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6 min
La inauguración (1)
Humor |
25.07.19
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Sinopsis

Por aquello de los hados de las ondas se ha esfumado lo que yo consideraba publicado, así que repetimos y que haya suerte.

Cuando el señor alcalde llegó a las puertas de los Jardines de aquel mayo de tormentas, se encontró que la policía local mantenía una acalorada discusión con un señor de altura considerable y pelo canoso. Al bajarse del coche oficial se le pegaron a los hombros sus acólitos, que le pusieron al tanto de cual era el problema.

—Resulta, alcalde, que ese individuo tiene tomado los jardines con un grupo de escolares y no sabe nada de la inauguración – le sopló su secretario personal.

—Vamos a ver, Antonio, ¿no estaba aquí la policía local? – dice el alcalde.

—Si que estaba, desde bien temprano y  por lo visto había una especie de entrada secreta y por ahí se han colado todos.

—Además, alcalde, -le soplan en el otro oído- el individuo es de armas tomar, dice que se trata de un aniversario sobre la Orden Franciscana y cualquiera le hace entrar en razón.

—Pero vamos a ver, ¿desde cuando estaba previsto este acto? –el alcalde mira a su secretario.

—Desde Nochebuena…

—Entonces, Antonio, ¿cómo me vienes ahora con este numerito? Ya me estás quitando de ahí a ese imbécil, antes de que comencemos a salir en el twitter…y por favor, no dejes de sonreír. Me voy a tomar café.

La primera autoridad municipal se subió al coche oficial de cristales tintados y  partieron en dirección a la Casa Consistorial. Los flashes de los fotógrafos no sabían dónde acudir. Los tres ediles que le acompañaban no se atrevían a articular palabra. Partió la comitiva dejando a todos con la boca abierta, mientras que Antonio Del Postigo se adentró en los Jardines hasta el lugar donde los agentes del orden se discutían con el responsable del grupo de infantes, que estaba disperso entre árboles y setos.

—Será mejor que nos entendamos, buen hombre –comenzó Antonio -, usted dice que es una tradición anual que tal día como hoy estas criaturas correteen a sus anchas por el terreno en la que nos encontramos.

—Sí señor.

—¿Y usted quién es?, si no es mucho preguntar.

—Lo acaba usted de decir: el responsable de todos estos niños que puede ver, designado por los herederos de la Marquesa de Villanueva para la celebración de las actividades.

—Perdone mi indiscreción ¿cuál es su nombre?

—Eduardo Bueno.

—Veamos, señor Bueno, ¿usted sabía o al menos tenía noticias de la inauguración que iba a tener lugar hoy aquí?

—Desde diciembre.

—¡Eso es! ¡Magnífico! Y estamos, a pesar de los nubarrones que nos amenazan, como aquel que dice en verano, o sea, ha pasado el invierno, casi la primavera y precisamente…

—¡Sí, si!, perdone que le corte, me se el orden de las estaciones, me dedico a eso, pero es que resulta que desde septiembre, o sea, a la entrada del otoño, por no dejarnos nada  atrás, el Colegio ya tenía preparada esta visita.

—Lo comprendo señor Bueno, me pongo en su lugar, pero ¡póngase usted en el mío! ¿usted cree que el primer edil de esta ciudad puede verse involucrado en una circunstancia como ésta, en este bochorno?

—¿Bochorno? ¿Es que acaso estos niños están haciendo algo malo? ¿sabe usted a qué se dedican?

—Ni me importa.

—Pues debería importarle señor Del Postigo. La educación es la base de la sociedad y no la foto de los políticos cortando cintas. No son delincuentes, ni gente protestando por nada, son querubines formándose para el futuro.

—¡De acuerdo señor mío! ¿Pero hoy? Usted ha infligido las ordenanzas municipales.

—¡No me diga! ¿Y eso por qué?

—Ha entrado en este recinto saltándose a la torera el precinto de seguridad.

—De eso nada.

—¿Ah no?

—Pues no. No le voy a decir cómo, ni por dónde he entrado, pero estoy aquí antes que ustedes cumpliendo con mi labor de docente. Mire como se aplican esos críos en descifrar que tipo de árboles son los que pueblan estos jardines.

—¡Y un cuerno, señor Bueno! Se por dónde han entrado ustedes, lo que no se es por qué tenían llave, pero es igual.

—No se sulfure usted, secretario.

—No me llame así.

—¡Señor maestro, señor maestro!, Jiménez ha descubierto cómo se llama el árbol gordo – irrumpen varios niños.

—¡Un momento, Emilio! ¿Qué formas son esas de llegar? Saluda a este señor.

—¡Perdone maestro! ¿Cómo está usted, señor?

Antonio Del Postigo apretó los puños y a duras penas esbozó una sonrisa, a la vez que dos policías municipales se miraban sorprendidos.

—Señor Bueno, le ruego…

—Discúlpeme un momento, secretario, ¿cómo se llama ese árbol?

—¡Es un eucalipto colorado! – gritaron los niños.

—¡Uy, caliente, caliente! Casi lo tenéis, anda, volved con el monitor y que os enseñe las fichas sobre los eucaliptos.

—¡Maestro, maestro! Yo he descubierto una acacia.

—¡Y yo un ciruelo!

—¡Y yo un naranjo!

—¡Vale, vale! Disculpadme niños, seguid con las pistas, que yo tengo que aclarar un asunto con el señor secretario.

—¿Maestro, por qué hay tantos policías?

—¡Venga, vamos, id con el monitor!

—Perdóne señor Del Postigo, el trabajo como verá no admite demoras.

—Lo comprendo, señor maestro…digo, señor Bueno, pero entiéndame usted a mí, ¿cuánto tiempo piensa permanecer así?

—¡Ah, hoy es un día especial! Ya le dije que la Marquesa de Villanueva…

—No me lo repita, por favor.

—Se trata de unas jornadas muy significativas para la Orden Franciscana. Más tarde vendrán los padres de los colegiales…

—¡Los padres!

—¡Sí, si, los padres! Todos los años vienen.

—¿Y por dónde entran?

—Por la puerta principal ¿por dónde va a ser?

—¿Por la de la inauguración?

—¡Ah! ¿Se llama así?

—Comienzo a impacientarme, señor Bueno, ¿sabe usted quienes son esos señores de uniforme?

—Parecen policías.

—Lo son, y representan a la autoridad. Puede que le pidan explicaciones.

—¿A mí?

—Sí, a usted.

—¿Por qué?

—No volvamos a lo mismo, por favor señor Bueno, avancemos.

—Pues dese prisa porque en un cuarto de hora tengo una charla con todos los niños.

—¿En la escuela?

—¡No, no, aquí! Les tengo que explicar el origen de la murallas y ellos habrán de averiguar si fueron los almohades, los romanos, los vikingos, los…

—No siga usted, por favor…¡Capitán!, venga, quiero dejarlo claro: Señor Bueno, si antes de media hora no ha salido usted de este recinto, o sea, de los Jardines, con todos sus colegiales de la mano, este señor está autorizado para intervenir y proceder al desalojo.

—No hace falta que me lo diga con esos modos, secretario.

—Mi nombre es Antonio Del Postigo.

—Y su cargo, secretario particular del señor alcalde, eso ya lo se.

—Pues entonces respéteme. Ya lo sabe, media hora ¡buenos días!

.../...

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