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17 min
La llave
Suspense |
22.11.20
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Sinopsis

En su visita a la casa de su amiga Carmen, Emilia experimenta situaciones inquietantes.

LA LLAVE La tormenta se cernía sobre la ciudad. Con pasos apresurados que hacían eco en las baldozas de la avenida, Emilia se aproximaba a la casa de su amiga Carmen, la pintora. Mucho tiempo había esperado por este momento, y al fin había llegado el momento. Todo parecía conspirar a favor de la concreción, y apenas sus manos se posaron en la placa metálica donde se leía: Gruber-Jiménez, el amable portero del edificio ya le estaba abriendo la puerta, con una  sonrisa. Buenas tardes, ¿viene a lo de Carmen? -Si, ¿se acuerda de mí?- indagó emocionada, al saberse reconocida. -Por supuesto. Adelante.La gentileza de Ramiro, sumada a la extraña sensación de que todo saldría bien, dio a Emilia el impulso suficiente para perder su característica timidez y responder con un beso inesperado. Actitud que no pasó desapercibida por Ramiro, gran admirador de la escritora. Verla allí, con ese renovado brillo en la mirada, significaba para Ramiro la anticipación a  nuevas lecturas, con las cuales quemar sus horas de ocio en la portería. Malevich fue el primero en aparecer, con su maullido elocuente. Detrás de él, la sonrisa de su amiga Carmen. Trás ella, y alrededor, y debajo, y detrás, y por todas partes, los cuadros de Da Vinci, Van Gogh, Gauguin, Renoir, Cezanne, Miró, Picasso, Tiziano, y de la célebre uruguaya Carmen Gruber Jiménez. Esta vez, sería San Juan Bautista. Tal fascinación había ejercido su imagen, sus luces, sus sombras, la ambigüedad de su andrógina mirada, su mano indicando al cielo, su misteriosa sonrisa, que la escritora decidió que la próxima historia lo haría protagonista. Su amiga Carmen no estaba tan segura. -Parece malvado- dijo, al tiempo que contemplaba los extraños y entrecerrados ojos de la figura, enmarcados por largos y encaracolados cabellos castaños. -Es maravilloso -respondió Emilia, absolutamente fascinada por la obra. ¿Empezamos con las ilustraciones? Necesitaríamos 3 de San Juan, para acompañar las 3 fases principales de la historia. Y las otras 3, aquellas que esbozaste la semana pasada. ¿Las tenés? –indagó la escritora entusiasmada. -Sólo una, la del jardín. Acá está- respondió la pintora sin mucho entusiasmo. ¡Está bárbaro! Crea un buen efecto. ¿Querés ir haciéndolos, mientras yo trabajo en la computadora? Ya tengo prontas la introducción y los dos primeros capítulos. Puedo revisar eso y comenzar con el tercero, y después lo vemos juntas. -Bueno, ¿te hago café?- propuso Carmen un poco más animada. -No, creo que voy a estar bien así. -Bueno- asintió Carmen, encaminándose a la cocina en busca de té y unas galletitas con las cuales amenizar el trabajo que la aguardaba. -¿Estás segura que San Juan sea el personaje? Molesta ya por los comentarios de su amiga y el temor de ver su proyecto amenazado, Emilia giró y, al tiempo que enroscaba sus largas piernas en las patas de la silla, comentó: -No sé…, a mi me gusta. Es una historia de misterio, quizá justamente por eso sea el personaje apropiado. -Mmm… Bueno, es tu cuento- agregó Carmen en actitud conciliadora, mientras esbozaba una leve sonrisa. -Sí, pero si a vos no te parece… -Quizá podemos reverlo, creo que hay otras obras más inspiradoras, aún para una historia como la que vos pensás escribir. -La que estoy escribiendo- respondió Emilia irritada, con ojos que pretendían ser amables. -No te olvides que ya tengo dos capítulos prontos… -¿Malevich qué opina?– lanzó Carmen repentinamente en tono jocoso a fin de distender la situación, mientras acariciaba a su hermoso gato negro, blanco y marrón desparramado sobre el  pequeño sillón del living. -Malevich no opina- respondió Emilia con una sonrisa, girando su rostro hacia el monitor y retomando su trabajo. -¿Y qué tal si retomás aquellas historias de Praga? Eran hermosas…-surigió la pintora. Renovadas energías corrieron por el cuerpo de la escritora. Fue como si en ese momento recuperara su alma disminuida. Se levantó de su silla, hizo el asiento a un lado y se encaminó rápidamente hacia la repisa, desbordante de libros, fotos, adornos, antigüedades, inciensos y aromáticos envoltorios de bombones, obsequio reciente de uno de los tantos admiradores de su amiga Carmen. -¿Todavía tenés el cd? ¿Está acá? -Sí, creo que sí. ¿Vos no lo guardaste? -A mí no me convenció esa historia, por eso la abandoné. Pero ahora que la mencionás, se me ocurrió que puedo darle un giro diferente, e intuyo que puede salir algo interesante… -¡Bueno, bárbaro! Vas a ver que sí, va a ser mejor aún… Ya con el cd en sus manos, Emilia lo observó, lo palpó, y luego de unos segundos de meditación silenciosa, se dirigió nuevamente a la mesa a retomar su trabajo y recuperar las maravillosas experiencias archivadas de su inolvidable estadía en Praga. A medida que avanzaba en la escritura, la cual parecía fluir mágicamente como si los ángeles le dictaran, innumerables recuerdos de la ciudad parecían agolparse bruscamente en su mente. El majestuoso puente, el hermoso barrio histórico, los bellos techos de teja roja que se extendían a lo largo de la ciudad, el legendario teatro, las marionetas, los bellos rostros de sus habitantes… Maravillosas memorias que la transportaban a una época de felicidad en la que recorría el país contando sus historias. Épocas que de tan felices, dolía un poco recordarlas. Luego de veinte minutos de escritura apasionada, otra imagen reclamó un lugar en su mente, otra vez. Una tarde de lluvia y viento, como la de esa noche en casa de su amiga Carmen, Emilia se había refugiado en un hermoso museo de la ciudad. Luego de peregrinar cual zombie por largos y solitarios pasillos cargados de tenues luces y de opresivo silencio, se había encontrado de repente ante él, San Juan. Y fue entonces que el tiempo se detuvo. Desaparecieron de repente la lluvia, el viento, el techo, el piso, y todo elemento material o inmaterial que la rodeara. Aquella figura cautivante la perturbaba; provocaba en ella sentimientos nuevos, que probaban una vez más la limitación de nuestras palabras. Su mirada acuosa y sugerente, su larga y puntiaguda nariz, los gruesos y sensuales labios, la dulce sonrisa, el cabello rizado, y sobretodo, su grácil y sugestiva mano cuyo índice señalaba al cielo, parecían fascinarla y aterrorizarla al mismo tiempo. Cielo e infierno, perversión y belleza, tierra y limbo, todo unido, quizá de forma gloriosamente contradictoria, en una misma pintura. ¿Qué había pretendido Da Vinci con aquella obra? ¿Había sido consciente de su embrujo? Era sin duda la obra de un genio y Emilia no podía apartar sus ojos del lienzo subyugante. Mientras se alejaba del cuadro, deseosa de escapar cuanto antes de su influjo y de retornar a su vida de siempre, se sintió asustada. La mirada de San Juan Bautista no se había ido de los ojos de su mente. ¿Pero cómo podía ser que un cuadro le causara ese desasosiego? Una vez afuera, se había prometido escribir sobre él, escribir lo que fuera, para impedir que un fenómeno semejante desapareciera de su vida. Y ahora, dos años más tarde, sentada ante el monitor repleto de imágenes y recuerdos de la capital eslava, se preguntaba si Carmen estaría en lo cierto al instarla a retomar sus cuentos de República Checa y dejar atrás a San Juan Bautista, su obra de arte favorita. Pero su intuición le decía que su amiga estaba en lo cierto, y que aquella podía ser una muy buena historia.  Luego de otro rato de entusiasmada creación, Emilia se incorporó y estiró sus piernas y sus brazos. -Carmen… ¿No me traes café? Al no haber respuesta, Emilia supuso que su amiga estaría sumergida en quién sabe qué novedosa obra literaria, o escuchando jazz, o que quizá estaría experimentando nuevos colores y formas con sus aclamados y reconocidos pinceles. Se dirigió entonces a la cocina para prepararse algo de tomar y beber, ya que acababa de adquirir consciencia de lo tarde que era y de que no había comido nada en todo el día. -Estamos encerradas- le dijo Carmen al verla aparecer en el pasillo, con rostro perplejo. -¿Cómo encerradas? ¿De qué hablás?- respondió Emilia sin entender lo que estaba sucediendo. -Si… Quise salir para comprar vino y no encuentro la llave. La puerta está trancada, y la llave no está en ninguna parte. Ya busqué por toda la casa- agregó tentada a punto de soltar la carcajada, mezcla de hilaridad y confusión, mientras miraba a su amiga en busca de respuestas. -¿Pero, y cuando cerraste? No entiendo. -Después que vos llegaste, cerré la puerta con llave, como hago siempre. Y supongo que por algún motivo la saqué de la cerradura, porque no está. Y ya busqué en todos los lugares posibles, ¡y la llave no aparece! En la repisa, en la mesa, en la cocina, en el baño, en la sala, ya no sé donde buscar… ¡Es insólito!- concluyó Carmen, con ojos que denotaban preocupación y desconcierto ante lo ocurrido. -Bueno, no sé… ¿Y nadie más tiene llave? -¿Quién va a tener? Yo vivo sola… Nadie tiene llave de mi casa, es el único llavero que tengo… Tendré que llamar a un cerrajero, no sé…- comentó con rostro un tanto ofuscado, dejando entrever su impaciencia ante lo inexplicable. -¿Y por qué no le pedís al portero? Él tiene llave de todos los apartamentos…- respondió rapidamente Emilia, contenta de haber encontrado una solución. -¡Sí, tenés razón, me había olvidado de eso…! Pero a esta hora ya se fue, y no puedo hacerlo venir especialmente... -se desanimó. -Ramiro es muy amable, en esta situación creo que vendría, ¿no?- sugirió Emilia, tratando de tranquilizar a su amiga. -¡Pero no puede ser que la llave se pierda acá dentro! Cerré la puerta, saqué la llave... , ¿y qué hice? ¡No puede desaparecer dentro de mi casa! Tampoco la voy a estar escondiendo… No tiene sentido…- exclamó finalmente, dejándose caer en el sillón junto a su gato Malevich, quien, ajeno a sus preocupaciones, limpiaba sus largos y negros bigotes al compás de la melodía de Beethoven que sonorizaba la sala. -Bueno, entiendo, pero vamos a calmarnos. Vamos a buscar de vuelta, yo en los cuartos y el baño, y vos en las salas y la cocina. Las llaves no caminan… -Busquemos…- concordó Carmen, sintiéndose un poco ridícula por haber tenido una reacción tan infantil ante algo que evidentemente no pasaba de un incidente provocado por una distracción, la cual seguramente la habría llevado a apoyar la llave en alguno de los tantos recovecos existentes entre libros, adornos, fotos y materiales de trabajo que poblaban la residencia. Sin embargo, luego de  varios minutos de afanosa búsqueda, la llave seguía sin aparecer. De no encontrarla, deberían llamar a un cerrajero, pero dado que era el día de los muertos – y que ya era tarde– era poco probable que encontraran alguna cerrajería abierta o algún cerrajero de turno. Otra opción era que Emilia se quedara a pasar la noche, perspectiva poco alentadora tomando en cuenta que al otro día a las 11 de la mañana debía estar trabajando, y para lo cual igualmente habría que resolver el tema de la llave previo a su partida. -Distraída sos- comentó Emilia entre risas para romper la tensión creada por la situación. –No me extrañaría que la llave apareciera en la heladera, o en alguna maceta… -No ves que sos tarada…-contestó Carmen muerta de risa mientras se servía un vaso de agua con hielo. -¿Cómo voy a dejar la llave en la heladera? ¡Eso lo harías vos! -No, yo la dejaría junto a la comida del gato, o dentro del lavarropas…- respondió Emilia, a lo cual Carmen estalló en una carcajada, al tiempo que se sentaba en su silloncito preferido junto a la mesita ratona que se había traído de uno de sus viajes a Asia. La noche afuera continuaba tormentosa, los rayos se precipitaban sobre la tierra y la lluvia bañaba los edificios con su humedad celestial. Cansadas de su infructuosa búsqueda, Carmen y Emilia decidieron mirar televisión, donde seguramente encontrarían algún programa que distraería su atención y les permitiría retomar la búsqueda más tarde, con la mente más despejada. -Vamos al otro cuarto. Ahí tenemos la tele grande, y podemos ver algo bueno- propuso Carmen entusiasmada. -¿Hay algo bueno para ver?- preguntó Emilia con un tono que mostraba algo de desconfianza ante la potencial calidad de los programas televisivos. -En un rato hay una película, a esta hora siempre pasan las de terror. ¿Te gustan? -Mmm, depende. De terror ya te tengo a vos, ¿para qué quiero película?- respondió Emilia con ojos cansados y tono jocosamente impaciente. -No te digo… Sos tremenda- acotó Carmen encaminándose al cuarto del fondo, seguida por Emilia, quien ya comenzaba a hablar entre bostezos. La habitación estaba finamente decorada y los sillones invitaban al descanso. Al encender la televisión, se encontraron con una de sus películas favoritas, motivo por el cual permanecieron las siguientes 2 horas ensimismadas en la pantalla. Luego de la sesión cinematográfica, se presentó nuevamente el tema de cómo salir del apartamento de la pintora, dilema que ofició de cable a tierra y tensó sus músculos nuevamente, distendidos luego de 2 horas de entretenimiento. Ya era de madrugada, y sumado al cansancio del día, Emilia se preguntaba como haría para llegar a su entrevista de las 11, a qué hora lograría irse, y en qué condiciones. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la visión de Carmen, con rostro de complicidad, extendiendo hacia ella un enorme bollón de vidrio verde lleno de nueces, maní y bombones de chocolate.  -¡Qué rico!, ¡no me dijiste que tenías! – exclamó  fascinada, tomando un gran puñado en sus manos. -Bueno…- suspiró Carmen mientras se apoyaba con rostro cansado sobre el brazo de uno de los sillones -¿qué pasó con los cuentos de Praga? ¡Al final te enloquecí con la pérdida de la llave, te traje a ver la tele y no te dejé escribir!- concluyó, con rostro que denotaba una mezcla de sorpresa con vergüenza. -Todo bien- contestó Emilia – en realidad empecé, y escribí varias páginas. Me encanta el proyecto de la historia de San Juan, pero creo que lo de Praga puede ser mejor, así que ahora estoy concentrada en eso. Con el otro veré después que hago. -¿Con quién? ¿Quién es el otro? ¿El cuento o tu novio?- preguntó Carmen de forma suspicaz, observando la reacción de su amiga. -¡Jaja!, ¡con el cuento!- contestó a las risas, posando su mirada en la gigantesca vela azul y violeta que adornaba la mesita del living. -¿Ahora dónde está? -Creo que en Buenos Aires, con él nunca se sabe- comentó Emilia con tono un tanto amargo, introduciéndose un montón de nueces en la boca como forma de calmar la angustia. Pensativa, Carmen desvió la mirada hacia su biblioteca de pintores. –¿Dónde está el libro de Da Vinci?- inquirió, mientras sus ojos se clavaban en el rincón vacío donde siempre dejaba uno de sus libros preferidos.  -Yo que sé… Hoy lo estuvimos mirando... Lo debés haber dejado arriba de la mesa. ¡No me digas que lo perdiste como la llave! – rió Emilia pícaramente mientras estiraba sus brazos en un bostezo. -No. Antes de venir para acá a mirar la película traje el libro y lo dejé ahí, en ese espacio, ves?- mostraba Carmen con determinación, mientras señalaba el único espacio libre en toda la biblioteca, junto al libro de Monet.

-Bueno, debes estar confundida. Debe haber quedado allá en el living. Tenés tantas cosas arriba de esa mesa que puede haber quedado sumergido entre las carpetas, los libros, las velas… Malevich debe estar aprendiendo algo de pintura…-acotó irónicamente. -Sí, claro. Qué raro- respondió Carmen confundida. Estoy segura que lo traje para acá. Pero debe estar en el living, ya vengo- contestó con aire cansado, alejándose de la gran sala donde se encontraban y encaminándose hacia el pasillo que la conduciría al living, localizado junto a la puerta principal y próxima al estudio. -¿Podemos jugar a las cartas?- consultó Emilia súbitamente, interrumpiéndola en su caminata. -A esta altura te diré que ya ni pienso dormir. Diría que llamemos al cerrajero en la mañana y en cuanto la cosa se resuelva me voy. Si me acuesto ahora no me levanta nadie. -¿A las cartas? Bueno, mañana no tengo que madrugar... Ahora vemos. Dejame recuperar a Da Vinci- explicó Carmen con una sonrisa, rumbo al corredor engalanado con obras de  El Greco. -Apurate- respondió Emilia un poco impaciente. Segundos después, y de modo repentino, sintió un estado de nerviosismo inexplicable que la hizo incorporarse de golpe, con la mirada perdida en el pasillo por el que ahora se desplazaba su amiga. En ese instante, sintió un dolor en el pecho que la dejó paralizada. ¿Qué le  estaba ocurriendo? El grito de Carmen congeló su sangre y sintió cómo la adrenalina corría por su cuerpo, un frío la envolvía y sus fuertes y atléticas piernas flaqueaban al punto de casi no ser capaces de sostenerla. Con el corazón desbocado, Emilia corrió rumbo al living. Allí se encontró con Carmen, blanca como un papel, adherida a la pared y con los ojos desorbitados, fijos en la mesa de trabajo, la cual se encontraba ahora despejada, limpia, prácticamente vacía. Y entonces lo vio. Elegantemente desplegado, en la página indicada, sobre la mesa de madera y hierro. El desaparecido libro de Da Vinci, el que Carmen juraba que había devuelto a su lugar en la biblioteca de la sala. Abierto, expuesto ante ellas de manera casi ostentosa. Dentro de él, San Juan Bautista. El enigmático ser de óleo las miraba desde la distancia, con un aspecto prácticamente vivo y desafiante. Seductor como siempre, con excepción de un detalle. Un nuevo e inusual elemento se dibujaba en la sugestiva mano que señalaba al cielo. De su dedo índice, esbelto y decidido, de la forma más natural y como parte integrante de la sugestiva obra de Da Vinci, colgaba un dorado llavero, cuya inscripción “Carmen” brillaba resplandeciente. Bautista dirigió su mirada a la pintora, y a continuación, sonrió sin disimulo hacia Emilia. Un viento imposible comenzó a mover las páginas del famoso libro. Las llaves de Carmen, relucientes en las manos del santo pintado, iniciaron un tintineo que hizo que la pintora comenzara a llorar en medio de una crisis de nervios. Emilia se sentía aterrada. Y entonces lo escucharon. Un leve crujido de maderas, casi imperceptible. Y entonces lo vieron. En ese momento, el libro se cerró de golpe, la puerta principal se abrió, y una extraña sombra comenzó a surgir.

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