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4 min
La indignación de un enano
Humor |
16.11.08
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Sinopsis

Cuenta en primera persona lo indignado que Mudito se siente por la boda de los príncipes.

La indignación de un enano

Me siento indignado y engañado. ¡Yo la vi primero! Fue amor a primera vista. Era tan bonita, tan alta, con esa voz tan dulce… Me hacían palmas las orejas cada vez que cantaba. Yo sabía que si no hubiese sido por la aparición del príncipe en el último momento, me la habría llevado al huerto yo. Pero por la tontería de que no es como yo, mis hermanos dicen que no tengo nada que hacer. Que él es mejor, es más guapo, más listo, más alto, más apuesto, más rico… Yo soy gracioso, quepo en cualquier sitio, tengo los ojos azules, unas orejas preciosas, y no doy el follón, ¡ni siquiera hablo! Si pudiera hablar… ya le habría dicho cuatro verdades al estúpido del príncipe. De todas formas ayer se casaron. Así es como me agradece ella que yo hubiera sido testigo de su envenenamiento, ¡casándose con el otro! No digo que tenga que estar toda la vida dándome las gracias, pero al menos, algo de miramiento hacia mí si, que si no fuera por mí, todavía estaría durmiendo plácidamente en el suelo frío y sucio de nuestra cabaña, o ¿quién sabe? Quizá se la hubiera llevado la bruja.
Nadie me entiende. Ayer cuando el cura dijo: quien tenga algo que decir, que hable ahora o calle para siempre… por supuesto, nadie habló, ninguno de mis seis hermanos se preocupó por mis sentimientos y lloraron de alegría, y yo lloré también, pero porque no podía decir nada, y para colmo, cuando me levanté para que al menos ella me viera y así tuviera algo de cargo de conciencia, todo el mundo exclamó: ¡Oh! Mudito quiere darles su bendición, y yo que lo negaba con la cabeza, el idiota de mi hermano me empujó hacia ellos diciendo: venga, chico, no tengas vergüenza, la vergüenza pa’ robar.
Y si no tenía suficiente con aguantar una boda con la que no estaba de acuerdo, encima tuve que darles mi bendición por la manía de mi querida madre de hacerme sin poder hablar.
No estoy de acuerdo con esta boda, lo digo ahora y lo diré siempre. Ya no sólo porque siempre pensaré que yo habría sido mejor marido que el “principito” éste, sino porque desde que le conocí, me di cuenta de que no era trigo limpio. Es un chico bastante idiota en general. Se pasa el día o mirándose en los espejos (le viene de herencia, su madre hasta hablaba con ellos…) diciendo lo guapo que es, o con su caballo: caballo para arriba, caballo para abajo. Que tanto caballo a mí me mosquea bastante. No es normal que con cualquier excusa se lleve el caballo. Así, la pobrecita de “su mujer” siempre tiene que ir andando a todos los sitios. Que no está mal porque así mantiene su tremenda figura, pero empiezo a pensar, que la verdadera razón por la que el príncipe se lleva siempre el caballo no es porque sea un gandul (que también lo es un rato), sino porque existe un amor oculto entre ellos dos, que es de todo menos sano. A mí esta relación tampoco me gusta nada, el caballo se merece algo mejor.
Además, es un machista, y tiene siempre limpiando y planchando a la pobre, mientras él se tumba todo lo largo que es en el césped de fuera de la cabaña. Y por esto yo me indigno, porque si con un día de matrimonio ya hace esto, ¿qué hará cuando lleven veinte años y ya no sea una princesa guapa y con una linda voz? Será una mujer ya con sus achaques, atacada por tener que cuidar de doce niños pequeños y salvajes, cansada del gandul de su marido… Entonces él se irá con otra más joven. Y ahí estará el idiota de Mudito para consolar a la pobre chica. Y digo idiota, porque a pesar de haber sido ignorado por la princesa durante toda mi vida, el resto de ella la querré, y me quedaré con ella.
Y por esta razón no me tiro por un puente, (aunque quizá al que debería tirar por él es al príncipe) mantengo la esperanza de que algún día esto ocurra, y si no, aguantaré hasta que me canse, y tome medidas. ¡Porque la princesa es mía! ¡Yo la vi primero!
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