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6 min
La Lengua del Alma
Reflexiones |
11.04.17
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Sinopsis

Relato con el que participé en el 2° Torneo de Escritores organizado aquí y en Facebook.

El anuncio le pareció extraño, pero le hizo una foto con el móvil y decidió acudir. En caso de comprobar que se trataba de una estafa daría media vuelta y a otra cosa. Por probar…
Pero iba en serio. En aquel lugar le ofrecían un trabajo a cambio de una única cualidad: tener imaginación.
Y él tenía de sobra.
La mañana era clara, de nubes espantadas, y usaba la mano como visera. Llegó al local, y en recepción analizó a los otros interesados, unos cinco contando a él.
Uno a uno pasaron por una puerta al fondo, saliendo cada uno a los diez minutos con expresiones agradables y satisfechas. Una vez fueron entrevistados, se les dijo que subieran a la planta superior. Allí volvieron a esperar, y se pusieron nerviosos por efecto contagio. La puerta se abrió y un hombre trajeado asomó. Los observó como si no supieran que hacían allí, y entonces dijo un nombre antes de volver a entrar como con prisa.
Le tocaba ser el primero.
Cuando entró, analizó la sala mientras cerraba la puerta. Parecía diseñada para conferencias, y una pantalla para diapositivas en la pared reforzó la idea. Allí dos hombres trajeados ─uno era quien lo había llamado─ y una mujer vestida de blusa blanca se situaban sentados frente a una mesa en un lado de la habitación. Le hicieron unas señas y se percató de la silla en mitad de la sala, encaramada hacia la pantalla. Una vez se sentó, se sintió abrumado por el blanco reinante del lugar.
Tras una charla amena sobre las intenciones de la compañía (fomentar la creatividad mediante todo campo posible, no sólo artístico), uno de los hombres elevó la mano e hizo un gesto con el pulgar, descubriendo que portaba un mando.
Escuchó un ruido por encima y giró la cabeza hacia el techo, donde descubrió el proyector. De mientras, la mujer se había levantado para dirigirse al interruptor de la luz en la pared y pulsarlo. La oscuridad quedó agujereada por el brillo de la pantalla.
La foto de una botella vacía se mostró. Era un llavero, pues una cadena surgía desde la embocadura, enganchada en el otro extremo a un aro. Conforme lo analizó, distinguió la textura de plástico, o al menos la impresión.
─Este llavero es portado siempre por una persona en particular. Queremos que digas siete motivos del porqué es así.
Tardó en apartar la mirada y fijarse mejor en lo que se descubrieron como jueces.
─Siete.
─Sí. Siete posibles teorías sobre alguien que lleva siempre consigo ese llavero.
Su mirada ─y por lo tanto su mente─ ya estaba analizando la imagen. En seguida comenzó a teorizar:
─Valor sentimental. Pertenece a su pareja o a su ex. Acaso de una chica que no le correspondió. No sabe dejarlo atrás.
─Bien. Continúa.
Miró de nuevo hacia ellos y se percató de un pequeño aparato negro que había sobre la mesa. Dedujo que sería un reloj o contador. Regresó la mirada hacia la pantalla:
─Puede ser también un recordatorio. Es alguien que quiere superarse, y portarlo le da voluntad.
Se produjo el silencio. Los miró, y al comprobar que se mantenían en su postura muy interesados, prosiguió. Para la tercera ahondó sobre un recuerdo de infancia, quizá una persona que conoció durante el verano se lo dio; o lo encontró en el bosque, y la imaginación infante hizo el resto. Creció, pero por costumbre no lo desechaba.
Habló de superstición en la cuarta, que el llavero fue encontrado en la calle y ese mismo día sucedió un suceso tan bueno como fortuito. Permanecía la creencia a pesar de vivir días monótonos, pero era preferible a los días desastrosos.
En la quinta una leyenda giraba en torno a la botella. Junto a una buena amiga de la que estaba enamorado en secreto idealizaron la clase de genio que vivió ahí. ¿Un genio es acaso encerrado o apresado? Eso disparaba otras teorías que no tenían relación, debía centrarse.
Con la sexta, sin pensarlo mucho, explicó que era el primer robo de un niño que fue cada vez a más hasta convertirse en un ladrón de renombre una vez adulto. Elaboró la teoría de cómo la primera mala acción, por pequeña que sea, desencadena a desarrollar aspectos cada vez más marcados de la personalidad.
─Bien. Toca la última.
Calló. ¿Ya había pronunciado seis? Le pareció que llegar a cinco ya iba a resultar difícil. Pestañeó y reanalizó la fotografía del llavero. Afirmó y su boca gesticuló una mueca neutral que evocó seriedad. Se mantuvo y al fin habló:
─La última es sobre mí. Es lo que me ha evocado esta única imagen, tan sencilla ella. Es… ─dudó─. Sí, la botella contiene mi alma ─se mantuvo; la cara iluminada por la pantalla─. Todas las cosas contienen nuestras almas. Puedo abrir esa botella y liberarme, desarrollar mi imaginación, que es una extensión de mis pensamientos y recuerdos ─remarcó─ usados en el libre albedrío. Todas las teorías anteriores hablaban un poco de mí porque contienen verdades.
Entornó los ojos. Actuó como si estuviese solo.
─Al igual que el creyente ritualiza su mundo para acceder poco a poco al interior y encontrar la voz que lo guíe, los artistas y creativos vamos expulsando hasta ensanchar la salida de la mente, que también es la entrada. Las teorías cada vez son más exageradas, pero porque hacen hueco a las buenas ideas, que siempre vienen detrás. A base de crear vamos llegando a nuestro interior, a lo más hondo. En ese lugar está el alma, y se comunica mediante este lenguaje, dando ideas que bien enfocadas ayudan a mejorar y por lo tanto a avanzar.
“Gracias”. Frunció el ceño al percatarse que lo había dicho él en voz baja.
Las personas de la mesa se miraron entre sí. La mujer se puso de pie y lo alentó con una sonrisa. Interpretó que debía acercarse. Una vez lo hizo, la mujer le ofreció la mano, la cual apretó con firmeza.

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