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48 min
La Iglesia de los Condenados
Terror |
22.09.17
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Sinopsis

Siguiendo los consejos de algún lector... tome nota y trate de mejorar la historia de juicio a una bruja, dando más contenido en general a la historia, mejorando los diálogos el principio y el final. Espero que os guste.

 

Nunca podría imaginar que los acontecimientos que se iban a desarrollar durante el martes 13 de Noviembre del 2020 iban a cambiar mi vida. Una llamada inesperada la noche anterior, de alguien llamado Pedro, afirmando tener pruebas e información concreta, sobre el macabro hallazgo con el que abrían las portadas los principales periódicos digitales de la región, perturbaban  mi mente. No podía dejar de pensar en esa noticia...

 

Descubiertos restos humanos en las ruinas de una iglesia románica, desconocida hasta ahora. Expertos creen que los restos de la iglesia pertenecen el siglo XII, el hallazgo tuvo lugar en la parroquia de Villaromariz. Los vecinos más ancianos del lugar fueron entrevistados por los medios, declarando que nadie tenía constancia de la existencia de esta iglesia. El macabro hallazgo tuvo lugar durante las obras de construcción del nuevo recinto ferial, “Galicia Abierta”. Técnicos de la Dirección General de Patrimonio de la Xunta de Galicia, en colaboración con un equipo del Anatómico Forense del CHUS estudian los restos hallazgos.  

 

El teléfono sonó mientras estaba en la ducha. Abrí la mampara de la cabina de hidromasaje salí inmediatamente, las gotas de agua recorrían todo mi cuerpo, como pequeños torrentes de agua, se deslizaban desde mi cabeza, cuello abajo, causándome un agradable cosquilleo por mi espalda. Cogí una toalla que tenía encima del lavabo y en la enrolle en la cintura. Salí apresurado hacia el escritorio, y el móvil dejó de sonar, <mierda> grite en voz alta. Me acerqué a la mesa del escritorio, cogí el móvil, y miré con impaciencia a lista de llamadas perdidas. Mi corazón aumentó de ritmo, al ver su nombre en la pantalla. Pulsé su nombre en la pantalla del móvil, los nervios me consumían, al segundo tono de llamada escuché su voz grave y profunda.

            –Estas preparado para la verdad? –Me preguntó.

            –Sí. –Le respondí con rotundidad. –Pero, como te reconoceré? –Escuché una leve carcajada...

            –Fácil, me reconocerás en cuanto veas a un viejo arrugado, con una gran cicatriz con forma de espiral en la mejilla derecha. En una hora nos vemos en la iglesia de las Ánimas, se puntual.

             –Ok, No hay fallo!, allí estaré. –Le respondí con tono amable y colgué el móvil.

Me vestí apresuradamente, sentí una cierta arritmia en mi corazón por la  impaciencia. Parecía que el destino, por fin me daba una oportunidad de ser alguien en mi profesión. De ser cierto lo que me adelantó por el móvil la noche anterior  ese hombre, dejaría por fin de redactar insignificantes columnillas de necrológicas, en el periódico local. Sería mi gran salto.

Salí de casa apresuradamente, subí en el coche y arranqué a toda velocidad. Como de costumbre en mi vida, se impuso la ley de Murphy… Cuanta más prisa, mas vagar. El tráfico era denso, pausado, mi cabeza no dejaba de dar vueltas, mi mente estaba abstraída. Como un autómata sin tener noción del tiempo y de la situación, llegué a la calle San Clemente. Aparqué el coche, y salí con paso firme. Subí por aquella cuesta empedrada de la calle San Clemente  “a todo trapo” recorrí las calles del casco viejo de Santiago de Compostela en “cero cinco” al llegar a la plaza de la Quíntana, subí las escaleras lentamente, me detuve sin saber porque, delante de la casa de parra, y me quede mirando como sí fuera la primera vez su fachada, admirando los grandes racimos de uvas cincelados en sus paredes. Miré hacia derecha y tras los siguientes escalones, allí de pie, observé la figura imponente, de aquel anciano de pelo plateado, ojos azules y piel morena. Una extraña sensación que no sabría describir, se apoderó de mí en cuanto noté su mirada clavada en mí. Me acerqué a él dubitativo, lo miré fijamente la los ojos, y pude ver en su mirada, la profundidad misteriosa del océano Atlántico. Aquel hombre de tez morena, arrugada y curtida por fuertes vientos marinos, me sonrió mientras estiraba su brazo ofreciéndome educadamente su mano.  Al sentir el fuerte apretón de manos que me brindó aquel hombre, noté un cierto estremecimiento. Una extraña sensación de familiaridad se apoderó de mí.

            –Así que tú eres el hijo de Xián. –Me preguntó con aquella voz profunda.

            –Sí. –Le respondí con un leve titubeo.

            –Por lo que veo, nunca te habló de mí.

–No. –Le respondí, mientras yo mismo me avergonzaba por responder sólo con monosílabos. A pesar de su edad, aquel hombre me infundía más que respeto, un cierto temor…

 –Tranquilo!, tu padre fue fiel a su palabra, cumplió su promesa y llevó nuestro secreto con él a la tumba, pasemos dentro. –Entré en la iglesia, y fui detrás de él en silencio, se paró delante del altar,  hizo una extraña reverencia hacía las imágenes del retablo de la iglesia, y nos sentamos en el primer banco.

            –Te preguntaras… Por que te cito aquí? En una iglesia.

            –Sí, me parece extraño, no voy a decir que no –Le respondí, al tiempo que hacía un leve gesto de asentimiento con la cabeza.

            –Lo que te voy a contar hoy aquí, cambiará tu vida para siempre. –El tono de su voz, aumentado por la acústica de la iglesia, le daban intensidad y solemnidad  sus palabras. 

            –Ya no se puede ocultar la verdad por más tiempo… cuando los muertos son desenterrados, llegó la hora de que descansen en paz. –Un escalofrío  recurrió lo todo mi cuerpo, al ver como aquellos ojos azules se llenaban de lágrimas. Por un instante, me pareció ver el mar agitado, lleno de espuma blanca dentro de sus ojos. 

            –Quedé contigo en la iglesia de las ánimas precisamente, porque ya es hora de que salgan del purgatorio las almas enterradas en la iglesia de los condenados.

El  miedo se apoderó de mí, en cuanto observé como la cicatriz con forma de espiral de la cara de aquel hombre, se iluminó con una luz blanca intensa, dudé si salir corriendo, no daba crédito a lo que mis ojos estaban viendo, creí estar alucinando. Su voz grave se acentuó, y comenzó su relato...

 

             –Todo sucedió un día soleado del mes de Agosto del año 1937, tu padre y yo éramos unos niños, estábamos jugando en el campo de la fiesta, tirándonos piedras. Los dos nos quedamos inmóviles, al ver que la pareja de la Guardia Civil se acercaba a nosotros. Sin mediar palabra, nos agarraron del brazo a tu padre y a mí, y nos llevaron arrastras dentro de la iglesia. Aún recuerdo los destellos brillantes de los rayos de sol reflejándose en el tricornio, negro azabache de un de los Guardias Civiles. La iglesia estaba llena. Mientras recorríamos arrastras, el largo y angosto corredor que separaba las dos filas de bancos, observamos que todos los vecinos de la parroquia estaban sentados en silencio, los guardias civiles nos dejaron en primera fila, mientras el alcalde se dirigía a ellos…

            –Estamos aquí reunidos en suelo sagrado, para juzgar la está bruja, la está adoradora del demonio.  Los delitos de los que se le acusa... y por los que se será juzgada son:

Curar vacas y cerdos,  quitar el mal de ojo, eliminar el aire de difunto, bloquear envidias, expulsar a espíritus, utilizar emplastes sanadores con plantas medicinales prohibidas, pactar con el “nubeiro” para arrasar cosechas, conjurar al diablo… y lo peor de todo, utilizar imágenes sagradas y amuletos como protección contra todos esos males, sin autorización de la iglesia.

            –Recuerdo que miré a tu padre, y este me devolvió la mirada acompañada de una sonrisa en sus labios, mientras el alcalde seguía hablando…

            –Para está ardua tarea escogemos al jurado más imparcial y objetivo posible, a fin de evitar suspicacias y malas interpretaciones. Yo cómo alcalde del pueblo y por ser la máxima autoridad administrativa, seré el presidente de la sala, D. Manuel por ser ministro de Dios, licenciado en derecho canónigo, además de párroco y sacerdote de más de dieciséis parroquias será el fiscal de la causa, para dejar constancia de los hechos que aquí sucedan, tomará nota lo escriba, Ramiro, oficial de la notaria, hombre versado y con muy buena caligrafía.

            –Nuestros padres, estaban sentados en el primer banco de la iglesia, a nuestro lado también estaba sentada Rosiña “la tetuda”, tu padre y yo, no parábamos de mirar aquellas grandes montañas que salían del pecho de aquella muchacha. En muchas ocasiones habíamos oído a los hombres de la aldea, en conversaciones de taberna, que Rosiña “era más caliente que el fuego”. El alcalde seguía con su retrónica…

             –Para que  nadie pueda decir que la acusada, no tuvo defensa… como abogado defensor fue nombrado, Xoán apodado el “loco”. El jurado lo componen los ilustres señores, Adolfo Medina, ilustre notario del colegio de Santiago de Compostela, que dará fe de todo lo que aquí suceda y se juzgue. Ildefonso Sánchez, médico de la parroquia. Henrique Losada, farmacéutico y afamado boticario de la comarca, y Luis Tosar veterinario de la comarca. Escogemos este jurado, sabiendo que son gente estudiada, objetiva e imparcial. Sin más preámbulos vamos a dar comienzo el juicio, damos la palabra al ministerio fiscal, que expondrá todos los hechos que aquí juzgaremos. –El  cura tomó la palabra…

            -Gracias señor alcalde, llamo a la primera testigo, María la tuerta.

María a tuerta se levantó del banco y se acercó la un atril que estaba colocado al lado del altar de la iglesia.

            –No es cierto? Que la acusada, la acusó en reiteradas ocasiones de causarle el mal de ojo a diferentes vecinos de la aldea. –Espetó el cura con tono enérgico e iracundo.

            –Sí señor cura. –Contestó María a tuerta cabizbaja.

            –Y usted María… por qué? cree que la acusó de tales hechos, esa bruja. –Mientras señalaba con el dedo índice de su mano derecha, al banco donde estaba sentada la acusada. Los aldeanos murmuraban mostrando sorpresa de lo que se estaba diciendo.

             –Hombre  no sé… será por que como soy tuerta de nacimiento, y cuando miro a la gente con la mirada atravesada… –De pronto unas grandes carcajadas se escucharon dentro de la iglesia, a las que el alcalde respondió.

            –Esto no es cosa de risa! Estamos aquí juzgando hechos muy graves. –Se hizo el silencio.

            –No  hay más preguntas señor alcalde. –Respondió el cura, el alcalde se levantó e hizo una señal a Xoán el loco al tiempo que decía con cierta solemnidad.

            –Damos  paso al abogado defensor Xoán el loco. –Xoán, se levantó del banco y todo el mundo observó que tenía los pantalones rotos por el culo, y dejaba ver una mancha de “alquitrán” en sus calzoncillos, las risas no se hicieron esperar, el alcalde espetó un Shiiiiiii y todo el mundo se quedó en silencio.

            –Gracias  señor presidente, no voy a hacer preguntas a está testigo, llamo a declarar a la testigo de la defensa, Xoana Ruiz. –María a tuerta abandonó el atril y se dirigió a su banco, mientras Xoana se levantaba y se colocó en el atril, miró al alcalde e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. El alcalde se levantó y comentó…

            –No hace falta recordar, que estamos en suelo sagrado y que todo lo que aquí se diga, es bajo juramento y que será la verdad y nada más que la verdad, estamos todos ante la atenta mirada de Dios y su ministro en la tierra. –Espetó el alcalde la todos los presentes. Xoán el loco se acercó a Xoana.

            –Xoana, antes de pasar por la consulta de Santa de apellido Comba, Que tal le iva la vida?.

            –Mal  muy mal, no levantaba cabeza, todo iba de mal en peor. –Comentó Xoana entre sollozos.

            –Y ahora,  Que tal le va? –Preguntó Xoán con una sonrisa victoriosa en los labios.

            –Muy bien, encontré trabajo en Santiago, en la casa de unos señores muy ricos y me reconcilié con la familia.

            –Que conste en acta!. –Señalando a Ramiro lo escriba.  –Y que le dijo Santa? –Le preguntó de nuevo Xoán elevando el tono de voz. 

            –Que  la causante de todos mis males era María a Tuerta. –Un murmullo intenso se escuchó en toda la iglesia. El alcalde se levantó de nuevo y chilló…

            –Si vuelvo a escuchar un solo murmullo, ordeno a la pareja de la guardia civil que os lleve la todos presos. Los dos guardias alzaron sus fusiles e hicieron el gesto de apuntar a los “parroquianos”. Xoán trago saliva, miró la Xoana con cierto temor, mientras se hizo el silencio…

            –Y,  que hizo Santa para eliminar ese mal de ojo?

            –Me dio un saquito blanco con unas hierbas, una cruz de Sano Benito de Leréz, y me acompañó al cruceiro de la serpiente, me mandó ponerme de rodillas y me echó agua bendita por la cabeza mientras decía… agua santa, agua milagrosa, quita el mal de ojo a está señora, guarda de malas miradas de serpiertes celosas. –El cura se levantó de su asiento, con mirada sanguinolenta y se dirigió al público con voz enérgica…

            –Sacrilegio! Como eres capaz de decir palabras tan pecaminosas, en la casa de Dios. Pecadora iras al infierno! Tu alma está contaminada. –De los ojos del cura parecía salir sangre. Xoán ni se inmutó y se dirigió al jurado con voz pausada, mientras hacía un gesto de aprobación a Xoana.

            –Bien, señores del jurado, me pregunto,  que mal pueden causar?  Estás palabras piadosas y el agua bendita.  No hay más preguntas señor alcalde. –El alcalde asintió con un gesto…

            –Toma la palabra al señor fiscal.

            –Señor  alcalde, como es un juicio y estamos ante Dios, haciendo uso de mi autoridad clerical, dejo claro que amparado por Dios, aunque pueda parecer que rompo un voto sagrado, no es así!  Xoana, no me confesaste? en una ocasión que creías que Santa era una bruja y que era la causante de todos tus males… –Xoana bajó la cabeza avergonzada, y el cura gritó…

            –No bajes la cabeza! mirame a los ojos! tu alma se consumirá en las brasas del infierno!. –Las lágrimas inundaron los ojos de Xoana.

            –Sí, es cierto pero... –El cura cortó la respuesta de aquella pobre mujer.

            –No hay pero que valga!, ante la atenta mirada de Dios!, esto reafirma más, que esa miserable mujer!, es una bruja y que utiliza malas artes para convencer a la gente… de que buenas feligresas, temerosas de Dios, son malas personas. –Interrumpió sus palabras un rato mientras tragaba saliva, dirigió su mirada iracunda hacia la acusada a la vez, que con dedo inquisidor la señalaba. Gotas de sudor le caían por su frente, hizo un leve carraspeo de garganta y continuó  increpando a la acusada a voces. –Ella  es la serpiente que escupe veneno en las almas de las buenas personas, Dios te castigará! Pecadora. No  hay más preguntas, señor alcalde.

            –Damos la palabra al abogado defensor. –Dijo en voz baja el payaso “elegido el pueblo”.

            –Gracias señor alcalde, llamo a declarar cómo testigo, a Hixinio Leira.

Hixinio era un hombre grande y fuerte, tenía unas grandes manos llenas de callos por el trabajo duro del campo, el alcalde le indicó que se colocase en el atril. Recuerdo que Hixinio se levantó del banco, con una mirada desafiante, bajo su brazo derecho llevaba un libro. El alcalde le sonrió irónicamente y comentó con tono sarcástico a los aldeanos…

            –A partir de ahora, todos los presentes que sean citados a declarar, se levantaran y se acercaran al atril sin que sea necesaria mi intervención, así evitamos demoras, no queremos que el juicio se haga interminable, todos tenemos cosas importantes que hacer... –En aquel momento por mi edad no lo pensé, pero… que payaso!, el señor alcalde... Xoán se dirigió con voz amable a su testigo.

            –Buenos días Hixinio, a que se dedica? –Hixinio miró a Xoán encogiéndose de hombros.

            –Todo el mundo lo sabe, ya me conocéis.

            –Ya, pero para que conste en acta. –Dijo Xoán con tono irónico, al tiempo que miraba fijamente al notario, miembro del jurado.

            –Son ganadero, tengo una explotación agrícola con más de trescientas vacas lecheras.

            –Por que acudiste a la consulta de Santa?

            –Es una historia un poco larga de contar. –Respondió al ganadero mientras se rascaba la nariz.

            –Puedes relatarla, para eso estamos aquí, tu testimonio es muy importante para todos. –Aquel hombre fuerte como el tronco de un roble arrugó el ceño y comenzó a relatar los hechos.

            –Un buen día llegué la casa a eso de las 7 y delante de la puerta había un sapo enorme, tenía unos grandes ojos de color rojo como la sangre que sale de las mis venas, y lo que más me extrañó es que ni los perros se acercaban a él, fui a la cuadra cogí una pala, lo recogí con ella y lo tiré fuera de la finca de la casa. Al día siguiente a la misma hora… delante de la puerta de la casa el mismo sapo estaba quieto parado… mirándome con sus enormes ojos rojos, la verdad que me entró un poco de miedo… y ya me conocéis todos, no me asusto con facilidad. –Un gran murmullo resonó en la iglesia. –Continúa con el relato Hixinio. –Le dijo el alcalde, mientras lanzaba otro shiiiii con más intensidad.

            –Sí señor alcalde. –Aspiró hondo y continuó relatando los acontecimientos.

            –Más  de uno sabe que me he enfrentado al lobo, pero aquel sapo me daba mala espina, entré en el galpón donde tengo las herramientas, abrí un bote que tengo con cal, empapé una brocha y pinté al sapo.  Cogí la pala que estaba al lado de la puerta, recogí el sapo con la pala y lo metí en el carro. Salí de la finca y anduve unos 3 kilómetros y a la altura del crucero del Gaias, paré el carro cogí la pala con el sapo y lo lancé con fuerza al prado. Al día siguiente fui la casa de don Manuel y le conté lo que pasaba, le dije que me acompañara a casa, que ese sapo no era de este mundo, que llevara agua bendita y lo que él se creyese conveniente.

            –Y que hizo don Manuel?. –Le preguntó Xoán con tono sarcástico.

            –Vino conmigo a casa, llegamos a eso de las 7 y, allí! Estaba el maldito sapo, y era el mismo! lo sé! Porque tenía la marca de cal blanca. –Un murmullo ensordecedor enmudecio a Hixinio, cuando el tono del murmullo bajó de intensidad Hixinio continuó con su relato.

            –Don  Manuel abrió su maletín… sacó una botella con agua bendita y se la echó encima a aquel ser  diabólico, me dijo que cogiera un cubo, que metiera al sapo dentro, y que teníamos que quemarlo. Fui a la bodega cogí un garrafón con una “ola”  de aguardiente y le vacíe más de un litro de aguardiente en el caldero, le prendí fuego… para nuestra sorpresa el sapo pegó un aullido y de un salto salió del caldero cubierto de llamas, acto seguido cogí la pala y le asesté un palastrazo, de un sólo golpe decapité al bicho, fue horroroso!, no salió ni gota de sangre… de su cuello salieron unas enormes moscas negras. –Un enorme revuelo rompió el silencio de la iglesia.

            –Orden!. –Gritó el alcalde. –Orden! O desalojo a iglesia, es la última vez que lo digo, prosigue Hixinio.

            –Días después del suceso, una plaga de moscas estaba arrasando la granja, las vacas enfermaban, en vez  de dar leche echaban sangre por las ubres. Don Manuel bendijo toda la granja y me recomendó que llamara al veterinario.

            –Llamaste al veterinario? . –Preguntó Xoán aumentando el tono de su voz.

            –Sí. –Respondió Hixinio mientras recuperaba el aliento.

            –Y que te dijo el veterinario? . –Xoán miró fijamente al miembro del jurado.

            –Le conté lo del sapo y se echó a reír… que estábamos en verano y que era normal que hubiera plagas de moscas, que las vacas estaban enfermas, por… no sé que... de unos patógenos producidos por las moscas y por una bacteria rara, por la falta de higiene en mis instalaciones.

            –Ya. –Contestó Xoán al tiempo que se acariciaba el mentón.

            –Eso no es cierto!. –Bramó Hixinio. –Mi granja está más limpia que los chorros del oro, la baldeamos a diario, recogemos las heces de las vacas todos los días, cambiamos el serrín de sus camas, todos los días!, además tengo el visto bueno del veterinario que viene todos los meses de la Coruña. –Hixinio detuvo su declaración y miró fijamente al veterinario miembro del jurado, este agachó la cabeza evitando mirar a los ojos de la testigo. Hixinio continuó con su declaración.

            –Utilizo  todos los productos desinfectantes que me vende el veterinario, que su vez  le compro al farmacéutico y sigo escrupulosamente todas sus indicaciones, jamás de los jamases me sancionaron por incumplir alguna norma, traigo aquí! para que conste! el libro de visitas del inspector de la Coruña. –Xoán se acercó a Hixinio y recogió el libro que este portaba.

            –Quiero incluir en el sumario el libro de visitas de la granja como prueba número uno de la defensa. –Xoán se acercó al alcalde y le entregó el libro, el alcalde recogió el libro con un gesto de desaire.

            –Bien  proseguimos… Que hiciste? Ante tales sucesos…

            –Me fui a hablar con Santa, nada más entré por la puerta de su casa me dijo… bichos pequeños y oscuros sobrevuelan tu riqueza, lastima que la envidia no fuera tiña porque habría muchos tiñosos… me quede perplejo ante tales palabras. Me mandó sentarme delante de la chimenea, me pasó un paño blanco por la frente y lo echó a la lumbre, el fuego empezó a soltar chispas… me murmuró al oído, que todos mis males eran provocados por la envidia de una persona. –De nuevo un murmullo ensordecedor perturbó el silencio ambiental.

            –Te dio alguna prueba de eso? . –Gritó con fuerza Xoán.

            –Me dijo… que sí quería saber quien era?, yo le dije que sí, la única condición que me puso para saber quien era, es que no le podía hacer nada la esa persona.

            –Bien. –Continua le profirió Xoán.

            –Me dijo que hiciera el siguiente… que cogiera una sartén, que la pusiera a la lumbre, que llenara la sartén con leche recién ordeñada a mano, que le echara a la leche un poco de ruda, de romero, hierba de San Xoán, laurel, ajo... –Unas carcajadas cortaron la declaración de Hixinio, al mismo tiempo que se escuchó <a ti, lo que te dio, fue la receta del adobo de la cabra para la fiesta>, las carcajadas tornaron en risas histéricas, uno de los guardias civiles, empezó a golpear con fuerza el suelo, con la culata del mosquetón  y chilló… Os calláis o empiece a tiros!... las risas desaparecieron y se hizo el silencio. Hixinio con un leve carraspeo de garganta continuó su relato.

            –Eso… que la dejara hervir hasta que se secara… y luego con un cuchillo hiciera una marca especifica sobre la leche seca, algo que no pudiera ser una marca casual… y que al día siguiente esa persona tendría la marca en la cara.

            –Lo hiciste? Preguntó Xoán con impaciencia.

            –Sí, lo hice.

            –Y que pasó? –Se escuchó un golpe secó en uno de los bancos…

            –Un paisano de está aldea apareció con la marca que yo hice en la sartén.

            –Que marca era?  –Insistió Xoán con vehemencia.

            –Mas que una marca, eran unas palabras… Hijo de puta!.

            –Quién fue el marcado?  –Gritó Xoán mirando hacia los bancos donde los aldeanos estaban sentados.

            –Fue Marcos Bando. –Bramó Hixinio, mientras señalaba cara el banco donde estaba de pie lo tal Marcos… Se hizo el silencio, todos los presentes miraron hacía Marcos, este lucía en la mejilla derecha un gran apósito que le cubría esa zona de su cara, cuando vio que todo el mundo lo observaba murmurando, se tapó la cara con las manos e intentó abandonar apresuradamente la iglesia, mientras chillaba...

–Tu!, hiciste tratos con la  bruja, para que  arruinase mis cosechas, todo por envidia!

            –Silencio!, Guardias, detengan la ese hombre. –Indicó el alcalde con tono enérgico. Al escuchar esas palabras el tal Marcos, se detuvo y volvió a su banco cubriéndose la cara con las manos. Xoán continuó con su interrogatorio con un tono más amable.

            –Que hizo Santa para remediar el mal de las vacas?

            –Me mandó colocar ristras de ajos por toda la granja, me hizo un preparado con unas hierbas medicinales que debía añadir en el tanque de agua que tengo para dar de beber a los animales y bañar con ese agua las ubres de todas las vacas, me dio una gran cruz de Caravaca dorada, que debía colocar en la entrada norte de la granja. Que quemara ruda seca para ahumar toda la granja. El día siguiente de hacer todo eso, me acompañó al cruceiro de Hio… allí me mandó arrodillar y derramó sobre mi cabeza aceite bendecido de la iglesia de San Benitiño de Leréz y recitó unas oraciones.

            –No hay más preguntas, su testigo don Manuel. –Profirió  Xoán con tono jocoso. El cura se acercó a Hixinio, su mirada sanguinolenta parecía la del mismísimo diablo, lo miró fijamente a los ojos, Hixinio al ver la mirada del cura palideció

            –Como dije antes, y por la autoridad que Dios me confiere en este juicio a la bruja… Hixinio!. –Chilló el cura.

            –No me confesaste en una ocasión… que odiabas a Marcos Bando porque te quitó a una novia cuando erais jovenes… y que esa novia de juventud a la que te referías… es la mujer de Marcos. No es cierto? Que el veterinario te dio la receta de unos medicamentos para curar a las vacas, no serían los medicamentos y no las hierbas y conjuros? Los que curaron tus vacas. –Hixinio enmudeció por un instante.

            –No!, no lo fueron… porque no llegué a darle esos medicamentos, no me fió del veterinario, no es la primera vaca que me muere después de darle sus famosos medicamentos…primero probé el remedio de Santa, además si le doy esos medicamentos a las vacas no puedo vender la leche, porque al hervirla se corta y no valle para nada!.

            –A mí,  no me levantes la voz! Pecador! me confesaste!,  que para que el  inspector de la Coruña, te diera el visto bueno de la granja, le entregabas uno sobre mensual… Tu libro de visitas! Es la prueba de tu corrupción!. Es mas en ese confesionario de allí. –El cura señaló el confesionario que había en medio de la iglesia. –Me confesaste  arrepentido que le pagaste la bruja en plata para que conjurara el “nubeiro”, para que le destrozara las cosechas de Marcos, y tú incluso me dijiste, que una fuerte tormenta, cargada de granizo mas grande que habías visto en tu vida, le arrasó la cosecha de maíz!. 

De nuevo la algarabía de los vecinos quebrantó el silencio de la iglesia. Un fuerte golpe de mazo sonó en toda la iglesia,  cortando en seco los oídos del cura.       

–Como veo que los ánimos están muy caldeados, propongo  un receso para comer… es el día de la fiesta y… por tratarse de un día especial hay pulpo gratis para todos los vecinos de la aldea. –El alcalde miró su reloj...

             –En unos  minutos llegaran los gaiteros y amenizaran la fiesta, con el buen sonido de las gaitas y un buen vino del Ribeiro... bajará mejor la comida, hay que aliviar las tensiones! –Dijo el alcalde sonriendo como sí no pasara nada, como sí todo lo que allí estaba sucediendo fuese un espectáculo teatral. La gente salió de la iglesia entre murmullos, los guardias civiles agarraron a la acusada por los brazos y la sacaron de la iglesia, tu padre y yo salimos detrás de ellos. Al salir de la iglesia observamos que al final del campo de la fiesta había un carro con una jaula con dos grandes bueyes rubios. Los guardias civiles condujeron a la bruja hasta el carro y la metieron dentro. Tu padre y yo corrimos de por en medio  de la gente, observamos que había dos puestos de pulpo y una barra donde servían pan y vino, tu padre tiró de mí, fuimos con cierto recelo hasta la barra donde había grandes molletes de pan, un hombre gordo y barbudo con pinta de buena persona, nos miró…

             –Tenéis hambre? –Los preguntó con una gran sonrisa en los labios. Asentimos con la cabeza, y aquel hombre los entregó  un mollete pequeño de pan. Lo cogimos con cierto recelo y salimos corriendo, no estábamos acostumbrados la tanta amabilidad. Tu padre me miró fijamente y me dijo…

             –Le damos un pedacito de pan a la bruja?. –Yo asentí con la cabeza y fuimos caminando lentamente hacia el carro donde estaba la bruja enjaulada. Recuerdo como si fuera hoy que el corazón me latía la mil por hora. Nos acercamos a la jaula y tu padre mostró el pan a la bruja…

            –Santa, quieres pan? . –La bruja miró a tú padre con una mirada tierna y asintió con la cabeza, yo la miré a los ojos y le dije sin saber porque…

            –Bruja de mierda! vas a comer ostias en el infierno! –Aquella mujer me miró fijamente, murmuró unas palabras que no pude escuchar por el sonido de las gaitas, e hizo un gesto en espiral con su dedo índice señalando mi cara. La cara me empezó a hervir, sentí como la picadura de una serpiente en toda la cara. Los ojos de aquella mujer cambiaron de color, de marrón pasaron a un amarillo intenso, parecía que estaba mirando los ojos desafiantes de un lobo. Salí corriendo de espaldas con lágrimas en los ojos, la cara me ardía!. Pude ver como tu padre le entregaba a la bruja, el mollete de pan, en ese instante apareció un guardia civil que le propino una ostia tu padre, tu padre echó a correr. El guardia civil le quiso quitar el pan a la bruja, pero está lo abrazó con fuerza contra su pecho. La cara no paraba de picarme, la picazón era insoportable. Tu padre se acercó a mí, con lágrimas en los ojos y la mejilla al rojo vivo.

            –Me dejas ver que te pasa en la cara?… joder! vaya marca que tienes!, parece una espiral.

            –Fue esa puta! Me dijo algo que no pude escuchar, poe el sonido de la música, ojala la quemen!.

Sin saber porque los dos nos echamos a reír, nos acercamos a un puesto de pulpo y cogimos un plato de pulpo a la feria, estaba repleto de pulpo espolvoreado con pimiento, el aceite salía por los lados de aquel plato de madera. Nos sentamos delante de la puerta de la iglesia y empezamos a devorar el pulpo mientras observábamos como la gente reía de manera histérica, parecía que todos estaban fuera de sí, a la mayoría les caía el aceite del pulpo por la cara, <que cerdos> pensé para mí. Acabamos el pulpo y nos fuimos hacia parte trasera de la iglesia. Detrás de la iglesia había un gran Carballo en el que solíamos jugar colgándonos de él, para nuestro asombro, pudimos ver al cura abrazado a Rosiña la tetuda, el cura estaba de espaldas, Rosiña nos vio y nos dedicó una amplia sonrisa, observamos que Rosiña tenía el vestido levantado y el cura tenía su mano derecha entre las piernas de Rosiña, un gran matojo de pelo negro sobresalía de la mano del cura, Rosiña levantó con sus manos el vestido hasta la cintura, dejándonos ver con claridad el espectáculo, giró un poco su cuerpo dejando sus nalgas a la vista, el cura separó su cuerpo del de Rosiña, con sus labios besaba el cuello de la muchacha, con la mano izquierda le bajó el vestido por el escote y le sacó una teta al aire, un grano pezón rosado coronaba aquella montaña,   también vimos como una protuberancia asomaba de la sotana del cura.

            –Carajo, mira al cura! está empalmado!. –Me murmuró tu padre al oído. –Yo también. –Le dije a tu padre en voz baja. Salimos corriendo antes de que el cura se enterara de que estábamos disfrutando del espectáculo. Mientras corríamos hacia el campo de la fiesta nos íbamos partiéndonos el culo de la risa.  Cuando llegamos al campo de la fiesta, las gaitas dejaron de sonar. Joder! A pesar de la carrera yo seguía empalmado, era a primera vez que veía una mujer desnuda. En mi mente, veía la mano del cura en medio de aquel matojo de pelo negro, que le salía de la entrepierna a Rosiña. El alcalde tenía un cuerno en la boca, un sonido hueco parecido al mugido de un buey salió de aquel cuerno. Sin decir nada cómo robots la gente empezó a entrar en la iglesia, noté que alguien me agarraba, era uno de los guardias civiles que nos condujo dentro de la iglesia. Escuche el golpe de un mazo de madera, mientras el guardia civil nos llevaba hasta el banco donde estábamos sentados.

            –Proseguimos con el juicio. –Dijo el alcalde. –Toma la palabra el ministerio fiscal.

Miré hacia atrás y observé como se acercaba el cura sacudiendo  su sotana, de nuevo la imagen de su mano en la entrepierna de Rosiña penetró en mi mente, instintivamente tiré de la camiseta para tapar mis partes, tenía vergüenza de que alguien se de ese cuenta de mi erección.

            –Gracias señor alcalde, llamo a declarar la Asunción Ríos.

Una mujer salió de los bancos de en medio de la iglesia y se acercó al atril. Giró su cabeza y fijó su mirada sobre la acusada, mostrándole una sonrisa desafiante.

            –Asunción, No es cierto? Que en una ocasión, me confesaste que acudiste a tomar café a casa de Santa y que ésta mientras tomabais café, insistió en echarte las cartas... porque intuía que te pasaba algo malo.

            –Sí, don Manuel, así fue. –Asunción mantuvo la mirada fija y desafiante cara Santa.

            –Y lo hizo?, te echó las cartas.

            –Sí, me las echó, pero lo peor es que me quiso cobrar por eso, sí yo no se lo pedí no tenía que cobrarme, no? –Unas  carcajadas perturbaron el silencio sepulcral que reinaba dentro de la iglesia.

            –Que tipo de baraja usó?

 –La del tarot. Asunción miraba con odio a bruja mientras contentaba al cura.

–Otra prueba más, de que usa cosas prohibidas por la iglesia, esa baraja está maldita, solo es usada por brujas y adoradoras del demonio, es una prueba más de las malas artes de la acusada, cobrar por sus servicios a pobres mujeres incautas. Con esas artes lo único que busca es robar, todos sabéis que Asunción es una buena mujer, una buena feligresa, que cumple puntualmente con sus obligaciones viniendo la misa de diario. Asunción es una santa beata. Esa mujer… –El cura se volvió señalando hacia bruja con dedo inquisidor y mirada sanguinolenta… –Esta serpiente de cascabel!, tiene tratos  con el diablo, con su lengua de bífida lo único que busca, es alejar a las buenas personas del camino de Jesucristo. –El cura miró hacia el alcalde con una mirada desafiante y éste asintió con un gesto y una mirada igual.

            –No hay más preguntas señoría.

Xoán se acercó al atril donde la “beata” estaba de pie, enchida por la satisfacción de ser nominada  “beata” de la aldea. El aspecto de Xoán era el de una persona seria, segura de sí misma.

            –Gracias señor alcalde, Asunción,  si no querías que Santa te echara las cartas, Por qué? no te fuiste de su casa.

            –Porque tenía curiosidad. –Respondió la beata segura de sí misma.

            –Ya, pero, como dice el refrán… la curiosidad mató al gato.  Que te dijo Santa?, que te salió en las cartas?

            –Es algo personal, no viene al caso. –Respondió ofendida la beata.

            –Como que algo personal?, eres una testigo y no puedes negarte a contestar. –Le replicó Xoán elevando el tono.

            –Además, estás ante la atenta mirada de Dios, como dice el señor fiscal don Manuel. –Musitó Xoán, mirando hacia el cura. Asunción miró al alcalde con la cara desencajada, esperando que este dijera algo en su favor.

            –Asunción, debe contestar a la pregunta del abogado de la defensa, no puede negarse. –Insistió el alcalde.

            –Quiere que le vuelva a hacer la pregunta?. –Replicó el abogado defensor.

            –No!, en las cartas… me salía que estaba embarazada. –Un rumor retumbó como un trono en toda la iglesia.

            –Embarazada… De quien?, recuerde que está ante la atenta mirada de nuestro señor Jesucristo!

            –Del  señor notario. –Gritos ensordecedores de asombro y carcajadas descompusieron el silencio.

            –Shiiiiiii, silencio! en la sala, si no callan los expulso la todos de la iglesia Silencioooo! –Gritó el alcalde al tiempo que golpeaba con fuerza el mazo de madera sobre la mesa, el cabo de un rato se hizo el silencio… Mientras, todos los presentes clavaban su mirada inquisitoria sobre la beata.

            –Bien y que mas le salía en las cartas?. –Continuó Xoán a preguntarle la beata.

            –Que el padre, no se iba a responsabilizar y que me iba a proponer que me deshiciera del que iba a nacer. –Las lágrimas inundaron los ojos de la testigo de la acusación.      

–Que le dijo Santa al respecto?. –Braceaba  Xoán con cada pregunta.

            –Que  no lo hiciera, que no matara a la niño que llevaba en mi interior, que sería la condena de mi alma inmortal –Las lágrimas salían como ríos, de los ojos de aquella pobre mujer. Xoán impasible prosiguió con el interrogatorio.

            –Y que  hiciste?

            –Fui a la consulta del médico y se lo conté todo, me preguntó si estaba segura de estar embarazada, yo le dije que sí, que llevaba más de dos meses de retraso.

            –Te, preguntó el médico, el nombre del padre?. –Xoán señaló el médico miembro del jurado.

            –Sí. –Contestó Asunción entre gemidos.

            –Y que te dijo el médico?

             –Que  debía deshacerme del niño, que él me ayudaría, que nadie debía saberlo nunca. –De nuevo un gran revuelo y gritos de asesino! perturbaron por vigésima vez, el silencio del lugar sagrado. –Silencio!  –Gritó el alcalde, miró hacia uno de los guardias civiles y le hizo un gesto con la mano. El guardia civil levantó el fusil y disparó al aire. Pequeños trozos del tejado cayeron al suelo, gritos de terror inundaron el ambiente.

             –Pecadora!  –Gritó Xoán. –Que hiciste?. –Insistió el abogado de la defensa.

            –Que  iba a hacer? Yo no quería… pero no tenía alternativa… si quería mantener mi trabajo… si no quería estar en boca de todos… Que podía hacer?

             –Podías  hacer lo que te dijo Santa, pobre desgraciada! . –Musitó Xoán, mientras se giraba hacia el jurado.

            –No!,  no podía… si le hiciera caso… –Gemía, entre lloros sin cesar la beata destronada. Xoán miró fijamente a los miembros del jurado y continuó hablando enérgicamente.

            –Ella   te dijo que salieras del pueblo, que encontrarías trabajo en otro lugar, que encontrarías a un hombre que se responsabilizaría del niño,  pero no podías perder lo que tienes!. –Asunción en un arranque de ira, chilló desesperadamente.

            –Él  me engañó… me dijo que se desharía de su mujer… esa muerta de hambre, cerda y mal oliente!… yo soy mas hermosa qua ella... me dijo que ahora que era notario y tenía poder,  le sería muy fácil deshacerse de ella, me lo prometió! –Gritos de puta!, asesina!, retumbaron en toda la iglesia.

            –Orden  en la sala! –Chilló el alcalde, al tiempo que sonó otro disparo… que enmudeció el alboroto.

            –No hay más preguntas señor alcalde.

            –La puta asesina puede retirarse. –Comentó el alcalde, mirando con desprecio hacia Asunción. –Prosiga, abogado. –Murmuró de nuevo el “presidente” de la sala.

            –Llamo a declarar a María Ferreiro.

            –Protesto señor alcalde. –Dijo en tono enérgico el cura. –No creo que hagan falta más falsos testimonios, para ver las artimañas que utiliza el abogado del demonio y esta bruja, tratan de confundirnos y envenenarnos a todos los presentes con sus malas artes… ella y su abogado son adoradores del demonio.

            –Cállese ya!. –Le espetó el alcalde al cura. –Que prosiga el juicio.

Mientras el cura y el alcalde se dedicaban miradas asesinas, María Ferreiro se situó en el atril.

            –María, Que le sucedió a su hijo Manuel?

            -Que Manolito, de la noche a la mañana se puso muy enfermo, no comía, no dormía y no paraba de llorar.

            –Y que  hizo?.

            –Llevarlo al médico, porque yo nunca creí en cosas de brujas, le llevé una gallina como pago al médico, la mejor que tengo, es una gallina muy ponedora.

            –Bien,  puede relatarnos todo el sucedido. –Insistió Xoán a la testigo.

            –Como te iba diciendo… le llevé la gallina más gorda.

            –A  los hechos María!. –Le gritó el alcalde a testigo.

            –Pues eso… mi  hijo Manuel, se puso muy enfermo de la noche a la mañana, lo llevé al médico, lo miró de arriba abajo, le escuchó el pecho con un aparato de esos que ponen los médicos en las orejas... le dio unas inyecciones de penicilina, pero los días pasaban y el niño no mejoraba… yo le intentaba dar de mamar tres veces al día, pero nada… el niño no comía, no tenía vómitos, ni diarrea. Xoán tú lo sabes... que te lo conté  el pobrecillo se nos iba. –Las lágrimas caían a borbotones de los ojos de María.

            –Bien, Que le dijo el médico?. –Prosiguió  Xoán con el interrogatorio.

            –Que  no sabía que pasaba, que todas las pruebas daban bien, que le resultaba muy extraño, que mi hijo estaba en manos de Dios. Al decirme esto fui a hablar con el cura, le llevé otra gallina gorda y ponedora, le pedí que intercediese por mi hijo,  que rezara por él. –Los ojos de Xoán iluminados por la ira, se fijaron en la cara del cura, la frente del cura brillaba con el sudor...

            –Que  le dijo el cura?. –Preguntó Xoán enérgicamente.

            -Que no podía rezar por él, que era el fruto del pecado… Un hijo de soltera! Me replicó!… además de ser una abominación de la naturaleza por ser tonto de nacimiento, que era un castigo divino por mis pecados… que era a voluntad de Dios! Que tendría suerte de que Dios lo acogiera en su seno... si le podía pagar unas misas, con dinero! No con gallinas gordas y ponedoras.

            –Ya,  Y que hizo usted, María?. –Continuó a preguntar Xoán con gesto de resignación  ante tal testigo..

            –Se lo llevé  a Santa… nada más entrar me dijo… que el niño tenía el aire de un difunto, que cuando estaba embarazada de él, fui al entierro del señor Francisco de Meirás y que se me pegó el aire. –Todo el mundo seguía atentamente el relato de María, mientras Xoán proseguía con sus preguntas.

            –Bien, y que hizo Santa?.

            –Preparó  una brebaje que le dio a beber al niño, le colocó un escapulario y lo llevó envuelto en una sábana blanca, al cruce de caminos que hay al salir del pueblo, lo colocó en el suelo en el centro del camino, y le echó agua bendita por todo el cuerpo… le sacó la sábana y la quemamos en el monte junto con mi ropa de los domingos, que fue la que llevé al entierro del señor Francisco de Meirás.

            –Prosigue María. –Le replicó  Xoán a la testigo.

            –Al poco  rato el niño comenzó con una tos seca… escupió una gran bola de pelos y unas plumas negras...  Dios mío! Daba asco ver aquello que expulsó el niño, cogemos aquella bola de pelo y las plumas, y las quemamos junto con la ropa, miré para mi hijito... y el niño me sonrió. Dios mío! Grité, y lo levanté en alto! , ofreciéndoselo nuestro señor Jesucristo.  Santa me dijo que me lo llevara a casa y que matara una gallina bien gorda y que hiciera un buen caldo con la gallina… mucho comió ese día Manolito!, hay que decir que me salió muy bueno el caldo.

            –Ya, eres muy expresiva María. –Respondió Xoán al tiempo que sonría.

            –Y que tal está ahora Manuel? 

            –Todo  el mundo lo sabe, bien… está allí, al fondo!, en el regazo de mi hermana.

            –Pecadora!, lo tú eres la socia de la puta del demonio!, y la zorra  de su abogado –Replicó el cura, mientras se acercaba la María con la mirada sanguinolenta, y le propinaba una bofetada en la cara.

            –Ya está bien!  –Gritó  el alcalde. Xoán se acercó la María, sacó un paño de su bolsillo, y secó las lágrimas de los ojos de María, le murmuro algo al oído, y aquella mujer sonrió, y se dirigió hacia pila de agua bendita, que estaba situada al lado de la puerta de entrada de la iglesia. Sacó un saquito blanco de su bolsillo, y depositó unas monedas de plata dentro de la pila. Se acercó al banco donde estaba sentada su hermana y su hijo, cogió una bolsa de tela, sacó una caja de madera grande, y la destapó. Volvió con la caja hacia la puerta de la iglesia, ante la atenta mirada de todos los parroquianos, comenzó a hacer una línea delante de la puerta de la iglesia con un  polvo blanco que iba cayendo de la caja… dirigió su mirada cara Xoán, y éste le hizo un gesto de aprobación con la cabeza. De pronto, se empezaron a escuchar truenos, que retumbaban como bombas dentro de la iglesia, de pronto... la puerta de la iglesia se abrió, y un fuerte viento entró como un torbellino, pudimos ver a través de las vidrieras de la iglesia, los destellos de los relámpagos. Todos los presentes se giraron hacia puerta, y observaron como entraba un individuo, sucio, con la ropa hecha harapos, un gran sombrero de ala ancha sobre su cabeza, todo el mundo escuchó cómo alguien exclama <es el nubeiro!>. Aquel ser se acercó a Xoán, sin mediar palabra, estiró su mano delante de él. Xoán sacó, un saco que tenía atado en su cinturón y se lo entregó a aquel hombre. Recuerdo como si fuese ahora mismo, el miedo  que me producía la visión de aquellos ojos amarillos, el nubeiro clavó sus ojos en mí,  su mirada... parecía el vistazo  asesino de un lobo hambriento. Los truenos aumentaron en intensidad, escuche el sonido de la lluvia. Uno de los guardias civiles apuntó con su fusil a aquel ser… el nubeiro señaló con su dedo índice al guardia civil, y este empezó a soltar espuma por la boca al tiempo que caía de rodillas. Escuché la voz atronadora de Xoán.

            –Me dirijo  la todos los presentes, la gran mayoría cómplices necesarios en está farsa de juicio,  llegó la hora del juicio final! Los inocentes que se levanten y abandonen la iglesia.

El pánico se apoderó de la mayoría de los presentes, intentaban levantarse de los bancos pero eran incapaces, en sus caras un gesto de horror, de terror, de pánico…comenzaron la gritar desesperadamente. Sólo unos pocos salieron de la iglesia…María, su hermana, su hijo… Nuestros padres, miraban aterrorizados para nosotros, tratamos de tirar de ellos, pero estaban pegados al banco. Miré desesperado a tu padre, las lágrimas salían de sus ojos, como torrentes sin control... mientras tiraba con toda su fuerza de tu abuela. Impotente agarré tu padre, y tiré de él con todas mis fuerzas, los dos salimos corriendo entre lágrimas hasta la puerta de la iglesia. Observamos a la bruja, levantándose del banco donde había permanecido callada e inmóvil todo el juicio. Murmuró unas palabras, en un idioma ininteligible.  Se hizo el silencio, los truenos se detuvieron por un rato. Todos los presentes seguían con la boca abierta, agitando los brazos, pero de sus gargantas no salía ningún sonido.

             –Hipócritas, necios, mentirosos, falsos, malas personas! Vosotros sois las serpientes! almas corruptas! es la hora!, Santa os ayudó la todos los presentes… fuisteis junto a ella! para que os ayudara con vuestros problemas, que curara a vuestros hijos, a vuestros animales… Judas! Os vendéis por unas monedas! a los caciques que ostentan el poder en este lugar… el alcalde y recaudador!, al médico asesino!, al veterinario, al farmacéutico, al notario y a un cura corrupto, con el alma más oscura que el azabache, hoy se hará justicia!, la mano de dios hará una limpieza, las  almas de algunos pagaran en el purgatorio, y las de otros arderán en el infierno...

El suelo y las  paredes de la iglesia comenzaron a temblar, los trunos hacían retumbar el suelo las paredes y el techo de la iglesia. Horrorizados, tu padre y yo, observábamos como todos los presentes seguían intentado levantarse de los bancos, sin decir ni pío. El nubeiro pasó a nuestro lado y nos sonrió, sus dientes eran en punta y afilados cómo los de un tiburón… retrocedimos unos pasos abrazados, temblando. Un rayo explotó y partió en mil pedazos la campana de la iglesia. Santa y Xoán salieron agarrados de la mano de la iglesia, justo cuando salieron, la puerta de la iglesia se cerró de golpe. A los pocos segundos de que Xoán y Bruja salieran de la iglesia, se escucharon unos gritos aterradores.  Mientras los dos… la bruja y el abogado del diablo… observaban atentamente como la iglesia se derriumbaba y las llamas la consumían. La lluvia cesó… observamos como el nubeiro desaparecía entre la espesura del monte en medio de la robleda. Un silencio sepulcral se apoderó del lugar, las nubes eran tan oscuras que parecía de noche, el olor a cera quemada y a incienso inundó el ambiente, una procesión de pequeñas esferas luminosas se posó encima de los restos de la iglesia. Una enorme figura oscura, con los atuendos de un monje, con la cintura rodeada de cadenas, se paró en el centro de las ruinas de la iglesia, las pequeñas luminarias formaron un círculo alrededor de él, levantó sus brazos, sus manos no tenían piel ni carne, solo se veían los huesos. Sentí como las uñas de tu padre se clavaban en mi brazo, escuchamos los aullidos de una manada de lobos y caí el suelo sin sentido… Cuando desperté al día siguiente, tu padre me hizo entrega de un libro, escrito al fuego y sangre... donde están redactados todos los acontecimientos que te acabo de relatar.

 

No salía de mi asombro, no podía dar crédito el relato que ese hombre me acababa de contar. Sentí un dolor en el pecho. Miré con cierto sentimiento de ira a aquel hombre de pelo plateado, la cicatriz de aquel hombre se apagó, se cayó hacia un lado y quedó tendido en el banco de la iglesia, lo agarré e intenté incorporarlo, las cuencas de sus ojos estaban vacías, sólo había oscuridad en ellas. Me levante de un salto, al lado del cuerpo de aquel hombre observé que había una mochila, la recogí y salí de la iglesia, dejando el cuerpo inerte de aquel hombre sobre el banco. Abrí la mochila, en su interior había un libro, lo cogí con mis manos dejando caer la mochila al suelo, los lomos del libro estaban encuadernados de cuero, lo abrí por la mitad, la caligrafía del libro era perfecta, en tamaño y forma, las letras eran del color de la sangre fresca, sombreadas en negro. Lo cerré de golpe y salí caminado lentamente, hacia la plaza de la Quíntana. Me detuve delante de la casa de la parra y observé por segunda vez detenidamente los grandes racimos de uvas de la fachada…Como un chispazo, un recuerdo de mi niñez invadió mi mente… Era a imagen de mi abuelo sonriente, al lado de una chimenea en la casa de mi abuela, contándome historias de la Santa Compaña

 

NOTAS:

Nuebeiro: Ser de la mitólogia gallega, que controlaba el tiempo y las tormentas previo pago en plata.

Xoán: Juan en castellano.

Xoana: Juana

Ola: medida para bebidas (16 litros)

 

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