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16 min
La madre de Sergio
Varios |
17.11.20
  • 5
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Sinopsis

En el interior de aquel habitáculo diminuto en el terrado del edificio, la madre de Sergio estaba apoyada sobre la lavadora comunitaria con la falda subida y las bragas a la altura de los tobillos. Y yo por detrás empujaba con los pantalones y los calzoncillos perdidos en algún rincón. Sudaba por esforzarme en jalar de ella mientras me aferraba a sus voluptuosas nalgas al tiempo que, a través de la pequeña ventana que había en el cuarto podía ver los edificios que se erigían delante. Entonces jadeaba, la vista borrosa y ya. Ella me empujaba con fuerza hacia atrás y salía deprisa al terrado bajándose con urgencia la falda, mientras yo recuperaba fuerzas e intentaba encontrar mis calzoncillos y mis pantalones.

Me vestía despacio y terminaba por salir, el sol me cegaba la vista. Sentía el calor en mi rostro en aquella mañana de mayo. Cerraba la puerta del habitáculo de la lavadora y me acercaba a ella. No me podía ver la cara, pero tenía estampada una sonrisa de oreja a oreja que nadie me hubiese podido quitar ni con una radial. Ella quizás estaba igual, pero parecía más nerviosa.

-¡Venga va vete, Sergio puede venir en cualquier momento y si no me ve en casa sube al terrado! ¡Vete!

Y yo me alejaba despacio, como si tuviese las piernas entumecidas mientas la miraba cómo colgaba las sábanas mojadas en las cuerdas del tendedero. La presión de la sábanas las doblaba hasta casi tocar el suelo. Y allí se quedaba la madre de Sergio extendiendo las telas mientras me lanzaba alguna que otra mirada de celeridad. Su carne prieta contra la tela de sus ropas y sus movimientos cansados, después de haberse dejado empujar un buen rato; pero al final, justo antes de entrar por la puerta de la escalera me sonreía y me decía adiós moviendo alguna mano. Y yo bajaba las escaleras que separaban el terrado de la entrada, con cuatro pisos de por medio y llegaba a la calle. Estaba demasiado cansado, me sentaba en el suelo apoyado en la pared y veía a la gente pasar. Y al cabo de un rato, siempre, acababa llegando Sergio.

-¡Hola! ¿Qué tal? ¿Dónde estabas? Te he estado buscando.

-He ido a dar una vuelta. Llegué a casa, dejé la mochila y salí a la calle.- Le dije con una cierta incomodidad.

-Pues será hace mucho, porque pasé por tu casa y tu hermano me dijo que no te había visto.

-¡Joder Sergio! ¿Eres mi agente de la condicional? Estaba en la calle y punto...

-Vale tío, cómo te pones. ¿Y qué haces en la puerta de mi casa?

-Pues he venido a picarte, y como no ha contestado nadie y no tenía ganas de ir a casa a ver a mis padres pelearse, he preferido quedarme aquí. ¿Está prohibido?

-No, tío no. Sólo preguntaba.

-Oye Sergio, ¿vamos al parque? Lujas me dijo que estaría allí vacilando a los niñatos del colegio del otro lado de la montaña. A lo mejor nos reímos.

-Vale.

Y me levantaba con su ayuda para iniciar el camino al parque. Era un buen lugar. Lleno de árboles y maleza. Además las niñas del colegio iban allí por las tardes y me moría por ver a Yolanda. Era un ángel. Pero tenía quince años y jamás le haría lo que le hacía a la madre de Sergio.

Aquella tarde fue aburrida. Lujas no se peleó con nadie, Yolanda y sus amigas no aparecieron y no fue nadie con quien jugar un partido de fútbol. Así que le dije a Sergio que me iba para casa y me acompañó. Le dejé en su casa y luego baje calle abajo hasta llegar a la mía. Piqué y me abrieron, y entonces me gritó mi abuela, me gritó mi madre y me gritó mi padre. Hasta mi hermano me gritó diciéndome que tenía que hacer los deberes de mañana. No tenía un padre, tenía dos gilipollas en aquella casa. Eso y una abuela que se pasaba todo el rato recordando a su difunto marido al que, según ella me parecía mucho, pero que no había heredado su carácter. Mi madre me repitió cien veces que me acabase la cena mientras mi padre me increpaba si había visto la última jugada del partido que daban en televisión al tiempo que gritaba que así no íbamos a ganar la liga. ¿Íbamos? ¿De quién coño estaba hablando? Así que me acabé la cena, no quise postre y me fui a la habitación. Y sí, hice los deberes. Me puse el pijama sin ducharme antes y me metí en la cama. Mi hermano entró, se cambió, se acostó en la cama de arriba y apagó la luz. A través de la ventana de la habitación entraba un claro de luna que iluminaba mi rostro. Tenía sueño, pero no podía dormir.

Me pasaba por la piedra a la madre de un colega. Supongo que si se lo hubiese confesado a un cura, me hubiese dicho que aquello era pecado y si se lo hubiese contado a un amigo, me hubiera dicho que se venía conmigo él también. Parecía no tener escapatoria. Mi corazón me decía Yolanda, pero mi mente me recordaba el culo de la madre de Sergio que había lamido tantas y tantas veces. Casi sin pensarlo, me dormí.

Vi venir la pelota, llegaba a toda velocidad hacia mí. No podía controlarla, así que me giré e impactó en mi lomo. El esférico cayó inerte al suelo y yo a su lado con un dolor terrible en la espalda. Parla de acercó a mí.

-¡Joder Ribes la tenías fácil! ¿Qué coño te pasa hoy? ¡Al final vamos a perder por tu culpa!

Sí, claro, la culpa es mía que la pelota llegase sin control y bastante hiciese con pararla con la espalda...

-¡No me jodas! ¿vale Parla?

Me levanté, busqué a un compañero que estaba esperando fuera del ficticio campo que habíamos construido en el patio, le señalé y salí mientras él entraba por mí. No, hoy no era mi día. Me senté en un banco mientras miraba a los maestros pasear por el patio. Me quedaban unos minutos antes de volver a clase. Estaba jodido, sí; y era normal, me follaba a la madre de un colega. Remordimientos, me lo había dicho mi abuela una vez: los seres humanos tenemos remordimientos. Y sin darme cuenta se sentó a mi lado y me habló.

-Hola Pedro ¿Te importa que me siente contigo?

-No, para nada Yolanda, claro, sí, sí, siéntate...

Era un ángel, era el amor puro y verdadero. La quería con todo mi corazón, pero no la merecía.

-Jugáis muy fuerte ¿no? No me extraña que os manchéis tanto. Si yo fuese tu madre me enfadaría al verte entrar por casa.

-Jajajajaja, sí, en realidad se enfada siempre. Conmigo y con mi hermano mayor. Contigo seguro que tu madre no se enfada, siempre vas tan limpia y tan bien peinada...

Sonrió y miró hacia la puerta principal del colegio.-Bueno, no creas, también tenemos nuestras peleas. Cosas de madres e hijas, supongo...

La miré, sabía que no la merecía, pero no quise que la vida se escapase entre mis manos como la arena de un reloj.

-Yolanda...

-¿Sí?

Entonces sonó la bocina que anunciaba el fin del recreo. ¿En serio? ¿La chica que me gusta se me acerca y hablo con ella de limpieza? No se puede ser más gilipollas.

-Bueno, ya me lo contarás luego ¿vale?

-Sí, sí...

Y pasaron las horas y las clases y llegó el fin de las mismas y todos los niños salimos a la calle hacia nuestras casas. Caminaba pensando en lo muy imbécil que había sido por no aprovechar la ocasión con Yolanda, cuando Sergio se me echó encima por atrás.

-¡Oye que te ibas sin mí!- Me dijo con una sonrisa en los labios.

-¡Ah sí, disculpa! Estaba pensando en mis cosas...

-No pasa nada. Por cierto, acuérdate que hoy voy a ver a mi padre así que no pases a buscarme.

-Ya, ya lo sé...

Sergio me miró extrañado.- ¿Ya lo sabes? ¿Te lo había dicho ya?

No sabía dónde meterme.

-No, quiero decir que sueles irte una vez a la semana a ver a tu padre y eso...

-Ah, claro, sí, te lo habré dicho más de una vez.

-Sí, eso seguro.- Le dije intentando cambiar de tercio.- Por cierto ¿Has conseguido ese cromo que te faltaba?

Y caminando poco a poco nos dirigimos a nuestras casas. Le dejé en la suya, me fui a la mía a comer y me quedé en mi habitación mientras mi padre le gritaba al televisor y mi abuela le contaba a mi madre una anécdota sobre unas judías verdes iguales a las que nos estábamos comiendo aquel día.

-¿Cómo que te vas a casa de Parla? ¿Y eso?

-Sí, verás,-le contesté dubitativo.- es que tenemos que hacer unos deberes juntos. Estaré toda la tarde en su casa. Su madre me ha dicho que no me preocupe que me dará de merendar ¿Vale?

Las mentiras con mi madre funcionaban porque, en realidad, era feliz cuando nos perdía de vista. Me lavé los sobacos, me cambié de camiseta y me puse un poco de colonia. Me hubiera peinado, pero a ella le gustaba despeinado...

Caminé un rato y llegué a la calle que daba a la casa de Sergio. Aquel edificio de cuatro plantas que había sido construido con un plan de protección del estado y que le daba un aire de fachada repetida, de ésas que has visto muchas veces antes, pero no sabes bien por dónde.

Me apoyé en la puerta a esperar que saliese alguien. A esa hora ella estaba siempre en el terrado. No tardó en bajar la vecina del segundo, una vieja desconfiada y charlatana.

-¿Y tú a dónde vas?

-Hola, verá, voy a casa de Sergio a recoger unas cosas que me ha de dejar para el colegio, gracias.

Me colé no sin que la anciana me siguiese con la vista. Subí todos los peldaños hasta dar con la puerta que daba al terrado. La abrí y allí estaba tendiendo sábanas y ropa de color blanco. Se giró, me miró y sonrió. Recogió una palangana que tenía en el suelo y entró en la habitación de la lavadora. La seguí y entré. Ya se había bajado las bragas y se subía con sigilo la falda mientras se apoyaba en la lavadora. Cerré la puerta, me quité los pantalones y los calzoncillos, me puse detrás de ella y empuje. En el cristal de la ventana de la habitación pude ver reflejado su rostro; vi como cerraba los ojos y separaba los labios. Empujaba y empujaba y ella se mordía el labio inferior.

-¿Vienes porque te gusta, eh?

-Sí, claro que vengo porque me gusta. Tu culo es lo que más me gusta de este mundo.

Y al final, tras verlo todo borroso, me aparté y me apoyé en la pared opuesta. Ella se quedó apoyada en la lavadora. Se recogía el pelo con las manos para que el aire pasase por su espalda y le secase el sudor. Seguía con las bragas a la altura de los tobillos y la falda sobre sus nalgas. Giró su cabeza y me sonrió.

-Qué lástima que hoy no puedas venir a casa.

-¿Por qué?

-Sergio se ha empezado a sentir mal y se ha quedado durmiendo. Parecía que le dolía la cabeza, le he dado una aspirina.-Y entonces se incorporó, se subió las bragas y se bajó la falda.-Otro día será ¿no?

El amor es amor cuando sientes amor y es otra cosa cuando sientes esa otra cosa. Y yo sentía aquello. Había abandonado el paraíso del amor y aunque me doliese, ni siquiera pensaba en Yolanda.

-Espera. Vamos a tu casa. No haré ruido, lo prometo. Muy despacio, de verdad en silencio.

-¿Estás loco? ¿Y si Sergio se despierta y nos ve allí? ¡Tú te has vuelto chaveta!

Me acerqué mientras me subía los pantalones. Le acaricié el pelo.

-De verdad, en silencio. Lo prometo.

Salió con la palangana y las pinzas mientras me miraba con cara desencajada. Se acercó a la puerta y bajó las escaleras. Y yo la seguí. Al llegar introdujo la llave, y se giró hacia mí.

-La semana que viene vente el martes al mediodía ¿vale? Te estaré esperando en el terrado.

-Espera, espera un momento,-me sentía cazado por la desesperación.-lo digo en serio. No haré ruido. Te doy mi palabra.

-Pero que te he dicho que no... Sergio está en su cama...

-Mírame, te doy mi palabra, rápido y en silencio. He hecho muchas cosas por ti. Haz sólo una por mí.

Me miró mientas abría la puerta. Sonreía con incredulidad sin saber si iba a pasar aquello que le proponía.

-Estás loco ¿En serio?

-Te doy mi palabra, rápido y en silencio.

Abrió la puerta, pero no encendió la luz. Me dejó pasar y luego cerró puerta tirando del pestillo para que no hiciese ruido. Me cogió de la mano y fuimos por el pasillo iluminado con la luz natural de algunas ventanas, caminando en silencio. Pasamos por la habitación de Sergio y ella abrió la puerta y comprobó que estuviese durmiendo. Salió, cerró la puerta sin hacer ruido y me miro mientras se ponía el dedo índice sobre los labios. Seguimos por el pasillo hasta la siguiente habitación donde dormía ella. Entramos y cerró con cuidado. Se fue a la ventana y bajó la persiana despacio. Me miró, se quitó toda la ropa y se acostó. Yo hice lo mismo y me acosté sobre ella.

-Por favor no hagas ruido, el nene duerme en la otra habitación.

Cerró los ojos y volvió a morderse el labio mientras yo empujaba. No iba a hacer ruido, me giré y, en la mesita de noche de la derecha, vi un reloj de noche. Mi rostro se reflejaba en su cristal mientras la aguja del segundero se desplazaba. Cada segundo, cada golpe, cada segundo, cada golpe. No iba a hacer ruido. Sentí el final y la mordí en el cuello para tapar mi boca. Me quedé exhausto sobre su cuerpo. Levanté mi cabeza, podía ver mi cara en el cristal del reloj de noche.

Se abrió en silencio la puerta de su casa y salí al recibidor. Me miró sonriéndome y me besó.

-El martes ¿vale? Te espero.

La sonreí y le guiñé un ojo. Baje las escaleras mientras podía oír como la puerta se cerraba en su marco y el ruido final de un pestillo contenido.

Cuatro escalones más abajo fui consciente de que el amor para mí se había acabado mucho antes de empezar. Sentiría otra cosa, con otra persona, pero nunca sería el amor que creía poder sentir por Yolanda. Al menos no sería hipócrita. El amor se había acabo, ya buscaría otra cosa. Me lo repetía una y otra vez mientras bajaba los peldaños...

-¿Quién eres tú?

Me detuve al instante y la miré. Era la vecina del primero, no la había visto venir. Una mujer africana de mirada desafiante.

-Hola... vengo del cuarto, de casa de un amigo.

-De casa de un amigo... ¡Siempre es de casa de un amigo! ¿No estabas robando?

-Oiga no, perdone, suba si quiere y se lo preguntamos. Quizá no me reconozca, pero nos hemos cruzado alguna vez.

-¡Esta escalera está llena de gentuza! ¡Entran y salen cuando quieren! ¡Tienes suerte de que mi marido esté trabajando en Francia, sino ya le habría llamado para que saliese a darte tu merecido!

No acababa de entenderlo.-Disculpe, pero no he hecho nada. Suba conmigo si quiere. Es en el cuarto piso.

-Ya, ya, ¡Excusas!

Me quedé sin moverme apoyado sobre la pared. Un pañuelo cubría su rostro y sólo podía su óvalo facial. De repente cambió su discurso.

-¡Está bien, está bien, vete! Pero antes ayúdame con estas bolsas. Pesan mucho. Vivo aquí arriba en el primer piso.

-Sí, sí, claro, no se preocupe.- Y cogí las cuatro bolsas llenas de comida.- Yo la ayudo. En el primero ¿Verdad?

Y asintió sonriéndome mientras subía delante de mí. Abrió la puerta y me señaló un lugar.

-La cocina está ahí. Gracias por ayudarme, si me las dejas en la cocina te invito a comer. ¿Has comido?

Y luego cerró la puerta.

La casa olía a guiso y la cocina estaba iluminada por la luz natural que entraba en la puerta de cristal de la terraza. Al cabo de un rato ya no era tan agresiva y sonreía. Y al cabo de otro rato ella estaba apoyada sobre la pica con la falda subida y las bragas a la altura de los tobillos. Le quité el pañuelo y vi su pelo negro, tiré de él. Tenía los pantalones y los calzoncillos sobre mis zapatillas mientras empujaba. Sonreía mientras la cocina olía a guiso.

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