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9 min
LA ISLA
Drama |
13.12.16
  • 4
  • 15
  • 353
Sinopsis

Una isla en medio de la nada, un lugar de desolación, una especie de cárcel de la que no es posible escapar.

LA ISLA

           Abandonar la isla se había convertido en mi mayor obsesión, pero resultaba una tarea imposible a todas luces, ya fuese por mar, ya por aire. El aeropuerto había dejado de estar operativo, convertido en un páramo cubierto de polvo y ceniza que el viento sacudía en forma de remolinos, y los aviones, descabalados todos ellos, yacían en los hangares como gigantescos fósiles de metal, sin vida, cubiertos sus esqueletos exánimes por esa misma capa de escoria que envolvía toda la isla. Los puertos también habían quedado arrasados, destrozadas las dársenas y hundidos la mayoría de los barcos en el fondo de un océano cuyas aguas se habían vuelto negras, hueras de vida, aguas que en el horizonte se unían a un cielo gris oscuro sobre el que ya ni siquiera se oía el chillar de las gaviotas. Todo era desolación, la luz natural apenas si podía traspasar la densa barrera cenicienta que, en suspensión, flotaba a lo largo y ancho de toda la isla,   confinándola a modo de prisión. El sol estaba oculto más allá de ese muro opaco y el viento no dejaba de soplar en todas las direcciones, con tanta fuerza que doblaba las palmeras y arrastraba la arena de la playa, hincándose ésta sobre los rostros como si fuesen proyectiles. Difícil tarea la de anclarse al suelo con semejantes vendavales. Yo avanzaba como si, en lugar de la tierra firme, pisase el aire, alzado en vilo por la fuerza de ese viento hostil que todo lo removía, con los faldones del abrigo izándose como si fuesen las velas de un buque fantasma. Avanzar, eso era lo único que hacía a lo largo de todo el día, moverme de un lado para otro medio a ciegas, moverme sin otro afán que el de no enloquecer dentro de esa ineludible cárcel en la que estaba atrapado. Pero ¿avanzar hacia donde? No había lugar donde ir, todo estaba devastado y yermo. Ni tampoco existía nadie a quien poder recurrir, los pocos supervivientes se arrastraban como yo, espectros silenciosos moviéndose sin rumbo, perdidos, sin reconocerse los unos a los otros, verdaderos zombies que se desplazaban sin objetivo ni esperanza.

           Desde que sucediera el cataclismo, el tiempo daba la impresión de haber quedado detenido, no existía ya el día ni la noche, las diferencias entre unas horas y otras apenas se basaban en matices insignificantes, a veces ni eso; todo parecía reducirse a una única imagen grotesca que se repetía de Norte a Sur y de Este a Oeste, un lienzo pintado de gris, de ese gris ríspido y cruel que desde el cielo contaminado proyectaban la ceniza y el polvo. Ese opresivo lienzo parecía tener vida propia y, a modo de sanguijuela, se introducía por debajo de la piel para succionar la sangre, infectarla y conducirse a través de arterias y venas hasta la superficie del cerebro, atravesarla y con el taciturno gris que portaba obliterar todos sus registros, en especial la memoria, que con laxo abandono se diluía en los vapores del olvido, como si de repente una profunda amnesia impidiera recordar cualquier apunte previo a la devastación. Devastación, esa era la palabra; devastación de cuerpos, mentes y almas. Yo ya ni siquiera recordaba cómo había empezado todo. Más aún, ni siquiera sabía quién era yo. Todo era caos dentro de mi cabeza, caos y oscuridad, una absoluta y desoladora tiniebla que sólo en contadas ocasiones era iluminada por efímeros destellos, fugaces parpadeos que acaecían en algún lugar del córtex cerebral, como estrellas de un firmamento remoto, para casi al instante difuminarse de nuevo en el negro abismo de la nesciencia. Una gran explosión, una luz cegadora, pérdida total de la consciencia y... se acabó, luego nada, el vacío, la niebla, la ceniza.

           En silencio, ya dejándome llevar por el empuje del viento, ya lidiando contra él, me internaba al azar por las calles desiertas, esas mismas calles que otrora debieron componer bulliciosos barrios y ciudades saturadas. Ahora no eran más que espacios vacíos sobre los que se esparcían ruinas de hormigón, una vasta extensión de formas retorcidas, destazados gigantes grises aplastados por un cielo todavía más gris, toneladas de escombros sangrantes, sangre gris sobre la que repicaba el sonido de mis zapatos, grises asimismo, cubiertos de ceniza, tan grises como mi camisa y el abrigo que me envolvían, tan grises como mis pasos, tan grises como, en suma, mi propia vida, si es que a este continuo deambular en solitario, sin rumbo ni ilusión de ninguna clase, podía llamársele vida.
 
           Abandoné la ciudad y enfilé por una carretera que conducía hasta el mar. Entre la niebla turbia flotaban gotas ácidas que se hincaban en la piel como alfileres. Ignoro la razón por la que de forma invariable terminaba siempre por tomar dicho camino; era algo instintivo, ajeno a mi voluntad, como si mis piernas fuesen orientadas por un extraño magnetismo que de algún modo articulase sus movimientos. El caso era que allí estaba yo otra vez, deslizándome a lo largo de aquella arteria cuarteada, henchida de grietas y hendiduras, algunas tan profundas que parecían abismos, asfalto calcinado por el que debieron rugir antaño fieros motores, pero que ahora se mostraba tan desértico y vacío como todo lo demás. Ningún vehículo circulaba ya por la isla, la explosión los había debido inutilizar a todos, aparte de que tampoco las carreteras, ni esa ni ninguna otra, estaban en condiciones para un tránsito de tal género. Por lo que a mí concernía, ni siquiera recordaba cómo se manejaba un volante. La amnesia era total. No recordaba nada de cómo había sido mi vida antes de la explosión, nada en absoluto. ¿Realmente había tenido una vida antes? Tampoco los demás supervivientes parecían recordar nada, como así se deducía de sus caras inexpresivas, de la rigidez de sus facciones, de sus miradas vacuas, de la falta de color de su rostro. Nadie, por lo demás, hablaba. ¿De qué se iba a hablar si nadie sabía nada? Sólo se oía el constante soplar del viento en forma de largos y tristes gemidos, como aullidos de lobo, y los rugidos del enfurecido mar negro. Los seres humanos ya no éramos sino espectros que caminaban y caminaban por puro automatismo, sin rumbo.  

           Justo al doblar una curva encontré a una mujer y dos niñas agachadas frente a lo que parecía ser una pequeña cruz de madera. Me llamó la atención el hecho de que, en medio de la niebla que lo percudía todo, irradiase alrededor de ellas una especie de luz coruscante, como un aura que las envolviera e hiciese resplandecer. Se trataba de un fenómeno ciertamente anómalo. Sus caras me resultaban familiares, pero por más que me esforzase en recordar, no lograba identificarlas, los pensamientos se esfumaban apenas materializados y los recuerdos volaban con ellos. Me acerqué para observarlas más de cerca. Sí, yo conocía esos rostros, aunque no sabía de qué. Me hubiese gustado hablarles, indagar por medio de la palabra acerca de su identidad, pero no quería asustarlas ni perturbar con mi presencia aquello que estuvieran haciendo, fuese lo que fuese. De todas formas, aunque lo hubiese intentado, seguramente no habría podido hacerlo, ya que mi capacidad de comunicación había quedado asimismo mermada a raíz de la explosión y el subsiguiente cataclismo. Tampoco, por lo demás, daban ellas muestra alguna de reconocerme a mí; de hecho, ni siquiera parecían haberse percatado de mi aparición. Sus rostros se mostraban ausentes, como en otro mundo, y reflejaban una profunda tristeza; incluso creí discernir el empuje de unas lágrimas que pugnaban por brotar de los ojos de la mujer, ojos vidriosos en cualquier caso, apenados, sin chispa. Comprobé también cómo entre las tres disponían un circular ramo de flores en torno a la cruz de madera. Ese gesto me llamó la atención, por lo que, venciendo mi recato, me aproximé un par de pasos más. Aun de manera borrosa, pude percibir que en el centro de la cruz, donde formaban intersección las dos traviesas, había algo escrito, si bien, pese a la luz que envolvía la estampa, yo era incapaz de leer lo que allí ponía. Un nombre y unas fechas, eso era lo único que acertaba a columbrar, pero tan borrosos a mi vista que no podía distinguir las grafías. Un nombre. Unas fechas. Una cruz. Flores. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Por qué precisamente en ese lugar, en esa curva de aquella carretera erosionada? Además, ¿por qué me resultaban tan familiares los rostros de aquellas tres mujeres, en principio unas desconocidas? Y, lo más extraño de todo, ¿por qué sentía en mi pecho un incontenible brote de afecto hacia ellas?... Durante un brevísimo lapso de tiempo la mujer levantó su mirada y se encontró con la mía. Noté cómo mi espina dorsal era recorrida de arriba abajo por un fuerte estremecimiento. Sin embargo, ella ni siquiera me miró, como si yo fuese transparente o, más aún, como si no existiera. En sus ojos, ahora sí que lo pude constatar a ciencia cierta, había lágrimas, muchas lágrimas.

           Me alejé por la carretera en dirección al mar. Las ráfagas de viento, secas y heladas, arrastraban densos remolinos de polvo. Yo quería abandonar la maldita isla, escapar de aquel gris opresivo que se introducía en la sangre y lo infectaba todo; pero sabía que era imposible.

                            
                                

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  • Hola Mario. Me gusta tu estilo narrativo. Magnífico y original relato. Bravo. Un saludo. José. L. Posadilla
    Hola Mario, felicidades por tu estilo y tu riqueza en el uso del lenguaje. Una historia q deja un poquito a la interpretación del lector, como debe ser. Un saludo.
    Cuando me he ido acercando al final he entendido -o eso creo- que él estaba muerto y que ellas eran su familia. Pero la narración es amena y atrapa desde el principio, felicidades por tu texto tan bien llevado : ) saludos.
    Gracias, Ana María. Un fuerte abrazo también para ti
    Magnifico relato, en el que combinas una excelente prosa con una historia llena de interés. Sabes transmitir la angustia del protagonista que, como el lector, no sabe lo que ha sucedido. Y, cuándo parece que estamos ante una devastadora catástrofe nuclear nos sorprendes con ese final tan bien llevado. Un abrazo y mis felicitaciones
    Muchísimas gracias por tu comentario, Bella. El cataclismo en este relato es la propia muerte, de hecho todo el relato es una metáfora en sí, el protagonista del mismo murió en un accidente de tráfico en esa curva donde su mujer y sus hijas colocan una cruz en homenaje a su recuerdo, pero él ya no las reconoce, no es consciente de nada, el mundo del más allá es completamente autónomo del terrenal, un universo separado producto de ese cataclismo que es la muerte, pero él no lo entiende, no puede entender que ya no está entre los vivos, que está atrapado bajo ese velo negro que de súbito amputó toda luz y toda esperanza.
    Pongo los ojos en tu narración y veo a través de tu piel. Me gusta la forma que planetas la situación y el sentimiento, como vientos en contra y agua negras a vista de sedientos. Pues que cataclismo, escenas desoladas y alfombras de fantasmas, me gusta cuando dices que los aviones son fósiles metálicos. Y puedo decir con este tipo de narración el tiempo vuela. Un grato saludo, un abrazo.
    Agradezco mucho tu comentario, R. Ariel, y me satisface de veras que el viento de mi narrativa te consiguiera atrapar ;-)
    Excelente relato Mario, me ha encantado leer tus tremendas descripciones. Tienes una narrativa que atrapa desde el comienzo, con una intensidad que no cesa, como ese viento que azota la isla.
    Muchas gracias por tu comentario, Fálfica. Celebro que tengamos esa concomitancia de la que hablas ;-)
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