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LA MATANZA DE LA OGRESA (Sonia 3)
Suspense |
14.03.14
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Sinopsis

Crónica de una excursión por la llanura valaca de Rumania ¿y quién sabía adónde llegarían?

          La primavera avanzaba sobre Rumania, inundando la bella Bucarest. La Mañana era muy clara cuando el muchacho mensajero pasó por la enorme mansión, dejando una misiva. El ama de llaves reunió el sobre con el correo del día. Mientras tanto, detrás de pesadas puertas, en un saloncito de la casa, se oía sonar un violín, efectuando complicados ejercicios técnicos.

          Hacia el medio día, la persona del violín tomó en sus manos toda la correspondncia para comenzar a revisarla; en ella encontró la propuesta acerca de una entrevista con dos damas de alta sociedad, en un selecto restaurante del centro capitalino.

          --Mi niña Sonia --llamó el ama de llaves--. aquí tiene los documentos de los municipales, que se presentaron cuando usted estaba en Budapest.

          Sonia agradeció la carpeta que le tendía la anciana señora. Revisando, pudo notar varios papeles: Acta de Inspección a Inmuebles Históricos -- Joyas Arquitectónicas -- Patrimonio Edilicio de la Ciudad -- Conservación de Construcciones Históricas, copias de informes sobre mantenimiento de atracciones turísticas, firmas y sellos correspondientes. Constatado el orden de todo esto, se abocó en seguida a efectuar varias llamadas telefónicas.

           Con la caída de la tarde, ya estaba concertado el almuerzo en un local de moda, con Suzanne Porfirio y Letea Jibou, dos damas de la Cultura capitalina.

           Al otro dìa, en el transcurso de la comida, después de hablar de todas las banalidades posibles de mencionar, ya se había combinado otro encuentro. Se trataba de doce personas más, con las que viajarían al interior a través de la llanura valaca, para pasar un largo fin de semana campestre cerca de los Alpes Transilvanos, más allá de Ploesti, a ciento cincuenta kilómetros de Bucarest.

            Sonia llevaría el violín, y deleitaría a gente de alta sociedad y funcionarios de la capital, destinándose el resto del tiempo a pasarla lo más placentero posible.                        .................................................................................................................................

            Cuando se acercaban a su destino, viajando en una espaciosa combi, Sonia pudo comprobar la imponencia de la zona boscosa, con las montañas hacia el norte.

           Sus compañeros de excursión, además de las dos damas del almuerzo, eran un capitán de la policía de Bucarest, Demetrius Silavniei; dos oficiales de policía, Spiru Koruga y Petru Glescu, haciendo de chofer uno de ellos; un médico forense, el doctor Mircea Daciu; dos mujeres policía, Clodovea Cuza y Nadia Gheerghiu; y seis hombres jóvenes de los círculos sociales, burguesía y alta burguesía, más o menos, habiendo sido presentados como Nicolae Ciuc, Marcu Hirlau, Alexandru Rädauti, Remus Troian, Iorgu Breznik y Radu Jijia. En total la acompañaban catorce personas. Cuatro mujeres y diez hombres. Todos ansiosos por disfrutar de su violín en exclusividad.

            El transporte fue desviado de la carretera por un camino secundario. Aproximándose ya a un kilómetro de la derivación, encontraron el lugar donde se habían reservado por teléfono alojamiento y comidas. Se trataba de una especie de palacete acondicionado como hostería, de construcción nueva pero en el mejor estilo campestre. Había sido erigido en piedra y madera, y con empinados tejados. Por supuesto, el lugar estaba dotado de todos los servicios que ofrece la modernidad.

            Llegaron al anochecer. El personal los recibió muy afable, y les asignó habitaciones. El grupo tomó un buen refrigerio, previendo que harían una cena tardía. Hacia las primeras horas nocturnas se hallaban todos reunidos en el salón comedor.

            Para ese entonces, ya Sonia había notado la extraña desaparición de todo el personal  del paradero campestre. De la misma forma, todos los vehículos estacionados cuando ellos arribaron, habían partido. Tan sólo permanecía la combi en que habían viajado. Estaban solos en ese apartado paraje rural.

            Las demás personas fumaban y charlaban fruslerías sin descanso.

            --¿Alguien entre ustedes sabe por qué se fue el personal de la hostería? --indagó la artista intrigada--. Me parece que algo extraño está pasando en este lugar.

            --¿Que se fueron todos?  ¿Está usted segura? --titubeó el capitán Silvaniei.

            De inmediato salió a la explanada delantera, junto con los otros dos oficiales. Dieron una vuelta de reconocimiento en torno al edificio.

            Mientras esperaban adentro, Sonia observó cómo todos los rostros se volvían impasibles, inexpresivos, como máscaras sin vida. Todas esas personas habían vuelto a ser desconocidas, emanando un aura de velada hostilidad.

            Al fin los tres hombres irrumpieron de regreso, desde las sombras del exterior.

            --Muy bien, damas y caballeros-- anunció el capitán con jovialidad--, estamos por completo solos en la noche, al pie de los Alpes Transilvanos.

            Nadie dijo nada ni mostró la más mínima extrañeza. De alguna manera, Sonia supo que había llegado a un oscuro punto crucial en su viaje de recreo.

            --¿Qué significa ésto, capitán? --inquirió Sonia con creciente tensión--. Se me ocurre que usted sabe muy bien lo que está sucediendo.

            --Se le ocurre bien, señora --sonrió el capitán--. Y perdone lo de "señora". Usted es joven y hermosa, pero no me parece una chiquilla.

            --Le sacaré a luz los motivos reales de todo este... esparcimiento de campo--continuó, encendiendo un cigarrillo--; toda esta reunión en un lugar apartado, es una celada tendida por nosotros, mis compañeros y yo, contra usted, Sonia Lombardo. Porque usted mató al arqueólogo Miklos Lupescu; y le voy a contar cómo la descubrimos.

            Los demás componentes del grupo permanecieron inmóviles, como si estuvieran congelados.

            --Resulta que el doctor Mircea Daciu, y los dos oficiales Koruga y Glescu aquí presentes, y yo, fuímos comisionados en el crímen del arqueólogo. Nosotros lo encontramos dentro de un panteón decrépito, en el cementerio arqueológico al oeste de Bucarest. Asesinado por estrangulamiento. Según el doctor, tuvo sexo en forma exhaustiva.

"En primera instancia, constatamos la alucinante supervivencia de la monstruosa Brunilla Dobrescu, ocupante del antiguo panteón, al clavar su cadáver viviente con una estaca.           ¡ En fin ! Comprobamos que los horripilantes vampiros existen.                                             Después, creímos que Miklos Lupescu había sido extenuado en horrorosas relaciones carnales con la vampiresa, siendo finalmente estrangulado por ésta. Sin embargo, posteriores indagaciones con amistades de Miklos aquí presentes, acerca de sus vínculos amorosos de éste con usted, Sonia, nos hizo sospechar de un asesinato encubierto.           "Aprovechando que usted se encontraba ausente, en razón de un concierto en Budapest, nos presentamos los cuatro en su casa. Ante su personal, simulamos ser oficiales municipales. Especialistas en edificios antiguos, ocupados en inspeccionar joyas arquitectónicas. Una vez dentro de la residencia, nos dedicamos a revisar palmo a palmo todos los recintos, pasillos, sótanos y sub-sótanos. Buscábamos algo que nosotros mismos ignorábamos qué era. En la concienzuda inspección, que nos costó bastante por cierto, descubrimos consternados treinta y cuatro cadáveres masculinos, estrangulados y bien escondidos debajo de los muros. Ésto nos reveló que usted, Sonia, es una asesina de hombres en serie.                                                                                                            "Después de ésto, nos pusimos en contacto con varios amigos del finado Miklos, y les referimos toda la trama del asunto. Comprendimos que usted es una artista ídolo mundial, entronizada por todo el pueblo europeo. Por consiguiente, no convenía de ninguna manera denunciarla y apresarla oficialmente. Por lo tanto decidimos ejecutarla en secreto. Todos los que conocemos el asunto estamos aquí, nosotros los funcionarios, y los amigos de Miklos Lupescu; entre ellos las dos damas que la convencieron para venir hasta este apartado recreo turístico.

          Sonia contemplaba al capitán, impasible, erguida en su sinuosa e imponente estatura, como tallada en la roca.

          --¿Qué pasa con el personal de la hostería, capitán Silvaniei? --preguntó con tono inexpresivo.

          --¡Oh! A ellos se les dijo que nos dejaran solos, en reunión privada. Ellos no saben que usted está aquí. Cuando llegamos, sólo vieron varios hombres y un grupo de mujeres.  Entre los nombres declarados no figura el suyo, Sonia. Mañana a la tarde cuando regresen los empleados, nosotros nos iremos de aquí, pero usted se quedará para siempre--. El capitán extrajo una gran pistola de entre sus ropas, mientras escudriñaba a la violinista.

          --No la conozco a usted, Sonia, pero doy por hecho que debe ser una persona de extrema peligrosidad.

          Habiendo mencionado ésto, el capitán Silvaniei permaneció apuntando con su arma a Sonia, a corta distancia.

          --¿Y piensa dispararme así, como si tal cosa? --comentó la artista con frialdad, flanqueada por las trece personas restantes.

          --¡Oh, madame! --sonrió irónico el capitán--, lamento esta violencia para con una dama de su belleza. La pistola es sólo para intimidarla. No vamos a arriesgarnos a dejar el rastro de una bala. Como tampoco a ofrecerle una muerte tan rápida. Será usted estrangulada, de la misma manera que sus víctimas.

          Silvaniei movió la cabeza, en un gesto. El oficial Koruga, por detrás de Sonia, le aferró el cuello con un brazo. Ésta lanzó una patada, haciendo volar la pistola del capitán. Al instante disparó su codo como un ariete hacia atrás, y el oficial fue muerto con el hígado estallado. El resto del grupo la rodeó amenazante.

          --¡Maldición, Sonia!  ¡Te mataremos y te volaremos con el lugar en una explosión de gas !  --vociferó el capitán Silvaniei.                                                                                        ............................................................................................................................

          Al atardecer del día siguiente, en una confortable mansión de Bucarest, un televisor daba las noticias en la penumbra de un salón biblioteca.

          El informativo exponía las infaustas novedades de la noche anterior: La voladura por escape de gas de un lujoso paradero turístico, el cual había ardido hasta los cimientos.

          Una señora entrada en años, envuelta en una bata, llegó a la sala empujando una mesita rodante, atestada con bocadillos de merienda.

          Con diversas imágenes del desastre, el noticiero continuó explicando que apenas se habían podido recuperar catorce cadáveres carbonizados, y un vehículo combi incendiado.

          Consternados, los investigadores hallaron una evidencia de macabra perversión. Trece de las catorce víctimas habían sido previamente estranguladas. Todas estaban atadas de pies y manos, y presentaban los cuellos sistemática y prolijamente agarrotados con trozos de cable incombustible. Con trabajo, se trataba de establecer la identidad de los asesinados.

          El boletín terminó, dando paso a la proyección de "Ayer, Hoy y Mañana", una vieja película de la bella Italia. La madura señora, observando a la actriz protagonista, exclamó, dirigiéndose a una sinuosa sombra en el sofá: --¡Ay, mi niña Sonia!  ¡Qué igualita a usted !

                                                     .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .          

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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