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4 min
La inauguración (y 3)
Humor |
03.09.19
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Sinopsis

En esta entrega queda resuelto el enigma de la controvertida inauguración.

Las sirenas del cortejo se abrieron paso entre el gentío y hasta la puerta principal del Parque llegó el coche oficial del que descendió, embutido en un traje de chaqueta y recién peinado, el primer edil de la ciudad, que con una sonrisa de anuncio televisivo saludaba a diestro y siniestro. No todas las voces eran favorables, pero eso a él no le intimidaba.

Micrófonos y cámaras se volcaron a su alrededor y las preguntas fluían con rapidez inusitada de la boca de los reporteros, aunque el alcalde no respondía a ninguna; todo su afán era localizar la figura encorvada de su mano derecha para que le diese la tranquilidad suficiente ante aquella multitud que esperaba poco menos que un milagro que respondiese a la expectativa creada. Algunos habían oído hablar o habían leído que el alcalde iba a inaugurar unos jardines, otros eran los padres de los escolares que acudían con sus meriendas, otros pasaban por allí, vieron la bulla y se asomaron para ver si salían en la tele. Los medios de comunicación afines cubrían la rutina del Ayuntamiento y el resto habían sido alertados porque algo raro rodeaba el acto en sí. La policía se afanaba en mantener el orden y desviaba el tráfico de la avenida en prevención de cualquier incidente mayor. Las azafatas ocultaban en un rincón la cinta, el cojín y las tijeras que habrían de servir para un evento de estas características. Los niños se agolpaban alrededor de Eduardo Bueno, hartos ya de su tarea, reclamando el bocadillo y esgrimiendo sus cuadernos y carpetas infladas de apuntes y muestras de hojas. La representación ecologista esperaba junto a los concejales designados para completar la foto, sin perder de vista los movimientos del alcalde. Desde un seto cercano, el mirlo emitía un estridente chachareo antes de alcanzar una cota superior en su vuelo. Las tórtolas callaban y los gorriones pararon en su revoloteo. Esperaban algo.

Y en ese preciso instante las nubes alcanzaron su estado máximo de negritud y se abrieron como una sandía caída al suelo, vertiendo tal cantidad de agua que parecía que hubieran abierto las compuertas de un embalse. Dos paraguas acudieron en busca del alcalde para introducirlo de nuevo en el coche oficial. La gente buscó refugio donde pudo o se dispersó a toda velocidad empapándose de arriba abajo. Los niños buscaron el amparo del maestro, los padres reclamaron a sus hijos, la policía local cerró los ojos y además de notar que sus uniformes aumentaban de peso, bajaron los brazos y propiciaron el encuentro paterno-filial de los dos grupos. Las azafatas comprobaron lo efímero de la pintura facial ante una tromba de agua. Los zapatos de tacón se convirtieron en barquitos de vela. Los ecologistas sonreían empapados hasta el ombligo. En mitad del Parque, Antonio Del Postigo, era una estatua de sal, por la que resbalaban las gotas de agua hasta formar un gran charco sobre sus tobillos cubiertos de barro. Contemplaba como el coche de los cristales tintados emprendía de nuevo la retirada. Sus teléfonos móviles no paraban de sonar. Hasta él se acercó Eduardo Bueno, ofreciéndole un paraguas.

—¡Póngase a cubierto, secretario, no sea que se resfríe!

Antonio del Postigo miró al cielo, se acordó de los almohades, de las Religiosas del Sagrado Corazón y hasta de la desamortización de Mendizábal, pero no dijo nada.

J.R. Infante

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