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4 min
La Maldición romántica
Suspense |
26.01.17
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Sinopsis

Un faraón está totalmente enamorado de un doncella. ¿Las cosas podrán salir bien esta vez?

Aquella vez, las tormentas de arena asolaban Egipto. Transcurría el año 2000 a.C.; el faraón Manha realizaba los preparativos para la construcción de tan afamadas pirámides, las cuales caracterizaron a tan poderosa civilización.

Pero, a pesar de ser el faraón más poderoso de todo Egipto, poseía las debilidades de todo hombre. Entre las sirvientas de su agonizante padre, Tammane, se encontraba una doncella que lo había cautivado. De por vida.

 

La doncella se hacía llamar Anhamu. Era la 3º hermana de 4 hijas. El padre de Anhamu era un guerrero y su madre, Antamu, era costurera. Sin embargo, su padre estaba orgulloso de su esposa y su hija.

El faraón trató de hacer lo imposible por hipnotizar a aquella doncella, por obvias razones, a escondidas. Lo mejor siempre debía estar en secreto. Solo ellos debían saber lo que hacía. Solo ellos…

Habían pasado meses en las que el faraón y su doncella se miraban desde las alturas; el faraón desde su templo y su doncella, desde su humilde hogar.

 

Al siguiente año, el faraón habría terminado ya la construcción de su pirámide, por lo que pidió que se hiciese una celebración. Invitó a todos, incluso, a la familia de su doncella.

Anhamu le pidió a su madre que le hiciese un vestido muy hermoso y radiante. Los ojos color mar de Anhamu habían penetrado en el joven corazón del faraón. La llama de pasión y cariño desenfrenado de los enamorados azotaba la planicie desértica de Egipto.

Llegado el día (o, mejor dicho, la noche), los invitados llegaban aglomerados a la celebración del príncipe de Egipto. Manha solo buscaba, perdidamente, con sus ojos a su doncella. Y no tardó en divisarla.

Anhamu llegaba con un vestido, tan brilloso y cautivador, que hizo que a algunos invitados se les derramará su vino.

Manha estaba perdidamente atrapado en aquellos ojos penetrantes. Si de algo se estaba seguro, era que los enamorados estarían solos para tan atractiva velada.

Al momento del baile, el faraón y su padre, sentados en sus alabados tronos, observaban a los invitados y doncellas danzar sobre aquella arena rojiza.

Anhamu danzaba sola, literalmente. Pero, de alguna manera, tenía a Manha hipnotizado. Manha solo la admiraba. Anhamu, mediante señas coquetas, atrajo al faraón, quien se excusó para ir por un vino.

Los dos enamorados, en un rincón de aquel baile, danzaban en medio de la arena. Parecían las únicas y destellantes estrellas brillando en el anochecer. Terminado el baile, Anhamu y Manha se dirigieron al cuarto del faraón. Aquí, el fuego consumió a los enamorados.

Las caricias y los besos rondaron la habitación. Por fin, el faraón y su doncella, pudieron unir sus almas, teniendo a la Luna como su única testigo.

 

Pero, algo ocurrió. El padre de Anhamu se había alzado en contra del máximo faraón (el padre de Manha). Las risas y carcajadas pasaron a ser una terrible escena de violencia y sufrimiento.

Los enamorados decidieron escapar, en dirección a la nueva e inaugurada construcción. Los hombres, bajo el mando del padre de Anhamu, persiguieron al faraón y a su doncella.

Una última vez, Anhamu y Manha se entregaban a la pasión, a pesar de peligrar de muerte.

Rodeados, Anhamu decidió hablar con su padre. Lo que siguió fue indescriptible.

Manha escuchó las flechas atravesar la tan frágil piel de su amada. La Luna derramó lágrimas esa noche.

 

Manha fue salvado por sus siempre leales hombres. El padre de Anhamu murió en un sarcófago, lleno de alacranes y tarántulas. La madre de Anhamu se suicidó después de enterarse de la muerte de su esposo.

Los padres de Manha se reunían, en un lugar muy lejano.

El faraón, destrozado, caminó por los siempre hirientes caminos del sufrimiento y la perdición.

 

Pasaron muchos años, hasta que el faraón murió. No sin antes dejar su último deseo.   

Pidió que su doncella fuera colocada en su sarcófago.

 

Realizada esta acción, el viejo faraón recitó sus últimas palabras:

“Eres el sarcófago del que nunca quiero salir”

 

Y es así, como “la Maldición de Manha y Anhamu”, tomó su lugar en los escritos de historia (y en algunos de amor). Dicen que, en la pirámide, aún se sienten las llamas y las almas de los primeros y últimos enamorados de Egipto.

 

 

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