. Miré mi bata estaba de sangre; y mis heridas se habían abierto por el esfuerzo. Faltaban escasos metros para llegar a esa parada cuando caí al suelo y un joven me ayudo a levantarme y me dijo.

—Porque lo haces Sor Maria, deja las cosas como están y regresa a ese hospital por favor.

—No, lo voy hacer —le conteste muy tercamente. He de coger ese autobús y regresar al convento  ¡¡¡APARTA DE MI CAMINO!!! —le grité a ese joven.

—No lograras tus propósitos monja del diablo. Yo te lo impediré.

Intente buscar a ese joven con la mirada pero ya había desaparecido.

Me senté en ese banco cuando vi brillar una cosa  en el suelo y la cogí y al verla exclamé.

— ¡Una pluma! Para que quiero yo una pluma.

Y la tire al suelo pisoteandola.

A lo lejos vi luces y me dije: Ese será el autobús.

Pero…

Pero ya no llegué a verlas porque me desmayé y en ese desmayó descubrí quién era yo.

"Sueño"

Soy un ángel mi nombre es Luzbel. Yo era buena hasta que el mal me sedujo y me poseyó. Ahora soy la mano derecha de Satanás. Y él me ha enviado a la tierra para devolverle a su hermano y llevarlo a su presencia. Y recuperar lo que es suyo. Y eso haré, recuperar lo que le pertenece a mi señor. Solo advertidos una cosa ni soy mala ni soy buena. Soy lo vosotros queráis sea.

Estaba paseando por el paraíso cuando le vi. Él se acerco a mí y me beso en los labios yo quise apartarme de él pero al hacerlo mi cuerpo choco con otra persona; y esta me sujeto por los brazos. Mientras el otro desgarraba la tela que cubría mi cuerpo y comenzó a tocarme suavemente; a besarme. No dejaron de manosear mi cuerpo de besarlo, de lamerlo. De besar mi pubis una y otra vez. Luchaba por librarme de ellos pero no pude; hasta que sucumbi a sus encantos. Yo no quería pero... Grité de dolor, no sabía que me ocurría. Y mi cuerpo se dividió en dos. Uno de ellos volvió a la vida y el otro se desvaneció en forma de humo. Cuando vi mi transformación me gustó.  Era hermosa; más hermosa que la vez anterior y me arrodille ante mi señor.

Él acaricio mi rostro y me dijo.

—Bienvenida hija mía.

En ese momento abrí los ojos gritando.

—¡¡¡ESO ES IMPOSlBLE!!! ¡¡¡YO NO SOY ESA LUZBEL!!! Soy María ¡¿Qué coño esta pasando aquí?!

Miré a mí alrededor y vi a unas personas que me sujetaban con fuerza, luche contra ellas diciéndoles: Que yo no era un demonio, que yo era humana. Les gritaba: Que me llevaran al convento. Que quería ver la habitación de Sor Raquel. Porque intuía algo. Algo que no quería imaginar.

—Quiere calmarse señorita. No vamos hacerle daño.

Yo seguía forcejeando con esas personas, que me querían meter dentro de aquella ambulancia. Aparté mi brazo cuando vi esa aguja, no quería que me se darán o estaba pérdida. Tenía que llegar ese convento y librarme de esos tipos.

—Sujetenla —dijo una de esas voces.

Entre esas personas estaba él y al verlo me dije:  No te saldrás con la tuya hijo de puta.

Entre patadas y estirones y empujones consiguieron meterme dentro de esa ambulancia. Pero él se acercaba con la intención de clavarme esa aguja en mi brazo y yo... le di una patada donde debía dársela haciéndole caer al suelo y en mi cabeza escuche: Seras hija de puta monja del diablo.

Y le conteste.

—Si lo soy solo lo sabes tú, cabrón.

Tenía que bajar de esa ambulancia e ir al convento. Aun seguía forcejeando con alguno de ellos y cuando tuve ocasión abrí la puerta trasera de esa ambulancia. Al verla abierta tuve miedo de tirarme de esa ambulancia pero si no lo hacía me llevaban de vuelta al hospital y ese cabrón se saldría con la suya y yo no puedo permitírselo; así que me hice la valiente y me lancé al duro asfalto de la carretera. Estuvieron a punto de atropellarme pero no sucedió nada de eso. Pues ese coche freno a tiempo.

El conductor bajo alarmado gritando: Se encuentra usted bien, la llevo al hospital.

—Si, estoy bien, en perfectas condiciones —le solté. Subiendo a su coche. —Arranque de una puta vez ¡Quiere! y llevame al Convento de las Madres Agustinas.

—Es usted monja.

—Si, soy monja. . Arranca el coche o no.

Me observó inquieto y yo veía por el retrovisor del coche que esa ambulancia se acercaba a nosotros a gran velocidad y él estaba dentro esa ambulancia. Y sin pensarlo puse el pié en acelerador y el coche salió disparado empotrándose contra una pared.

Del edificio salieron varias personas y al verlas salí corriendo del coche y me oculte entré ellas. Y una dijo: Sor María ¿Qué hace?

Le estire del vestido para que se callara y corrí hacia la puerta del convento. Nada más entrar la cerré de golpe y atranque la puerta. Muchas novicias me miraban asustadas y cuchicheaban entre ellas: Qué si estaba loca. No escuche ese comentario y continúe mi camino hasta la habitación de Sor Raquel y al apoyar mi mano en el pomo la atravesé.

Miré a mi alrededor y la habitación estaba como aquella noche que encontramos a los bebes.

De repente me vi y grité. Un gritó que no escucho nadie más que yo. Allí estábamos las dos. Yo leyendo y ella con su mp3. Hasta que escuchamos unos ruidos. Me levante de la silla y le pedí a Sor Raquel que me acompañara. Esos golpes no dejaban de escucharse y Sor Raquel se aferro a mi brazo.

—¿Quién puede ser a estas horas de la noche?

Y me dije Raquel tiene miedo y yo no. Esto es muy raro. Y seguí sus pasos. Y yo le dije.

—Vayamos averiguarlo Sor Raquel, sera divertido no crees. Y salí corriendo hacia la puerta del convento.

—Sor María yo me quedo aquí, ve tú.

"Raquel tiene miedo y yo no" —pensé. Esto no me cuadra. Es muy raro y continúe observando.

Y le solté.

—Medica, eres una medica. Que nos va a pasar ¡Nada!.

—No lo sabemos, Sor Maria. Pero cuando te comportas así me das miedo. Y yo prefiero quedarme aquí. Ahí fuera hace frío y no me apetece salir.

—¿Cómo? Tu tecvienes conmigo.

Me la llevebe arrastras hasta la puerta y al abrirla exclamé.

—¡¡¡Joder!!! Que es eso.

—Sor María su lengua por favor no blasfeme.

—No he blasfemado solo he dicho joder y no creo que eso sea blasfemar Sor Raquel y no seas exagerada.

Cogí a unos de esos bebes mientras ella leía la carta.

Un escalofrío recorrió mi espalda y me dije: Esto  tiene que ser un sueño, un maldito sueño.

Al verme otra vez solté: Yo soy Sor Raquel y Sor Raquel soy yo ¿Qué juego era este? me pregunté dejándome caer al suelo.

Según me iba observando no fue Sor María quién busco los pañales fue Sor Raquel ¡¿Pero porque?!

—Yo te lo explicaré.

Ante mi estaba otra vez él. Se sentó a mi lado y no dejo de observarme y me dijo.

—Ahora no lo comprendo yo, no se que esta ocurriendo, en ti solo veo a Tamar la hermana de Absalón ¿Pero dónde esta Luzbel? Ella debería estar... Se levantó, y me obligo a levantarme también, su mano se posó en vientre y chillo.

—Señor que esta ocurriendo ¡¡¡Dímelo!!!

Sus manos desnudaron mi cuerpo y sus alas me envolvieron. Y me desvaneci y sus brazos me recogieron.

—Pronto sabré que pasa aquí.

No se cuanto tiempo permanecí inconsciente en sus brazos y al abrir los ojos.

—Debes regresar a ese convento, y rehacer tú vida. Como Luzbel ha de encontrar su yo perdido y todo sera como en un principio.

—Estás loco, rehacer mi vida ¡¡¡Explicate!!!

—Acércate —me dijo.

Me acerque temerosa y sus alas se agitaron y desaparecimos de allí.

Cuando recobre el conocimiento solo escuché su voz diciéndome: Encuéntrate a ti misma y no dejes que el mal te posea.

No entendí sus palabras, lo busqué con la mirada y ya no estaba había desaparecido. Me senté en el suelo y proteste en silencio pero no me sirvió de nada. Porque alguien me dijo: Luzbel siendo tan hermosa como eres porque has pecado ¿Qué viste en ellos? ¿Qué son para ti?

—¿Quién eres? —pregunté. No entiendo tus preguntas ¿Por qué me llamas así? Yo no me llamó Luzbel, me llamó Tamar.

—¡Tamar! —exclamo esa voz. No puede ser.

—Tú deberías ser Luzbel ¿Por qué no lo eres?

—Y yo que coño sé.

Se acercó a mí y gritó.

—Luzbel sal de tú escondite.

De mi cuerpo salió un humo blanco que desapareció por el techó.

Estoy de nuevo en el convento. Estoy rezando por la muerte de Raquel cuando oigo unos pasos, la puerta abre y sin mirar me arrodillo.

Él sé acercaba y yo seguía arrodillada y al verlo le dije levantándome.

—Mí señor os esperaba.

—Mi querida Luzbel yo también te esperaba, desnudate para mí. Él puede esperar y yo no —me susurro.

Al verlo algo se revelo en mi interior. Y me aparte de él bruscamente.

—No lo haré Miguel. No soy tú esclava y tampoco la de Satanás. Yo solo sirvo a mi señor.

—Eres una estúpida y lo sabes. No puedes rechazar una oferta así, no puedes. Yo no soy como él lo sabes. Deberías postrarte a mis pies.

—No lo haré Miguel.

Él estaba  junto a mi desnudo. Alcé la vista para no verlo y me santigūe implorando mi perdón y su perdón.

Salió por donde entro y yo continúe con mis plegarias.

Hasta... que...

—Sor María, Sor María; perdone que la interrumpa tiene que acudir a la sacristía y rápido —me apremio esa novicia.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

-De se prisa por favor.

Me santigüe de nuevo y la seguí. Iba corriendo y para alcanzarla corrí yo también y al entrar en la sacristía grité.

—¡¡¡ISMAEL!!! basta ¿Qué estas haciendo?

—¡¡¡BASTA!!! —me gritó él también. Me preguntas que hago —Ni lo sueñes monja del diablo, no voy a parar. Me apetece follar ¡Sabes!
¡Ah! me olvidaba cariño, yo también te traigo un regalo sabes me dijo señalando a unos jóvenes muertos de miedo, son vírgenes y son hermosos no quieres probarlos, mi amor.

Vi a unos jóvenes, asustados; estaban desnudos. Y al verlos estuve a punto de pecar y de caer en la tentación, esa tentación que él deseaba para mí. Me arrodille ante el crucificó de mi Señor y comencé a rezar pidiendo su perdón y que la tentación se alejara de mí.

Él no dejaba de reírse con esa monja entre sus brazos.

Y al verme soltó a esa novicia que salió corriendo de la sacristía gritando que el diablo la quería poseer y sé acercó a mí. Me cogió del cuello y amenazante me dijo.

—Peca, sé que lo deseas ¡Peca!

Sus ojos negros no dejaban de observarme y una de sus manos rasgo mi hábito y sus manos palparon suavemente mi pubis y se sonrió.

—Estas húmeda ¿Por qué no los posees?

—Porque yo solo sirvo a Dios y no al diablo como tú. Lo has entendido.

Sus ojos negros se tornaron rojizos y me dejo caer al suelo para salir por esa puerta.

Y escuché: Sor María está bien.

—Sor Lucia ocurre algo.

—Nos tenías preocupada Sor María.

—Preocupada porque.

Sor Lucia y Sor Caterina se miraron entre ellas y hablo esta última.

—Sí, nos ha tenido muy preocupada durante estos día Sor Maria, la fiebre no le bajaba y ha dicho cosas muy raras durante su convalecencia, cosas que no entendemos y nos debería explicar, lo hemos grabado todo y tiene que escucharlo me decía.

Ambas se miraron otra vez, Y Sor Lucia salio de mi habitación y segundos después entró con un magnetofón que puso en marcha de el salio una extraña conversación, se escuchaba mi voz, la de Sor Raquel pero las otras dos a quién pertenecían por qué gritaban me violan. Me estaba asustando y las miré.

—Quiero estar sola, por favor.

Vi como salían cerrando la puerta tras ellas. Me incorpore de la cama, y miré a mi alrededor y no vi nada. Y me dije ¿Por qué he dicho eso? ¿Quienes eran esos chicos? Los conocía ¿Por qué me has abandonado Raquel? ¿Dónde éstas? Esos pensamientos inundaban mi cabeza y comenzaron a agobiarme, necesitaba salir de esa habitación y respirar aire fresco.

Me levanté de la cama.

Cuando...

—¿Dónde vas? Sor María.

—¿Quién anda ahí? —pregunté.

Nadie me contestó. Y yo seguí avanzando hacia la puerta y al abrirla... habían niños, muchos niños que me dieron los buenos días ¿Qué ocurría? —me pregunté. No soy monja. Quise saber y esa voz.

—Ya no lo eres Maria, Eres maestra y no monja.

No recordaba nada de eso. Y esos niños no dejaban de revolotear a mi alrededor y me estaban poniendo nerviosa, y no los aguantaba y les grité.

—Os odió ¿Sabéis?, odió a los mocosos como vosotros. No os acerquéis a mí.

—Pero que dices María. Tú adoras a los niños te adoran a ti, Por eso estudiaste Magisterio.

Yo solo veía a unos niños con el moco colgando y sucios. No quería que se acercaran a mí y mientras yo retrocecidia, ellos gritaban mi nombre. Tenía que salir de allí y regresar al convento.

Cuándo...

Esos críos ya no estaban ¿Dónde estaban? Me encontraba fuera del convento al lado de Sor Raquel y junto a una canastilla y al mirarla me dije ¿Qué esta ocurriendo?

—Estas bien —me preguntó Sor Raquel.

—Si —contesté. —Qué dice la nota —me apresure a decirle.

Sor Raquel leyó la nota y al escucharla mí mente recobro la lucidez y miré a esos niños y me dije mentalmente: Tú serás la monja que desea que seas él creador y en cuanto a ti niño de hermosos ojos negros serás cura como desea nuestro creador. Sor Raquel tenía al niño en sus brazos y no dejaba de jugar con él y le dije.

—Trae leche y pañales y deja a ese niño en la canastilla. Cuanto menos tiempo pases con él mejor y no te en cariñes con ellos. Entendido.

—Pero... son tan hermosos —protesto Sor Raquel.

—Haz lo que te digo.

No sé que me ocurría, odiaba a esos bebes y no los odiaba y una parte de mi quería estar con ellos. Deseaba coger ese niño como Sor Raquel y algo dentro de mí me lo impedía.

Sor Raquel fue hacer el encargó que yo le mandé. Cogí esa canastilla y entre dentro del convento. Entre en mi habitación y dejé la canastilla sobre la cama y comencé analizar lo sucedido en mi mente.

Recordé a Luzbel, la muerte de Sor Raquel, a Miguel, a Tamar y me pregunté en voz alta ¿Quién es Tamar? ¡Absalón! exclamé sin mas y escuché unos balbuceos y un llanto y me acerque a ver que ocurría. Mi sorpresa fue cuando yo pronunciaba Absalón ella se ponía risueña y él pataleaba. En un principio me hizo gracia y lo repetí varias veces hasta que ella se durmió y el continuó pataleando sin yo hacerle demasiado caso. Y continúe con mis pensamientos. Un momento me dije. No fue Raquel a buscar esos pañales fui yo ¿Qué esta ocurriendo aqui?

Cuando llego ella.

—Ya estoy aquí. Espero no haber tardado demasiado Sor María, en la última farmacia me hicieron demasiadas preguntas. Pero ya tengo todo lo que pidió.

Alarmada le pregunté.

—¿Y qué les ha dicho? Me lo dices.

Me sonrió soltándome.

—No se preocupé Sor María se tragaron la historia que les conté.

—Y que les ha contado ¿Puedo saberlo?

Me sonrió y al hacerlo....

Reino una extraña oscuridad en la habitación, tuve frío y unas cálidas manos tomaron las mías y una voz me preguntó.

—¿Estás bien María?

Esa voz me dije en mi interior yo la conozco.

Mis manos temblaban en sus manos y solloze.

—Ricardo.

Sus dedos acariciaban mi mano, sus ojos café no dejaban de observarme, su pelo era castaño, no era demasiado alto y sin motivo aparente me abracé a él y al hacerlo vi unas imágenes extrañas para mí, unas imágenes que no recordaba y me asustaron y él.

—A que temes cariño.

Seguía abrazada a el viendo esas imágenes, esas imágenes me revelaron esa noche, lo que sucedió y lo que sucedió fue por mí culpa, él esta muerto cuando no debería estarlo. Yo no le ayude me quede en este maldito convento, con esas estúpidas monjas.

Pero él...

—No tienes la culpa de esto mi vida era mi destino, como tú destino no es este es otro mi niña.

—¡Otro! —exclamé. —Dime cual. Yo solo sé que soy monja y tú estas muerto.

—Estoy muerto porque así lo quiso mi destino esa noche. Esa noche te escribí una carta la has leído, se la entregue a Raquel antes de morir.

De que carta hablaba. Su imagen se desvanecía diciéndome busca a Raquel ella te la entregara.

—¡¡¡RICARDO!!!

A mi grito el se había esfumado y con él parte de mí, salí de mi habitación en busca de Raquel.

Tenía la mano en el pomo cuando llamaron a la puerta al abrirla vi un papel en el suelo y lo recogí. Escuche unos pasos que se alejaban y una sombra dobló la esquina de ese pasillo y al verla grité

¡¡¡Raquel eres tú!!!

Todo quedo en silencio, cerré la puerta y al ver la letra medio borrosa. Esa letra era de Ricardo y lo llamé de nuevo.

—Ricardo...

Pero solo se escucho un llanto. Camine hasta la cama y me tumbe en ella y comencé a leer la carta.

CARTA

¿Por qué lo has hecho María? Yo te amaba. No has pensado que será de mí vida si tú no estas. Yo te lo diré, la has destrozado y ya no quiero vivir sin ti.

Siempre tuyo.

Ricardo

Lloré amargamente. Solo entendía una cosa que Ricardo ya no estaba a mí lado se había suicidado por mí culpa ¿Dónde esta Sor Raquel? —me pregunté.
Salí de mi habitación y corrí hacia el cuarto de Sor Raquel y al entrar no pude pronunciar palabra su cuerpo... colgaba, se balanceaba de izquierda a derecha, lo estire con mis manos y debido a esa fuerza las dos caímos al suelo. Me abrace a el.
Tenia lágrimas en mis ojos. No dejaba de mirarla de acariciarle el rostro y en mi interior me decía: Porque, porque lo has hecho. Eres una estúpida ¿Por qué me has abandonado ¡¡¡PORQUE!!! Dímelo. Abrazada a su cuerpo me sentí observada por unos ojos, esos ojos no eran de Ricardo sino de alguien muy diferente y esos ojos observan los míos también ¿Pero que observaba yo? a Raquel.

En mi llanto escuche: María ¿Qué haces ahí dentro? ¿Por qué no sales?

—Raquel...

Allí estaba ella con su coleta, y su minifalda, me estiro del brazo diciéndome: Por qué vas vestida así.

—Soy monja.

—Que tonterías dices ¡Tú monja! —me soltó.

Su coleta se balanceaba de izquierda a derecha y yo seguía el ritmo con los ojos. Estos se iban cerrando poco a poco y otra vez me zarandearon.

—María....

—Raquel ¿Tú no estas muerta?

—¡Muerta! —exclamó. Vayámonos de aquí y quítate esa ropa por favor me dan nauseas de verte así.

Me entro risa de su comentario y le solté pues vas vestida como yo y sin mas esa estúpida devolvió sobre mí y tuve que quitarme esa ropa

Mientras yo me desnudaba una hermosa luz se poso sobre mi. Un hombre que creí Ricardo me beso y me hizo el amor de una forma que jamás imagine. Mi cuerpo se dividió quedando mi verdadero yo. Esa luz desapareció y al hacerlo tenía un hermoso bebé en mis brazos y lo bese susurrándole: Te llamarás Aitor.

En la lejanía vi a Ricardo, un Ricardo muy diferente del que yo recordaba. Pero eso es otra historia.

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