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7 min
La hoguera (Crónicas de las almas atormentads 2)
Terror |
16.05.14
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Sinopsis

Aquel día iban a ejecutar a Agustina, acusada de brujería, Felisa estaba contenta, aquel asesinato era una venganza suya, pero ella no sabía que para vengarse se han de cavar dos tumbas, porque Agustina tiene un secreto...

La plaza estaba a rebosar de gente, todos se santiguaban y clamaban al cielo con una fe ciega, la religión era el centro de su existencia, de sus vidas y sus temores más profundos, campesinos como eran la mayoría, para el clero y el poder no les era difícil usar su poca educación para controlarles.

Aquella mañana de 1562, una hoguera esperaba a su víctima en la plaza del pueblo, y todos estaban allí, esperando que la mujer fuera quemada en nombre de un Dios al que temían.

La acusada había sido llamada bruja tras comentarse que, por medio de un hechizo, había causado el accidente de un sacerdote, el vox populi, sentencioso a veces como una losa sobre una tumba, había disfrazado la historia hasta convertirla en una fantástica fábula donde no faltaban las escobas y los sortilegios, pero el rumor había empezado de boca de una sola mujer.

Hacía tiempo que Felisa había conocido a la condenada, Agustina, teniendo ella terribles jaquecas, la casualidad hizo que se conocieran a través de un primo, Agustina, conocedora de las hierbas y pociones naturales, le entregó un saquito de mostaza, con el que Felisa alivió sus dolores, quedó muy agradecida con ella.

Felisa conoció a un hombre comerciante de un pueblo vecino, llamado Rafael, aunque la belleza no era lo que más caracterizaba a aquel hombre, era bueno con ella, amable y de buena familia, y ella empezaba a ser una mujer madura y el tiempo apremiaba para encontrar un esposo al que servir y que la hiciera madre, no tardaron en entablar una amistad que Felisa esperaba se convirtiera en algo más.

Agustina se cruzó en el camino de ambos al igual que las dos se habían conocido, por casualidad, cualquiera hubiera visto que Agustina era más bella que Felisa, con cadera más anchas y pechos más generosos, daría a luz a hijos sanos y fuertes, además de tener un rostro que cautivaba a todos los hombres del pueblo, y Rafael también lo vio, no tardó mucho tiempo en elegir a Agustina y olvidar a Felisa, la cual juró vengarse por ello.

Los años pasaron, Agustina se casó con Rafael y tuvieron un hijo, más tarde Rafael murió en un accidente de carreta, y Felisa se alegró, su hijo tuvo que marcharse lejos para mantener a su madre, y Felisa se alegró.

Ahora ella había creado el rumor que había enviado a la mujer a la hoguera, intencionadamente, aprovechando la noticia del accidente del párroco y movida tan solo por la venganza y la ira.

Sacaron a Agustina con el sambenito puesto, había recibido cien latigazos como un anticipo al castigo que iba a sufrir por brujería, y apenas podía caminar del dolor y la pena. Todos la abuchearon, para ellos esa mujer era una sierva de demonio, y debía morir para que su alma fuese purificada.

La pira estaba lista, ataron a la mujer al palo y el inquisidor desplegó un pergamino.

--Agustina—leyó—Has sido acusada de utilizar brujería en beneficio propio, de negar a Dios y de ser una sierva de Satanás.

Todos se santiguaron.

--Por ello serás condenada a morir en la hoguera.

Agustina lloraba desconsoladamente, pero no suplicaba por su vida, Felisa sonreía.

El verdugo prendió los palos y el fuego reptó por ellos como una siniestra mano. Nadie apartó la mirada del espectáculo, ni siquiera cuando las llamas alcanzaron las piernas de la mujer, que se deshacía en gritos de agonía, ni cuando se envolvió en fuego y la condenada murió entre las virulentas llamas, sintiendo como su carne se descomponía y su sangre hervía dentro de ella.

Solo quedó un carbón con una forma ya alejada de la humana, las piernas desparecidas como extremos de sarmientos quemados, los brazos, de igual forma, consumidos por el fuego, la mandíbula desencajada y los ojos convertidos en pasas.

--Se ha hecho justicia—dijo alguien.

Algunos lanzaron un amén al cielo, se había acabado, Dios estaba contento con el trabajo que habían hecho, podían vivir en paz un día más.

Todos empezaron a retirarse cuando se escuchó una risa, era femenina, macabra, heló la sangre de todos los vecinos.

El cuerpo se movió, quizás fuera un viento repentino, que levantara las cenizas del cadáver, pero las dudas se disiparon cuando vieron como el cuerpo giraba la cabeza y les miraba.

Pocos fueron los que corrieron, otros, paralizados por el miedo, vieron horrorizados como el cuerpo, el hollín humano, tomó forma, la ceniza se desprendió como una cáscara y debajo estaba Agustina, pero más joven y con una mirada maléfica.

Felisa cruzó los aterrorizados ojos con ella, la condenada saltó y de entre los palos surgió algo que voló hacia la mujer, un palo viejo, podría decirse que una rama, se colocó entre las piernas de la ya confesa bruja.

Voló en círculos sobre ellos, sin dejar de reír, el inquisidor, el alcalde y el verdugo se santiguaban y giraban perdidos, cada vez que intentaban huir la bruja pasaba por delante de ellos, acorralándoles en la plaza como si fueran unos gorrinos en una piara. La bruja extendió su mano hacia ella y lanzó un conjuro en un idioma extraño,  los tres hombres gritaron, no de dolor, sino de verse transformados por el maligno hechizo, entre el pánico, fueron convertidos en algo que ninguna mente humana era capaz de imaginar, eran sapos, pero también culebras, e insectos, y ratas, una mezcla de lo más bajo de la naturaleza.

La maldad no había terminado con aquel pueblo, la bruja lanzó otro hechizo y todos los vecinos fueron envueltos en humo, en comparación con sus ejecutores, Agustina fue bastante buena con ellos, tan solo los transformó en insignificantes lombrices de tierra.

En cuanto a Felisa, quizás, para ella, la más culpable de su ejecución, tenía algo especial, la mujer echó a correr mientras de su boca surgía un ave María, una oración inútil que no podía salvarla, Agustina lanzó un hechizo en una incomprensible lengua y la mujer se detuvo como si hubiera chocado contra un muro invisible, miró hacia sus pies, algo la sujetaba, algo que salía del suelo, eran unas ramas pútridas y malsanas.

Sintió aquella peste  por su cuerpo como un virus, gritó, pidió piedad, pero de poco le sirvió, lentamente se fue convirtiendo en madera, y al cabo de unos horribles segundos, en la plaza del pueblo tan solo había un viejo árbol, en su tronco podía verse una expresión de terror formada en la corteza.

Agustina tenía su venganza.

Antes de volver al averno de donde había salido, redujo el pueblo a cenizas, no quedando nadie con vida.

Se dice que otorgó conciencia a Felisa, y que ese árbol continúa allí donde el pueblo estaba, si se observa con detenimiento, su tronco parece una cara que muestra una mueca de terror que pide ayuda, viendo pasar el tiempo ante sus ojos y preguntándose cuando acabará su tormento.

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Miguel Ángel Sánchez de la Guía nació en Toledo en 1983, desde joven se interesó por el mundo de la literatura hasta que quiso traspasar la frontera entre espectador y creador y comenzó a escribir. Es autor de la novela de ciencia ficción Thanatos así como de numerosos relatos, muchos de ellos publicados en su blog personal. Es miembro de la Asociación de Escritores El Común de la Mancha, formando parte de su junta directiva, también ha colaborado con varios programas en Radio Quintanar. http://www.lulu.com/spotlight/sanchezdelaguia

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