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6 min
La intervención
Reflexiones |
12.03.13
  • 4
  • 4
  • 1893
Sinopsis

A veces en la vida necesitamos una intervención ...

              Todo estaba oscuro. Notaba una fuerte presión sobre mi pecho cuando empezaron las taquicárdias.Estaba claro que aquello era una crisis de ansiedad. Respira, respira, me dije empapado en sudor y miedo. Tú lo puedes controlar. ¿Qué me está pasando? ...

De un largo suspiro al final vino la calma y ese susurro que tanto me gustaba de ella. Gracias a Dios, pensé, y me centré en las pausadas palabras de Ana " tranquilo, no pasa nada ... sólo ha sido una pesadilla, tranquilo ... ". Lo mejor de vivir con ella eran esos momentos, saber que siempre estaba ahí para calmar mis miedos. No había pesadilla alguna que pudiera con ella, mi heroína, siempre al rescate. Volví a caer ...

En medio del susurro del viento, protegido por aquellas sábanas que tanto me gustaban, me invadieron los olores. Podía oler aquél suavizante que usaba mi madre con la ropa. Qué curioso los olores, pensé mientras investigaba más allá a través de mi olfato. De repente el mejor olor de los olores me vino a buscar y activó mi estómago como si de una máquina se tratase. ¡Tostadas! sonreí. No había mejor despertar que ese. Me levanté de un salto como si fuera adolescente. En la planta inferior sonaba de fondo Un beso y una flor. Qué cursi mi padre, dije para mi, pero en el fondo aquellas melodías y aquellos despertares me hacían sentir vivo. Me asomé por la ventana y pude ver a mi padre sin camisa, como cada domingo, arreglando cosas del porche. Baje las escaleras a la velocidad de la luz, para encontrar a mi madre en la cocina preparando las tostadas y ese café, que era insuperable. Mi desayuno perfecto.

Ella me sonrió y me dio un beso como si fuera el último, cosas de madres. En aquél instante con mi café con leche y mis tostadas, sentí la paz. Pero todo se nubló. El más blanco de los blancos se centró en mis ojos. No sabía que estaba pasando pero no me inquietaba. Esa melodía la conozco bien, sí piensa, ya lo sabes, es Let it be. Y allí estaba yo, sentado en el viejo piano, tocando y pensando Tú has sido el culpable, desde que me senté por primera vez, viendo esas fotografías me atrapaste. Gracias por dármelo todo. Aquél piano me atrapaba horas, conectaba con él, entendía su idioma y él me entendía a mi.

¿Dónde estaban todos? me preocupé. Empecé a recorrer las habitaciones nervioso. Notaba las palpitaciones en mi boca. Caminé por el pasillo pero jamás me pareció tan largo. Era interminable. Algo dentro de mi decía que me centrase en la habitación de mis abuelos. Sólo veía nítida esa puerta y lo iba a hacer sin duda, la abriría de golpe. Lo sé, ya lo sé, se pica antes de entrar, me repliqué. Mi madre siempre me lo repetía una y otra vez. Cogí el pomo firmemente y abría la puerta como quien sospecha que al otro lado y después del silencio, se escucharía un fuerte ¡Sorpresa!  Y ante mi sorpresa allí estaban todos. Empecé a analizar las caras en cámara lenta. Mi abuelo estaba en la cama con sus enormes cojines y a su lado, sentada tan inofensiva, mi abuela. Me miraban fíjamente, él con cara de enfado y decepción, ella con cara de pena. Podía ver como le resbalaban unas tímidas lágrimas. ¿Qué está pasando aquí? dije con tono serio. Mi madre estaba de pie junto a la ventana y mi padre me daba la espalda. Hacía como quien mira un paisaje por no querer mirarme a los ojos.

Ya no podemos más cariño, dijo mi madre entre suspiros, tienes que dejarlo ... Mi abuela rompió a llorar ... Pude escuchar el susurro de mi padre diciendo ¿Por qué nos haces esto? Me inundó la rabia y salí enfadado de la habitación. Yo soy mayorcito, ¿Qué es esto? chillé mientras me iba. Mi madre me perseguía y no paraba de decir Te queremos, que en mi cabeza se repetía como si fuera con un molesto delay. Me entraron ganas de romper a llorar de la impotencia mientras cogía la chaqueta. Quería irme lejos. Al abrir la puerta allí estaba plantado mi tío, con su mirada tierna. No me dejó escapar. Calma Carlos, lo hacemos por tu bien, decía mientras me cogía intentando abrazarme. ¡Déjame en paz! y volví escaleras arriba. Ya no podía más, quería encerrarme en mi habitación. ¡Callaos ya!  Al abrir la puerta de mi habitación, me encontré a la última persona que creí que me haría eso. Raúl, mi amigo Raúl. ¿Tú también estás en el ajo? le pregunté llorando.

No hagas como yo Carlos, tú sabes por lo que he pasado. Tienes otra oportunidad, esas fueron las únicas palabras de mi mejor amigo cuando volvió la neblina ... Miles de imágenes daban vueltas en mi cabeza. No era capaz de analizarlo todo, era fugaz. Solamente podía oir la voz de un ángel, No me dejes, no me dejes, repetía Ana una y otra vez, mi heroína, aquí estás otra vez, te quiero, mi heroína ... Todo se apagó.

Y allí estaba yo, o mi consciencia. En medio de una extraña intervención, una traición a mi parecer. Pero todo seguía oscuro. Ya estaba mejor, no tenía miedo. Estaba tranquilo, pensando en todo aquello que había sucedido cuando escuché un Hola Carlos. Esa voz no la reconocí. Fui recuperando la vista y veía la sombra de un hombre. El tono de su voz era pausado. Me transmitía calma. Tranquilo dijo. Pude fijarme en su pelo blanco. Recuperaba la nitidez y sus ojos azules me mandaban un mensaje de paz. ¿Estoy muerto? pensé asustado. Notaba la mano de Ana en mi brazo. Me lo apretaba fuerte, sabía que estaba allí. Carlos, repitío la voz de ese hombre que por un instante llegué a pensar que era Dios. Estás bien, tranquilo. Soy el Doctor Vázquez, has sufrido un accidente de tráfico. Estás a salvo ...

Volvió la ansiedad, no podía respirar. Me faltaba el oxígeno. Pude ver a Ana como me miraba desde el otro lado de la cama. Rompí a llorar. No encontraba las palabras para dirigirme a ella. Estaba vivo y mi cabeza iba a mil por hora. Trataba de escupir la infinidad de palabras que quería decir pero sólo me salieron las siguientes:

Cariño, los he visto, los he visto ...

 

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