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10 min
La inutilidad de lo inútil
Drama |
21.03.20
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Sinopsis

un obsesivo encuentra su merecido

La inutilidad de lo inútil

 

Observando en retrospectiva distintos momentos de mi vida, es inevitable no pensar que llevo perdido mucho tiempo en ideas y pensamientos recurrentes, circulares, sin escape; definitivamente inútiles, ociosos. Claro, ponerme a pensar en esto, es como alimentar ese mismo círculo o sea activar a los alimentadores de fantasías y autoengaños. Me queda el tonto consuelo de no ser el único espécimen en este planeta, que padece de estos periodos pesarosos. Tonto digo parafraseando al refrán conocido: “mal de muchos…”

Hoy dejé la oficina un poco después de las cuatro de la tarde, y comencé a caminar agobiado por la idea  (ya imposible de comprobar) de que por distracción le había informado algo incorrecto a un cliente. Me esforzaba por recordar el diálogo, las palabras que pronuncie y la contestación del hombre, por supuesto me era imposible, durante el día había atendido a muchas personas y no podría precisar una conversación en forma exacta. Mi memoria no es la de Napoleón o la de Funes el memorioso, el extraordinario personaje del genial cuento de Borges. Así y todo con esa creencia, el pensamiento me asaltaba pero se iba convirtiendo más y más en indescifrable.

Para darme un respiro, traje a mi mente, otro momento análogo. Que me taladró la cabeza en su tiempo. La conclusión era que esa idea no dio resultado, no se comprobó, ni resolvió. Lo abstracto que pulula en mi cabeza rebotando sin sentido queda allí en un limbo.

Como esto se repite desde mi juventud, me convertí en una suerte de detective privado de mí mismo. Pasaba temporadas enteras investigándome, resolviendo en mi interior, o mejor dicho sin resolver absolutamente nada. Una conclusión repentina, duraba unos instantes y dejaba de ser conclusión, una conclusión que no concluye  es apenas la aceptación precaria de una inútil resolución.

Consciente de la inoperancia de mis obsesiones, y que ya ahora se transformaba en algo que denomino: “meta obsesión”,  es decir obsesionarme por no obsesionarme.  Me planteé tomar una decisión que fuera eficaz para cambiar mi etiología.

Comencé a pensar  —tal vez— ridículamente, que si me ocupara de obsesiones ajenas, ese ocuparme me traería alivio o tranquilidad.

No soy terapeuta ni psicólogo, ni nada parecido, quiero decir que la cuestión no pasaba por buscar pacientes, sino por buscar clientes en realidad. Tendría que conseguir que alguien obsesionado con algo que tuviera contacto con la realidad, algo posible o probable, me lo confesara y yo iniciaría una investigación minuciosa y obsesiva de la realidad o irrealidad de su íntimo pensamiento.

Primero debería distinguir por ejemplo, una obsesión de una sospecha. Que alguien confesara que sospechaba que su jefe tenía en mente echarlo del trabajo, porque le daba indicios que iban en esa dirección, no es lo mismo que ese mismo alguien sintiera en su cabeza, el martillar de la idea de que quizás su jefe, escondiera el deseo de echarlo en algún momento de su vida. Mi tarea de ahora en más era encontrar a ese alguien que tuviera la necesidad de ayuda investigativa; uno como yo que se dispusiera a confirmar o desconfirmar su obsesión.

 Encontrar un candidato no era fácil, no cualquiera está dispuesto a confesar sus obsesiones y muchos menos a un desconocido. Por unos días anduve a la deriva tratando de pescar a uno que fuera el indicado. Comenzaba a desesperarme, el candidato no aparecía.

Cansado y dispuesto ya a renunciar a la idea que a esta altura me resultaba ridícula, entré a un bar. Fui directamente a sentarme la barra del mostrador, pedí un sándwich y un agua con gas. El tipo sentado a mi lado me miró con una sonrisa sobradora. —Agua— dijo como con desprecio, y apuró el trago, su aliento alcohólico me dio deseos de alejarme, pero hice un esfuerzo y le pregunté si aceptaba que lo invitara una copa de lo que fuera estaba bebiendo. Su cara se iluminó, me agradeció y pidió un whisky doble. Lo observé atentamente; iba bien vestido, se notaba que no era un paria, sin embargo tomaba con ansia, o tal vez con desesperación. Comprendí que aceptó mi convite más que nada porque buscaba solidaridad o compañía y no por carecer de dinero. De pronto advirtió que yo estaba intrigado con su conducta y me dijo que le parecía que yo quería saber porque bebía (ya había pedido dos copas más, luego de la invitada), de esa forma.

No esperó la respuesta, me dijo: —Mire, hace un tiempo me obsesiona la idea de que mi mujer quiere asesinarme.

— ¿Tiene indicios? Pregunté emocionado

—No ninguno, solo es una idea que me asaltó en forma repentina—

Inmediatamente y tratando de disimular mis emociones, le dije que podría ayudarlo, que me dedicaba a investigar y que prontamente seguro le daría una respuesta certera. Le pedí datos de su mujer, hábitos cotidianos dirección de trabajo etc.

Me informó todo, hasta me dio una foto. La mujer era joven y hermosa,  tuve un instante de duda; lo notó y dijo — Usted duda que esta mujer sea mi esposa, pero créame que si lo es. Fue terminante.

Guardé la foto y le dije que me pondría a investigar  sin demora.

Durante el receso para almorzar que tenía en el trabajo iría al restaurante donde la mujer comía según los datos que el hombre me aportó.

En verdad, al principio estaba un poco desorientado, pero lo más lógico me pareció hacer  seguimiento de la mujer como prioridad principal. La seguí discretamente durante varios días, para aprender sus hábitos y costumbres. Me hice cliente del restaurante y todos los días pasaba junto a su mesa habitual, intentando no demostrar interés, solo quería que con el correr de los días me reconociera como cualquier otro comensal. Mi presencia debía notarse sin llamar la atención especialmente.

La  mayor preocupación, era que no se me ocurría como abordar a esta mujer joven y hermosa, yo ya tengo unos cuantos años… bueno más de los que me gustaría reconocer, además siempre fui bastante tímido; una mujer joven no me daría la mínima opción. Por suerte para mí, la edad me ayudó. Justo cuando pasaba al lado de su mesa  habitual  en el restaurante que ella frecuentaba; tropecé con una silla mal ubicada, perdí la estabilidad, golpee mi cabeza contra la mesa y caí a piso pesadamente, no perdí el conocimiento, pero intenté levantarme un tanto confundido, sin lograrlo. Ella se levantó para socorrerme, los del restaurante llamaron a la ambulancia  descartaron algo grave y se retiraron; llamé a la oficina informé el incidente y les dije que ese día no volvería;  para mi sorpresa la mujer se quedó junto a mí  y luego me acompañó a mi casa en un taxi que pagó ella misma; yo estaba avergonzado por la situación, pero a la vez contento, fortuitamente la cuestión del abordaje se resolvió.

A partir de ese día, almorzábamos juntos, charlábamos de todo. Me contó de su trabajo, de sus gustos, sus sueños y por fin de su marido. Puse especial atención cuando comenzó a hablarme del hombre para el que estaba trabajando ad honorem. No logré captar nada extraordinario, era hermética cuando se refería a él.

Cuando entré al bar, la imagen era igual a la primera vez, el tipo de traje y elegante tomando copa tras copa. Le informé los avances. Y quedó claro que aún no tenía nada al respecto de lo que lo obsesionaba; comprendió que no sería muy efectivo preguntarle a su esposa, — ¿Por casualidad no tendrás pensado asesinar a tu marido, no? Casi adiviné el esbozo de una sonrisa ante mi frase sarcástica. Salí del bar dejándole una copa pagada.

No pude olvidar la tristeza de sus ojos que seguramente el alcohol aumentaba.

En mis conversaciones con Roberta (ese era el nombre de la mujer), ella jamás se refería a la adicción del marido y no porque no conversáramos sobre Tomás (ese era el nombre de él), yo sabía que era abogado, que se había divorciado y vuelto a casar con ella. Que era unos doce años mayor, que le gustaban los deportes y la lectura…, pero nada sobre su alcoholismo inocultable.

Nada en Roberta me hacía sospechar alguna oculta intención de asesinato marital. Sin embargo algo no estaba del todo claro, solo eran pareceres, pero siempre tenía la sensación de algo no dicho, u oculto. A veces me daba la impresión que Roberta iba a decir algo que repentinamente callaba. Esta conducta me tenía en vilo y cada vez más embarcado en toda la cuestión, sin embargo nunca salió de su boca algo que tuviera alguna significación definida.

Cinco días a la semana nos encontrábamos al mediodía y charlábamos como si nos conociéramos desde siempre.   

Luego de un mes del primer encuentro tuve que reconocer que estaba totalmente enamorado y que me costaba disimular mi sentimiento. Seguíamos reuniéndonos pero esos encuentros eran ahora muy diferentes para mí. Los anhelaba pero me dejaban un sentimiento de frustración muy profundo. Cada quince días visitaba a Tomás en el bar y le informaba banalidades y mentiras,  aunque a la vez me parecía que él  en realidad no me tomaba muy en serio.

Cuando ya no pude soportar el sufrimiento que me causaba el ocultamiento de lo que me pasaba; en realidad un doble ocultamiento, tanto a una como al otro. Era un engaño a Tomás, quien confiaba en mi habilidad de investigador y también era un engaño a Roberta, porque podríamos ahora considerarnos amigos, ya no era un sujeto a investigar, teníamos un vínculo, una relación que se iba extendiendo; me animé, —tal vez el termino más adecuado era me atreví—, a confesarle a Roberta mi sentimiento. Le di mil excusas, dije tontamente que no esperaba reciprocidad, al contrario, que se lo confesaba por no sentirme deshonesto, que estaba consciente de mi edad, que lo que sentía no podía evitarlo, y otro montón de estupideces justificativas. Claro que me cuidé muy celosamente de no referirme a la faceta investigativa, de mi conocimiento de Tomás y mucho menos de la obsesión que lo carcomía y lo hacían volcarse a la bebida. Hable mucho tiempo atropelladamente casi sin registrar lo que decía. Roberta me miraba fijamente, yo no podía descifrar lo que pasaba por su cabeza, se mantenía en silencio, sin demostrar emoción, me alarmó esa actitud y deje de hablar intentando recomponerme. Me sequé la transpiración de la frente con el dorso de la mano, pasé los dedos por mi cabeza intentando acomodar mis pocos cabellos, y busqué sentarme en una posición cómoda.

Luego los segundos de silencio me molestaron en el estómago y la garganta se me estrujó. Roberta hizo un movimiento, hasta ese momento había estado sin moverse, solo escuchando y observándome. De pronto  levantó la copa con su bebida y sin mirarme dio un sorbo, luego  sonrío y dijo sombríamente: —Ay Francisco (mi nombre es Francisco), Tomás ya me había advertido que es muy cruel, jugar con alguien de tanta edad.

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 67 años

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