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6 min
La maldición de la familia de Omar
Drama |
01.05.14
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Sinopsis

Este relato se lo dedico a mi vecino Omar y a su familia, que quizá nunca sepan de su existencia, pero que ya de antemano les pido disculpas por haberlo publicado sin su autorización; no obstante, si es que algún consuelo se pueden llevar, es el de que me ayudará a dar testimonio de cómo el destino se puede ensañar con una familia huérfana en valores, y tal vez, si es que ya no ellos, otras familias puedan tomar conciencia de ello.

~~Omar es mi vecino, me lleva un año y estoy seguro que nunca culminó la secundaria. Según mi madre una frase suya, cuando estaba por terminar la primaria, fue: "¡para qué estudiar vecina!, si lo más importante es trabajar y hacer dinero". No sabría decir si ahora, a los 28 años, aún sigue pensando igual, pues tantas cosas le ha pasado a él y a su familia que a cualquiera le infundirían compasión, pero creo saber por qué a mí no. Siempre han vivido en mi misma calle y manzana, aunque ahora más alejados debido a la ambición de un "papero" que les propuso traspasarse y así expandir su propiedad; creo que un "minimarket" traía en la cabeza, pero no lo concretó, meses después murió abatido por unos delincuentes. La maldición se remonta mucho tiempo atrás, cuando don Pasión, padre de Omar, se hizo fama de religioso y mojigato, tanto así que a fuerza de saliditas sábados y domingos, homilías y reuniones imperdibles, embarazó a una jovencita de su congregación. Los rumores nunca cesaron, aminorados hasta nuestro días, pero igual, ya había un nuevo miembro en la familia, y a ella, la despachó; la madre de Omar, como es previsible, rabió unas semanas, pero terminó resignándose. La maldición se estuvo latente por algunos años, hasta que un hecho, que ahora mencionaré, quizá la despertó. Un primo de la sierra norte nos vino a visitar. Éste era ingenuo y noble, por raza y geografía, así que no demoró en verse asediado por dos jovencitas desenvueltas y pizpiretas, que traveseaban por el barrio de esos tiempos. De una de ellas, sólo diré que tiempo después se ganó el prejuicioso apelativo de "La sidosa", pero que ahora, diesiciete años después, colijo que fue difamatoria, pues ya se hubiera muerto; la otra era Janeth, la segunda hermana mayor de Omar. El asunto era que mi padre había salido a pasear con mi primo, y estas bandidas, nada discretas, al percatarse del muchacho lo empezaron por piropear; mi padre naturalmente se incomodó. Mi madre, al enterarse del percance, fue hablar con doña Prudencia, la madre de Omar, pero tuvo que regresarse mortificada por los improperios de una vieja que aducía que su hija era una niña de casa, y que seguro estaba celosa del sobrino; mi madre nunca se lo perdonó. Meses después, irremediablemente, la maldición brotó de nuevo. El esposo de Maribel, la primogénita de don Pasión, demostró tener un corazón entregado al prójimo, en especial para con su única cuñada, no necesitó más de dos o tres arrimones para dejarla preñada; cuando a ésta se le instó a que dijera quién era el padre, prefirio callarse, y así solo recibir las zamaqueadas y bofetadas de la madre, mas no de la hermana. Menos de un año después le tocaría el turno al mismo Omar. Venía de mototaxear, y ya se disponía a guardar el vehículo, cuando se vio sorprendido por unos "choros" que querían llevársela. Protagonizó empecinada resistencia, y entre el forcejeo uno de los facinerosos, enfurecido, de un solo tajo le mutiló la oreja derecha; luego, disipada la furia por la vista de sangre que inundaba su hombro, sobreseyeron en su propósito y huyeron. Al día siguiente, en la sobremesa de almuerzo, entre familia, comentamos el suceso de la víspera; fue allí, por primera vez, que tomamos conciencia de la envergadura del asunto y atribuímos categoría de maldición a lo que se cernía sobre esa familia. Un año hará desde que se produjo el acontecimiento más insufrible, más deshonroso, que haría que cada vez que saludara a don Pasión, al pasar por su casa, me contestara con la vergüenza dibujada en su rostro. Jonathan, su quinto y último hijo, después de terminada la secundaria, a duras penas claro, se puso a taxear. Se distinguía por ser un chico respetuoso, amable, e incluso llegó a ser el que más aportaba a la economía familiar. Pues como se espera, siendo el más querido en su familia, fue triste enterarnos por el periódico que uno de los dos fugitivos, de un frustrado atraco a un próspero empresario en la que murieron nueve delincuentes abatidos por la policía, fuera Jonathan. Este estuvo prófugo un par de días hasta que lo capturaron, lo hallaron culpable, no le quedó más que confesar su delito y terminó en el penal. Meses después, la maldición extendió sus brazos y se ensañó con el nuevo conviviente de Maribel ---su exesposo había fugado a la selva con la mala hermana, tarde o temprano todo iba a salir a la luz. El nuevo yerno era todo lo contrario: trabajador, humilde y dedicado a sus hijos, a pesar de que no eran suyos; pero sus virtudes iban de la mano con su desgracia, un infarto cardíaco le cegó la vida. Hoy día, en la mañana, mi padre vio salir de su casa a don Pasión, lo llevaban de uno y otro brazo, Omar y su hermano mayor; más tarde nos enteramos que fue una crisis hipertensiva.  Hasta aquí los infortunios de la familia de Omar, aunque más parezcan una incesante expiación por pecados cometidos. He tratado que este relato sea una fiel transcripción de la realidad; esto significa que en ningún momento he pretendido dilatar, arbitrariamente, la lista de malhadados acontecimientos, ni mucho menos, quizá, otorgarle algún desenlace trágico. Por otra parte, ello no excluye que la maldición siga en pie, y que tarde o temprano, Dios no lo quiera, me vea en la necesidad de actualizar estas humildes líneas. (Puede que Wilder, el hermano mayor de Omar, con esa crasa obesidad que ostenta, muera cetoacidótico, o tal vez corra la misma suerte de su cuñado, en fin, todo puede ocurrir.) Creo recordar que en algún momento dejé entrever la posibilidad de que yo fuera totalmente indolente a este mal ajeno; pues eso es cierto, aunque no por resentimientos como en un principio creí, pues el tiempo todo olvida, y yo soy olvidadizo; en todo caso atribúyanlo, como yo, a alguna fuerza irresistible de insondeable procedencia . Y ahora, en cuanto a mí incumbe, todas la veces que paso por su vereda, trato de ser lo más efímero posible, supersticioso de que se me impregne algún sulfúrico hedor; y las más raras veces, me atrevo a echar una ojeada al interior de la lóbrega casa, pero rehúyo la vista casi inmediatamente, temeroso de distinguir, agazapado en algún rincón y al acecho, la escalofriante personificación de la maldición. Adiós.

 

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