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5 min
La Hora de Jugar - Parte 2
Suspense |
31.03.18
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Sinopsis

La continuación de la aventura de un jóven en busca de un misterio interesante y con un posible trasfondo aterrador.

El llanto que escuché hace poco provenía de un lugar no muy lejos de la tumba en la que coloqué las velas.

Investigar éste caso podría responder ciertas dudas de este cementerio. El por qué de su abandono; si está relacionado con el misterio de la niña o no. Eso lo respondería eventualmente.

Mis pisadas podrían alertar a algún espectro o algo más. Procuré siempre ser cauteloso en éstos casos. Sin embargo, existía una diferencia entre no despertar a mi madre cuando salía de madrugada y la de mantener dormida a una "fantasma".

Tenía muy poca información sobre ella. Era de unos 6 años y le agradaba jugar a la cuerda. Sus padres fallecieron en un accidente automovilístico y la pequeña murió a manos de su padre adoptivo. Sí; era un pedófilo. Encontré una nota policial que indicaba que antes que el hombre la matará con desdén, la había violado 10 veces al día. Es un cerdo mal nacido aquel hombre. La pequeña fue encontrada en una bolsa negra grande flotando sobre la piscina del padre adoptivo. El culpable se suicidó antes de que la policía llegara a su dirección. Un caso gravísimo de violación, pedofilia y homicidio dentro del mismo costal (sin afán de insultar a la fallecida).

Nunca entendí porque la Asociación de Adopción no investigaba a los padres antes de entregárselos. La mayoría de los casos resultan ser que los padres adoptivos son incompetentes o incompatibles con los pequeños. Un ejemplo era el de una pareja que decía ser joven y decente. ¿El final? El padre era un narcotraficante que vendía su mercancía en secundarias y preparatorias. Su madre era prostituta (aclaro que no estoy en contra de la reivindicación, pero si estoy en contra que en ése caso, la "madre" adoptiva metiera hombres a su casa y tuviése sexo con sus clientes en frente de su bebé).

Busqué en los alrededores de su antigua casa, que había sido abandonada en el año 2002. Han pasado dos años y al parecer, busca "algo" o alguien. Los pobladores me decían que escuchaban lamentos y alaridos provenientes del cementerio. Han escuchado también que las puertas del lugar llegan a abrirse solas. Obviamente no le creía a ninguno.


El interés que le tenía a este caso tenía que ver con mi curiosidad y mi sed de buscar aventuras. Algo normal de mí. Ya había entrado con anterioridad a otros lugares "malditos" que lo único maldito que tenían eran los baños. Ni uno funcionaba.

En mi mochila llevaba unas pilas para la linterna y otras más para mi cámara de vídeo. También unas prendas para abrigarme del frío. Sé que eso de las prendas es un peso de más (teniendo en cuenta que llevo puesto un suéter y una chamarra muy gruesa. Agregando también el gorro de punta).

La Luna estaba ya en su auge. Las estrellas parecían formar rostros. Tal vez las precauciones de alguien celestial. O mejor aún, un dios imaginario riéndose de mi ateísmo. Maldito seas, Dios.

Al pasar por los caminos pavimentados del cementerio, me daba la sensación de ser visto por alguien. A pesar de no creer en los fantasmas si llega a sugestionarme. Cada lápida parecía tomar vida. Tenía la imagen metafórica del fallecido que reposaba en aquel sitio. Inclusive, mi subconsciente les daba forma. Hombres sin piernas; con cuencas oscuras en vez de ojos, mujeres con sus pechos despellejados. Era una paranoia que debía controlar.

Llegué hasta un mausoleo que tenía marcado una flecha carmesí que indicaba el camino que debía seguir.
"Una auténtica locura", pensé. ¿Alguien sabía que vendría hoy mismo a esta hora?

No lo creo. Y eso era ya muy extraño...

Un ruido me tomó por sorpresa. El aleteo de un cuervo dirigiéndose hacía otro árbol.

"Maldito pájaro", le mal dije.

Al regresar la vista al mausoleo, éste había cambiado. Las puertas del mismo estaban abiertos. El cuerpo que reposaba ya no estaba. Como si aquel segundo en el que me distraje viniése alguien y hubiése abierto.

- Tengo que calmarme. Esto me terminará dejando loco - me dije mientras reconocía en mí una risa nerviosa.

- No lo estás...

Ese susurro espectral me hizo congelarme por completo. Mis músculos se tensaron y mis huesos temblaban en mi interior. Juré que desde ese día creería en los fantasmas.
Pero algo en mí me hizo espabilar:
- ¿Qué estás diciendo? - me cuestioné en mis adentros - No hay ningún maldito fantasma aquí.

De repente, sentí una mano en mi hombro que decía:

- Pero yo estoy aquí...

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