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22 min
La historia no escrita de los humildes
Reflexiones |
10.01.17
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Sinopsis

Este es un relato sobre tradiciones orales que quedaron en la memoria colectiva y que forman parte de la historia no escrita de los pueblos. Son reflexiones sobre el sentimiento de las gentes humildes que aman lo auténtico.

Capítulo I

Las raices

Hace rato ya que los gallos han cantado y nos tendremos que ir desperezando, pues pronto será otro día. Poco a poco la aurora irá tendiendo suavemente su manto de luz por estos valles. Va a hacer mucho calor. Ya es junio y el verano con todos sus rigores está a la vuelta de la esquina.

Hoy toca, como de costumbre, ir a faenar a ese sitio que me gustaba tanto cuando mis padres me llevaban apenas sabía andar. El lugar es paradisíaco, y también, un poco misterioso. Siendo aún muy niño ya me preguntaba quién podría vivir allí, pues ellos respondían a mis llamadas, siempre tan atentos, como sí quisiesen decirme algo. Con el tiempo mi intriga por saber cómo eran fue cada vez mayor. A menudo imaginaba cómo serían sus vidas, cuáles serían sus inquietudes, en definitiva, cómo sería su existencia.

Nunca tuve el valor de ir a visitarles, voy mañana, decía. Muchas veces lo intenté, pero cuando más cerca estaba más dudas me entraban, había una fuerza interior que me lo impidía. Al día siguiente, me acercaba y me decía, hoy los voy a conocer. Así una y otra vez. Algo me echaba para atrás, algo me decía que no debía profanar aquel lugar. Era en la ladera de una loma con una vegetación frondosa, casi virgen. Seguramente llevaban viviento allí desde siempre.

Un día me explicaron que aquellas voces no podrían ser otra cosa más que el eco. Me resistí a creer que aquello tuviese tan simple explicación, sería como si hubiese perdido un amigo que jamás volvería a escuchar y, tal vez, podría jamás conocer, fue como cuando te cuentan que los Reyes Magos son los padres. Puede que sea el eco, pero un eco del pasado que llega al fondo de mi ser.

El tiempo iba pasando y no podía olvidar aquellas personas que nunca me atrevía a visitar. Para muchos era un simple eco, para mí era parte de vida, mi familia, eran mis raíces que querían comunicarse conmigo. Los sentía como si los estuviese viendo. Su presencia lo envolvía todo y me hacían sentir acompañado y también me transmitían seguridad. Mientras estuviesen allí nada malo podría pasarnos.

Los del pueblo habían escuchado que hacía mucho tiempo, vivía en estos valles un ser con largas trenzas adornadas con lazos y cintas de seda, y ceñida la cabeza con hermosas coronas de flores silvestres. Esto me dio que pensar, pues todos los pueblos tienen sus tradiciones orales y que todas vienen de algo que pudo ser real y se quedó en la memoria de los tiempos.

Es verano y Linda no para quieta, no deja de molestar, parece echar de menos aquellas tertulias que otros confunden con el eco.

De vez en cuando frecuenta el lugar El Señor. Lleva barba arreglada y sombrero. A Linda le inquieta mucho su presencia, como si no quisiera que molestara a los de allí. A veces le acompaña una niña con coletas, y entonces ésta parece tranquilizar a Linda. Qué les traerá por aquí, parecía preguntarse.

Es ya mediodía y empieza a hacer mucho calor. Linda, sus compañeras y yo nos tenemos que ir para casa, pues los tábanos no dejaban de incordiar, son tan grandes que más que picar, empujan.

Hoy es 23 de junio y son las siete de la mañana, hace poco que el Sol salió por encima de la loma para alegrarnos otra vez el día, y mucho nos tememos que también los tábanos van a venir con ganas de trabajar.

Otra vez vemos asomar por el camino al Señor, pero hoy no viene la niña que a veces le acompaña. Nos da los buenos días, siempre muy serio él. Linda le observa inquieta, parece preguntarse qué le traerá por aquí esta vez. Los señores suelen venir poco. Estará buscando a los de la loma, y quizás sea por eso que hoy estén callados, o, tal vez, hablen muy bajito y no se les oiga. Nos tranquiliza que el bosque de pinos y abedules les oculte.Se nos acerca y nos pregunta si hay algún camino o sendero que le lleve allí, parece muy interesado en aquel lugar misterioso donde viven nuestros amigos. Le decimos que habíamos escuchado que hacía ya mucho tiempo había algún sendero, pero que la maleza lo tupió todo. Contrariado, se marchó sin decir nada.

El verano sigue con todos sus rigores y Linda con sus compañeras se ponen a la sombra de los abedules, yo las llamo para irnos de vuelta a casa y desde aquel sitio nos contestan, parecen querer decir que nos quedemos un poco más.

Aquellas voces son como ecos del pasado. A menudo me pregunto cómo serían los primeros habitantes de aquel paraje tan bonito, bañado por la bruma del mar y siempre verde, cómo sería su vida diaria, si se harían las mismas preguntas que nosotros, si tendrían las mismas inquietudes, o simplemente pensaban sólo en el sustento diario.

Me gustaría acercarme para ver todo con mis ojos, pero como siempre hay algo que me lo impide, como si una fuerza interior me dijese que no les molestase, que bastaba que sintiese su presencia, como si formaran parte de mí.

Me consuela mucho creer que alguien estuvo allí siempre y aunque yo nunca los llegue a ver, tuve la fortuna de saberlo, y que serán ya parte de mí vida para siempre.

Hoy no les oigo y Linda también parece estar triste. De pronto llega el Señor acompañado de la niña y unos perros, traen una cesta con el almuerzo. Se sientan a cierta distancia, ¡que les aproveche! Después de terminar, recogen sus cosas, y, es entonces cuando el señor coge unos prismáticos para observar la loma detenidamente, frunce el ceño, pues no debe encontrar nada de lo que busca. Nosotros, es decir, Linda, sus compañeras y yo respiramos aliviados. En el ambiente hay cierta tensión, el silencio lo embarga todo y también parece que los pájaros hayan enmudecido.

Las visitas se hacen cada vez más frecuentes e inquietantes. Ya hace unos días que no traen el almuerzo, vienen acompañados de más gente, a veces la niña ya no les acompaña, vienen pertrechados de un trípode y otros utensilios que a mí me resultan extrañísimos. No paran de tomar notas, como si estuviesen midiéndolo todo, pero lo más inquietante son los dichosos prismáticos, es como si alguien te estuviesen espiando por la ventana de tu casa, invadiendo tú intimidad. Muchas veces pensé en no volver por allí, pero en esta época del año no hay sitios mejores para Linda.

Algún día aquellas gentes no aguantaran tanta presión y se irán, y yo los perderé irremediablemente sin conocerles y sin poder ayudarles después de cogerles tanto apego.

Hoy es domingo y los lugareños vamos todos a la iglesia del pueblo, hay misa y además es el día grande, es Santa Juliana. Al terminar, en la puerta, se forman los corrillos de siempre, cada uno cuenta sus cosas y de paso se entera de otras. Es la forma de saber lo que pasó durante la semana, hablar de las necesidades comunitarias y tomar una que otra decisión. Este año van a faltar brazos para la siega y también bueyes para acarrear el heno.

El Señor está hablando con el cura, ni nos habíamos percatado que estaba en la misa entre nosotros. También les acompaña gente con acento de afuera. Hablan como mi bisabuelo que era de por ahí arriba. Vino de las montañas para trabajar en estas tierras, siempre se lo oí decir a madre. Por aquí hay mucha gente que sus antepasados vinieron de lejos a trabajar y después se quedaron. Todos los que somos rubios de pelo, ojos claros y tez blanca parece que tenemos algún parentesco, al menos eso es lo que se comenta desde siempre por aquí.

Es el lunes 29 de junio, y amaneció el día con bruma espesa, el mar está cerca y de vez en cuando ésta lo llena dodo, va bajando poco a poco por la loma hasta llegar al fondo del valle, el ambiente refresca y toda la vegetación lo agradece. Hoy también me acompaña hasta el prado Nel, es el mediano de mis hijos. Hace unos días que no tiene escuela, son las vacaciones de verano. Me viene de perlas para que me ayude con Linda, pronto es tiempo de siega y voy estar muy ocupado.

A Nel también le llama la atención la loma y me pregunta a menudo si allí puede vivir alguien. Quién sabe hijo, le digo, a la mejor algún día tú lo descubrirás, y también encontrarás allí todas las respuestas a las preguntas que te irá haciendo la vida. Se calla, parece no entender nada. Es normal, creo que lo que le interesa más, son los nidos que hay por aquí en esta época y quizá se esté preguntando si por allí anda Ojancanu, del que ha oído hablar tan mal. Entre la frondosa vegetación hay cientos de nidos, solo basta con escuchar la sinfonía de trinos con que nos deleitan aquellas criaturas todas las mañanas.

Hoy Nel se entretiene con unas piedrecitas que encuentra en la pequeña cantera, que asoma al borde del camino. Las utiliza para raspar unos palos con los que juega. Que bien cortan, me dice. A menudo se olvida de Linda y las demás, que como siempre se embadurnan de tierra color ocre. Parecen llamar la atención del niño con esas vistosas manchas.

Estas tierras están bendecidas por los ángeles, son fértiles, con suaves valles, siempre regadas todo el año por las frecuentes lluvias y también refrescadas en verano por las brumas que huelen a mar. El clima es templado y húmedo. El paisaje está siempre verde y la fauna salvaje, es abundante. Es un sitio ideal para que el hombre lo habitase desde siempre.

Hoy toca limpiar el linde de los prados. Hay que sacar toda la maleza, zarzas y también las ramas y hojas caídas de los árboles, para facilitar el trabajo de los segadores, y que las guadañas corten el heno limpio. Es un trabajo duro. Hay que madrugar, pues pronto aprieta el calor y los tábanos y mosquitos no dejarán de molestar.

A los segadores les gusta hacer la siega en estos prados con pendientes poco pronunciadas más fáciles de trabajar, peor era en la tierra de mi bisabuelo, allá arriba en las montañas, allá ataban a veces a los hombres para que no se fuesen ladera abajo mientras segaban.

Ya viene la cuadrilla, son muy puntuales, pues saben la labor que tienen que hacer y no hay tiempo que perder. Por el Sol, son las siete de la mañana y a las doce hace ya mucho calor.

Al poco tiempo empiezan las guadañas a silbar y los topillos y pequeñas culebras huyen entre las hierbas. De vez en cuando se oyen los chasquidos de las guadañas contra las piedras y pequeños trozos de cerámica restos de vasijas que Nel va juntando; no sé cómo pudieron llegar hasta aquí.

Los días van pasando y poco a poco el valle y sus laderas se van llenando del color del heno. Impresiona ver como el color verde se torna dorado y como todo cambia en un par de semanas. A menudo me pregunto cómo sería este lugar hace mucho tiempo y como serian aquellas gentes que lo poblaron, si habrá cambiado tanto desde entonces que ahora en nada se parece. Los primeros pobladores tendrían que haber dejado huella por algún lugar, pero me temo que todo lo borró el tiempo. Yo aún siento como si me estuviesen observando y quisiesen decirme algo, me resisto a creer que todo sea el simple recuerdo de un eco que oía cuando era niño.

Hoy hemos vuelto a ver al Señor. Desde el día de Santa Juliana nada sabíamos de él. Se acercó y estuvo observando como Nel se entretenía con aquellas piedrecitas y los trozos de cerámica que él había juntado durante la siega. Sin decir nada cogió unas cuentas piezas, se las guardó en el bolsillo, sonrío al niño y se fue. Nel encogió los hombros, parece le dejo sin sus preferidas. Le servían para hacer casitas, vallados para sus granjas, y también para jugar al tres en raya con algún que otro niño. Algún día se llevara la piedra de la linde, aun no me explico cómo aún no se ha fijado en ella.

En esta zona hay muchos conejos a los que les gusta perseguir a Marquesa, los sigue hasta la loma y vuelve. Es imposible que atrape alguno, desaparecen como si se los tragase la tierra, y también con ellos Linda, pues siempre deja de ladrar al poco de seguirlos, de pronto es como hubiese algo que enmudeciese sus cantarines ladridos. Siempre vuelve con las patas manchadas de lo que los señoritos llaman tierra de Holanda. Está graciosa, es como si se pusiese calcetines.

Pronto hay que almacenar el heno y hablar con los vecinos para que nos ayuden en la faena. Cada vez quedan menos hombres, muchos se han ido a América cansados de ser aparceros. Han cogido el viejo vapor y se fueron a probar fortuna, dejando a sus mujeres con hijos aun pequeños. Esta tierra es muy bonita, pero hay que tenerla mucho apego y a la vez entenderla para que no se torne dura, y hasta cruel en ocasiones.

Pronto terminaremos la labor de los prados y ya nos tendremos que acercar a la feria el pueblo de al lado para aprovisionarnos para los meses venideros. Los miércoles es cuando se hace la feria de ganado vacuno y caballos. Habrá que ver que es lo que nos podrá hacer falta.

Nel no quiere que nos llevemos a Linda, no vaya a ser que alguien se encapriche de ella, le ha cogido mucho cariño, pero algún día habrá que hacerlo. Algún señorito que viene por aquí habla de otra feria que pronto se hará en París. Dicen que se expondrán ingenios nunca vistos traídos de todos los rincones de la Tierra.

Se nos acerca el Señor, otra vez parece estar interesado en las piedras con que juega el niño. Nos extraña muchísimo tanto interés, sí no son más que piedras y trocitos de cerámica.

En esta feria nos encontramos con amigos que hace mucho tiempo que no veo. Hay que pararse a hablar con todo el mundo, y entre unos y otros se te pasa el tiempo. A penas nos pudimos enterar bien de a cómo van las reses. Estoy interesado en un caballo que he visto, pero como no vino Josefina para dar su opinión. Le dije al dueño que ya hablaríamos para la próxima feria, pues estaba interesado. A ver si tenemos suerte y no lo vende y nos lo guarda.

Josefina hoy está muy triste, tenemos a Iyán con unos señores que no tienen familia y hace unas semanas que no lo vemos. Para nosotros es muy doloroso, pero somos muchos en casa y los posibles no sobran. Nos consuela saber que lo quieren como si fuese su propio hijo. Tendré que sacar tiempo para par ir a verlo. A veces nos sentimos culpables, pues donde comen dos comen tres. Nel es quizás el que eche más de menos a Iyán, jugaban mucho juntos, y, además como era su hermano mayor, sentía cierta admiración por él. Para Nel, es el más fuerte y más valiente de la escuela. Siempre le decía muy orgulloso a sus compañeros que aquel era su hermano mayor. Se sentía protegido, pues Iyán es grandullón y pocos le tosen.

Pronto tendremos que recoger las patatas, parece que va a haber buena cosecha. Son una bendición traída de América, al parecer de unas tierras conocidas como El Perú. Cómo serán esos sitios al otro lado del mar a donde se fueron muchos de aquí. Se marcharon a centenares no hace mucho tiempo cuando la hambruna de la patata, primero a trabajar a sur, y de ahí dicen que partieron en barco a hacer las américas. Aún no ha vuelto nadie de los que se han ido, que yo conozca. En la feria se escucha que alguno ha hecho fortuna y de otros nada se ha vuelto a saber. Hay familias que llevan toda la vida esperando noticias y también hay mujeres enlutadas, mujeres que son como viudas de vivos. Miran hacia el mar para que el viento que viene de allá les diga algo de lo que ha sido de ellos.

Hace tiempo que no vemos al señor, se rumorea que se fue a París, y que le acompañó mucha gente importante, que posiblemente se fueron a esa gran feria.

En el pueblo sólo podemos pensar en cómo será esa ciudad de la que los señoritos tanto hablan. A ver si nos traen otros adelantos de labranza más avanzados para que el trabajo del campo no sea tan duro. Pero nadie espera nada, todos harán como el Señor que no tiene otra cosa que más pensar que en sus piedras y otras rarezas que van encontrando por ahí. Creo que no sienten nada por esto, ni creo que piensen en aquellos que hace tiempo pudieron vivir por aquí, aquellos parientes lejanos a los que seguramente le debemos nuestro ser más profundo. A mí me hablan desde la loma y sé que cuidan de mí y los míos, los siento todos los días de mi vida. Es mi eco particular, es parte de mi alma. Creo que este sentimiento me hace grande como ser humano que soy, en definitiva, me da unas ganas enormes de vivir. El señor que se quede con sus piedras, no entiende nada.

Parece que el Señor está ya de vuelta y que ha traído chocolate y alguna que otra cosilla para los niños y sus madres, sabe que pronto le llenarán su casona con los mejores productos de la cosecha, y también gallos, chorizos y frutas de temporada. Menudo negocio hace el señor, y la gente pasando estrecheces.

Ahora ya se puede coger el Vapor en el puerto que está a mediodía de aquí. Mi vecino Emilio, me dice que algún día lo va a dejar todo y se va. Trabaja de sol a sol y malamente puede sustentar a los suyos. Siempre que me ve me dice: ya no aguanto más, pronto me iré. No le digo nada de que yo hace tiempo estoy pensando hacer lo mismo. Temo que eso suceda irremediablemente alguna vez. Cuando vienen malos años de cosecha, la idea de irme me ronda a menudo por la cabeza. Aun recuero aquella mala cosecha de la patata.

Con el Señor vino gente de París muy distinguida y a menudo hacer excursiones a caballo por los alrededores del pueblo. Yo los veo a menudo tomando notas cuando estoy faenado. El otro día estuve tentado en enseñarles la piedra de la linde, como está dada de vuelta no se fijan en ella. Mejor no lo haga, pues seguramente se la llevan, y ni gracias. Cuando estaba derecha Nel, llenaba la oquedad de agua y ahí tenía los renacuajos que solo le duraban un par de días, pues con el calor el agua se evaporaba y los pobrecillos se quedaban secos. Un día le dije que no se podía hacer sufrir a aquellas criaturas, que además de mayores se comían muchos bichos en la huerta y en el sembrado de las patatas. A cambio de darle vuelta a la piedra, le enseñé a hacer con mimbres y palos de sauce una trampa para coger pájaros, con la condición de que tiene que soltarlos cuando los coja. Parece que va entendiendo el respecto por la naturaleza. Le digo a menudo que todo lo que nos rodea está ahí para que lo disfrutemos, pero con mucho cariño y respecto. El pájaro que más cae en la trampa es el petirrojo, en invierno como no hay insectos van a menudo al pan de maíz que Nel le pone de cebo.

A la puerta de casa tenemos un pequeño jardín con geranios y calas, éstas nos dio las dio una de las criadas del Señor que es amiga de Josefina. De vez en cuando nos da ropa y cosas que ellos ya no quieren y que van a tirar. A mí me quedan estupendamente los pantalones del señor que me arregla mi mujer, me dice que incluso me hacen mejor mozo que él, pues yo no tengo tripa. La verdad es que le saco un palmo, y, no será por la alimentación, será que salimos a los que vinieron de la montaña.

A Marquesa le gusta tumbarse ente las plantas, pero, entre ella y las gallinas que se escapan del corral, lo estropean todo. Habrá que pensar en hacerle un cierre con varas de avellano y unas cuantas cañas que hay por las lindes. Cuando baje el Sol voy mandar a los niños a que las vayan a buscar.

Hoy es domingo y los niños están entretenidos con la valla el jardín. El pequeño incordia un poco, quiere hacer lo mismo que los otros, pero no sabe, y ya rompió alguna que otra planta. Los mayores están perdiendo la paciencia y me lo voy a tener que llevar con Marquesa o al corral a por huevos. Le gusta ir mucho al corral, yo debo que ir con él, pues los gallos se le echan y pueden hacerle daño. Al final la obra parece que queda bonita y alegra un poco esta casa qué sabe dios cuántos años tendrá. El año pasado le hemos arreglado el tejado y encintado las paredes, ya lo necesitaba.

Hoy vino la criada a pedirnos si dejábamos a Nel ir con otros niños con el Señor al monte, y que llevase una azada. Le di la más pequeña que he encontrado, el niño tiene nueve años y no quiero que se haga daño.

De vuelta Nel me dijo que les pusieron a cavar en aquel trozo de monte, casi rectangular, en donde yo había observado hace algún tiempo que los abedules no crecían como los demás. Al poco de rato empezaron a aflorar pequeña tumbas. El cura Don Jesús nos mandó parar de cavar, pues tenían miedo a que las destruyésemos. Comentaban entre ellos que posiblemente eran enterramientos de hace muchísimos años. Lo que me estaba contando Nel me hizo bajar el alma a los pies, aquello no podría ser otra cosa más que el sitio donde enterraban a sus muertos los mismos que me hablaban desde la loma. Pronto darán con ellos, y cuando eso suceda yo cogeré el vapor, esta tierra ya no tendrá sentido para mí. Me pregunto si esto lo hacen por el ansia de saber de dónde venimos o por tener un trofeo más del que presumir ante los suyos y unos minutos de gloria. Tal vez no sepan que la que la gloria está en el interior de cada uno, es ahí donde hay que buscar.

A los niños les han prometido llevarlos, como premio, al museo de la ciudad a visitar el próximo curso el museo donde quedará expuesto todo lo que se van encontrando por aquí. Hay cosas que no deben de estar en los museos, deben descansar donde estuvieron siempre.

También en las largas noches de invierno, al lado de la lumbre, los lugareños hablaban de que hace mucho tiempo se veían luces en procesión en donde ahora encontraron el cementerio. Unos decían que si eran almas en pena, otros que si hadas con sus túnicas y coronas de flores, cada cual daba rienda suelta a su propia imaginación. A todo esto don Jesús quiere también darle su explicación, dice esto que cuentan posiblemente fuesen acompañamientos que hacían al difunto que había fallecido en una casa humilde y lo llevaban de noche a otra más grande para ser velado y que se fue trasmitiendo de generación en generación, quedando así en la memoria colectiva. Pareciera, en este caso también, que las leyendas populares de tradición oral las quisiera también llevar al museo.

 

Continuará…….en América?

Lo pueden seguir en: https://a-cavernarrativacorta.blogspot.com

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Soy un prejubilado con ganas de aprender y que quiere ser útil en esta nueva etapa de su vida.

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