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11 min
La invitación (II)
Terror |
23.12.16
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Sinopsis

Relato de terror por entregas.

LUNES

Los ojos color índigo brillante acechan desde la esquina de la habitación, la mujer está ahí, cubierta con su espectral vestido blanco, ”NO PUEDO MOVERME”. Ella se acerca sin mover los blanquecinos y demacrados pies, se desliza sobre el linóleo en parpadeos inconstantes, como los saltos de un DVD rayado, “¡NO PUEDO MOVERME!”. Se tambalea ebriamente, como alguien que flota en una densa fosa séptica “¡¡JODER, NO PUEDO MOVERME!!”. Casi repentinamente.…está a dos dedos de su cama “¡¡DIOS MIO, DIOS MIO, NO PUEDO MOVERME!!”, entonces ella levanta una escuálida y pálida mano, la apoya sobre su antebrazo y susurra, con una voz áspera como cristales rotos una única palabra…..MÍRAME…, la mira, incapaz de hacer nada mas, y el tétrico fulgor azulado le paraliza totalmente. Ella vuelve a hablar desde sus fríos y muertos labios…. Ven….ven…."!!DIOS, JESUS, Y TODOS LOS SANTOS, NO, NO, NO!!!".

Scott se despierta empapado en sudor frio, aullando como un animal acorralado, todas las venas y tendones de su cuello y cabeza parecen a punto de estallar. Poco a poco, el sueño va dando paso a la vigilia, y va tomando conciencia de donde está. Ve el papel pintado sucio y astroso de la pared, el linóleo barato desgastado y podrido que cubre el suelo, y empieza a recordar.


La habitación del hotel es sucia y maloliente. Apenas un ataúd de tres por tres metros con un desvencijado catre militar de metal, una mesa de contrachapado cubierta de quemaduras de cigarrillo y un gancho en la pared, que hace las veces de armario. La ventana, con los cristales rotos tapados desmañadamente con plásticos y cinta de embalar, tiene una persiana con los travesaños de madera hinchados y podridos por la humedad, que deja pasar la avara luz solar de la mañana. Sobre el duro colchón, que apesta a orines y a cosas peores, hay una manta del ejército con agujeros de polillas. Scott da una mirada en derredor, y tira de una pequeña cadena que pende del techo. La bombilla barata, colgando de un precario cable eléctrico amarillento, ilumina el pequeño nicho, que aun parece retumbar con los ecos de su agitado despertar. 


Ahora puede oír el zumbido de la “calefacción”, por el que el cerdo repugnante con forma humana que regenta este antro le ha cobrado 8 dólares más la hora. Apenas es un zumbido bajo, tosigoso, que llega a través de una rejilla de ventilación en la cual anida una parda colonia de moho. La habitación esta helada, y su respiración es visible en pequeñas nubes de vapor. Otro ruido atrae su atención. Al parecer la cinta de embalar, totalmente empapada, se ha desprendido del plástico de la ventana, y una de sus puntas aletea patéticamente, como una corneja atrapada en una trampa, dejando pasar el frio aire matinal. Buena forma de empezar la mañana.


Aturdido, trata de sentarse en la cama, e inmediatamente un sordo dolor invade sus sienes con virulencia.


-“Oh, Dios, anoche debió ser una de las gordas” - piensa dolorido.
-“¿Donde demonios estoy?”- inmediatamente después.


Se aclara los ojos con el dorso de la mano, y echa una ojeada al deprimente lugar, el papel de las paredes está cubierto de pintadas y manchas, con números de teléfono que anuncian prostitutas, gente que lo hace gratis, e incluso (le causa hilaridad), un anuncio de venta de un piso. Sobre la estropeada mesa, hay una Biblia con la mitad de las páginas arrancadas, la hojea curioso, y descubre que alguien se ha dedicado a escribir obscenidades en todas y cada una de las paginas restantes con un rabioso rotulador rojo.


-“Genial, ahora ya sé que no puedo caer más bajo” – se dice a sí mismo. Entonces recuerda la dura voz de Miss Hollister, hablando desde sus recuerdos…

“El infierno no tiene planta baja, muchachito, recuérdalo bien”.

Scott sonríe con desgana y se incorpora, se rasca la descuidada barba de dos días y recupera sus botas de bajo las patas de la cama, levantándola, un viejo truco de albergue para mendigos. No es muy probable que le roben en un antro asi, no con la silla apoyada contra el picaporte de la puerta (otro hábito de juventud), pero las viejas costumbres tardan en morir.


Vence la mareante sensación de cansancio que le invade, y renuncia a echarse otra vez en el colchón, después de hacer un rápido calculo mental de sus reservas monetarias, decide que no puede permitírselo, así que se viste rápidamente para evitar el frio. Tejanos, camiseta gris interior y una camisa azul con manchas de vomito y sangre, que oculta con la vieja cazadora de aviador, gastada como si hubiera pertenecido a algún piloto de Messerschmitt de la segunda guerra mundial, por último, cubre sus helados pies con las duras botas militares, y, apartando la silla, sale de la habitación al pasillo, justo a tiempo de ver una rolliza rata escabullirse perezosamente.


Recorre quince metros de pasillo festoneado de nichos semejantes al suyo, mientras escucha como si no hubiera pared las diversas actividades que se desarrollan en su interior. En uno hay una radio que no sintoniza bien, lanza ruidos parásitos y vomita de vez en cuando interferencias, mezcladas con una sincopada canción de los Rolling Stones, “Paint it black”, piensa distraídamente Scott. En otro de los nichos se oye un siniestro crujido de muelles, que con cada embestida parecen advertir desesperadamente que van a partirse, subrayado por sonidos húmedos y susurros entrecortados. Una discusión a grito pelado entre borrachos interrumpe y cubre el sonido de intimidad, con el ruido de botellas rotas chocando contra la pared.

Por fin alcanza el aseo, y se lava la cara con el agua del grifo tiritando. El polvoriento espejo le devuelve la imagen de un joven en la veintena, alto y de espaldas cargadas, con un rostro agradable, aunque con un repunte de tristeza en los enrojecidos ojos, como si hubieran visto demasiadas cosas, demasiado pronto. Una áspera barba desmañada de color negro, como sus desordenados cabellos, le cubre el rostro revestido de un cierto aire de decisión circunspecta, incluso de nobleza o arrogancia.


-“Estoy hecho un desastre, joder”- suspira y decide bajar a liquidar la cuenta del antro y a intentar desayunar. Puede que el día no esté perdido, después de todo….


Notando como se reactivan sus dormidos músculos, Scott baja las escaleras de dos en dos, poniendo cuidado en no tropezar en los combados escalones, y llega hasta la recepción, donde una obesa y calva parodia de hombre enfundada en una estridente camisa hawaiiana hojea una revista pornográfica con los bordes acartonados. Se dirige directamente a él y le interpela:


-Que se debe por aquí, jefe?- mientras echa mano a la cartera.


El gordo, saliendo de su lúbrico ensimismamiento, baja un momento la revista y le mira con sus porcinos ojillos, luego señala con un dedo rechoncho manchado de nicotina un cartelito pegado al cristal, apuntando a donde pone: HABITACIÓN CON CALEFACCIÓN, NOCHE COMPLETA 40 DOLARES. Scott ve un cigarrillo consumiéndose en un abarrotado cenicero tras el cristal de protección en el que se refugia, el cual parece convertir en una especie de mini-cámara de gas el reducto del portero. Suspira deseando que fuera gas cianido lo que sale del cenicero mientras se rasca el bolsillo.


Sale a la calle, y el frio aire le da la bienvenida, terminando de despertarlo y alejando el hedor del hotel de su nariz. Anoche nevó con fuerza, y la calle está cubierta de nieve sucia, arrastrada por los pies de los peatones y esparcida por las ruedas embarradas de los coches. Deambula entre la multitud, encaminándose hasta una caseta blanca situada junto a una obra, donde hay varios obreros reunidos y de la que emana un delicioso aroma a café.

Paga el dólar y medio que le piden por un café largo con mucho azúcar, y enciende un cigarrillo, aspirando el humo con ansiedad. Más tranquilo, y plenamente despierto, examina su situación. Le quedan menos de 30 pavos en el bolsillo, pero, si hoy tiene suerte, podrá vender algo y recuperar lo suficiente para comer y pasar la noche, después de todo, no tiene que ver a Pinky hasta el viernes, por lo menos, y aun le queda bastante material en el maletero del Ford. Termina el café y el cigarrillo, y se encamina hacia el coche.

El resto de la mañana la pasa vendiendo el tabaco de contrabando de obra en obra, y haciendo algún que otro trapicheo con hierba para los clientes habituales, Smokey Jay, Willy el gato… El día se le da bastante bien, ha conseguido sacar un buen pico, aun descontando la parte de Pinky, y se premia almorzando una buena hamburguesa en Wendy’s con una cerveza y pastel de manzana. Cuando empieza a oscurecer, aparca el coche en un aparcamiento público, y decide que ahí será donde pasara la noche.


-No me vendría mal una copa, la verdad- su voz suena hueca en el aparcamiento, y así, sus pasos le encaminan hacia un bar.


El bar es un antro llamado Deuce Club, con algunas Harley-Davidson aparcadas en la puerta y una bandera confederada ondeando bajo la nevada, que empieza de nuevo a arreciar tras un día de tregua. En el bar hay pocos clientes, están cuatro moteros, que parecen tener toda la pinta de ser del famoso “dos por ciento”, por sus tatuajes carcelarios y las hoscas miradas que le echan mientras apuran sus Bud. También hay un par de hombres con mono de mecánico grasiento sentados en la barra, y uno de esos individuos que nunca faltan en ningún bar de verdad, borracho hasta las cejas mientras babea sobre la barra de madera.


Tras la barra hay una camarera que, de no ser por su patético aire de somnolencia, podría ser bonita. Lleva el rubio pelo largo, recogido en una trenza, y un tatuaje con una rosa le cubre el hombro izquierdo. Scott sonríe mientras se sienta en un taburete de la barra.


-Hola encanto, ponme algo para calentarme, que hace una noche de perros ahí fuera.
La camarera, lánguida y aburrida, responde.


-Que quieres?
-Me gustaría tu teléfono, estoy seguro de que tu sí sabrías quitarme el frio, pero me conformare con un bourbon…-le guiña un ojo.


Desdeñosamente, la mujer resopla y va al estante a buscar una botella de Wild Turkey, no sin que Scott pueda observar que la camarera le echa una mirada furtiva, calculadora…


-“No has perdido el toque, Scott, viejo amigo, si te lo haces bien, igual puedes pasar esta noche en una acogedora cama en compañía de esta tipa en vez de volver al puñetero coche…”.


Por fin ella le sirve una medida doble de bourbon en un vaso con hielo, inclinándose quizás un poco más de lo necesario para ello, y dándole una buena perspectiva de su flamante escote.


Scott bebe en silencio, observando de vez en cuando a la camarera, mientras deja su mente vagar por sus recuerdos.

Entornando los ojos mientras escucha la voz cascada de Johnny Cash cantando “Streets of Laredo”, Scott recuerda el Accidente, el Orfanato de King’s Corner, con la pétrea y digna Miss Hollister al frente, las muchas escapadas por todo el estado, hasta que el gobierno decidió que ya no valía la pena buscarle, los días duros de autostop y robar electrodomésticos en casas, los tiempos en que estuvo trabajando en la construcción de la interestatal I-36 y la camaradería con los obreros de la construcción, Spanky, Williamson, tanta gente buena.... Buenos tiempos. Luego vino el despido repentino, la huelga y la carga policial donde le dejaron esa fea cicatriz en la espalda. Sally con su vestido rojo, tan ceñido como una segunda piel, bordeando su cuerpo de atleta. Sally…


Paso el resto de la noche bebiendo, y al final no durmió en una cama, sino en el destartalado Ford, mientras rumiaba para sí y canturreaba ebrio una canción…..”Long Tall Sally”, y una lágrima solitaria rodaba tristemente por su mejilla.

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