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8 min
La luz en las telas de araña
Fantasía |
04.09.11
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Sinopsis

Salem - la ciudad donde toda sla scasas eran distintas

Iban en tren, pero no eran extraños en un tren. No, no lo eran.

 

Ella nunca había perdido un tren porque sabía cogerlos en marcha. En su mundo no había gente triste y sola en los andenes perdiendo la esperanza y desde luego los caminos por los que podía ir no dependían de que nadie hubiese tendido previamente una vía. Lo único que admiraba de los trenes eran los romances que surgían de improviso en los vagones y que las traviesas se llamaran traviesas. Se acordó entonces de aquellas escaleritas en un jardín que siempre bajaba corriendo aún sabiendo que resbalaban como condenadas.

 

De modo que dejaron el tren, cogieron un todoterreno para ir por cualquiercamino porque todavía no sabían a dónde les iba a llevar aquel viaje. Le quitaron el techo y les dio el viento en la cara y el sol en el hueco desabrochado de dos botones.

 

En Olympia nunca se habían celebrado unas olimpiadas. Era la capital del estado de Washington, que no es el Washington que a su vez es capital de los Estados Unidos (La capital no era Nueva York?). En común tenían que Olympia también tenía un capitolio. A parte de eso, no había nada más.

 

Conocieron a la tribu indígena de las veganas: mujeres gigantescas pintadas de recuerdos descoloridos y cuerpos blandos e informes como las almohadas de los insomnes. Empachaban a los viajeros con hospitalidad y hash browns y a todos les preguntaban de dónde eran y a dónde iban; pero tenían la prudencia de no preguntar por qué.

 

De allí, a Portland, que tenía pinta de tener niveles altos de asfalto así que se fueron… bueno, en realidad no llegaron. Las cascadas a las que llegaron después sólo impresionaban a viajeros de corta distancia, pero tenían un nombre mucho más bonito que todas las otras cascadas del Mundo. Haciendo de menos a los senderos, como habían hecho con las vías, ella trepó decenas de árboles hasta conseguir verse reflejada en el agua. Cuando volvió junto a él, le había salido musgo en las botas.

 

  • Querías verlas de cerca?
  • No, quería que me vieran de cerca ellas a mí.

 

Y así conquistaron Multnomah Falls.

 

Y se encontraron con que estaban en Oregón, el estado donde los árboles crecían más, y más deprisa; tupiéndolo todo hasta apenas dejar sitio para nada más. Pero algunos personajes habían construido sus propias casas a base de madera, porches, y alguna obsesión particular que en algunos sitios podrían considerar desórdenes maníaco-compulsivos. Ese fue el orígen de lugares como Salem.

 

Salem era uno de esos sitios donde la gente queda atrapada en la más absoluta nada y de ahí la dedicación acérrima al perfeccionamiento de ciertas habilidades tales como podar setos, pintar vallas o hacer cakes de salmón.

 

Los centros de reunión eran las 17 iglesias derivado-cristianas que estaban camufladas entre las casas con ese mismo aire inquietante de hospitalidad absorbente; y las clases de temática heterogénea que congregaban a pequeños grupos en las casas del más ducho en ésto o aquéllo.

 

Se celebraban, por ejemplo, clases de cocina en la cocina de La Que Mejor Cocinaba. Algunos decían que había matado a la anterior mejor cocinera de Salem para hornearla con jengibre y azúcar glass después, ocupar su sitio, y darla como postre en su cena de nombramiento de La Nueva Que Mejor Cocinaba de la capital.

 

Porque Salem con sus 150.000 habitantes era la capital del estado de Oregón. A pesar de eso casi nunca llegaba nadie; pero era todavía más raro que alguien se fuese de allí. El pueblo les mutilaba la curiosidad y adormecía a los espontáneos. Primer día de viaje y ya estaban en medio de una trampa mortal.

 

Jean les recibió en su casa de cien años después de su clase sobre cómo acercarse a la cultura japonesa a través de los pancakes pues había un número notable de japoneses en la universidad a los que, tal vez, pudiese alojar en su Bed&Breakfast.

 

La casa ofrecía a los huéspedes un dormitorio que, en palabras de abuelas que hablan de sus nietas, era simplemente ideal. Tenía un cuarto de baño de actriz de los años 20, una cama altísima y centenares de bicicletas por todas partes, bordadas en las toallas, dibujadas en acuarela por las paredes y a modo de adorno inútil sobre las cómodas.

 

La cama les absorbió entre sus cientos de almohadones pero al día siguiente ella consiguió salir de la cama y tiró y tiró del brazo de él hasta que consiguió liberarlo también. Se pusieron en marcha.

 

Jean les esperaba en el living con un termo de café en la mano y una mesa perfectamente puesta. Mientras charlaba con ellos, hizo del desayuno una exhibición y sacó yogur casero con berrys y granola de miel y nueces de macadamia, galletas de mantequilla de cacahuete, tortillas de tomate y canónigos y cakes de salmón además de un plato de melón dulcísimo naranja rabioso. Jean tenía pinta de ser alumna aventajada en la escuela de La Cocinera Asesina.

 

Aún con dificultad, se levantaron de la mesa con la intención de recoger sus cosas y reanudar la marcha para desesperación de Jean que empezó a frotarse las manos nerviosa. Se abrieron paso hasta su cuarto y cerraron las maletas y cuando se disponían a cargar el 4x4 lo encontraron acorralado por cientos de bicicletas que le miraban desafiantes alegando que ellas también podían ir por todas partes.

 

Entonces vieron brillar algo que se interponía en su camino hasta el coche.

 

-Ten cuidado, es otra trampa.

- Qué va.

 

Alguien había hecho un roto entre dos árboles la noche anterior y las arañas, diligentes, habían remendado el descosido con un hilo resplandeciente y un sentido de la geometría aprendido a base de comer abejas incautas.

 

Un arañólogo de prestigio internacional escribió:

 

[(…) Al digerir a las abejas, las arañas tienen la capacidad de asimilar su innato sentido de la hexagonalidad. Por qué iban a comer abejas si no es por una curiosidad intelectual férrea? nadie querría comerse una abeja. Las arañas no tienen un sentido innato de la geometría, pero sí una voluntad inquebrantable para aprenderla. (…) Y por eso las telas de araña, son hexagonales].

 

Jean les observaba desde el porche. Les vio fascinarse con la exhibición de alta costura, y de pronto sonrió. Se acordó de cómo hacía unos años Salem también la fascinaba a ella y no sabía cómo todo aquello se había difuminado tanto entre las labores del jardín y los domingos parroquiales.

 

En la pared del living, un plafón de madera camuflaba en realidad un dimintuto armarito. En él había un mapa del mundo porque una vez ella también quiso viajar y le pareció que primero tendría que decidir a dónde quería ir. Por esos tiempos empezaron las clases de punto, y las de responsabilidad social y… bueno… se olvidó de aquello. Suspiró.

 

En ese momento, Jean decidió que ya tenía muchas bicicletas, y decidió empezar a coleccionar viajeros, viajeros de esos que vienen de muy lejos y nunca se quedan en ningún sitio lo suficiente para que las cosas dejen de impresionarlos. Se prometió a sí misma que seguiría cuidando que su estancia fuera confortable, pero nunca intentaría que se quedaran.

 

Ellos pusieron un alfiler con la cabeza roja en el mapa en el centro de España y ella prometió mandarles una foto con un mapa acribillado de alfileres el año siguiente. Le dieron un abrazo y las gracias por las galletas de mantequilla de cacahuete que les había preparado para el camino.

 

Por el espejo retrovisor vieron como Jean desde el porche les decía adiós con la mano rodeada del resplandor titilante de las telas de araña.  

 

 

 

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